4. El Sillón del Diablo
La ciencia y las artes oscuras protagonizan una leyenda donde convergen el ámbito académico, un sillón propiedad del maligno y una muerte pública que provocó histeria colectiva en la población y el nerviosismo de la Inquisición.
Entre sus alumnos destacó pronto un joven portugués llamado Andrés de Proaza.
Según cuenta la historia, su admiración por el cuerpo humano iba mucho más allá de lo académico, era una obsesión pasional.
En las aulas era tan aplicado que algunos compañeros lo calificaban como un prodigio que pronto superaría en conocimientos a su profesor.
Sin embargo, muchos recelaban de su misteriosa y anómala vida privada, pues, según los vecinos, se oían ruidos extraños durante la noche y percibían olores tóxicos.
Los comentarios que circulaban de boca en boca por los mentideros de la ciudad derivaron en acusaciones de practicar magia negra, de no respetar los límites de la ciencia y de experimentar con animales e incluso con humanos.
Por aquel entonces, las incriminaciones eran graves, pues, si bien era cierto que para conocer el funcionamiento del cuerpo humano se necesitaban autopsias, la práctica con personas era ilegal y se castigaba con la muerte.
La denuncia colectiva tomó fuerza tiempo después, al desaparecer un niño de nueve años en Valladolid.
La ciudad se alarmó, y las miradas se dirigieron pronto hacia el joven estudiante portugués.
Las autoridades, alertadas por los vecinos, registraron su vivienda.
Los restos encontrados allí confirmaban las peores sospechas…
Al menor lo habían utilizado en vida para llevar a cabo estudios anatómicos.
También hallaron restos de animales y diversos instrumentos quirúrgicos rudimentarios.
El caso se transfirió al Tribunal del Santo Oficio, que se encargó del juicio.
Fue entonces cuando Andrés de Proaza, con una tranquilidad pasmosa y lejos de negar los hechos, añadió un detalle escalofriante.
Afirmó que poseía un objeto mágico, un sillón que le había entregado un nigromante.
Los inquisidores lo escucharon sin perder detalle, pues hablaba con una convicción absoluta.
Al preguntarle por qué utilizaba ese sillón, el estudiante portugués les explicó que le transmitía conocimientos médicos avanzados al sentarse sobre él, pero les advirtió que no era un objeto común, pues cargaba una maldición.
Según sus palabras, aquel que no estuviera preparado para recibir su sabiduría moriría a los tres días.
Lo mismo ocurriría con quien intentara destruirlo.