22. El Patio de los Leones de la Alhambra
La belleza incomparable de la Alhambra la hace ser uno de los monumentos más visitados del mundo.
El conjunto palaciego, levantado por la dinastía nazarí, ha visto pasar reyes, guerras, traiciones e historias de amor.
Una de las más conocidas tiene como escenario el Patio de los Leones, probablemente el símbolo más indiscutible del recinto.
En este relato se nos habla de una princesa, un impostor y un amuleto repleto de magia y maldición.
La protagonista es Zaira, una princesa árabe que destacaba por su belleza, pero también por su sensibilidad y su inteligencia.
La muchacha era el polo opuesto de su padre, un monarca frío y cruel al que nada le importaba excepto el poder y el dinero.
Al llegar la primavera, ambos viajaron a Al-Ándalus y se instalaron en la Alhambra de Granada.
Para la joven, aquel destino fue un regalo, pues quedó anonadada por el encanto de su alojamiento y de la ciudad que lo albergaba.
A cada paso que daba por las calles granadinas, sentía que era el sitio al que siempre había pertenecido su alma.
El padre no tardó en reparar en cómo los callejones y sus gentes habían encandilado a la joven.
Y eso despertó en él el miedo de que su hija, una chica noble, se mezclara con la plebe.
Para remediarlo, la confinó entre los muros de la Alhambra hasta que regresaran a su residencia habitual, y le entregó un pequeño talismán como única compañía para que se entretuviese.
Pero aquel movimiento llegó tarde, pues Zaira ya había conocido a un muchacho llamado Arturo en uno de sus paseos matutinos.
Al no aparecer a la hora y en la calle acordada para su segunda cita, Arturo decidió ir a buscarla.
Saltó sin miedo la valla y se coló en la Alhambra de Granada para declararle su amor a la princesa.
Esta, temblando de miedo, le rogó que se marchara, ya que si aquel a quien llamaba padre los descubría, lo sentenciaría a muerte sin dudar ni un solo momento.
El joven aceptó retirarse, pero con la promesa de volver…
Y cumplió su palabra. Regresó poco tiempo después, aunque esa vez la fortuna les dio la espalda a los amantes, ya que el rey lo sorprendió y, sin compasión, ordenó que lo encerraran en las mazmorras de la Alhambra hasta su ejecución, que se llevó a cabo dos días más tarde.
La princesa quedó sumida en la desesperación.
Caminaba por los pasillos, entre llantos y desconsuelo hasta que, por azar o quizá por destino, halló un diario escondido en una estancia del palacio.
Dudó en abrirlo, pero la tentación pudo más que el temor y entre sus páginas descubrió una revelación devastadora.
El texto escrito y ligeramente emborronado por el paso del tiempo confesaba que el hombre a quien había llamado padre no lo era en absoluto.
En él se contaba, con todo lujo de detalles, cómo había asesinado al verdadero rey y a la reina para hacerse con el trono con la ayuda de once hombres, los cuales le permitieron consolidar su poder y su falso reinado.
El falso monarca solo se había apiadado de la pequeña, engañándola para que creciera pensando que era su padre.
La última frase que la princesa encontró la dejó pensando: «El talismán parece estar unido a la niña de alguna manera.
Espero que nunca descubra el maleficio. Aunque no debo preocuparme, pues nunca ha sido lo suficientemente lista como para hacerlo».
Zaira decidió plantar cara a su falso padre, y lo convocó junto con sus once soldados en el Patio de la Alhambra.
Con voz firme les reveló que conocía la traición, que sabía quién era él y lo que habían hecho con sus verdaderos progenitores.
El rey no lo negó, convencido de que poco podría hacer contra su séquito de soldados.
En ese mismo momento, las palabras llegaron a la cabeza de Zaira como un susurro divino.
Recordó que su madre, momentos antes de morir, vinculó el talismán a su hija y dijo que su poder se activaría si algún día llegaba a conocer la verdad.
Así ocurrió. Ante los ojos de la princesa, y según la tradición de los granadinos, el falso rey y sus once soldados se petrificaron en el acto, transformándose en doce leones de piedra que quedaron dispuestos alrededor de la fuente, dotando de significado al nombre actual, el conocido como Patio de los Leones.
Poca información quedó de la princesa y su amante, más allá de rumores locales en los que se afirmaba que vivieron felices hasta la vejez en lo que hoy es el Zaidín.
En la actualidad
Desde entonces, la fuente del Patio de los Leones se convirtió en uno de los emblemas más reconocibles de la Alhambra.
Muchos de sus visitantes, tras conocer la leyenda, se detienen a observar las doce figuras talladas que presiden el espacio y que son el recordatorio en piedra de un crimen que pagó las consecuencias.