20. La Guajona
El folclore cántabro esconde en su cajón a una de las ancianas más macabras de toda la mitología.
La Guajona comparte similitudes con las brujas medievales de Europa, aunque su naturaleza es vampírica.
Se la describe como una mujer de avanzada edad, desfigurada, con patas de ave retorcidas en lugar de pies y que está cubierta en su totalidad con un manto fúnebre, negro, fino y desgastado.
De su rostro destacan una nariz aguileña, verrugas oscuras y peludas y el que tal vez sea su rasgo más característico: un único diente afilado, largo y negro, con el que perfora las venas de sus víctimas para absorber su sangre lentamente, como un recién nacido que se aferra a su biberón humano.
La Guajona solo aparece de noche, o al menos eso marcan los escritos, ya que se mueve en silencio y nadie ha podido comprobar dónde se oculta durante el día.
Hay quien afirma que habita bajo tierra, en cuevas o fosas lejos de las miradas, aunque este hecho nunca se ha probado.
Al caer el sol, el espectro vaga por zonas inhóspitas y caminos rurales, donde acecha a los imprudentes que se atreven a cruzar para chuparles la sangre.
Pese a su frágil y desmadejado aspecto, no hay que subestimarla, pues le atribuyen la fuerza de cincuenta hombres.
Aunque no se priva de atacar a quien se cruce con ella, pues se alimenta incluso de animales, su presa favorita son los niños sanos y maleducados, a quienes ataca mientras duermen.
Entra en las casas sin que la vean, se acerca a los menores y les clava el diente en las venas.
Aunque no los suele matar a propósito, sí que los deja exhaustos, pálidos y sin color.
Durante generaciones, los padres recurrieron a la Guajona como recurso para inculcar disciplina a sus hijos.
Les explicaban que la criatura se presentaba ante los niños que desobedecían a sus mayores o eran insolentes con ellos.
Los pequeños que gritaban, no se iban a dormir a su hora o eran egoístas eran quienes tenían mayores probabilidades de que esta vampira los atacase.
De ese modo, el mito cumplía la función pedagógica de sembrar el miedo para reforzar, en los más pequeños, la importancia de tener buenos hábitos y de respetar a sus mayores.
Durante la Edad Media se extendió la idea de que, si un niño enfermaba de repente y palidecía, ello se debía a la visita nocturna de la Guajona, aunque la causa real podría haber estado más relacionada con patologías como la anemia, la tuberculosis o la leucemia.
Uno de los testimonios más tristes y esclarecedores sobre la Guajona se conserva en la carta de Mónica, una madre que perdió a su hijo tras una visita de esta vampira.
Meses después del entierro, y destrozada por la pérdida, le escribió la siguiente epístola a su hermano, que después recogieron los cronistas locales:
Querido hermano, te escribo con el corazón desgarrado.
Bien sabes la guerra que tenía con mi hijo, tan malhablado y rebelde como pocos.
No había día en que no me contestara con palabras hirientes, y yo le advertía una y otra vez que, si no guardaba respeto y no me obedecía, la Guajona vendría y se llevaría su fuerza.
No quiso escucharme. Hace unas noches, mientras todos dormíamos, despertó sobresaltado, blanco como la cera y sin apenas voz.
Me dijo entre susurros que una vieja de ojos brillantes se había acercado a su cama y que le había clavado un diente negro, largo y afilado, en el cuello.
Tan cierto como aterrador era, pues la marca aún estaba allí.
Intenté consolarlo y recuperarlo, pero cada día que pasaba lo veía más débil.
Apenas podía caminar, y su rostro se volvió tan blanco que bien me recordaba al de mi difunto padre.
No tardó en pasar a mejor vida tres días más tarde, entre mis brazos y sin que pudiera hacer nada para salvarlo.
Hoy entiendo que la Guajona era más que un cuento para asustar, era un ser real que acecha cuando olvidamos el respeto y la obediencia.
Aún no sé si me iré de este pueblo definitivamente para olvidar mi gran desgracia, o si consagraré el resto de mi vida a acabar con esta vampira. Por favor, no me busques.
Te quiere,
Mónica
Mónica desconocía un ritual antiguo orientado precisamente a ayudar a las víctimas de este ente malévolo, que consistía en dejar durante nueve noches seguidas un vaso de agua con trozos de astas de ciervo y algún objeto de plata en una ventana.
Esto permitía a la víctima recuperar fuerzas de forma progresiva y escapar de las garras de la muerte.
Testimonios como el de esta madre, a medio camino entre la advertencia moral y la experiencia personal, contribuyeron a cimentar el relato de la vampira más peligrosa del norte de España.
En la actualidad
Hoy en día, este mito se considera una de las pocas tradiciones de carácter vampírico en España, junto con la leyenda catalana del conde Estruch. Ambas figuras comparten predilección por la sangre humana, aunque la anciana tiene una especial fijación por la infancia.