Las huellas de Laila 59 Sin guiones
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59 Sin guiones

Debieron echarme algo en las bebidas, solo eso explicaría que estuviera viendo a Cyrus Von Stein apoyado en el capó de un deportivo en la mitad de una pradera, en las afueras de Río Polson, con las manos metidas en los bolsillos de un traje, si hace tan solo un rato hablé con él y dijo que ya no quería seguir en contacto conmigo.

Y las gotas de lluvia lo estaban mojando.

Tenía una de esas sonrisas oscuras y matadoras, la que le dejaban líneas en las comisuras de su boca. Algunos mechones oscuros le caían sobre la frente, dándole su clásico aspecto de peligro.

—¿Qué haces aquí? —modulé bien agudo.

—¿Qué crees? —Ladeó la cabeza—. Vengo a buscar al amor de mi vida.

Se me escapó una risa entrecortada.

—¡¿Cómo dices?!

—Hace unos meses, alguien me dijo que no fuera un cobarde, y tenía razón. No quiero serlo.

Me quedé sin respiración. Abrí y cerré la boca varias veces, sin saber qué decir, hasta que exploté:

—No lo puedo creer. ¡Estás demente, Cyrus Von Stein! ¿Por qué me hiciste creer que no volvería a saber de ti? —No supe diferenciar si estaba feliz o furiosa; si quería besarlo o golpearlo.

—I’m sorry, love.

—¡Casi lloro en la boda de mi prima!

—Antes de que trancaras —comenzó a explicar—, intentaba decirte que no aguanto la distancia y que estuve poniendo las cosas en orden...

para venir por ti. —No se movió desde donde estaba, como si la noche, la pradera, las estrellas, la lluvia y el mundo nos pertenecieran—.

Te iba a pedir que salieras para que lo vieras por ti misma.

Cortaste y te di un momento, no quería agobiarte.

Luego entré y te vi bailar con mucha gente.

No me atreví a interrumpir tu entusiasmo.

Luna y Kimi sabían que estaba aquí, ni ellas pudieron traerte antes.

—Yo... —Me llevé una mano a la boca—. ¡Cómo iba a saberlo! ¿De dónde sacaste ese descapotable? ¿Lo robaste? —Era una pregunta absurda. El impacto despojó a mi cerebro de cualquier sentido común.

—Por ti podría robar un banco. —Su traje era negro, su camisa blanca, iba sin corbata, y se veía como una hipnotizante criatura en peligro de extinción—. Me contaste que aprobaste el examen de conducir, este es tu regalo. ¿Te vas a quedar ahí parada, mojándote?

—Cyrus. —Tomé aire—. Eres libre. Te retiraste de la actuación, superaste el juicio, Freder...

El psicópata está preso, y aunque te amenazó, dudo que logre hacerte algo.

Fuiste a terapia. Estás empezando de nuevo con lo de la Ingeniería Automotriz.

Tienes una lista infinita de aventuras posibles, ¿y decides que comprarme un auto y venir aquí, a buscar a una cuye en medio de la nada, es la mejor idea?

—Mi mentón no paraba de tiritar, y no era por el frío.

—Lo dices como si no fueras lo que más quiero en la vida.

—Puedes tener lo que desees. ¿Qué tengo para que estés aquí? —Nunca se lo había preguntado de esa manera—. Además de estar un poco loca y hacerte reír a ratos.

—¿Por qué desearía cualquier otra cosa si existes tú?

—¿Así de simple?

—It's anything but simple. —Suavizó la expresión—. Al conocerte, me dijiste que a veces lo inesperado es lo que nos sorprende de la mejor forma y, como siempre, tenías razón. Tú fuiste algo inesperado que me despertó de un bucle de pesadillas.

Me llevé las manos al estómago, en cuyo interior no dejaban de agitarse alas de alguna especie de dinosaurio gigante mientras él continuaba:

—Me atrapaste en el segundo en que me sonreíste con una ligereza que no sabía que existía —prosiguió—.

Me haces reír más que cualquier otra persona en el planeta, sí, pero lo importante es que a tu lado puedo respirar de verdad sin tener que fingir nada.

—Qué envidia, yo no podía ni respirar—. Cada vez que te veo o te escucho descubro lo que es el amor.

Así que no, la razón por la que vine a buscarte no tiene nada de simple.

—Santo infierno.

—Intenté protegerte de la manera incorrecta, o quizás era lo que debía pasar para sanar por mi cuenta y tú por la tuya. Sé que te hice daño, Laila, y pretendo pasarme la vida compensándote.

—No tienes que compensarme nada.

—Le sacaste el óxido a mi mejor versión, y aquí me tienes. Es tuya. —Avanzó hacia mí, y las luces le iluminaron el rostro—. Vengo a ofrecerte todo de mí, porque tú eres la vida que deseo.

Me llevé los dedos a los ojos para detener las lágrimas. No dio resultado. La calidez de sus manos envolvió las mías y me obligó a bajarlas. Sus facciones marcadas estaban cubiertas gotas de lluvia y le resbalaban por las puntas del pelo y por su mandíbula.

—Ahora dime, Laila con «i» latina, ¿cómo podría desear otra cosa si existes tú? ¿Cómo, si tú eres mi todo?

Me aferré a sus manos tanto como mi corazón se aferraba a la ilusión de darnos una oportunidad, y al mismo tiempo estaba asustada.

—No nos hemos visto desde diciembre, ¿y te plantas aquí a decirme eso? ¿Quieres matarme?

—Hemos hablado todos los días. Jamás le conté tantos detalles de mi vida a ninguna otra persona. Y no, no quiero matarte, deseo justo lo contrario a eso.

—No hemos pasado juntos el tiempo suficiente. —Levanté los brazos y los dejé caer—. Todavía no conoces cosas vergonzosas de mí, como que odio frotarme la toalla en el cuerpo después de una ducha. O que a veces orino con la puerta abierta en la madrugada porque tengo mucho sueño.

Cyrus reprimió una sonrisa.

—Conozco lo necesario para saber que iría hasta el mismo infierno a buscarte. Y no puedo esperar a conocer todas esas partes vergonzosas de ti.

—Es una locura. —Tragué saliva con dificultad—. Somos polos opuestos, ¿cómo podría funcionar? ¿qué haríamos con todo?

—Se me ocurren un par de ideas de lo que podríamos hacer de aquí en adelante. —Las líneas aparecieron en la comisura de su boca cuando me dedicó una sonrisa maliciosa.

Mis labios saborearon el salado de mis lágrimas y lo dulce de la lluvia. Este era un capítulo de mi vida que dividía toda una era.

—Solo quiero lo mejor para los dos —musité con el estómago colmado de cosquilleos.

—Lo mejor será donde estemos juntos.

—Me mudo a Nueva York en abril.

—Iré contigo.

—¿Y qué pasará cuando me titule y tenga que trabajar en películas, y tú estés trabajando con autos?

Cyrus me escrutó el rostro con una intensidad oscura que solo él poseía. La lluvia se hizo más potente y comenzamos a empaparnos.

—He pasado año tras año aprendiendo guiones. Estaré feliz de improvisar. Haré lo que haga falta mientras sea a tu lado. Ya lo hemos pasado lo suficientemente mal en la vida, no quiero seguir desperdiciando tiempo lejos de ti.

Oh, Dios.

Me obligué a respirar. A pensar con cordura y objetividad, aunque era difícil teniéndolo ahí al frente.

Tomé el relicario de Fira, y mis uñas lo abrieron y lo cerraron varias veces. Él espero ahí, sin moverse, paciente, admirándome como el mayor de los tesoros, rodeado de una cortina de lluvia que se volvía cada vez más violenta.

Observé las guirnaldas de luces mojarse, las estrellas más arriba, los rayos verdes y azules que escapaban de la fiesta, los vehículos húmedos, y la luna entre las nubes.

Cyrus tomó aire, y de repente comenzó a desabotonarse la camisa.

—¿Qué estás haciendo? No es necesario que te desnudes aquí mismo —me adelanté—. Menos con este clima.

Él me devolvió una mirada divertida y continuó desabotonándose. Las gotas del cielo rodaron por la piel de su pecho.

—Sé por qué dudas de mí, y es válido. Now, love, permíteme despejar cualquier incertidumbre.

Empujó la tela de la camisa a un costado, lo suficiente para exponer el tatuaje de la serpiente sobre sus costillas.

Madre. Santa. Suprema.

—Te amo con todo lo que soy, Laila Ferrera. Con mi luz y oscuridad. Todo lo mío es tuyo —declaró profundo y solemne—. Eres la única capaz de impedirme que luche para que lo nuestro funcione.

No podía hablar, ni menos quitar los ojos del nuevo diseño que tenía un poco más arriba de la serpiente. Mi dedo tocó el relieve resbaloso de la tinta.

Él fue. Cyrus se había llevado nuestro contrato, en el que firmamos con nuestras huellas formando un corazón. Ahora todo tenía sentido, pues tenía la copia exacta impregnada en su piel.

—Estás completamente loco —dije al acariciar el corazón de huellas.

—Por eso encajamos tan bien.

—¡Te tatuaste, Cyrus! —Lo miré a los ojos. Le caían gotas del pelo, pestañas, nariz y mentón. Tenía la ropa empapada, y yo estaba igual—. Comprarme un auto es demasiado, pero marcar tu piel está a otro nivel. ¿En qué estabas pensando?

—En ti.

—Muy gracioso. ¿Qué pasa si te rechazo ahora mismo? El auto puedes venderlo, ¿pero el tatuaje? La remoción no es tan efectiva. ¿Te taparías el diseño con un tatuaje de una flor horrible o qué?

—Las huellas que dejaste en mí no las podré cubrir con nada. Y creo, Laila, que yo también dejé huellas en ti, las suficientes como para que me permitas el honor de amarte.

Jadeé entrecortada. Me empujé el pelo húmedo hacia atrás, como si despejar mi cara me aclarara la mente.

Cyrus, Cyrus, Cyrus. Mi príncipe de las tinieblas. Bendito británico sensual y amargado. Bendita la cama donde sus padres crearon tal criatura misteriosa, de corazón noble y de sorpresas vertiginosas. Y aún más bendita la tormenta que lo empapó en su declaración de amor.

Madre mía. Eso de verdad me estaba pasando, y sin duda era mejor que todas las películas en las que trabajé.

—¡¿Qué dijiste antes?! —Lo enfrenté otra vez. Tuve que gritar porque la lluvia se había transformado en un aguacero escandaloso.

—¡Dije muchas cosas! —me contestó a través de la tormenta—. ¡Que las huellas que dejaste en mí no las podré borrar...!

—¡Antes de eso!

—¡Que eres la única capaz de impedirme que luche...!

—¡Antes!

Entendió a dónde quería llegar. Se inclinó sobre mí y me acunó la cara.

—¡Dije que te amo, Laila Ferrera! ¡Te amo con todo lo que soy! —gritó en plena tempestad.

—¡No sabes lo mucho que te amo también!

Lo besé con las ganas que apenas cabían dentro de mí.

Jadeó con sorpresa, e inmediatamente después sus manos pasearon por la seda de mi vestido mojado. Fue protector, intenso y cálido. Nuestras lenguas se fusionaron con desespero. Pegué cada centímetro posible de mi cuerpo al suyo, y aun así lo necesitaba más cerca.

Creí que no podría dejar de besarlo nunca. Lo abandoné en el hotel de Nueva York, y me veía incapaz de separarme de Cyrus otra vez.

Era él. En el fondo de mi corazón sabía que era la persona correcta para mí. Lo deseaba en cada una de las formas que existían.

Le daba la bienvenida a una nueva etapa, donde era feliz y estaba encaminada hacia mis sueños, y donde también me permitía ser amada de la manera correcta.

Nos besamos bajo la lluvia hasta que se nos hincharon los labios, se nos helaron los huesos y nos faltó el aire.

Cyrus me abrazó más fuerte. Me besó la barbilla, la mejilla, el cuello, los hombros y la frente.

—¡¿Qué es esto?! —exclamó entre el ruido de los truenos cuando encontró el dije de serpiente entre mis pechos resbalosos.

—¡El destino! —Tomé el dije de sus dedos y se lo guardé en el bolsillo del traje.

—¡Gracias por aceptar, o habría tenido que taparme el tatuaje con una flor horrible!

Lo golpeé en el pecho, riéndome con él.

—¡Te robaste nuestro contrato! ¡¿Tienes idea de cuántas veces lo busqué?!

Abrió la puerta del descapotable para meter nuestros traseros mojados dentro, o de lo contrario quedaríamos afónicos. Luego activó el techo automático. Se empañaron los vidrios a pesar de que Cyrus encendió la calefacción.

Sacó un objeto cuadrado detrás de mi asiento, y me lo entregó.

Tras un cristal estaba el pequeño papel con el que prometimos sernos sinceros y respetarnos, sellado con nuestras huellas. Estaba protegido con un hermoso marco rojo y rosado, decorado con una figura de serpiente.

—Es perfecto —susurré y lo aferré contra mi pecho. Cyrus pasó el brazo por detrás de mi respaldo.

—Jamás imaginé que podría amar tanto a alguien, Laila.

Dejé el cuadro encima del tablero y le rodeé el cuello con mis brazos para comérmelo otra vez.

Me tomó de los muslos y, sin perder el tiempo, me puso a horcajadas sobre él.

—Deberíamos aguantar hasta que te lleve a un hotel.

—Deberías callarte y quitarme este vestido horrendo.

—Te queda espectacular. —Bajó a mi escote y absorbió el agua de la curva de mis pechos.

—Con ese mal gusto, comienzo a preocuparme de que estés enamorado de mí. —Le quité la chaqueta a tirones.

—¿Quieres que te diga lo que quiero hacerte con este vestido o prefieres que te lo muestre? —habló metido entre mis senos. El atractivo de Cyrus solo podía ser superado por un Cyrus mojado. Era lo más sexy que había visto en mi vida.

—Espera.

Cyrus se detuvo con expresión de pregunta.

—What is it, love? ¿Sigues teniendo dudas?

—Gracias.

—¿Gracias? —Arrugó la frente.

—Por atreverte a intentarlo, por estar tan seguro de apostar por nosotros, y por dejarme conocer tus rincones oscuros.

Tomó la mano con la que lo desvestía y me besó la palma.

—Te dije que haría lo que tenga que hacer para que seas feliz, y planeo cumplirlo por el resto de mi vida. ¿Estás lista para eso? —Notar la vulnerabilidad en su voz me hizo entender que dejaba expuesto hasta el último milímetro de su misterioso corazón.

Empujé la camisa fuera de su cuerpo.

Lo que hicimos en el interior de ese descapotable no dejó espacio para dudas: estábamos listos para que nuestras huellas se entrelazaran para siempre.