Las leyendas más terroríficas de España 9. La niña de las peras
36%

9. La niña de las peras

A comienzos del siglo XX , en la zona alta del municipio tinerfeño de Güímar, vivía un matrimonio campesino junto a su hija de diez años.

Residían en San Juan, una de las partes más antiguas del pueblo, cerca del cruce de Guaza.

La pequeña solía pasar las mañanas jugando en la calle, con otras niñas de su edad y del vecindario, hasta que su madre la llamaba para que ayudase con los recados del hogar.

Un día, le pidió que fuera al cercano barranco de Badajoz a recoger peras para el postre, mientras ella preparaba el almuerzo.

La niña interrumpió el juego con sus amigas e intentó que la acompañaran, pero todas se negaron, porque según ellas el barranco estaba lleno de cuevas, luces extrañas y ruidos de personas o animales que «parecían llorar todo el tiempo».

Insistió e insistió, pero la respuesta siempre fue la misma, un no rotundo.

Ante la negativa reiterada, decidió ir sola.

No tardó demasiado en llegar, pues conocía bien el sendero y no entendía por qué a sus amigas les asustaba tanto, si ella siempre lo había sentido como un lugar mágico y acogedor.

Caminó unos quince minutos hasta llegar a la ladera donde su familia tenía varios perales.

Golpeada por el calor del sol de mediodía, comenzó a recoger las frutas más bajas, las que su altura le permitía alcanzar sin esfuerzo, pero no todas estaban maduras.

Llenó un cesto con una docena de ellas y, de golpe, una extraña somnolencia se apoderó de su cuerpo sin pedir permiso.

Se convenció a sí misma de que le vendría bien descansar y se recostó a la sombra del árbol por unos minutos.

El calor comenzó a desaparecer y, en unos últimos parpadeos antes de caer rendida al sueño, vio cómo una niebla fresca cubría la totalidad del barranco.

No llegó a reaccionar, pues el sopor fue completo.

Al despertar, no supo cuánto tiempo había pasado.

Preocupada, intentó activarse rápidamente para volver a casa, consciente de que su madre le iba a regañar… Y entonces lo vio.

Cruzó una mirada con un hombre muy alto, de piel pálida y cabello blanco. Su rostro alargado y sereno le resultó inquietante, pues además vestía completamente de blanco y su túnica parecía flotar.

El hombre la miraba con atención, pero sin invadir su espacio.

Le extendió una mano, sonriéndole e invitándola a seguirlo.

La niña, lejos de sentir temor, experimentó una extraña tranquilidad y pensó que todavía era temprano, pues el sol se filtraba con timidez entre la niebla.

Se levantó sin decir una palabra y aceptó la invitación.

Todo era natural, como si ya lo hubiese vivido.

Caminaron por un sendero estrecho que descendía hacia el barranco agarrados de la mano mientras la niebla espesaba, pero él parecía conocer el camino a la perfección. Pronto llegaron a una cavidad con símbolos grabados. La niña los encontró bonitos, y él sonrió antes de entrar.

Dentro la temperatura era templada, la piedra volcánica rezumaba humedad y una luz suave iluminaba el interior sin fuente aparente.

La niña caminaba detrás del hombre, cruzando corredores estrechos que se abrían en distintas direcciones.

Al final, después de pasar entre dos bloques de piedra, accedieron a un espacio abierto y amplio donde se desplegaba un valle subterráneo, lleno de árboles frutales de distintas especies, muchos de los cuales no reconocía.

Detrás de los troncos había otras niñas con piel de porcelana y cabello nevado, vestidas como él.

No hablaban, pero la observaban con la amabilidad de quien ya te conoce de otra vida.

La invitaron a divertirse y con ellas bailó, jugó al pillapilla y degustó los exquisitos sabores de las frutas maduras que habían caído al suelo. Todo en aquel lugar le transmitía paz.

Pasados lo que a ella le parecieron unos minutos, él le hizo un gesto desde la entrada de la cueva para que lo siguiera de nuevo.

La niña se despidió de sus nuevas amigas, diciendo que volvería a jugar otro día con ellas, y ambos desanduvieron el camino hasta salir de la cueva.

Desde allí, caminaron de nuevo por la vereda hasta el peral.

Al llegar, el hombre no dijo nada, solo sonrió de nuevo con gentileza y desapareció entre la niebla.

—¡La fruta! —recordó la pequeña con angustia.

Al avanzar, notó cambios. El sendero, el calor y el aire eran distintos, incluso el paisaje tenía detalles que no recordaba. Vio carreteras, coches y casas nuevas donde antes había terreno vacío.

Al llegar al pueblo y girar una esquina, se cruzó con una mujer de unos sesenta años.

Se parecía mucho a Inma, la costurera, pero mucho más mayor.

El rostro se le desencajó y corrió hacia la puerta más cercana, gritando que había vuelto la niña de las peras.

Todos los vecinos salieron a verla, incluidos sus ya ancianos padres, que se desmayaron en el acto.

Habían pasado veinte años desde que ella desapareció en aquel barranco, y ahora había vuelto con el mismo aspecto y la misma ropa con la que la vieron por última vez aquella mañana. El tiempo no había pasado por ella.

En la actualidad

Nadie supo explicar el paranormal caso, pero, hoy día, la localidad de Güímar aún recuerda con una mezcla de asombro y terror la historia de aquella niña.