Las locas que no lo eran
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1. La loca que no lo era
la loca que no lo era
A Carolina é unha tola que todo o fai ó revés, vístese pola cabeza e díspese polos pés
A saia da Carolina
Hay en la esquina superior derecha de su historia clínica una anotación terrible: «No tiene familia.
La internaron al morir la abuela, con quien vivía».
Y otra que me hace imaginarla pequeñita, vulnerable, diecinueve años y fuera de su aldea: «No sabe por qué la trajeron a esta casa».
Las historias clínicas comienzan a utilizarse fundamentalmente a partir del siglo xix como una manera de consignar por escrito la evolución de cada paciente.
Muchas de las conservadas en Conxo constan apenas de un par de líneas, de un par de hechos a lo largo de toda una vida.
¿Sigues existiendo aunque nadie cuente tu historia?
Veintisiete años más tarde de las primeras anotaciones sobre Carmen, una posible explicación para su locura: «Dice la enferma que la trajeron por estar mal de la cabeza; que se puso mal cuando tuvo una hija, a la que ingresaron en la inclusa».
La maternidad de una madre soltera de diecinueve años sin familia a la que le arrancan a su hija recién nacida.
En una frase, mil tragedias. «Escapó de la casa en la cual estaba sirviendo porque le pegaban, y aquella casa era suya, aunque su abuela se la pasó por venta a esas señoras y ella quedó sin nada.
Escapó para casa del cura, pero él también le pegaba; hasta que la trajeron del sanatorio». ¿Quién no se volvería loca?
En 1973, Carmen es trasladada a la residencia de ancianos de Betanzos García Hermanos «por carecer de familia».
Aquella falta de vínculos, aquella ausencia de comunidad protectora fueron la causa de su encierro y de la marcha de la que había sido su casa durante los últimos cincuenta años.
Desde el sepia de la fotografía de su expediente, Carmen nos mira casi un siglo después de su encierro.
Era hija de otro tiempo, de miseria y olvido.
Devolverle la mirada es un ejercicio de justicia.
Unos años antes, en 1921, una mujer con discapacidad intelectual, Aurelia B.
M., terminaba en un manicomio y era calificada de «loca».
Medio siglo más tarde, alguien llegaba y miraba a la locura con otros ojos.
Descubría, entonces, que Aurelia no padecía la enfermedad mental que la había llevado a pasar media vida encerrada.
De Aurelia no hay documentación hasta los años setenta, a pesar de que había llegado a Conxo un lejano 28 de junio de 1921.
Entonces tenía treinta y un años y entró como religiosa.
En los años treinta fue diagnosticada de oligofrenia, lo que hoy conoceríamos como discapacidad intelectual.
Tiene la oligofrenia una etimología tan bella como terrible, heredada del griego: la pequeña mente.
Lo que en los primeros informes de inicios de siglo eran alucinaciones se entiende en los setenta como frases de su vocabulario.
«El Peludo no era nada. Ella llamaba así a los camareros bajo cuyo mando estaba y que la agobiaban», se anota en la esquina superior derecha de su historia clínica en bolígrafo bic azul, muchos años después de que aquella historia fuese comenzada a escribir.
Entonces se decía que «el Peludo no la deja en paz», y era aquello un signo de locura. La potencia de la mirada…
Y en ese vocabulario en el que los miedos de la infancia se seguían reproduciendo, Aurelia volvía a ser la niña que habría sido en Muros, recordando a su madre desde un manicomio que para ella fue cárcel: «Los calabozos de Conjo no me dejan buscar a mi mamá».
El 27 de marzo de 1973 es trasladada a un asilo, y el médico anota, en 1975, seguramente con perplejidad, cómo «se relaciona estupendamente, relata toda su vida sin dificultad».
En la narración de aquella vida, Aurelia dejó su huella y, de esta manera, evitó el olvido y resignificó nuestra mirada sobre ella.
Resistió más de cincuenta años encerrada y supo, al final, encontrar a alguien que la escuchó.
En un informe del 21 de febrero de 1975 «relata ella que la encerraban, le daban trompazos y ponían manoplas».
Ahora sabemos que Aurelia no estaba loca.
Y que hizo falta medio siglo para que nos contase una historia de violencia y resistencia, la suya, con sus propias palabras.
También lo hizo Juana L. No sabía leer ni escribir, nunca fue a la escuela, pero se convirtió en la narradora de su propia historia, compartida con tantas otras mujeres de los años treinta que no se conformaron o no pudieron conformarse con quedarse en el hogar.
La mayoría de ellas no tuvieron la oportunidad de elaborar el relato de sus vidas.
Juana era una jornalera (churrera, de acuerdo a otras partes de su expediente) de cincuenta años procedente de Narón.
Ingresó el 17 de mayo de 1931 y en su historia clínica ella misma relata una trayectoria profesional que está muy lejos del estereotipo de quienes solo se concebían como madres y esposas.
Las mujeres como Juana, que eran la mayoría, no podían permitirse una vida de reclusión en el hogar: tenían que salir a ganarse el pan.
«Tuvo un hijo a los treinta y tres años que está en La Coruña. Nunca padeció más enfermedades que el reumatismo por ser lavandera. Anduvo por las ferias de vendedora de rosquillas con su hijo».
El relato de Juana abre una ventana a la vida femenina de la época que es, además, muy potente.
Caracteriza a una mujer trabajadora e independiente, madre pasados los treinta y con diversos empleos remunerados para sacar adelante a su hijo.
Un resquicio a otras miradas, a otros modos de ser mujer.
Juana no se definía como una pobre enferma encerrada: puso en valor, frente a aquel psiquiatra y en su frío despacho, que lo que hacía era importante.
Que era algo más que una loca a la que habían tatuado con el número 41 de su historia clínica.
Porque, en efecto, no era una loca. Juana aparece diagnosticada con un trastorno depresivo persistente, la distimia, y es presentada como una oligofrénica, pero el propio médico anota que su juicio es totalmente normal.
«La enferma responde perfectamente a todos los excitantes psicofísicos sin el menor rasgo patológico...
». De hecho, apenas pasaría seis meses en el psiquiátrico, «fue dada de alta por curación» de una enfermedad que el propio especialista no había detectado al examinarla.
¿Cuál fue, pues, la causa de su encierro?
La propia Juana vuelve a tomar la palabra: «Un día iba por la calle y un guardia de seguridad que le tenía mucha rabia la cogió para llevarla a la comisaría, y de allí la llevaron a la cárcel.
Según ella, lo hicieron por desacato a la autoridad», se cuenta en su historia clínica.
En efecto, fue recluida judicialmente y llevada a la cárcel de A Coruña, desde donde fue trasladada al psiquiátrico por dos empleados de la propia prisión.
La maravillosa locura de Juana fue decir no en un tiempo en el que a las mujeres no se les permitía más que asentir.
La de Vicenta R. R., luchar por su libertad fugándose para nunca más volver.
Era la de Vicenta (quien nació «el día de San Vicente, por eso me han puesto Vicenta») una historia más de miseria y violencia, que ella tuvo el privilegio de poder contar con sus propias palabras para defender su cordura.
Vicenta era una vendedora de pescado que llegó al manicomio el 8 de mayo de 1932, traída por un guardia en el tren de Vigo, a donde había llegado custodiada por dos guardias municipales «mandados por el Reisiño, un cura republicano».
Iglesia y fuerzas de seguridad juntas para sujetar a las mujeres que resistían.
En su historia clínica, recogida de la propia Vicenta, se hace constar que dieciséis años antes, al morírsele su niña y el hombre con quien la había tenido, se trastornó.
Estuvo trece meses en ese estado y durante su enfermedad quedó embarazada y tuvo otro hijo...
Desde que nació ese pequeño, trabajó honradamente para comer y criarlo.
Así vivió hasta que se casó con el suegro de su hermano, quedando viuda a los tres años.
Desde entonces siguió vendiendo pescado, hasta que mataron a una señora en la calle de la Herrería.
Lo valioso de la historia de Vicenta es que en ella se recogen sus palabras, exudando amor y escupiendo odio.
Leer a Vicenta es sentir su rabia y su dolor, que traspasa la tinta y nos atraviesa: «Esa señora era como mi madre, que cuando mi madre me echó a la calle al estar encinta, ella me recogió.
La mató con una macheta ese carterista, criminal.
Me llené de llorar y de gritar con el disgusto tan grande que me dio…
; además, hay un hombre en Vigo alcahuete del asesino que no lo puedo ver sin insultarlo por ser tan canalla».
Escucharla es sentir la miseria palpitando en cada letra. «Ahora, debido a mi debilidad, por no poder comer con el disgusto recibido me fui poniendo mal. No me querían dar un vino nutritivo porque costaba caro. Me cogieron los guardias y me maltrataron por no querer darme el vino».
Al tomar la palabra, Vicenta se convirtió en sujeto activo, se apropió de su pasado y pudo contarlo con sus propias palabras.
También fue la dueña de su destino aquella mañana en la que se fugó del manicomio, tatuada para siempre con el número 92 en su antebrazo.
Porque, sí, aquí también la locura se marcaba en la piel, años antes de que llegasen las noticias de Auschwitz a una Europa de pesadilla.
Hay destinos que quedan inscritos en la piel y otros que se imponen con la furia de lo inevitable. El de Herminia P., una mujer de sesenta años dedicada a sus labores en Corrales, Zamora, lo selló su marido, Liginio.