Las leyendas más terroríficas de España 11. El Trasgu
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11. El Trasgu

Un matrimonio de ancianos convivía en una casa de campo apartada cuando, a mitad de la noche, las cazuelas empezaron a entrechocar solas, el fuego de la hornilla se encendió y se apagó varias veces y la vieja lavadora cambió de programa pese a estar desconectada.

El hombre bajó, escopeta en mano, temeroso de que les estuvieran robando y, para su sorpresa, la casa estaba tal cual.

Sin entender qué ocurría, volvió a subir y los ruidos se reanudaron, el alboroto era ahora incluso mayor.

Él miró a su mujer confuso y esta se llevó las manos a la cara, recordando una historia que su difunto abuelo solía contarle en las largas noches de invierno: «Cuando oigas pasos y desastres donde no debería haber nadie, es que se os ha colado el Trasgu».

Entonces su insomnio se transformó en preocupación, pues el visitante era ni más ni menos que el pequeño duende asturiano, inquieto y travieso, que vaga de casa en casa para gastar bromas y poner a prueba la paciencia de sus moradores.

Este ser, que suele habitar zonas rurales de Asturias, es también conocido como Trasgu, Trasno o Sumiciu, y siempre viste de rojo, con blusa y gorro que recuerdan al fuego del hogar.

Nadie se ha fijado nunca en si usa pantalones o calzado, pues se mueve rápido y es esquivo.

Lo cierto es que, si está de buen humor, ayuda en pequeñas faenas domésticas, pero cuando la travesura lo domina rompe cacharros, desordena las arcas, trasiega agua de un recipiente a otro y lleva el ganado al abrevadero.

Sin embargo, al llegar la mañana, todo aparece en orden, como si lo acontecido fuera un espejismo, aunque los habitantes de la casa sepan que esa noche tuvieron visita.

A lo largo de los siglos, la tradición asturiana ha transmitido también remedios para librarse de su presencia.

La fórmula consiste en encargarle tareas imposibles como traer agua del mar en un paxu de mimbre, recoger medio copín de linaza del suelo o blanquear la piel de un carnero negro.

Ninguna de estas misiones puede realizarse, y el Trasgu, obstinado como es, acaba atrapado en un trabajo eterno hasta que desiste y abandona la casa.

El paxu , por estar tejido de mimbre, jamás retendría el agua; no podría recoger medio copín, que era una antigua medida de capacidad en Asturias, porque los granos de linaza se le escaparían de la mano izquierda, ya que el Trasgu tiene un agujero enorme justo en la palma; y la pelleja del carnero, aunque la restriegue de río en río, nunca perderá su color oscuro.

Quienes no conocían estos remedios acababan abandonando la vivienda, aunque eso no garantizaba librarse de él.

A veces aparecía en el nuevo hogar con algún cacharro de la casa vieja diciendo: «Esta casa es más guapa que la otra, quédome aquí».

La leyenda sobre este ser relata un episodio en el palacio de Rozadiella, cerca de Cangas de Tineo.

Allí la convivencia resultaba imposible por culpa del duende.

Un día, los habitantes decidieron marcharse con todos sus bártulos cargados en carros, pero cuando estaban a punto de iniciar la marcha, uno de los carreteros lo descubrió sentado sobre los muebles del último de los transportes.

«¿Adónde vas?» , le preguntó. El Trasgu respondió: «Ya que todos vais de casa mudada, también me mudo yo».