12. Anda y vete por el mundo
anda y vete por el mundo
Anda vete por el mundo qu’el mundo te dará’l pagho el mundo también arreghla al que está desarreghlado.
Cancioneiro popular galego
La letra de la canción gallega que encabeza este capítulo era, evidentemente, un consejo solo para hombres.
Concepción V. tenía cuarenta y cuatro años cuando cometió el imperdonable error de querer huir de la vida que habían trazado para ella.
Su expediente, desde su entrada en el manicomio el 16 de abril de 1911 hasta su salida ocho años después, no incluye ningún tipo de información psiquiátrica.
«Los verdaderos síntomas acaso tengan relación con los hechos siguientes: hace unos cuatro o cinco años, después de regresar de una romería a donde fue con su familia, decía que todo el mundo la censuraba».
¿Qué hizo Concepción para sufrir tal censura?
Y en otra hoja suelta, casi como un secreto al margen de la asepsia médica, una anotación: «Empaquetaba su equipaje... quería irse lejos».
Concepción salió «mejorada» de Conxo el 7 de octubre de 1919.
No recibió ningún tipo de tratamiento durante todos aquellos años.
¿En qué consistía, pues, esa mejora? ¿Había aceptado que nunca se iría fuera de su Pontevedra natal?
¿Había comprendido finalmente que su destino estaba al lado de su marido, que no había alas para volar más allá del matrimonio?
Las historias del psiquiátrico están llenas de mujeres como Concepción, que querían ver mundo y preparaban maletas que llevaban a ninguna parte.
Josefa C. M. también buscaba horizontes que no cabían en una cocina y una escoba.
Era una esposa de cincuenta y tres años dedicada a sus labores.
Aparentemente, una buena mujer, una mujer decente, que, sin embargo, entra en el manicomio un 5 de abril de 1932 diagnosticada de depresión.
Como en tantos otros casos, su expediente no ofrece ningún tipo de dato médico que corrobore esa afirmación.
Tampoco sabemos cuándo salió del psiquiátrico o si lo hizo curada.
Lo que sí se nos cuenta es que Josefa era aficionada al cine y que «al excitarse (a menudo) quiere marcharse al Orzán».
Josefa vivía en A Coruña y aquel no es sino un barrio de su propia ciudad natal.
Qué pequeño tiene que ser tu mundo para que sueñes con escaparte a la calle de al lado...
María de los Dolores C. A. quería irse más lejos. «Decía que se atrevía a ir sola a Madrid», se señala en su historia clínica, como refiriendo una osadía absolutamente fuera de toda lógica. ¿Dónde se ha visto que una mujer se vaya tan lejos?
Dolores parece ser un ejemplo a la gallega de esas «modernas» que comenzaron a aparecer por buena parte de Europa en los años veinte y treinta.
Eran una minoría, pero marcaron la pauta de nuevas formas de femineidad.
Demostraron que había otras maneras de ser y de actuar y abrieron nuevos horizontes para las que vinieron después.
Eran, pues, tremendamente subversivas desde el punto de vista de la moral dominante.
Dolores tenía veintisiete años, vivía en Vigo y estaba soltera.
Me la imagino con el pelo corto, la falda también recortada, la mirada hambrienta de curiosidad y mundo.
Por la referencia a un hermano que estudiaba farmacia y por la descripción de su cotidianeidad podemos deducir que procedía de un entorno acomodado.
«Ella gustaba de la vida de sociedad, era afectuosa con las amigas, con las que llegó a intimar.
Hizo con éxito la carrera de piano. Cuando comenzó su enfermedad pasa a ser muy retraída y luego estaba siempre en la calle».
No se indica diagnóstico a lo largo de toda su historia clínica, pero sí se sabe que salió recogida por la familia en varias ocasiones y que volvió a entrar en el manicomio.
Porque la señorita no era apropiada para exhibirla como una hija decente.
¿Fueron aquella vida libre, aquel lesbianismo que parece darse por hecho y aquellas ansias de ir más allá de Vigo las causas de su encierro?
Carmen S. S. llevaba una vida mucho más dura, huérfana desde los diez años debido a la muerte de su padre por tuberculosis.
Quizás la posibilidad de ser otra fue lo que la impulsó a soñar con escapar lejos de una existencia miserable de arados y siembras: «Actualmente tiene la idea fija de emigrar a América...
Venía creyendo la traían para Buenos Aires».
Me pregunto de qué modo la obligaron a entrar tras los muros del manicomio, y pienso en cuán poco valían los sueños de una mujer pobre…
Carmen entró en Conxo en 1930, con treinta y un años (y aquí nos fiamos de ella, pues en su historia clínica figura que tiene veintiocho y que «la enferma dice treinta y uno», así que, ¿por qué no creer a Carmen?).
No sabemos el número que portaba en el tatuaje que le hicieron, puesto que no figura en su expediente, pero sí se recoge en una anotación del 18 de abril de 1977 que «lleva en el brazo tatuado el número de su historia».
La identificación no se hacía en Conxo en función de una categoría étnica: el tatuaje, introducido por Juan Barcia Caballero, el segundo director del manicomio, a partir de aproximadamente 1935, se asociaba aquí con el diagnóstico y dejaba para siempre la piel y la vida estigmatizadas.
Una vez cruzadas las puertas del manicomio, desde el mismo momento del ingreso, las mujeres eran desposeídas de todos sus objetos personales y de la ropa que habían traído consigo.
Se cortaban los lazos con lo que antes habían sido, con una vida de aparente cordura.
Se necesitaba, pues, algún medio de identificación para evitar equivocaciones cuando se extendía el parte de defunción.
¿Cómo preguntar por su identidad a una loca?
¿Cómo saber quién eres cuando te han desposeído de todo lo que te hacía ser tú?
El tatuaje fue sustituido por el sistema de identificación fotográfica unos años después, pero, para entonces, quienes lo llevaban sobre su brazo tenían ya una marca indeleble que las señalaba como locas para siempre.
Carmen fue diagnosticada de esquizofrenia y pasó al menos cincuenta y un años en aquel manicomio.
A partir de 1981 su huella desaparece de la documentación.
El sobrino que vivía bien cerca, en O Burgo (A Coruña), jamás fue a visitarla.
En su expediente figuran también dos números de teléfono.
Nunca hubo nadie al otro lado de la línea.
Carmen no llegaría a conocer Buenos Aires, aquella ciudad mágica en la que no hay desengaño, vuelan los años, se olvida el dolor. No lo digo yo, lo dijo Gardel. Vaya por Carmen y su memoria, a ritmo de tango.
Y suene una habanera por Manuela N., modista con vida de cabaret a quien nadie pudo dominar.
Se bebía la vida a grandes tragos, fumaba marihuana en la cubierta de un viejo vapor, a contracorriente del camino marcado para una señorita de clase media.
Harta de la vida que se suponía para ella, hacedora de nuevos caminos entre cigarros rubios, solicitaba como necesidad imperiosa dentro de un manicomio pinzas para depilarse las cejas.
Manuela jugueteaba con los psiquiatras y creaba con ellos un lenguaje en el que los límites entre la locura y la retranca se desdibujaban.
Manuela decía que era una gran artista y que daba conciertos de guitarra.
Preguntada por el nombre de la cuerda más gruesa del instrumento, responde: «La prima, cuanto más prima más se arrima…
O tía». El médico le pregunta que, diciéndose artista, cómo es que desconoce este nombre, pero ella explica tal contradicción afirmando que se centra en componer.
«Soy recitadora, cantante, bailarina». Pretende saber mecanografía, pero, cuando le presentan la máquina, no escribe ni una sola palabra y se echa a reír.
Y con la misma retranca hace referencia al olor de las instalaciones: «Aquí la gente está reñida con los baños». Ojalá la hubiera conocido.
Manuela pasó tres meses en el manicomio, donde fue diagnosticada de psicosis maníaca.
«Yo no estoy loca, tengo excitación nerviosa nada más».
El 9 de junio de 1936 la recogió su familia, aquella en la que se había criado como una señorita coruñesa de clase media, colegio particular y tardes de hogar, costura y paseo.
Pero Manuela no era una señorita como las demás. Pedía vino, intentó conseguir una botella de anís, llegaba tarde a casa, era impulsiva, fumaba y bebía, «olvidando incluso las buenas maneras». Era libre en un tiempo en el que a las mujeres no se les estaba permitido serlo.
Y Cuba fue el lugar donde fantaseó con aquella libertad.
«Viene de La Habana. Parece ser llevó vida libre», dirían sus hermanos.
Llegó con diecinueve años para vivir junto a dos hermanas ya casadas, pero prefirió alojarse en hoteles.
Durante un tiempo tan frágil como hermoso, Manuela fue, simplemente, lo que quiso ser.
«Desconocemos la vida que pudiera hacer en los tres meses referidos, aunque fundadamente suponemos que fue agitada y libertina, ya que le faltaba el freno de la familia.
Se aficionó a fumar y tocaba la guitarra, creyéndose una gran artista».
Se sentía hermosa Manuela con aquel aire tropical, «se cree una belleza irresistible, y así es que todo aquel muchacho con el que hablaba lo creía enamorado de ella».
Compraba en los comercios todo cuanto le enseñaban o veía, «dándose el caso de que tiene seis o siete suéteres y compra cinco más.
Así con zapatos, vestidos y, en fin, todo aquello que su vista alcanzara».
¿Es una locura el derroche de ropa y la afición desmesurada por las flores, la consecución de ellas por cualquier medio, fueran estas de un jardín privado o de un jardín público?
Deben ser bien hermosas las mariposas blancas en La Habana…
La libertad de Manuela fue frágil, como aquellas flores blancas y esbeltas, que son como me la imagino a ella.
El vapor Habana la trajo de vuelta a casa a instancias de sus hermanos.
Al parecer, «y por haber llevado una vida libertina en la que según parece fumó y bebió alcoholes, se había puesto mal de la cabeza», contaban.
Creían también que se había inyectado alguna droga, que había fumado marihuana, «que tenía su enfermedad las características de una mujer no acostumbrada a una vida libertina y metida de lleno en ella», haciendo una «vida de cabaret».
Fuera lo que fuese lo que aquello significaba.
Aquella travesía en el vapor Habana la hizo Manuela fumando cigarrillos americanos, que también le fueron confiscados por sus hermanos.
Un último rayo de libertad que se deshizo como el humo al pisar España.
El médico que la acompañó durante todo el trayecto opinaba «que la muchacha está intoxicada por fumar demasiado, sin tener para ello preparación ni vicio, o bien por haber fumado alguna hierba tropical que muy bien pudiera ser marihuana».
Para sus hermanos, Manuela era una mujer insatisfecha, que, «como es natural, deseaba casarse, pero su carácter extraño, violento, alejaba de ella a los de buenas intenciones, al mismo tiempo que su ingenuidad atraía a los que buscan el éxito del momento».
Fuera lo que fuese lo que aquello significaba.
«Últimamente no pensaba más que en baile y diversiones.
Veía que pasaban los años, y quizás temiendo no hallar nunca lo que toda muchacha desea, de ahí el tabaco, los licores... ».
El 15 de abril de 1936, Manuela escribe a su hermano Manuel.
La carta tiene por destino la calle de la Libertad de Ourense y, coqueta hasta el final, pide en ella «pasta de dientes, jabón del que yo tengo ahí y una pinza para las cejas.
Mándamelo todo por el ómnibus lo que te pido, pues son cosas de necesidad y yo no tengo un patacón».
La historia clínica de Manuela recoge que sus anormalidades comenzaron en enero de 1936. «Si puede llamarse así el deseo de vivir su vida». Ella lo hizo, hasta el final, a ritmo de habanera y cabaret. Quién tuviera veinte años en La Habana…