Las huellas de Laila 53 Rojo y rosado
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53 Rojo y rosado

El señor Ger, Gerardo, estaba preso. También el secuestrador grandote, Óscar. No quise estar presente en el juicio de esos dos. El fiscal y mi abogado se encargaron de todo y me notificaron cuando el veredicto salió a mi favor.

—¿Está segura de querer realizar esta donación? —preguntó por décima vez mi ejecutivo bancario. Con la nueva cantidad de dinero en mi cuenta, ¡de un día para otro ya tenía un ejecutivo bancario! Una locura.

—Completamente. Por favor, la donación debe ser anónima. Se puede, ¿verdad?

—Se realiza una donación directa y anónima al hospital para la paciente, pero...

—Sé que viste las noticias sobre el secuestro, y que por eso tienes tantas dudas. Es algo que debo hacer, mi corazón necesita esa paz. —Mi vuelo ya estaba embarcando. Solo necesitaba que el dinero llegara a la esposa del señor Ger.

—Está bien, señorita Ferrera, se hará como diga. —Regresó su excelente disposición—. Le enviaré el comprobante apenas esté listo.

—Muchas gracias. Que tengas buena semana.

—Lo mismo para usted, mucho éxito en su viaje.

Vaya que necesitaba ese éxito.

Llegué una hora antes al edificio de Diamond Desing Academy en Manhattan. Me advirtieron que el metro de la gran ciudad era un lío, pero no fue tan enredado como algunas calles de Latinoamérica.

Temblaba entre las hermosas y muy heladas calles adornadas con motivos navideños.

Los edificios eran tan monstruosamente altos que no dejaban pasar los rayos de sol a primera hora de la mañana.

O puede que estar en el corazón del mundo, tan lejos de casa y sola, estuviese provocando los movimientos trémulos de mi cuerpo.

Me fuera bien o me fuera mal, saliendo de la presentación me iría derechito a una cafetería noventera a comer hot cakes con syrup, y a tomarme el café más grande y caliente de mi vida. No había desayunado, me daba miedo vomitar.

Me preparé lo mejor que pude para ese día.

Leí y estudié justificaciones de diferentes diseños.

Me vi todas las entrevistas de diseñadores cinematográficos que pude.

Hasta me colé a un par de clases online de una universidad cualquiera, por si ayudaba en algo.

También contacté a las diseñadoras que conocí durante los rodajes de película y, por supuesto, repasé cada uno de mis trazos hasta el último detalle.

Me senté en las enormes escaleras de concreto de la entrada aún cerrada de Diamond Desing Academy, delante de las gigantescas letras moradas y brillantes «DDA». Me retoqué el labial y me abracé a mí misma para intentar calmarme.

Me obligué a distraerme con los transeúntes abrigados; tan diversos como países en el mundo.

La arquitectura era imponente y épica. Me encanté con los taxis amarillos, los árboles bien cuidados, las rejillas que desprendían vapor, el tráfico, los pórticos bonitos y clásicos de los edificios de tres pisos, las risas de las personas entre el vaho de sus alientos…

Todo era de película. Leí muchas veces que era una ciudad sobrevalorada, y yo solo llevaba dos días allí, pero respiraba una atmósfera distinta y vibrante.

Esperaba que mi historia allí fuera digna de una película.

De verdad creía que sí podía disfrutar viviendo en la gran ciudad durante los tres próximos años, lo que duraba la beca, aunque fuese en un apartamento viejo, minúsculo y ridículamente costoso.

Empezaría de cero. Era una oportunidad real para ser feliz.

—¿Laila Ferrera? —llamó una voz a mis espaldas.

—Sí, soy yo. —Me levanté de un salto y subí esas escaleras rezando por que a mi tobillo no se le ocurriera volverse hiperlaxo y me hiciera caer.

La mujer que me esperaba tenía el pelo negro y liso, en contraste a sus alucinantes ojos color miel.

Vestía con unos pantalones rojos de tiro alto y una chaqueta blanca con botones dorados.

También llevaba tacones. Amé tanto su estilo glamoroso —que se le veía fenomenal en su silueta alta y estilizada— que me hizo dudar del mío.

No. No dudaba de mi sweater ni de mi falda cuadrillé o de mi abrigo largo.

Dudaba de mí, de mi persona y de mi figura.

Esto era diseño de vestuario, donde no necesitas ser modelo para ser discriminada por no tener un cuerpo conforme a los clásicos estándares de belleza.

El mundo moderno podía estar muy en onda con el body positive, pero no llegaba a todos los rincones.

«Agradécele a tu cuerpo, es el que te permite estar viva, viajar y cumplir tus sueños» resonó la frase de mi terapeuta en las profundidades de mi mente.

Hoy más que nunca tenía que aferrarme a eso.

Mis manos habían trazado los diseños que defendería allí dentro.

Mis piernas me movilizaron hasta Nueva York.

Mi cuerpo me permitía respirar, reír, llorar, besar y vivir, cual fuera su forma.

Era valiosa sin importar mi talla, si subía o bajaba de peso; mi talento y mis capacidades no dependían de eso.

Era soñadora y luchadora.

—Hola, un gusto. Laila Ferrera en persona. —Le estiré la mano a la mujer que me sonreía.

—El gusto de recibirte es mío, Laila. Soy Katrina.

—Qué emoción conocerte. Muchas gracias por recibirme.

—El que hayas viajado todos estos kilómetros para defender tus diseños significa mucho para nosotros —declaró con una sonrisa, haciéndome pasar al interior de la academia—.

Esto es Diamond Desing Academy. —Se abrieron dos puertas al final de un lujoso recibidor—.

En este pasillo están algunas de las aulas.

Al otro lado del jardín se encuentran los talleres, los auditorios, la pasarela y el patio de eventos.

El interior era... bueno, más impresionante que su fachada exterior.

Tenía enormes cuadros con diseños relevantes de la historia. Maniquís de variados estilos dentro de expositores de vidrio, con focos apuntándolos. Lámparas de lágrimas iluminando de manera tenue y elegante.

—No tenemos mucho tiempo antes de comenzar, y hay cosas que me gustaría comentarte —advirtió Katrina.

Intentaba ponerle atención y a la vez deseaba absorber lo máximo posible de ese lugar, por si nunca más regresaba—.

Somos cuatro evaluadores, algunos ya tienen a su favorito. Hoy es el último día de presentaciones.

—Eso no es muy tranquilizador. —Me alisé la falda y me aseguré de que la parte de atrás no estuviera enganchada en mi ropa interior.

—Tú portafolio es mi favorito, y solo por eso debes saber que tienes mucho potencial. Mantén eso en mente para la defensa. —Era tan alta que tenía que inclinar la cabeza para lograr ver su sonrisa; desbordaba seguridad en sí misma.

Las puertas de los costados estaban cerradas, excepto una, por la cual espié al pasar: era una sala de clases, donde el profesor movía la falda de un vestido medieval, explicándole algo a sus alumnos.

Olía a limpio, a telas y a fábrica de sueños.

—Así lo haré. No viajé tantos kilómetros para no dar lo mejor de mí. —No sé si se lo dije a ella o a mí misma.

—Mantén esa actitud. —Me guiñó un ojo.

Katrina me hizo pasar a la última sala del pasillo.

Mi mano se aferró al relicario de Fira que colgaba de mi cuello —se había convertido en mi amuleto de la suerte—, y me encontré con una pantalla que abarcaba toda una pared, una mesa larga con tres personas sentadas allí, y un atril frente a los evaluadores.

Creíble o no, se me pasaron los nervios.

Supe que estaba exactamente donde debía estar. Kimi y Luna siempre tuvieron razón; arriesgarme y viajar desde tan lejos era el camino correcto. Independiente del resultado, estaba intentándolo, y era mucho mejor fallar a no haberlo intentado nunca.

—Laila Ferrera, bienvenida —saludó uno de los evaluadores, el más canoso, pronunciando igual de mal la doble erre que Katrina—. Mi nombre es George Fawhall.

—Buenos días —saludé con entusiasmo, intentando no verme como un pollito asustado—. Gracias por recibirme. Estoy feliz de estar aquí.

—Gracias a ti por viajar, cariño —habló el segundo, un hombre calvo y fino—. Mi nombre es Jayden Polleh. ¿Estás preparada?

Eso esperaba.

—Absolutamente.

—Me gusta el color de tu pelo —apreció el tercero, un hombre de gafas y más robusto.

—Gracias, mi abuela me llama Caramelo por eso.

—¡Ah! Fantástico. Un caramelo de sabor a miel. —Asintió en mi dirección—. Soy Sean Veant.

Agradecía desde el corazón su intención de hacerme sentir cómoda.

—Mucho gusto. A mí me gusta su camisa. —Era verdad: tenía un diseño de corazones blancos con fondo azul, muy peculiar.

Sean se la alisó con la mano, complacido.

—Laila, presentaste tres temas en tu portafolio: drama del siglo diecinueve, fuerza femenina en ciencia ficción, y romanticismo navideño —recordó Katrina. Tomó su puesto frente a mí, en la mesa larga con los demás.

—Bastantes contrastantes unos con otros —comentó el calvo, Jayden.

—Arriesgado —agregó Katrina—. Tu concepto es algo que vemos poco, y eso es mucho decir. Usualmente aquí se copian los unos a los otros. —«Gracias, Katrina».

—Quizás la academia necesite un toque latino. —Me paré bien recta. George curvó los labios hacia abajo.

—Esto será bastante simple. Necesitábamos evaluarte de forma presencial para observarte —explicó Jayden—. El tono y los gestos dicen mucho del artista.

De acuerdo…

«Solo sé tú. Eres creativa. Puedes con esto. Demuéstrales cómo lo hace Laila Ferrera», escuché la voz de Luna como si estuviera allí conmigo. Beneficios de tener a la misma mejor amiga desde la infancia.

—Escogimos un diseño de cada tema que presentaste. Se reflejarán en esa pantalla de ahí —señaló Sean—, y tú tendrás que justificarnos por qué diseñaste eso para la película correspondiente. Okey?

—Bien. Excelente. —Tragué saliva y me medio giré hacia la pantalla sin ponerme de lado por completo. Estiré los hombros hacia atrás, saqué pecho, y hasta apreté el culo, por si acaso.

«Vamos, carajo».