23. La leyenda del lago de Sanabria
La leyenda narra cómo, bajo las aguas de este lago, yace el antiguo pueblo de Valverde de Lucerna.
No se ha encontrado documentación oficial que pruebe su existencia, pero son numerosos los testimonios orales que hablan de él.
Los más ancianos recordaban Valverde como un lugar próspero, con buenas tierras, ganado abundante y una iglesia cuyo campanario era el centro de todas las miradas.
Los habitantes de este lugar vivían con comodidad, pero también con arrogancia, pues rechazaban a los forasteros y no mostraban compasión hacia los necesitados.
Un día de invierno, un mendigo llegó al pueblo.
Vestía harapos, caminaba encorvado, y pedía algo de comida y refugio.
No tardó en ser rechazado por todos los vecinos, que lo miraban con sorna y con una insultante frialdad.
Con los pies en carne viva y la mirada exhausta, detuvo su caminar frente a la panadería del pueblo, en el que unas mujeres que trabajaban en el horno se apiadaron de él.
Le dejaron entrar, lo sentaron junto al fuego y, además, pusieron más masa en el horno para que pudiera comer algo caliente. Nada más hacerlo, la masa comenzó a crecer con rapidez y de forma desmesurada, y se salió del horno ante la mirada atónita de ambas señoras.
El mendigo se levantó de su silla, les puso la mano en el hombro y se presentó como Jesucristo.
Luego les contó que el pueblo sería castigado por su falta de caridad, ya que la arrogancia y la indiferencia con el prójimo eran comportamientos inaceptables.
Finalizó su pequeña intervención agradeciendo a las panaderas su hospitalidad y advirtiéndoles de que debían abandonar la zona de inmediato si querían salvarse.
Fue entonces cuando clavó su bastón en el suelo y recitó: «Aquí clavo mi bastón, aquí salga un gargallón; aquí cavo mi ferrete, que salga un gargallete».
Del bastón brotó agua, primero en hilos y luego en un torrente que inundó calles, casas y la iglesia en pocas horas.
Solo las panaderas consiguieron escapar a tiempo, pues dieron crédito al aviso del extraño visitante que afirmaba ser Jesús.
El pueblo quedó sepultado, a excepción del horno donde habían cocido el pan, que fue lo único que quedó por encima del agua.
Hoy, la leyenda afirma que ese horno es el islote que aún puede verse en medio del lago de Sanabria.
Pasado el tiempo, vecinos de los pueblos ribereños quisieron recuperar ambas campanas de la iglesia con una pareja de bueyes.
Una fue rescatada, pero la otra se hundió en lo más profundo del lago.
Mientras sus últimos retazos desaparecían lentamente, la campana le susurró a su compañera: «Tú te vas, Verdosa; yo, Bamba, me quedo; en la vida del mundo seré yo sacada».