Epílogo
Tres años y medio después
El decano de Diamond Desing Academy se posicionó frente al micrófono en aquella tarde de primavera. Agradecí que el clima no estuviese ni muy frío ni muy caluroso, no quería sudar ni tiritar frente a esa cantidad de gente.
Sabía que mi madre, Kimi, Luna y Cyrus estaban sentados en algún lugar dentro del público. Me hubiese gustado que Nana estuviera allí, pero el riesgo de trombosis le impedía hacer vuelos largos.
Y… también sabía que esa misma tarde me convertiría en la prometida de Cyrus Von Stein.
Sip. Después de casi cuatro años ya sabía leer cada uno de sus misterios, derrumbar sus paredes, y armar de memoria el puzle de su alma.
Uno de mis anillos había desaparecido hace unos días, y esa misma mañana se tocaba de forma tan nerviosa y constante el bolsillo interno de su chaqueta que quedó en evidencia.
¡No podía esperar a poner mi mejor cara de sorpresa y decirle que me casaría con él en esta vida y en todas las siguientes!
El decano de la academia habló en inglés, por supuesto, pero he repetido en mi mente tantas veces ese día que lo recuerdo todo en español:
—Para finalizar la ceremonia, invitamos a nuestra alumna becada que se gradúa con máxima distinción. Laila Ferrera, te invitamos a inspirarnos sobre tu proceso. Recibámosla con un fuerte aplauso.
Me levanté con toda la gracia que pude, rezando porque no se me rompiera el pantalón de tela en los altos escalones que me llevaban al escenario.
Tendría que hablar en inglés con mi acento latino, bajo muchos ojos prejuiciosos.
Casi tres años y medio viviendo en Estados Unidos me habían perfeccionado bastante, y la ayuda de Cyrus también, pero todavía existían ocasiones en las que se me resbalaba la lengua.
Como milagro, llegué sana y salva hasta el micrófono. Me agarré a ambos costados del podio, y comencé antes de acobardarme:
—Muchos de ustedes se preguntarán cómo llegó esta chica rara aquí.
—Las risas aparecieron. Bien, comenzamos con éxito—.
Verán, hay cosas que parecen no combinar: la pizza con la manzana.
El rojo con el rosado. El rock con la dulzura.
Una asistente latina con un novio británico famoso.
Una chica nacida en un pueblo de Latinoamérica graduándose en una prestigiosa escuela de Diseño Cinematográfico en Nueva York.
—El público soltó otro par de risas—. No quiero aburrirles con el típico «nada es imposible».
Quiero contarles que, si hoy estoy aquí, es porque perdí el miedo a combinar cosas que parecen poco probables, mezclas que asustan al inicio, pero que terminan haciéndote resaltar y empujándote hacia donde deseas, con personas que te suman, y eliminando a las que restan.
En la primera fila vi a Katrina, asintiendo orgullosa.
—Lo que eres no define lo que puedes llegar a ser.
Puedes creer que no te ajustas a eso que sueñas, que sería demasiado bueno para ser cierto, que eso le ocurre a otro tipo de gente.
Pero el que yo esté aquí es la prueba de que no importa cuán lejano, inaudito o poco probable parezca un sueño; si crees en ti, y si trabajas para acercarte a eso que quieres, terminarás acercándote tarde o temprano.
Es mucho más divertido intentarlo y fallar, que no intentarlo nunca.
No sales intacto de los ensayos; ganas experiencia, anécdotas y aprendizajes para probar de nuevo.
Junto a Katrina estaban Jayden, Sean y George, mis evaluadores de postulación que posterior a eso se convirtieron en mis profesores y mis guías del diseño cinematográfico.
Pasaron rabias conmigo, se horrorizaron un par de veces con mis ideas, y también los hice reír y los fasciné en varias ocasiones.
Se veían satisfechos de lo que lograron con su alumna becada.
—No pasa nada si están encaminados hacia algo específico, y de repente quieren marchar hacia la dirección contraria.
Si les entran ganas de empezar algo que les emociona, pero temen a hacer el ridículo o piensan que es muy tarde.
Escúchenme; háganlo igual. Asustados, con inseguridades, contra los pronósticos.
Sean la hermosa combinación de miedo y valentía, y descubrirán que se gana mucho más de lo que se pierde, aunque se pierda.
Si nos resignamos a sentirnos insatisfechos, no tendremos la oportunidad de entregar lo que llevamos guardado dentro, y me temo que, para sobrevivir, tarde o temprano acabaremos dejando cicatrices.
Los vitoreos de mis compañeros —ahora colegas— me animaron a continuar con entusiasmo.
—No tienen que escoger solo una cosa. Atrevámonos a ser artistas y a la vez buenos en ciencias.
A soñar en grande con los pies en la tierra.
A confiar en ti sin dejar de ser humilde.
A estudiar algo nuevo a los sesenta años.
A ser fanático del gimnasio y amante de las hamburguesas. —Me gané otro par de risas.
Encontré a mi familia en el público. Alcancé a ver las lágrimas de Luna.
Los iris de Cyrus, cargados de admiración, y entre sus brazos a Snake: nuestro perrito adoptado del refugio de Río Polson.
Las manos de mi madre apoyadas sobre su corazón.
La sonrisa de Kimi mientras transmitía el momento en una videollamada con Nana.
—Estas mezclas, por más extrañas que parezcan, son las que nos vuelven auténticos.
¿Y vale la pena dar todo de ti sin tener la certeza de que funcionará?
A ver, ¿qué les puedo decir? Es difícil sobresalir si no te arriesgas.
Nunca se sabe, podrías acabar dando un discurso en Nueva York, vestida con un pantalón rojo y un blazer rosado, y con un novio británico escuchándote en el público.
Y no solo aplaudirás tus victorias, sino que también celebrarás los riesgos que tomaste, lo que aprendiste cuando fallaste y las veces que te levantaste luego de una caída, pues fue aquel tortuoso camino el que te llevó hasta allí, y desde ese momento, estarás lista para entregar al mundo lo mejor que tienes.
Mis oyentes se pusieron de pie, ávidos por aplaudir.
—Entonces, ¿nos conformamos dejando cicatrices, o trabajamos por los sueños y dejamos huellas? ¿Qué escoges tú?