58 Serpiente
La boda de Jésica por la iglesia llegó en un par de semanas. Los mensajes de Cyrus comenzaron a ser cada vez más precisos después del juicio; me comentó que tendría que poner varios de sus asuntos en orden ahora que estaba limpio.
Él seguía con su vida, arreglaba sus asuntos, y yo seguía con la mía al otro lado del planeta. Estaba bien.
No, no estaba bien, pero tendría que estar bien en un tiempo.
Independiente de la abismal distancia entre nosotros, no daba más de alivio porque el juicio hubiese acabado a su favor. Luna y yo nos habíamos abrazado en la victoria mientras observamos cómo se abrazaban Cyrus y George en Londres.
Solo quería que fuera feliz, aunque fuese lejos de mí. Deseaba que dejara de pensar que su vida era una tragedia. Ansiaba que supiera lo valioso que era, y lo mucho que merecía recibir cosas buenas.
Sí, aunque fuese lejos de mí.
Mi vestido de dama de honor era espantoso: color verde baño (no tenía otra descripción para ese verde agua pálido), con unos pliegues en la zona del escote que me hacían ver como un repollo. La ceremonia fue hermosa, emotiva y romántica. La realizaron en un prado rodeado de árboles y muchas flores.
No pude evitar mirar hacia la fila de padrinos cuando me paré junto a las demás damas de honor, meditando sobre lo mucho que me hubiera gustado ver a Cyrus allí, mirándome en secreto, lanzando promesas silenciosas con esos ojos tan bonitos.
Mi vida no era una película. Cyrus sería ese tipo de amor imposible que muchos esconden en el corazón, y lo recordaría hasta que tuviera noventa años y se lo contara como un sucio secreto a mis nietos.
La parte optimista era que quedaba poco para mudarme a Nueva York por tres años, y mi vida empezaría de nuevo. Solo era cosa de tiempo el poder dominar las veces que pensaba en él durante el día y seguir mi camino.
No había nada nuevo en sus redes sociales; su última publicación era la del rodaje de Raxatar, y no tenía muchas fotos de sí mismo, por lo que entrar a su perfil no me revolucionaba tanto.
El problema era la galería de fotos de mi teléfono y la impresionante cantidad de recuerdos allí guardados: fotos desayunando en el hotel del desierto, otras de nuestras noches de película y comida, varias de nosotros en el rodaje, siempre cansados pero felices de estar juntos.
Algunas de mi cumpleaños; una en particular me encantaba, aparecíamos los dos bailando y justo nos pegaba un foco rojo.
También tenía otra que le tomé cuando me compró pizza de manzana por primera vez (su espalda ancha y musculosa en esa foto era una obra de arte).
Para qué hablar de las que nos tomamos en Nueva York.
Eran tan lindas —pese a que llevaba gorro y lentes de sol— que quería ponerlas todas en mi perfil de WhatsApp.
Quise dejarlo de fondo de pantalla, y lo único que me detuvo fue mi voz interna gritándome: «¡no puedes llegar a ese nivel de penosidad! ».
La fiesta de la boda fue en un granero transformado en salón de eventos, y me recordó un poco al lugar de mi fiesta de cumpleaños. ¡Es que Cyrus me aparecía en todas partes!
Él no tenía idea de que yo no fui la única que dejó huellas en su vida; la mía estaba plagada de las suyas, se hacía presente a donde quiera que mirara o fuera.
La pizza de manzana que él terminó probando por mí, ahora tenía sus huellas.
El color negro. Las películas. Algunas canciones.
El acento británico. También las tiendas de pantalones. Nueva York.
¿Cómo se suponía que pasaría por todos esos lugares a los que fuimos juntos sin tenerlo en mi cabeza durante los próximos tres años? ¿Lo habría hecho a propósito?
Hasta me pasaba lo mismo con las benditas serpientes; tenía razón, ya no me daban tanto miedo; comencé a encontrarlas llamativas e interesantes, y me compré unos aros de ese animal.
Al menos Luna se veía feliz bailando con Ingrid en la fiesta. Su tono de piel moreno hacía contraste con el vestido color baño y le lucía bien (era a la única que le quedaba decente). Ingrid no le quitaba los ojos de encima.
Mamá conversaba en una mesa del rincón con algunas de mis tías venenosas, observando con crítica a los invitados.
Mantenía en secreto lo de su tratamiento de alcoholismo; su generación tenía tal nivel de daño que exteriorizar algo así era lo mismo que decir: «soy una loca peligrosa y tendrán que hablar mal de mí a mis espaldas». O eso creía mi madre.
Kimi bebía un coctel exótico con su acompañante.
¿Apuestan a quién era? Nop, no era un famoso.
Sip, era el abogado Gael Williams. Se buscaron por Instagram después de su pequeño conflicto en la estación policial y el resto fue historia.
Lo mantuvieron en secreto, hasta que un día llegó a nuestra casa con él.
Imagínense el impacto de verla llegar con el hombre con el que casi se había sacado los ojos.
Se veían hermosos juntos, y me hacía feliz verla así.
Y pues, allí estaba yo, charlando con alguna que otra prima.
Aceptando el baile de algún desconocido, y saliendo disparada con la excusa de ir al baño después de notar que tenía mal aliento, que bailaba horrible, que hablaba con la boca llena de comida, o que estaba demasiado ebrio.
Incluso hubo uno que me pidió que se la chupara en el establo de los caballos.
¿Los hombres cada vez se tornaban más imbéciles, o es que yo estaba demasiado embobada por uno que vivía en otro continente?
Después de esos fracasos, me divertí probando tragos con Kimi y Luna. Tomándome fotos con Jésica. Escondiéndome cuando lanzaron el ramo.
—No pierdas la fe, alguien ya se fijará en ti tal como eres, rellenita pero linda. —Ese fue el intento de consuelo de una de mis tías cuando me vio sola junto a la mesa de los postres. Yo solo quería comer trufas en paz, por el amor a lo humano.
—Ah, no se preocupe. Yo no acabaré vieja y amargada como usted.
Prefiero seguir usando mi tiempo en comer en vez de ser desubicada, así no daño a nadie.
Que lo pase joya, tía. —Me despedí de ella con una sonrisa encantadora en el momento en que mi teléfono vibró por una llamada entrante.
Me escabullí del salón para hablar tranquila.
—Hey, love.
—Hola, Cy. —Un revoloteo se instaló de manera automática en mi estómago. Era la primera vez que me llamaba después de la noche antes del juicio.
—Tenemos que hablar.
—Eso suena preocupante.
—Filtraron un video de Frederick dentro de la cárcel donde sale gritando que se vengará de mí. Te lo cuento antes de que lo veas por ti misma.
—¿Cómo dices? Pero qué le pasa a este tipo, ¡es un psicópata!
—Sí, lo es. —Hablaba bajo, casi susurrando—. Esperemos que su medicación obligatoria surja efecto pronto.
—¿Eso querías avisarme?
—No. Hay más. —Lo escuché tragar saliva—. Necesito decirte que ya no hablaremos por mensaje, se acabó.
—Oh.
¿Qué?
—La distancia es demasiado para mí, no puedo seguir así —continuó.
¿Alguna vez han oído el sonido de un corazón rompiéndose? Esta era la segunda vez que podía escuchar cómo se partía el mío. Tuve que llevarme una mano al pecho y presionar ahí, como si de alguna forma eso evitara que se me cayeran los pedazos.
Ese era él alejándose de mí otra vez. Excluyéndome de su vida.
Sacándome de su rutina como ya lo había hecho antes.
Y yo permití que jugara conmigo de nuevo.
Tenía miedo de que Frederick se vengara de él a través de mí, por segunda vez.
O tal vez temiera a que Rixon y su familia tomaran otras repercusiones.
Este era su modo de defensa: alejarse antes de que ocurriese algo malo.
«Está bien. Vas a estar bien. Se veía venir. Tú misma lo dijiste. No caerás en depresión», me repetía la voz de la sabiduría.
Pese a que evité a toda costa ilusionarme, tenía la esperanza de que esta vez luchara por mí. Me pasé horas pensando en las palabras que me dijo en Nueva York como una tonta ilusa.
«Te sigo amando como nunca he amado ni amaré a nadie».
«Haré lo que tenga que hacer para que seas feliz».
Las promesas vacías de Dante me dolieron en su momento, pero esto... Esto me quemaba.
—Entiendo. Tengo que irme —repuse con la voz tomada.
—Espera.
—No puedo, Cy. Deseo que seas muy feliz...
—Laila, todavía no termino de explicarte, yo...
—...y que te dediques a lo que sea que te haga sentido. Que Frederick nunca logre hacerte más daño y espero...
—...no quería que te pusieras así. Necesito que me des un segundo para explicar que... —continuaba hablando encima de mi voz. No me importó, llegué a mi límite.
—...que encuentres a alguien que no te provoque huir. —No podía parar, mi cerebro gritaba «huye».
—...la distancia no es para mí. Estos días he estado poniendo mis asuntos en orden, y tomé una decisión. Ahora necesito pedirte que s…
—Adiós, Cyrus. —Le tranqué. No podía escuchar ni una palabra más que saliera de su boca, o terminaría destruida.
«No vas a llorar, perra. No hoy. No en una boda. Es lo más deprimente que existe».
Tomé aire, y me encaminé de vuelta al salón con las piernas temblorosas. Al entrar, un camarero se cruzó con una bandeja llena de chupitos de tequila, y le pasé a robar dos.
«No llorarás. No llorarás. No llorarás».
Llegó el momento de ese bendito juego de las cintas del pastel; las solteras escogían una cinta unida a un dije escondido en la crema, cuyo significado reflejaría algo del futuro.
Intenté esconderme en la cocina para zafarme de cualquier premonición farsante, pero Ingrid y Luna me vieron, y no tuve más opción que pararme allí y agarrar una cinta.
Respiré hondo varias veces para que nadie notara que estaba a punto de derrumbarme.
—¡¿Listas?! —aulló Jésica con entusiasmo—. Uno... Dos... ¡Tres!
«Que se joda», rugí para mis adentros, y tiré de la cinta.
Me preparé para ver mi dije; apostaba a que me tocaría el gato (una vida solitaria) o incluso que me tocaría el anillo (cosa que probaría que este era el juego más ridículo jamás inventado), pero me tocó...
La serpiente. ¡¡Cómo que una puta serpiente!!