Las leyendas más terroríficas de España 8. La Tragantía
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8. La Tragantía

Sobrevivió semanas a base de insectos y filtraciones de agua hasta que se completó su transformación en un putrefacto sótano del castillo de la Yedra.

Esta fortificación, levantada en la sierra de Cazorla, en Jaén, fue testigo del nacimiento de la primera Tragantía, una criatura maldita con apariencia de mujer y cola de serpiente cuyo canto paraliza a quien la escuche.

La historia de esta princesa morisca arranca en el siglo XIII , cuando los ejércitos cristianos del arzobispo de Toledo avanzaban implacables hacia el sur peninsular.

Su objetivo era Cazorla, y no se privaban de arrasar aldeas vecinas a su paso.

Consciente de ello, el rey moro que residía en el interior del castillo de la Yedra permitió a su pueblo huir para evitar que su enemigo le obsequiara con el mismo destino de Quesada… La devastación más absoluta.

Solo él y su guardia real permanecieron entre los muros del alcázar, acompañados de su hija, una joven de extraordinaria belleza.

Cuando un espía llegó con la noticia de que el enemigo se encontraba a un día de distancia, el monarca comprendió que cualquier intento de resistencia sería inútil.

Aceptando el fatal destino, pensó en su hija con preocupación, pues, si caía en garras del adversario, sería poco menos que ultrajada o convertida en esclava.

Ordenó que se ocultara en una estancia secreta del castillo, una habitación subterránea a la que los cristianos no podrían acceder.

El día de San Juan la aprovisionó con víveres y líquidos suficientes para aguantar más de un mes. Le besó la frente con cariño y aseguró que volvería a por ella.

—Aguanta, aquí estarás segura. Eres lo más preciado que tengo. Regresaré por ti en cuanto los cristianos se hayan marchado.

Selló la entrada con una losa, ayudado por cuatro de sus soldados, y partió al alba con su séquito en dirección a las montañas, pero no llegaron lejos, ya que una lluvia de flechas opacó el sol del amanecer, y atravesó las armaduras y la piel de la división morisca.

Con ellos murieron la posibilidad y la esperanza de que alguien rescatase a la princesa.

Las huestes cristianas llegaron esa misma tarde a Cazorla y ocuparon el deshabitado castillo, reforzaron sus defensas y convirtieron la fortaleza en su residencia habitual.

Pasaron los días, y luego las semanas. En el interior de la cámara, la hija del rey esperaba en soledad, aferrada a un aliento que se esfumó el mismo día de la partida, entre el silbido metálico de las flechas y sin que ella lo supiera.

El mes pasó y las provisiones se agotaron.

La princesa se vio obligada a beber el agua que se filtraba entre la tierra y a comer los pocos insectos que se dignaban a visitarla.

Sin capacidad para moverse en aquel reducido espacio, sus piernas se atrofiaron poco a poco y la humedad hizo el resto.

Cuenta la leyenda que su cuerpo empezó a cambiar y sus delicadas piernas se transformaron en una cola serpentiforme cubierta de escamas.

La metamorfosis duró días entre gritos agónicos de dolor, que convirtieron su voz humana en un lamento profundo y desgarrador que retumbaba en aquel sótano y que no tardó en filtrarse hasta las paredes superiores del castillo.