56 Haré lo que sea
Cyrus jadeó con fuerza en mi boca. No tardó en hacernos retroceder hasta que mi espalda chocó con la pared. El beso me entregó un tipo diferente de oxígeno, como si respirara de verdad después de meses, y a la vez me dejaba sin aire.
Me tomó de los muslos y me levantó, para luego pasear sus manos de arriba abajo. Le rodeé las caderas con las piernas mientras nuestras lenguas se saludaron con necesidad.
Nos besamos extasiados, sin quedarnos quietos. Metió una mano bajo mi suéter y sus dedos se cerraron alrededor de mi pecho. Creo que alguien salió al pasillo al escuchar los tamboreos, pero no nos importó ni nos detuvimos.
La ropa comenzó a volar apenas entramos a mi habitación, y los gemidos dejaron de ser modestos.
Quería besar cada parte de él sin pensar en nada más.
Su lengua pasó por encima de mis pechos y se deshizo de mi sujetador con sus dedos hábiles.
Succionó un pezón hasta dejarlo duro y erecto, y repitió lo mismo con el otro.
Continuó con mis costillas; ¡jamás pensé que una lamida ahí podría hacerme gemir, pero lo hizo!
Y siguió hasta arrodillarse para lamerme el abdomen.
Los dedos de mis pies se contrajeron sobre la alfombra por tener su lengua cálida bajo mi ombligo. Apoyé las manos en sus hombros cuando enredó los dedos en mis bragas y comenzó a bajármelas.
—Laila, tal vez deberíamos hablar antes de hacer esto. —Aun así, no se detuvo; la tela negra de mi ropa interior se deslizó hasta que la sacó por mis pies—. Quiero que estés segura.
Verlo arrodillado se convirtió en la nueva imagen que gobernaría mis fantasías.
—No quiero hablar nada. Estoy segura. —Le empuñé el pelo. El vientre me latía tan rápido como el corazón.
—Bien. Será como tú quieras. Todo. —Se detuvo al encontrarse con los parches que tenía en los muslos por la cirugía láser que me borró las cicatrices del secuestro.
—No pienses en eso —musité y le agarré el mentón—. Ya no tengo nada. Estoy contigo ahora.
Tragó saliva y cerró los ojos. Se tomó un momento para respirar y, al abrirlos, subió la mirada hasta mi rostro.
—Daría lo que sea porque estuvieras conmigo siempre, Laila. —Besó cada parche con cuidado, y jadeó al acercar su cara a mi entrepierna.
—Oh, eso, hazlo. —Tiré de su pelo, y gemí en el momento en que hundió la lengua en mi vértice.
Sus primeras lamidas formaron tornados de placer que me nublaron la cordura y no pude resistirme a presionar su cara entera contra mi zona sensible—.
Te necesito dentro. —Temblé por lo que su lengua le hacía a mi nudo de nervios.
El soltó un ruido sexy, devorándome allá abajo—. Por favor. Cyrus.
Metió dos dedos en mí, los movió lento y luego rápido; hizo el movimiento de gancho con ellos y, al mismo tiempo, su lengua trazó círculos firmes alrededor de mi clítoris.
Era tan infinitamente placentero que comencé a restregarme en su boca sin control.
Sonaba húmedo, ardiente y sucio. Era el cielo.
—Ah, para, espera. Oh, Dios. No, no pares. ¡Aaah!
El orgasmo me tomó desprevenida, arrasó con mi cuerpo y desvaneció la firmeza de mis músculos. Si no fuera porque él me sujetó firme de las caderas, habría acabado desplomada sobre el suelo.
No recordaba otra ocasión en la que me hubiese venido tan rápido y tan fuerte. Mis piernas quedaron temblando.
—Ay, lo siento. Qué vergüenza. Es que ha pasado un tiempo sin hacer nada y…
—No entiendo por qué te estás disculpando. —Se levantó, me agarró del cuello y llevó mi boca a la suya con brusquedad.
Notar mi sabor mezclado del suyo impidió que mi lívido bajara, sino que lo renovó. Le abrí el pantalón a la carrera y metí la mano dentro de su ropa interior para agarrarle la erección.
—Jesus, love —jadeó ronco. ¿Existía algo más excitante que escucharlo gemir en acento británico? Nop. Imposible.
—Dime cómo lo quieres —pedí con un soplido irregular, estirándole y contrayéndole la piel extra suave de su pene.
—Lo haces perfecto. —Me acunó la cara con ambas manos y metió la lengua en mi boca para gemir mucho más profundo. Casi enloquezco con ese sonido.
—¿Sí? ¿Y no te gusta más así? —Comencé a subir y bajar la mano más rápido, y le pasé el pulgar por la punta. ¡Cristo! Estaba tan húmeda que quise chupársela.
Iba a chupársela.
Me llevé el pulgar a la boca y lo saboreé. Cyrus gimió con la boca abierta al ver eso. Cuando me arrodillé frente a él, se echó hacia atrás.
—¿No quieres? —pregunté persuasiva. Exhaló corto, como si la respuesta fuera obvia.
—Si haces eso, acabaré llenándote la boca.
—¿Y?
—Me he corrido en mi mano imaginando que estoy dentro tuyo desde hace más de tres meses. Necesito venirme dentro de ti.
¿Qué podía responder a eso? Nada más que:
—¿Cómo me quieres entonces?
Me tomó de la cintura, llevándome con él. Su glande presionó en mi entrada y moví las caderas, ansiosa por que me llenara. Avanzó hasta la cama y me dio vuelta, poniéndome boca abajo sobre el colchón.
—¿Quieres montarme desde atrás? —pregunté fascinada con la idea.
—Lo que quiero es hacértelo en cada una de las malditas posiciones y meterme por todas partes, Laila, pero por ahora, sí, te montaré desde atrás. —Gemí ante su promesa—. ¿Qué tan duro puedo follarte?
—Lo más duro que puedas. Hablo en serio. Lo más duro que puedas. —Lo espié por encima del hombro; sin subirse al colchón, me agarró de las caderas y me levantó el culo con firmeza.
Entró en mí despacio, tan despacio que pensé que estaba bromeando con decir que lo haría duro. Y estaba bien. Era exquisito de igual forma.
La suavidad se exterminó a la primera embestida. Me dolieron hasta las vísceras y me arrebató el aire de los pulmones. Gimoteé mientras mis paredes intentaban adaptarse a su tamaño.
—Fuck. —Se inclinó sobre mí y me lamió la columna vertebral de arriba abajo. Arqueé la espalda como una gata y, cuando menos me lo esperaba, me embistió fuerte otra vez—. Quiero coger contigo cada maldito día de mi vida.
Me rodeó el cuello con la mano y con la otra me agarró del pelo para montarme más duro y sumergirnos en un balanceo incesante. ¡Dios! Hizo círculos con su cadera y luego volvió a penetrarme con tanta fuerza que sus testículos me golpearon.
Me retorcí, gimiendo, y él no me dejó escapar. Me controló del pelo y del cuello, hasta que nuestro ritmo se tornó bestial.
Por poco perdimos el equilibrio; tuvo que agarrarme de la cadera, con la otra mano presionó mis omoplatos y entonces se abalanzó implacable sobre mí.
El choque de nuestros cuerpos hacía vibrar la cama. Estiré los brazos y me agarré mejor de las sábanas para no desplomarme. Apoyé la mejilla en el colchón cuando el placer comenzó a subirme denso por el vientre.
—Cyrus, voy a... ¡Uuuf!
Se detuvo y me volteó, dejándome boca arriba. Enredó sus dedos con los míos y me penetró antes de tener la posibilidad de recuperar el aliento. Lo rodeé con las piernas, y el roce sobre mi clítoris hizo que mi humedad explotara alrededor de su pene.
Dejé que el orgasmo arrasara con cada fibra nerviosa de mi sistema. Gemí su nombre en sus labios, y nos envolvió una conexión más allá de la lujuria. Él se empujó un par de veces más, y luego me llenó de él.
No comentamos nada al terminar; quizás ambos teníamos miedo del resultado si lo hacíamos. Nos metimos a la ducha, y esta vez sí que hice que acabara en mi boca, justo después de que yo acabara en la suya.
Santa cachucha, los orgasmos con ese hombre no deberían llamarse orgasmos, sino algo que reuniera la descripción «explosión infinita e intensa de placer que te hace vibrar el útero, el corazón y el alma».
Él se quedó un rato más bajo el agua, entonces aproveché de ordenar mi maleta. Tenía vuelo temprano y no podía perderlo. También escribí una nota rápida que escondí en mi abrigo. Me acosté bajo las sábanas, y él se unió a mí al salir del baño. Nos acomodamos cara a cara, en un meditativo silencio.
Lo amé por ser él, y maldije lo malo que acabó separándonos. Lo entendí por sus traumas, y a la vez tenía miedo, muchísimo miedo de seguir sufriendo.
¿Qué era lo correcto de hacer? Imposible saber. Deseaba vivir, amar y ser amada, eso no tenía nada de malo. Tampoco quería volver a sufrir como los últimos meses.
¿El amor valía el riesgo? ¿Nos dejaríamos más huellas que cicatrices con el paso del tiempo?
Los minutos pasaron, y mi garganta se fue cerrando cada vez más. Se acercaba el momento de despedirnos, y alejarme era lo que menos me apetecía hacer.
Mis ojos se cerraron de tanto observarlo y de tanto ser observada. Me costó agarrar sueño profundo; Cyrus pensaba que me había dormido, o quizá no, sea como sea, susurró:
—Te amo, Laila Ferrera. Te sigo amando como nunca he amado ni amaré a nadie. Haré lo que sea para verte feliz.
Odiaba las despedidas. Las odiaba con toda mi alma.
Me destrozaban. Era pésima con ellas; demasiado sentimental.
Por lo que —y no me juzguen—, al despertar antes del alba por la vibración de mi reloj, y viendo a Cyrus descansando tan plácidamente que se veía mucho más en paz de lo que emanaba estando despierto, tomé su muñeca y quité su mano de mi cintura con el dolor de mi corazón.
Usé el modo ninja para levantarme. Con un nudo en el pecho, busqué la nota que había escrito hace unas horas, y la dejé junto a su almohada.
Moría por darle un último beso, pero no me atreví a asumir las consecuencias de lo que ocurriría si se despertaba.
Es que no podía despedirme sabiendo que quizá no lo volvería a ver en meses, años, o tal vez nunca. Todo era demasiado complicado y doloroso. Sabía que si intentaba decirle adiós no podría soltarlo. Y no estaba segura de que eso fuera lo mejor para mí, para él, o para nosotros.
Levanté mi maleta para no hacer ruido y, reuniendo cada gota de mi fuerza de voluntad, salí a hurtadillas de aquella habitación con mi corazón desgarrándose.
Mi Uber se tardó en llegar y me empecé a agitar. Cyrus siempre me abrazaba para dormir, y por más agotado que estuviera, era cosa de minutos que su mano buscara mi calor y no lo encontrara.
Me subí al Uber justo a tiempo, pues antes de que el conductor doblara en la esquina para llevarme al aeropuerto, se me ocurrió mirar a través del vidrio trasero, como en las antiguas películas románticas, y lo vi salir corriendo del hotel, mirando de lado a lado la calle, alcanzando a notar el automóvil que se alejaba.
Escapé para proteger mi corazón, y acabé llorando de todas formas.
Las lágrimas no se detuvieron al llegar al aeropuerto, ni al ingresar mi equipaje, ni al pasar por seguridad, pese a los gritos de esos gorilas que te revisan hasta las hebras del pelo. Todavía llevaba su aroma conmigo, y era devastador.
En la sala de embarque me fui directo al baño a mojarme la cara, y leí una vez más —ya era como la décima vez— el mensaje que recibí de camino al aeropuerto.
Cyrus: No será solo en las siguientes vidas, te buscaré en esta, todas las veces que hagan falta. Sé que me escuchaste anoche. No llores más, por favor. Pronto estaremos juntos, atrapados en otra situación de extrema vergüenza y adrenalina. Siempre seré tuyo.
Me reí, aún con las lágrimas cayendo. Me seguí riendo al ver la foto adjunta: una imagen capturada por alguna persona común, dada la calidad.
Cyrus me llevaba de la mano y corríamos por una calle de Manhattan.
Mi abrigo negro y largo volaba detrás de mí.
Una porción de mi falda cuadrillé también estaba levantada, pero no se me alcanzaba a ver nada comprometedor gracias a mis pantys gruesas.
Al final mi estadía en Nueva York sí que fue un poco de película.
Se me pasó por la cabeza que quizá Cyrus iría a buscarme, compraría un ticket a cualquier destino con tal de llegar a mi terminal, y no me dejaría embarcar.
Pero Cyrus no era así. No me presionaría tanto. Aunque una parte de mí sí que le hubiese gustado que mi película en Nueva York acabara de esa manera.
En cambio, me aventuré a descargar Instagram por unos minutos.
Encontré otras fotos y unos cuantos reportes faranduleros —con sus duros comentarios— sobre nuestro escape.
Algunas fotos me encantaron, otras me dieron vergüenza, y al final decidí que lo más sano era no buscar más.
De pasada me enteré que la ridícula e hipócrita de Diane Hamilton tenía tantas críticas por su comportamiento en el último tiempo que contrató a unos especialistas para salvar su reputación. Como dije, ridícula e hipócrita.
Me llegó un email, y estaba lista para eliminar la probable oferta de último minuto de una página en la que nunca me había subscrito, pero...
Pero.
Diamond Desing Academy.
¡Chequea los resultados de la postulación a tu beca aquí!
¡¡Conchalalora y la madre que la parió!!
Tantas cosas en la cabeza, tanto Cyrus en mi corazón, ¡¡que hasta se me olvidó que ya era «mañana» y que publicarían los resultados!!
Dudé muchísimo de apretar el link. ¿Por qué? Fuera bien o mal, la vida continuaba, ¿verdad?
Llegué a mi asiento del avión sin pinchar el link. Me abroché el cinturón, guardé mi bolso, saludé a mis compañeros de asiento, todavía sin pinchar el link.
Respiré profundo, y me llegó otro mensaje.
Cyrus: ¿Es muy pronto para decirte que ya te extraño?
Su mensaje me dio optimismo. Volví al correo, hice click, y se abrió una lista muy larga con los nombres de todos los postulantes y sus respectivos puntajes.
Me busqué, y mi puntaje final era de 88. ¡Qué demonios significaba eso!
Más abajo encontré un texto donde se disculpaban por los que no alcanzaron la beca, y nos alentaban a volver a intentarlo el próximo año.
El amargo sabor del fracaso corrió por mi garganta.
«No importa. Al menos lo intentaste. Eso vale más que todo», intenté animarme.
Bajé más por el archivo, decepcionada y hundida en mi incómodo asiento de clase turista, y al final de la página me encontré con el siguiente enunciado:
Congratulations to the recipients of the Cinematic Design Scholarship:
Raquel DíazTearon VainariLaila Ferrera
We will contact you soon with futher details.
See you in April!
—
Felicidades a los nuevos beneficiarios de la beca de Diseño Cinematográfico:
Raquel DíazTearon VainariLaila Ferrera
Pronto nos pondremos en contacto con ustedes para entregarles nueva información.
¡Nos vemos en abril!
Tuve que leerlo cinco veces para asegurarme de que no estaba viendo mal, o que no estaba imaginando mi nombre puesto ahí. Entonces mis compañeros de asiento me miraron asustados por el escandaloso grito agudo que emergió desde mi garganta.
Esta vez, lloré de felicidad.