10. La Cruz del Diablo
Un vestigio del horror y del paso del mal por la tierra se encuentra escondido en España. El diablo dejó la huella de sus garras en La Cruz de Cuenca para recordar que es más real de lo que creemos, que siempre está presente y vigilante, aunque se esconda en las sombras.
Siglos atrás, en la ciudad ya mencionada, vivía Rodrigo, un joven apuesto, de rasgos finos y atléticos.
Tales eran su belleza y su oratoria que las mujeres comentaban sus virtudes entre cuchicheos en los callejones, aunque también lo precedía una fama de mujeriego.
Seducía a sus vecinas y compañeras sin remordimiento y, una vez obtenidos los favores carnales que tanto ansiaba, las abandonaba.
Al caer la tarde, el joven solía detenerse en una de las tabernas cercanas al barrio de San Miguel, donde corría el vino y su lengua se soltaba más que de costumbre.
Una de esas noches aseveró que se sentía cansado, pues ya había estado con casi todas las mujeres del lugar y ninguna le suponía un reto.
Tres días más tarde, con la luz de las estrellas como guías en el cielo, llegó a Cuenca una forastera llamada Diana.
Su hermosura no pasaba desapercibida, pues allí donde iba acaparaba todas las miradas, que embelesaban tanto a mujeres como a hombres.
Su pelo era rubio y largo, sus ojos acaramelados brillaban y diferentes pecas se caían entre la nariz y los carnosos labios, como si las hubieran derramado desde un salero.
En pocas semanas, se convirtió en el centro de todas las conversaciones.
Por supuesto, el orgulloso conquistador no tardó en fijarse en ella, y, cuando quiso darse cuenta, lo que arrancó como una apuesta entre sus amigos ya se había transformado en un reto personal.
Intentó conquistarla como había hecho con tantas otras, pero no surtió efecto.
Diana, alertada por la mala fama que precedía a Rodrigo, se percató de sus intenciones desde el principio y no mostró interés alguno.
Lo rechazó una y cien veces, pero el muchacho, acostumbrado al éxito, no supo aceptar la negativa.
Le causaba fascinación y, en cierto modo, algo de morbo, que la recién llegada tardase tanto en caer rendida ante sus encantos.
Durante varias semanas persistió en el empeño, y elaboró numerosas estrategias para llamar su atención, pero todos los esfuerzos resultaban inútiles.
Diana siempre respondía con un no rotundo, y la obsesión de Rodrigo crecía con cada negativa.
En la víspera de Todos los Santos, recibió una inesperada carta.
Era ella. Le hablaba de cómo había reconsiderado su postura y lo citaba la Noche de los Difuntos, en la puerta de la ermita de las Angustias.
Entre trazos débiles, le prometía que sería suya hasta el amanecer.
La emoción del galán fue indescriptible.
No podía creer que, por fin, sus intentos hubieran dado resultado.
Esa noche, a pesar de la lluvia y de los truenos que retumbaban en el cielo conquense, acudió al lugar citado con ansiedad y esperanza.
Al llegar, la encontró radiante. Su presencia brillaba bajo el cielo encapotado.
Sin pensarlo, corrió hacia ella y la besó, intentando desabrocharle los chapines y levantarle la falda.
Fue entonces cuando un rayo iluminó la escena, y quedó paralizado ante su hallazgo.
Los pies de Diana no eran humanos, sino pezuñas negras, con hileras rojas y peludas que subían desde el tobillo hasta el interior de la falda.
Entre temblores, levantó la vista a duras penas.
Ante él ya no estaba la joven, sino una figura grotesca con olor a azufre…
Era el diablo. Su mente no alcanzaba a comprender qué sucedía allí, pero supo que debía correr para no morir.
Preso del pánico, huyó por el camino de la ermita, gritando y balbuceando auxilio.
Tropezó y rodó por el terreno enfangado, y se manchó de barro la camisa, el pelo y el rostro.
Al recuperarse del golpe, visualizó frente a él una cruz de piedra situada junto a la entrada del santuario y se abrazó a ella con todas sus fuerzas, en busca de refugio.
El diablo lo seguía con tranquilidad, y cuando Rodrigo se protegió tras el símbolo, el maligno le propinó un zarpazo que le rozó el hombro y marcó sus garras en la piedra.
Rodrigo cayó desmayado. El cóctel de golpes y pavor lo dejó dormido en el suelo.
Unas horas más tarde volvió en sí y ya no quedaba rastro del maligno, salvo la huella de su garra, que seguía marcada en la cruz.
El joven, trastornado, ingresó en el santuario de la Virgen de las Angustias.
Y, según cuentan, nunca más salió de allí, ni vio la luz del sol.
En la actualidad
El escenario real de este relato es uno de los rincones más bellos de Cuenca. La ermita de las Angustias, donde se desarrolla la historia, fue construida en el siglo XVII , sobre otra más antigua del siglo XIV , la cual dio origen a la leyenda.
Muy cerca de la ermita se encuentra el antiguo convento de los Descalzos, levantado en el siglo XVI . Y es precisamente en la puerta de este convento donde está la cruz con la supuesta marca del diablo , que cada año recibe cientos de visitas para contemplar la estampa que dejó el mal en la ciudad.