Las leyendas más terroríficas de España 7. La macabra calle de la Cabeza en Madrid
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7. La macabra calle de la Cabeza en Madrid

Cruel e impredecible baza es la traición, que a veces se presenta bajo el mismo techo.

Una de las leyendas más macabras y sobrenaturales del siglo XVI nace en lo que hoy es el corazón de Madrid, en la calle de la Cabeza, cercana a Tirso de Molina, donde un azulejo aún da constancia del crimen cometido, un acto perverso que implicó una cabeza decapitada, un cuchillo y un carnero degollado.

La historia comienza con un clérigo, un hombre acomodado y respetado en su parroquia y en su comunidad.

La gente lo apreciaba por su inmensa generosidad, ya que solía socorrer a los mendigos y convertir su casa en un refugio de puertas abiertas para quienes más lo necesitaban.

Fue en ese contexto cuando se cruzó con un muchacho portugués que vagaba por Madrid sin rumbo fijo, pidiendo pan en las esquinas.

Movido por la compasión, lo recogió bajo su techo, le dio un oficio como criado y le ofreció un lugar donde aprender disciplina y cultura.

Durante un tiempo, la convivencia parecía prometedora.

El sacerdote confiaba en que, con esfuerzo, aquel joven pudiera enderezar su vida y abandonar la miseria.

La realidad fue muy distinta. El muchacho, de carácter inquieto, cumplía de día con sus tareas, pero de noche se perdía en tabernas y juegos de azar, y acumulaba deudas que el párroco cubría con paciencia.

No en pocas ocasiones el tutor lo animaba a asistir a misa, lo reprendía por sus ausencias y lo instaba a trabajar con honradez.

Sin embargo, el portugués recibió sus palabras con desdén, ya que comenzó a percibir su trabajo como una carga y la casa como una prisión.

Entre ambos crecieron las tensiones, cada vez más palpables en miradas y comentarios.

Los vecinos recordaban cómo, en más de una ocasión, las quejas del hombre de Dios resonaban en la vivienda y, acto seguido, eran respondidas con fuerza por el luso, al cual le perdían las malas formas.

El resentimiento se mezclaba con la envidia hacia la vida desahogada de su benefactor, y a ello se sumaba la presión constante de los acreedores, pues nunca abandonó su segunda vida nocturna.

Atrapado por las deudas y por la sensación de estar vigilado, el portugués concibió un plan desesperado en el que debía asesinar al sacerdote y apoderarse de sus riquezas.

Una mañana, cuando el clérigo se preparaba para acudir a su misa habitual, el criado lo atacó en su casa y le asestó varias puñaladas por la espalda hasta dejarlo muerto en un charco de sangre. Se empleó con tal brutalidad que llegó a doblar levemente la hoja del arma.

Para colmo, el joven decapitó a su amo y se llevó consigo la cabeza.

Nadie supo a ciencia cierta por qué. Algunos expertos creen que lo hizo con la intención de borrar la identidad de la víctima para que no lo atraparan.

Con una gran cantidad de dinero en sus bolsillos, el criado huyó a Portugal y desapareció sin dejar rastro.