Las huellas de Laila 54 Sinceridad entre hot cakes
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54 Sinceridad entre hot cakes

Vestía por completo de negro, con jockey y lentes oscuros. Tenía la barba más larga que cuando lo vi en la entrevista.

Por más escondido que estuviera bajo esos accesorios, podría reconocer esa voz aunque me hablase en idioma cetáceo.

—Morning, love.

—No puedes estar aquí —salió por mi boca.

—Do I not? Hasta donde yo sé, todavía soy libre de transitar por la vía pública. —Se metió las manos a los bolsillos. Él tan calmado y yo al borde de la taquicardia.

—En Nueva York —puntualicé, congelada al final de los escalones—. Tú vives en Inglaterra. Al otro lado del atlántico. Y no hagas bromas sobre tu libertad.

—Esta semana se celebran los Platinium Awards, y tuve que venir por lo estipulado en mi contrato —se justificó.

Ok. Era verdad, recordaba haber visto publicidad del evento en el aeropuerto. Nunca lo asocié con que estaría en la misma ciudad que él.

—Entonces no puedes estar aquí en... En Diamond Desing Academy.

—¿Por qué no?

—Porque yo estoy aquí —exclamé—. No puedes hacerme esto.

Lo vi tragar, luego se dispuso a subir los escalones con seguridad y lentitud.

No podía moverme. El tiempo se detuvo en esa bonita calle de Manhattan —tan viva, fría y llena de historias sucediendo— en el segundo en que capté su aroma a hombre limpio y sexy bajo su disfraz de persona normal.

—Si quieres que me vaya, lo haré. —Me lo quedé mirando con cara de conejo degollado—. Pero si me lo permites, me gustaría invitarte a un... ¿cómo le llaman? Un brunch.

—Esto... —Quería que se quitara los lentes de sol. Necesitaba verlo—. Pero... ¿por qué? Dijiste que...

—Sé lo que dije. —Echó una mirada por encima de su hombro—. No quiero que nos acosen los paparazzi. Por favor, vamos a una cafetería para que hablemos.

Nos imaginé corriendo por las calles, escapando de periodistas hambrientos, tapándome la cara y perdiendo un zapato en el camino.

—De acuerdo. Solo porque quiero hot cakes. —Me cerré el abrigo.

—Por supuesto que quieres hot cakes. —Lo pronunció mucho mejor que yo—. Tampoco me sorprendería que quisieras ponerles tocino encima.

Creí que podría formarse un ambiente tenso, pero la calma surgió apenas nos sentamos en un privado de un restaurante noventero que olía a café. La nostalgia trepó por mis fibras; tenía unas ganas desbordantes de abrazarlo, sin embargo, me contuve.

Revisamos el menú en silencio, luego respondí los mensajes de Kimi y Luna. Llegaron los hot cakes y les añadí la mantequilla y el syrup.

A pesar del retorcijón en mi estómago, disfrutaba de su compañía con solo tenerlo al otro lado de la mesa. Era maravilloso, igual que estar en casa.

—Me gusta tu barba, te queda bien —comenté sin verlo a los ojos.

—Laila.

—Cyrus. —Me metí un gran trozo de hot cake a la boca.

—¿Cómo te fue? —Su voz áspera cortó el aire matutino del restaurante y lo transformó en una escena íntima.

—No lo sé. Mañana estarán los resultados.

Se quedó callado unos segundos más, y lo dejé. Tampoco lo miré. No se lo pondría fácil.

—No puedo olvidar cada palabra que te dije esa madrugada en el hospital.

Casi me atraganto.

—Dímelo a mí.

—Estaba jodido. —Cyrus intentaba que nuestras miradas conectaran—.

Asustado hasta las bolas. Agotado de que todo sea siempre tan trágico a mi alrededor.

Tenía miedo a que te pasara algo aún más grave.

—Noté tensión en sus bíceps—. Te vi en esa cama de hospital y me cayó el peso de lo que te ocurrió sobre los hombros.

Me desgarró las vísceras y necesitaba alejarme.

Fue como si con solo respirar cerca de ti pudieses empeorar.

Me atreví a subir la mirada para encontrarme con esos ojos almíbar extraordinarios.

—Lo sé. Tienes heridas por cerrar, y por eso no puedes estar en una relación con nadie. Me costó entenderlo, pero no es necesario que me lo expliques otra vez. Ya me diste tus razones y las acepto.

Cyrus removió el café en su taza.

—Perdón por haber llegado borracho esa noche.

Suspiré sin desviar la mirada.

—Puedo perdonarte. Lo importante es si te perdonas a ti mismo, y si haces algo al respecto —repuse con suavidad.

—He estado yendo a terapia —bajó la voz.

—Así escuché. Me alegro mucho. —Junté las manos encima de la mesa—. Yo también estoy yendo.

—Lo sé. Tu madre me lo dijo.

Tosí una vez.

—Disculpa, ¿mi madre?

—Es la única que me contesta los mensajes cuando pregunto por ti. —Dejó la taza en su plato—. No te enojes con ella, por favor. —Su mano buscó la mía. Luego respiró hondo por nuestro contacto—. Le tuve que insistir treinta veces antes de que me contara algo sobre ti. Estaba desesperado.

Apoyé la espalda atrás con un resoplido. Cyrus y mi madre hablaban sobre mí. ¿Hace cuánto? No quise ni preguntar.

—Laila...

—Cyrus, dime lo que quieres decirme, por favor.

—No ha habido mañana en que no tuviese que controlarme para no subirme a un avión e ir a suplicarte que me perdones.

«No llores. No. Llores. Laila. Suficiente has llorado. Mantente firme».

—Te veías muy seguro de tu decisión, ebrio o no. —Me encogí de hombros—. Lo confirmaste desapareciendo de mi vida. Si no fuera por una sola llamada que hiciste por las razones incorrectas, o porque te vi en entrevistas, no hubiese sabido más de ti.

—Tienes razón. —Parecía buscar las palabras adecuadas—. Pero no ha sido en vano; he aprendido a conocerme, a encontrar herramientas y a frenar las conductas dañinas con ayuda de la terapia. En estos meses logré entender por qué hice lo que hice contigo.

—¿Por ejemplo? —Ignoré los golpeteos dolorosos de mi corazón.

—Actué por miedo y dejé que el pasado afecte al presente.

Intentando no dañarte, te lastimé mucho más —dijo con pesar—.

Detestaba a Torms por hacerte sufrir, y al final te hice algo peor.

Te abandoné cuando más me necesitabas, cuando más te necesitaba también.

En vez de enfrentar esto juntos, puse una pared entre nosotros, y no tienes idea de lo mucho que detesto habernos hecho eso.

—Lo hiciste. —Asentí—. Me advertiste que eso pasaría, y tomamos el riesgo de todos modos. —Mis dedos quedaron atrapados en la tibiez de la palma de su mano—. No estoy enojada, Cy. Tienes que perdonarte.

—No puedo todavía —siseó brusco—. He dejado de fumar, de beber, y estoy dejando la actuación también, pero aún falta camino.

Una ola cálida me llenó el pecho.

—Me hace muy feliz, Cy. De verdad. Te felicito.

—No busco que me felicites —replicó con cariño—.

Entendí que alguien que tiene tendencia a los excesos debería alejarse de las adicciones por completo y para siempre.

No más cigarros ni alcohol por el resto de mi vida.

—Se relamió los labios y se reacomodó en el asiento—.

A lo que quiero llegar, es que estoy dejando atrás todo lo que me hace mal, y acercándome a lo que me hace bien, a lo que quiero y a lo que me hace feliz.

Y tú encabezas la lista de esas tres últimas cosas.

Uf.

¿Cómo es que se respiraba?

—Cyrus —«enfócate, Laila, no caigas»—, no llevas mucho tiempo en terapia, unos cuantos meses, lo cual es valioso, no le quito mérito; estás mejorando, y por eso sientes tanto optimismo, pero tienes razón en que queda mucho camino aún, y los problemas y las recaídas existen.

No me refiero solo a recaídas físicas, sino emocionales.

Y no es que no quiera estar para ti en esos casos, pero si ocurren, tu impulso será alejarme otra vez.

—No, no. De lo único que me arrepiento cada puta vez que cierro los ojos es de no estar cerca de ti.

Solté mi mano de la suya.

—¿Y qué pretendes? —Le sonreí con tristeza—.

¿Que me lance a tus brazos como si nada hubiera pasado?

Yo también avancé estos meses. También me di cuenta de cosas, de que prefieres esconderme los problemas o aislarte si ocurren cosas malas.

Y no volveré a dejar que jueguen conmigo a tal punto de dejarme destrozada. No lo digo solo por ti.

—Lo sé, Laila. Yo más que todos en el mundo quiero que tengas todo lo que deseas, pero por favor no digas que jugué contigo, porque jamás fue así.

—Cuando estuvimos bien —continué—, cuando todo fue maravilloso entre nosotros, supe que eso era lo que quería.

Sé que la vida no es perfecta y que hay altos y bajos, y que uno debe seguir adelante en los malos momentos, pero quiero a personas que permanezcan a mi lado en las buenas y sobre todo en las malas.

A personas que se decidan por mí sin dudarlo.

—La cagué y cometí el error más grande de mi vida —noté desesperación en su tono—.

Ahora sé que tener a alguien que se preocupa por ti y que está en los malos momentos no te hace egoísta.

Si hablamos de decisión, no necesito pensar nada para decidirme por ti.

Lo haría cada vez. —Se inclinó sobre la mesa—.

Eso que tuvimos, lo que estábamos comenzando a tener, podemos tenerlo, Laila. Tenerlo para siempre.

«Para siempre».

—Cy. —Cerré los ojos y me obligué a ser responsable conmigo misma, con mi corazón golpeado y con las cicatrices que llevaba en mí—. Es que no puedo creerte y ya. Lo siento.

—No tienes que definirlo ahora. Puedo esperarte toda la vida si hace falta.

No sabía cuánto aguantaría si me seguía mirando así.

—Sufrí durante meses —admití con dolor. A él se le contrajo la expresión—.

Lloré mucho ese día y después de eso también.

Te extrañé, te extraño cada día. Perdón, pero no puedo lanzarme al vacío contigo de nuevo.

Ya lo hice y me golpeé duro. —Posé la mirada en su pecho—.

Entiendo por qué lo hiciste, pero nada me asegura que no me alejes si enfrentamos otro momento duro.

No puedo confiar en que no tomarás acciones por los dos creyendo que haces lo correcto por mí.

—No lo haré —jadeó hondo—. No tomaré decisiones por ti.

—Ni siquiera tú puedes saber qué harás hasta que llegue el momento.

—No he sanado del todo, pero sí lo suficiente para estar cerca de ti. No estaría aquí si no estuviese seguro.

—Cyrus, no lo sé. Preferiría que...

—Déjame mostrarte la ciudad —ofreció de golpe.

—¿Qué? —Pestañeé varias veces, alejando la densidad que había ido creciendo durante nuestra conversación.

—Dejemos reposar el tema. Dime, ¿qué has conocido desde que llegaste?

—Yo... —La cabeza me daba vueltas.

—Podemos hacer esto. Cuéntame.

Me aclaré la garganta, bebí de mi batido y me ordené un poco el pelo.

—He recorrido bastante —comencé a contarle.

Hice círculos con los hombros para relajarlos—.

Partí por el Empire State, después fui al Museo de cera; me tomé una foto con Ironman, por cierto.

No puedo creer que todos los famosos sean tan altos como tú.

—Cyrus me regaló una de esas sonrisas que arrebatan el aliento, y se la devolví—.

También fui a la tienda de Harry Potter, y vi el edificio de Spiderman.

Ah, y le toqué las bolas al toro de Wall Street.

—¿Te sacaste una foto haciendo la pose de Spiderman? —Subió las cejas.

—Por supuesto.

—Good girl.

—Al atardecer me subí a un barquito que te lleva a la estatua de la libertad, es muy bonita —proseguí, ignorando el hecho de que mis piernas se pusieron gelatinosas por su acento—.

Ayer visité el museo de historia natural, es enorme.

Luego caminé por la Fifth avenue. Increíble que exista gente que se gaste esa cantidad de dinero en ropa. —Resoplé por un costado de la boca.

Cyrus se mostró de acuerdo conmigo. Él siempre llevaba ropa simple, normal, nada que aparentar, no le hacía falta. Era una obra de arte, un espectáculo, una criatura fascinante de ver, sin necesidad de accesorios de cientos de dólares.

—Déjame mostrarte algo de lo que falta. Lo que alcancemos. —Se puso más serio—. Conozco bien la ciudad.

—¿Qué hay de los paparazzi?

—Mientras nos mantengamos en movimiento, y tenga los lentes de sol puestos, no habrá mayores problemas. Subiré una de mis fotos en New Jersey del año pasado, pensarán que estoy allá y los distraeremos.

—No sé si deberíamos.

—Laila, viajaste hasta acá. Te vas mañana. Olvídate de los «deberíamos» y déjate llevar.

—Ya nos hemos dejado llevar, y mira cómo acabamos —bufé.

—Es muy pronto para que hagas esas bromas pesadas.

—¡No es una broma!

—Como sea, estás en Nueva York —repitió como si no necesitara más explicación y buscó mi mano de nuevo—.

Tú más que cualquier otra persona debes conocer esta ciudad.

Trabajaste duro para llegar hasta acá. —Era verdad, hubo semanas en las que apenas dormí terminando el portafolio—.

Y será bueno que cuando te vengas a vivir ya te manejes un poco.

—No sabemos si eso pasará.

—Hay que ser precavidos. —Me observó con un nivel de admiración que nunca había recibido. ¿Por qué tenía que ser tan hermoso? ¿Tan misterioso, encantador, perverso y seductor? ¿Y yo tan, pero tan boba como para que me estallaran fuegos artificiales en el útero?

Maldita sea conmigo, por mil. Por un millón. Maldita. Sea.

—Acepto solo si comemos pizza, y no tocamos el tema... nuestro tema. Haremos esto como dos personas que apenas se conocen, sin ir más allá —ofrecí—. ¿Prometido?

Le saltó un músculo en la mandíbula.

—Es mi condición, Cy.

Terminó por decir que sí con la cabeza.

—Haremos todo como tú quieras.