Las huellas de Laila 57 El juicio
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57 El juicio

Le respondí los mensajes a Cyrus apenas toqué tierra firme. Me felicitó por ganar la beca, junto a un «jamás lo dudé» y un corazón en llamas. «Al menos ahora conoces Nueva York un poco mejor», envió un minuto después.

En casa me esperaba una torre de cajas de chocolates, pizzas, gomitas ácidas, globos con helio en forma de corazón, y todo tipo de materiales para diseñar. Nana quedó maravillada con el «potro viril» que me envió esos regalos.

—Laila, hija —comenzó mi madre—, ese chico te quiere de verdad, y no lo digo por los regalos.

Hasta mamá preparó una «cena especial» para celebrarme.

No hacía algo así desde mi graduación del colegio, y se sintió muy bien.

Nana me entregó un sweater hecho por ella.

«Para que no te olvides que lo más importante es ponerle amor a lo que te apasiona» dijo cuando estiré la prenda frente a mí; era violeta y amarillo —otra combinación que me encantaba—, y tenía unos recuadros con flores a la altura del pecho.

Sin duda, sería el mejor diseño de mi armario para toda la vida.

Recibí otro mensaje de Cyrus a los pocos días, contándome que estaba inscrito para estudiar Ingeniería Automotriz. Se lo contesté con emoción, con muchas felicitaciones, y contándole algo sobre mi día.

Y así fue como empezamos a enviarnos mensajes de vez en cuando. Ese «de vez en cuando» se transformó en un sagrado «todos los días». Cada mañana me despertaba con un mensaje de audio.

No me tardé mucho en asumir que seguía enamorada de él, y que nunca dejé de estarlo. No estaba segura de si alguna vez podría dejar de sentirme así.

Esta vez no presioné las cosas, ni dije nada con tintes de romanticismo. No volvimos a tocar nuestro tema, tampoco sobre lo que ocurrió en el hotel de Nueva York. Quizá Cyrus prefería mantenernos como amigos, igual que al comienzo, y por esa razón no mostró otras intenciones.

Vivíamos separados por un enorme océano y por estilos de vida tan incompatibles como el agua y el aceite.

Tal vez nuestra mezcla, tan excitante, divertida y emocionante, era demasiado extraña y heterogénea para mantenerse en el tiempo.

Una chica de un pueblo tranquilo y un exactor famoso.

Hasta sonaba imposible, improbable, y a la vez como la historia perfecta.

Me descubrí muchas veces mirando la pantalla de mi teléfono a la espera de nuevos mensajes, cual colegiala.

Los fines de semana hablábamos un poco más; siempre por texto, nunca por llamada como antes.

No me atreví a preguntarle dónde habíamos dejado nuestro contrato; no quería que notara lo mucho que me afectaba un simple papelito.

Mamá regresó al trabajo con un pellet para alcohólicos.

Tuvo una recaída, donde ella misma fue a internarse al hospital debido al gran malestar.

Desde entonces era otra mujer. No digo que ahora nuestra relación fuera fenomenal y pasáramos tardes enteras juntas haciéndonos la manicura, pero al menos ya podíamos expresar nuestro amor sin una batalla campal de por medio.

Mi ejecutivo bancario me asesoró para invertir parte del dinero que tenía en la cuenta, y me mantuve trabajando en la joyería. Tantos meses en casa con licencia médica fueron suficientes para darme cuenta de que no podía estar quieta por mucho tiempo.

Con Luna nos hicimos voluntarias del Refugio de animales de Río Polson, además de enviar mi donación, por lo que mis fines de semana también se vieron ocupados.

A pesar de que hablaba con Cyrus, seguía extrañándolo de forma física, y estar rodeada de perritos y gatitos era la mejor manera de apagar la mente.

Mantuve mi terapia con Isabel, y acordamos que una vez que me fuera a Nueva York mantendríamos sesiones online cada cierto tiempo.

Pronto llegó la navidad. De parte de Cyrus recibí un iPad rosado y un lápiz táctil de color rojo, especial para diseñar, acompañado de un par de aros que combinaban perfecto con el relicario de Fira.

Era demasiado, y se lo dije por un mensaje entre muchísimos agradecimientos.

Me contestó con un simple «no es nada comparado a todo lo que quiero darte».

¿Qué le regalé yo? Era difícil escoger algo material para alguien que podía tener casi lo que quisiera, por lo que mandé a plasmar nuestra foto escapándonos de las fans en Nueva York en la parte de atrás de un elegante reloj de muñeca que le hice llegar.

Para año nuevo me llamó a las doce en punto, en mi hora local. Fue la única noche que hablamos por llamada hasta quedarnos dormidos.

De esa manera transcurrieron las semanas hasta que se cumplieron los treinta y seis días.

Enero 2026

Recibí un último mensaje de Cyrus antes de que transmitieran el juicio en vivo en páginas de YouTube. Cyrus seguía siendo una celebridad, por lo que este proceso era visto por mucha gente.

Cyrus: Cuando esto acabe y sea libre, tú y yo comenzaremos. Thanks for everything, love.

Lo leí tres veces y seguía sin saber con exactitud a qué se refería.

Ya, ya, ya. Para qué estaba con cosas: lo supe la primera vez que lo leí, pero ilusionarme era aterrador.

Casi me da un ataque cuando la pantalla mostró la imagen de él entrando y sentándose frente al juez.

Quería meterme en el televisor y abrazarlo.

Su abogado, George, el que también era su amigo —según lo que me contó semanas antes—, le lanzaba miradas de seguridad de tanto en tanto.

Tenían a tres abogados más detrás. Al lado opuesto, estaban los demandantes, o sea, los enemigos.

Nunca odié tanto las injusticias como ese día.

Un abusador acusando al hermano de su víctima por algo que no hizo.

Absurdo. Incoherente. Asqueroso. Y aun así tenían pruebas en contra de Cyrus, como videos muy antiguos de peleas en las que Cyrus había participado cuando era mucho más joven, ¡pero era común para la mitad de los hombres universitarios!

El cerdo de Rixon tenía la cara tan dura que se atrevía a culparlo después de matar a su hermana, y tuve que verlo en la pantalla de mi sala.

Rixon era un rubio con cara de papa y expresión ausente, clásico británico insípido. Maldito infeliz. Lo detestaba desde antes, pero verlo en vivo me hizo maldecirlo hasta que se me cansó la lengua.

El juicio transcurrió con tensión, testigos y pruebas. Argumentos y contraargumentos. Declaraciones, y mentiras. Estas últimas salieron de la boca de Rixon; deberían meterlo preso a él por mentir en el estrado.

Los abogados expusieron las pruebas: los mensajes de Vania diciéndole a Cyrus que no se metiera en su relación, y que si ella quería estar con alguien como Rixon, era su problema.

Le siguieron otros mensajes donde Cyrus habló con su mamá sobre la relación que tenía su hermana con Rixon, y lo mucho que lo preocupaba porque los oía gritarse a menudo.

Los abogados del enemigo mostraron fotos y mensajes de Rixon siendo un supuesto caballero romántico, tratándola bien y proponiéndole escaparse juntos a otro país.

Bajo esa imagen apareció otra, una donde Vania le pedía a Cyrus que la fuera a buscar, porque tenía miedo de Rixon. Ese fue el último mensaje que Cy recibió de su hermana antes de encontrarla muerta.

Cyrus y George dieron una buena estocada al presentar al compañero de piso de Rixon, testificando por segunda vez en la vida que lo vio empujarla por las escaleras, y que era un hombre de naturaleza violenta.

Otros testigos —mentirosos— declararon en contra de Cyrus, asegurando que al golpear a Rixon, este resbaló y se azotó la cabeza contra la acera por su culpa.

Cyrus se mantuvo sólido y se mostró confiado en el estrado. Se zafó de unas preguntillas trampas hechas por el abogado de Rixon, y hasta se burló de él. George lo dejó bien parado al hacerle preguntas convenientes.

Entonces mostraron las últimas pruebas de Rixon; el video del momento en que Cyrus llegó a golpearlo. Sospechosamente, el video tenía una edición extraña y no estaba completo.

George alegó que era notorio que el video estaba editado, y que Cyrus estaba demasiado lejos de él como para hacerlo caer. Pero el abogado contrincante aseguró que Rixon intentaba escapar de Cyrus cuando cayó. Cobarde mentiroso.

Todo aquello duró horas. El juez anunció que el jurado meditaría y estudiaría la información recolectada durante el juicio, y que el veredicto sería entregado al día siguiente.

Nos llamamos esa noche, y me dijo que no quería hablar sobre el juicio. Me pidió que lo distrajera.

Si yo apenas soportaba la tensión, ni me quería imaginar cómo estaba él.

Hice mi mayor esfuerzo en contarle que mi abuela estaba saliendo con el dueño de una frutería, y que me había pedido que la llevara al spa después de quince años.

Al menos pude hacerlo reír, y recé para que la próxima vez que escuchara su risa no fuera en una visita a una cárcel de Londres.

El veredicto saldría a la luz a las seis de la mañana de Río Polson. Allí estábamos Luna y yo, con nuestros corazones pendiendo de un hilo antes del amanecer. Mi espalda sudaba en frío. Mis manos apretaban la bola de navidad con los dos pingüinos dentro que Cyrus me había regalado en Nueva York.

Antes de declarar el bendito veredicto, dijeron una sarta de cosas que no comprendía, menos en inglés, aún menos en acento británico, y no terminaban nunca.

—Estoy mareada. —Eran demasiados términos jurídicos, y Kimi no estaba ahí para explicarme; aunque también estaba viendo la transmisión desde su universidad, los nervios no me permitían mantener una llamada con ella—. Háblame de algo o me dará una úlcera, por favor —le pedí a Luna.

—Bueno, hum, a ver. Quedé en el Working Holiday de Irlanda.

—¡¿Cómo dices? —Sí que me distrajo.

—Sip, me llegó la confirmación ayer. —Luna bebió de su té, como si estuviera contándome que taparon el hoyo del pavimento de una calle cualquiera en nuestro pueblo.

—Espera, ¿por qué no estás desbordando felicidad? ¿Por qué no estamos celebrando? ¿Por qué no estás arriba de una mesa agitando tus bragas?

—Porque son las seis de la mañana.

—Luna.

—Es que... —Exhaló largo y cerró los ojos unos segundos—. Ingrid me está gustando mucho, y si me voy...

—Estás enamorándote de ella. —Le acaricié el cabello, ella dijo que sí con la cabeza. Me quedé en silencio.

—Pero no te quedes callada, ¡dime algo!

—¿Yo? ¿Me pides consejos de amor? ¡Mírame! Soy un desastre.

—¡No es verdad! Eres sabia, buena y compasiva. Dime qué piensas. —Formó un puchero.

—No es importante lo que yo piense, es tu futuro, no el mío. —Me encogí de hombros. Me miró severa.

—¿Cómo no va a ser importante? ¡Eres mi mejor amiga! Puedo estar perdida y es tu trabajo abrirme los ojos.

—Ay, bueno. Yo... —Asintió varias veces, para que continuara—. Yo creo que no deberías postergar tus sueños por nadie. —Inhaló fuerte y se llevó una mano al pecho—. Solo tienes esta vida, y la oportunidad que siempre soñaste está justo frente a ti.

—Quizás existan más oportunidades. —Me sonrió con una mueca.

—Las oportunidades no se presentan por arte de magia. Al menos no la mayoría del tiempo. Tú creaste esta oportunidad: trabajaste, ahorraste y postulaste, no te llegó de regalo. Creo que no deberías desperdiciar tu esfuerzo.

Luna subió sus pies descalzos al sofá y se abrazó las rodillas.

—Ay, parece que tienes razón. —Emitió ruiditos quejumbrosos—. Es que Ingrid...

—Ingrid también es una oportunidad, la de vivir otro amor, uno más sano, ¿verdad?

—Exacto. —Formó otro puchero.

—¿Irte en busca de aventuras sigue siendo tu mayor sueño, o ha cambiado?

—No, no ha cambiado. Todavía encabeza mi lista.

—Entonces Ingrid podría ir a visitarte, o tal vez, si todo sigue así de bien entre ustedes, irse contigo. Tienen que hablarlo, ver si tus sueños se adaptan a sus sueños, supongo.

—Me da miedo. —Arrugó la cara, y le froté la espalda para animarla.

—Solo es un año, y quizás ella vaya detrás de ti y obtengas ese felices por siempre que tanto sueñas.

—Eso suena tan bonito, pero el mundo no es así.

—Yo creo que... Creo que el mundo no es así porque entremedio hay que esforzarse, arriesgarse y ser persistente.

Fallar y aprender. El camino para obtener lo que uno desea no es lineal, pero los sueños hechos realidad sí existen, solo que requieren que luches por ellos.

—Suspiré—. Hablar con Ingrid y decirle qué es lo que quieres está dentro de las dificultades.

Me parece importante que decidan juntas qué harán al respecto, a pesar de que pueda ser incómodo.

—Mmmm. —Apoyó la cabeza en mi hombro.

La conversación aún no terminaba, pero Luna soltó un gritito, tomó el mando del televisor y subió el volumen.

—¡Tienen el veredicto! —exclamamos al mismo tiempo.

El canal de YouTube tenía tanta audiencia que pusieron un traductor automático en los subtítulos.

—La justicia de esta corte, bajo las leyes que dictan Inglaterra, ha decidido declarar a Cyrus Von Stein, quien ha sido acusado como responsable del estado comatoso de Rixon Porigton...

El semblante de Cyrus dejó entrever un poquito de sus emociones, o quizás era que yo ya lo conocía más de lo que pensaba, y noté su incertidumbre.

«Déjalo ser feliz. Por favor, Diosito, esta vez déjalo ser feliz. Cerca o lejos de mí, pero que sea feliz».

Por poco la bola de cristal con los pingüinos estalló en mis dedos por lo mucho que la apreté.

—Inocente.