58 Serpiente #2
¿Qué karma estaría pagando, por todos los cielos?
—Ajá —se burló Luna a ver mi dije.
—No digas nada —mascullé. Me acerqué a la tabla donde aparecían los significados.
—Qué... odioso es este maldito juego y la que te parió —exclamé bajo, evitando que Jésica me escuchara—. Ni siquiera se entiende el tonto mensaje.
Luna asomó la cabeza por encima de mi hombro para leer mi significado.
—Ajá —repitió.
—¿Puedes dejar de decir eso? Esto es una falta de respeto. —Quise lanzar el dije, pero me encontré apretándolo fuerte en la palma de mi mano. Luna se quedó con postura de inocencia, escondiendo las manos en la espalda—. ¿Qué te pasa?
—¿A mí? Nada, estoy normal. —Se encogió de hombros. No estaba normal, tenía la misma expresión que cuando perdió la virginidad en una iglesia.
—¿A ti qué te tocó? —Moví la barbilla—. ¿Qué ocultas ahí?
—Madre mía, bonita. No oculto nada en mis manos. —Sacó el dije que colgaba entre sus dedos. Le tocó el avión—. Yo creo que este juego sí que funciona.
—Al menos funciona para ti. —Suavicé mi rostro para ella. La rabia porque me haya tocado la serpiente aplacó las ganas de llorar—. ¿Hablaste con Ingrid?
—Sí. Tomé tu consejo, me armé de valor y le conté sobre mis sueños inconclusos y de mi Working Holiday. Y que quedarme aquí no es una opción.
—Oh. ¡Oh! —Pestañeé marcado—. Eso es fantástico. ¿Y qué te dijo?
—Que vería la posibilidad de tomarse las vacaciones que tiene acumuladas en el trabajo y contratar un curso de inglés por unos meses en Irlanda. Y que, si todo funcionaba bien, veremos qué hacer para que se quede más tiempo.
—¡Luna! —grité con felicidad, y me lancé a abrazarla. Al menos a una de nosotras le iba bien en el amor—. ¡Qué emoción!
—Gracias por darme una bofetada mental y hacerme reaccionar —me contestó con una energía que no sentía en ella hace mucho; era Luna sin tristeza otra vez.
—¡Te vas a Irlanda! —chillé a través de la música de la fiesta—.
¡Te iré a ver! ¿Está bien? Cuando llegue me tendrás que mostrar todos esos famosos bares irlandeses, las rutas, los paisajes y los castillos.
—Pasó una enorme bandeja cargada de chupitos con luces frente a mi nariz, y saqué otros dos—.
Necesitamos más de estos. Unos veinte más.
—Laila, bonita, ¿estás bien? —Frunció el ceño, observando cómo el líquido desaparecía en mi garganta.
—Estupendamente. —Me fui directo a la barra de bebidas. Luna me siguió.
—Oye, ¿sucede algo?
—Nada preocupante. —Llamé la atención del barman y le pedí más chupitos.
—Por fin las encuentro —llegó Kimi—, no saben quiénes se están bes... ¿Qué estás haciendo? —inquirió al ver que tenía varios chupitos delante de mí.
—Bebiendo, estamos en una boda. —Le ofrecí uno a ella y otro a Kimi.
No me volvería una alcohólica como mi madre, solo era una chica con el corazón roto, con una barra libre disponible, en una boda. Mi objetivo era evitar llorar por esta noche. No quería protagonizar un drama en la boda de alguien más.
—¿Por qué no vamos afuera y hablamos? —ofreció Kimi, quitándome los vasos de las manos.
—Ahora no.
Luna me agarró de las mejillas y me obligó a mirarla. No me dijo nada, pero me conocía tan bien que se me quebró la expresión.
—Lo sabía —murmuró—. ¿Hablaste con Cyrus? —Asentí. Su rostro se llenó de confusión—. ¿Entonces por qué...?
—Quiero pasarlo bien hoy —la interrumpí—. Por favor. Prometo que mañana estaré bien. Solo necesito...
—Accesorios —terminó Kimi, apuntando hacia unos camareros que repartían sombreros con plumas, lentes luminosos, antifaces, pelucas y otras cosas—. No digas que estás bien si no lo estás, no seas una ebria mentirosa, me trae malos recuerdos —me reprendió—. Ahora ve, agarra algo y pásalo bien.
—Kimi. —Luna le amplió los ojos.
—Déjala bailar. Solo... —suspiró pesado—. Déjala bailar por un rato. Todo se arreglará.
No entendí por qué hablaba cual señora que sabe leer el oráculo, pero le hice caso; me guardé el dije de serpiente en el escote, tomé un sombrero rojo de ala y una bufanda de plumas rosadas, y busqué al primer chico solitario para llevármelo a la pista. Me daba igual. Ya todo daba igual.
No supe en qué momento cambié de pareja, todo sucedía muy rápido. Mi mente estaba con el piloto automático activado.
Bailé con uno y otro, con algunas de mis primas, y me tiré al piso para mostrar pasos altamente vergonzosos.
Estaba girando y girando sin parar con los brazos extendidos, agotando cada gota de energía de mi sistema, hasta que vi algo fuera de lugar en el fondo del salón y me detuve de golpe.
Tal vez los giros me habían mareado, pero diferencié la silueta de una persona demasiado alta en comparación a los invitados.
Di un paso y algo mojado provocó que mi tacón resbalara. Estuve a punto de darme de bruces contra el piso, pero unas manos me atajaron.
—¿León? —inquirí perpleja al encontrarme con mi ex—. ¿Qué haces aquí?
—¿No te alegras de verme ni un poquito? —Formó una mueca y me soltó.
Detrás de él, la silueta seguía escondida en un rincón oscuro que me impedía verle la cara. Estaba de pie con las manos en los bolsillos, sin hablar con nadie.
—Eh, ¿por qué me alegraría de ver a mi exnovio en una boda familiar? —pregunté distraída.
Vi a mi hermana caminando apresurada hacia el mismo rincón que el incógnito, y se unió a la oscuridad que rodeaba al hombre.
—Vine con Agatha.
—¿Dis-disculpa? ¿Viniste a la boda con una de mis primas? —Miré a León por un segundo.
La silueta se movió y dejé de prestarle atención a León. Kimi regresó a la pista de baile y me lanzó una miradita extraña.
—Sí, ¿qué tiene? —dijo León—, ¿te molesta? ¿Laila? ¿Viniste a la fiesta con el hombre que me amenazó por teléfono? —Miró para todas partes, asustado.
Mi estómago se contrajo cuando vi al incógnito dirigirse a la salida.
No. Es que no. El amor me había llevado al borde de la locura, eso era. Por la mañana pediría hora al médico para que me revisaran el cerebro y los ojos.
—No vine con él, y no me molesta lo tuyo con Agatha.
Es raro, pero no. —Me giré, y vi a Agatha mirándonos.
Los dos eran personas que tenían la necesidad de estar en una relación estable siempre, fuese como fuese—.
No la hagas esperar. Nada es más horrible que te vean bailar con tu ex.
—Empujé a León para que fuera hacia mi prima, y este me dedicó una sonrisa de agradecimiento antes de alejarse.
Seguía siendo el chico amable que conocí, y se veía bien con Agatha, aunque ella fuera un poco caprichosa para mi gusto.
—¡Laila! —Llegó Luna. Yo seguía con los ojos puestos en la salida, por donde se había marchado el hombre—. Creo que deberías…
—¿Me esperas un momento? Necesito comprobar algo.
Luna giró la cabeza, siguiendo mi mirada, y asintió lento.
—Sí —su voz salió dos tonos más aguda mientras yo ya iba dando pasos apresurados hacia el exterior.
Era una noche parcialmente nublada y a la vez estrellada. La luna llena iluminaba con fuerza a través de los espacios que dejaban las nubes.
Además de dos grupos de fumadores, no encontré a quien me había parecido ver.
Dios. Tal vez sí estaba perdiendo la cabeza.
Las sutiles gotas de lluvia que comenzaron a caer no me detuvieron. Serpenteé a través de los vehículos de los invitados, girando la cabeza en todas las direcciones. Mi corazón no dejaba de golpetearme el pecho, y casi piso a dos chicos que se fumaban algo de olor curioso.
Di una vuelta por el estacionamiento y no encontré nada, más que mi propia soledad y mis pensamientos intrusivos que me decían que me había vuelto loca y que regresara a la fiesta.
Que no debía perder la cordura por un hombre y que estar imaginando cosas era un límite que no me podía permitir cruzar.
Por otro lado, me di cuenta de que ya no me daba pánico caminar sola en Río Polson, y eso significaba un gran paso.
Las gotas de lluvia comenzaron a ser más abundantes y avancé hasta el final de los vehículos estacionados, donde las luces colgantes eran menos y se abría un prado. Fruncí el ceño cuando noté un descapotable estacionado a la mitad de la nada y…
—God, you are fucking beautiful.
Mis pies se detuvieron. El resto de mi cuerpo se quedó estático. Ese descapotable negro y lujoso no podía ser real, menos quien estaba apoyado contra este.