51 La que fui
Dante revolvió su café, dejó la cucharita en el plato, y me observó.
—Tenía que verte —repuso con obviedad. Mis cejas se dispararon hacia arriba.
—¿Para qué?
—Me importas —la dureza, como siempre, destacó en su tono—. Te ocurrió algo espantoso, podrías haber muerto.
—No me digas —ironicé.
—Estoy intentando algo aquí. —Su expresión se agudizó.
—No quisiste intentar nada cuando tus padres me trataron como basura, o cuando me despediste por una acusación falsa.
—Esas situaciones no pusieron en riesgo tu vida. Escúchame, solo te pido unos minutos. —Acercó su mano a la mía, y alejé el brazo de inmediato—. Tenías razón, me dejé llevar por el despecho, y despedirte no fue lo más correcto. Debí defenderte, y también debí luchar más por ti.
—Ah, no. No, no, no. Es que todavía no lo entiendes. —Me reí seca—. No debiste luchar más por mí, debiste luchar por ti, por dejar de aparentar ser el señor correcto que no eres, ni que te gusta ser.
Dante suspiró y tomó un sorbo de su café. Tosió dos veces y se le formó una mueca en el rostro.
—El café con veneno no es para débiles —me burlé. Casi pone los ojos en blanco.
—Lo importante es que soy consciente de ello, y que todavía me importas mucho. Me desquicia lo que te hizo Von Stein. Lo he pasado mal, ¿entiendes? He tenido pesadillas contigo. Herida, desangrándote, o cosas peores.
«Pobrecillo», se burló mi voz interior.
—Cyrus no me hizo nada —marqué la última palabra—. Un enfermo lo hizo, no Cyrus. Y te pido que no vuelvas a hablar de él en mi presencia.
Dante se mantuvo estoico, como siempre.
—Si no te hizo nada, ¿sigues con él?
—¿Qué?
—¿Mantienes una relación con él?
—¡Y a ti qué te importa!
—Oigan —advirtió el barman por mi grito.
—Eso pensé. —Dante bebió otro sorbo, sin hacer muecas esta vez.
Me exasperó el hecho de que siguiera creyéndose el sabelotodo—.
Te he visto en distintos noticieros y en páginas de internet de última categoría, y en todas señalan que no llevan una relación amorosa.
Bastante irónico después de su obsesión porque tú y yo no nos expusiéramos en público.
La sorna escondida en sus palabras me irritó a escalas celestiales.
—Lo que sea. Ya me viste, estoy viva y respirando, ya puedes irte. Estoy muy ocupada. —Apunté a mi hamburguesa.
—Todavía tienes un hematoma en el pómulo —espetó con rabia—. Hoy encontraron al otro culpable. Óscar Oviedo. No creo que estés bien.
Jadeé. ¿Mi caso era de acceso universal para que todos se enteraran de lo que ocurría o qué?
Sip. Era así. Un caso de la farándula, para mi pesar.
—Tú me dejabas hematomas en el culo y no te molestaba. —Las señoras de la esquina miraron hacia nosotros con exabruptos. Dante se removió por la vergüenza.
—Laila —me advirtió.
—Ah, ahora soy Laila y no Ferrera. Mira, qué progreso. —Quería que se marchara ya.
—Sí, eres Laila. Mi Laila Ferrera.
Me reí fuerte.
—Basta de este delirio. Mira, no me arrepiento de lo que tuvimos.
Me abrió los ojos en muchos aspectos, y gané experiencia interesante.
Pero se terminó. Aunque no ha transcurrido mucho tiempo, ya pasó mucha agua bajo el puente —le expliqué con mi mejor tono inflexible—.
Ahora déjame comer mi hamburguesa en paz.
Dante titubeó. Me preparé para largarme si es que él no se movía.
—Enfrenté a mis padres —admitió de repente—.
Los mandé a la mierda cuando quisieron presentarme a otra mujer, una heredera de una empresa multimillonaria.
Les dije de todo. Que me sentía enjaulado, que no era feliz con el estilo de vida que me habían impuesto, y que sin duda no me gustaban las solteras aburridas que me presentaban.
También les grité que estaba harto de los dos.
—Mi boca se abrió cada vez más—. Y renuncié a la gerencia de Torms de Alba.
—¿Qué tú qué? —exclamé. Dante asintió.
—Desde ahora trabajaré desligado de mi familia. Lo que te pasó... Cuando pensé que podrías mo... —No quiso pronunciar «morir»—. Todo lo que me dijiste en algún momento caló en mí. No pude aguantar más, y tomé acciones al respecto.
—Guau, bien por ti. —Él me lanzó otra de esas miradas severas—. No, en serio, bien por ti. Me alegro de corazón que hayas decidido ser libre.
—Gracias. Me abriste los ojos.
—De nada, supongo. —Mi rencor aflojó.
—Laila, yo... —Oh, oh, ahí venía ese tono manipulador—.
Yo sé que fui un canalla. —Asentí varias veces, dándole la razón—.
No te valoré como debía, no te defendí y no te cuidé, pero ahora...
Ahora será distinto. —Dejé de asentir—. Mi estilo de vida, yo, mis planes, todo será diferente.
—Se giró hacia mí en el taburete, y me clavó esa impresionante mirada azul—.
Y me gustaría que seas parte de esta nueva etapa, como mi novia, por fin.
—No —lo corté con una sonrisa amable—. No, Dante. Eso no pasará.
—¿Ni siquiera te lo vas a pensar? —Se acomodó la solapa de su chaqueta, incrédulo por mi rechazo instantáneo—. Lo único que no funcionaba bien entre tú y yo era el mantenernos a escondidas.
—La Laila que viniste a buscar ya no existe. La que conociste se extinguió cuando me aprendí a querer y me di cuenta de qué quería para mi vida. No encontrarás a la chica agobiada y sin rumbo que conociste hace dos años y medio.
Ladeó la cabeza.
—Yo te veo igual de irresistible que siempre —comentó con devoción.
—Por fuera quizá, por dentro no. Sé que tuvimos química en el sexo —susurré—, pero lo que podría resultar entre tú y yo no es lo que desea la nueva Laila.
—Me gustaría conocer a esta nueva Laila, entonces.
—Pero yo no quiero.
Madre de Dios. Si hace un año me hubiesen dicho que rechazaría el tener una relación formal con Dante Torms de Alba me habría reído con lágrimas.
—¿Y qué es lo que quieres? ¿A Von Stein? —El desagrado rebosó en esas preguntas.
—¡¡Tú!! —Se escuchó desde la entrada, junto al sonido de la campanilla. Era Luna—. ¡¿Qué haces aquí, precisamente tú?!
—Luna, no. —Alcé las manos cuando se acercó como un huracán. Todos nos observaban, hasta el dueño.
—Luna nada. ¡No vengas a persuadirla con tus encantos baratos!
—le gritó a Dante. Las señoras de la esquina se la estaban pasando de maravilla con nuestra escena—.
Kimi avisó que Laila vino a almorzar sola, y mira lo que me encuentro, ¡a un cretino asqueroso!
—Lo golpeó con su minibolso en el brazo—.
¡Sal de aquí, y llévate tus calzoncillos importados contigo!
—Luna, no pasa nada. —Intenté sostenerla.
—Señorita Cortés —rezongó Dante, indignado—, le advierto que no vuelva a golpearme ni a gritarme, y le solicito que se mueva. Estoy manteniendo una conversación que no le incumbe.
Luna agarró mi batido de fresa y se lo echó en la cara.
—Déjala en paz, cerdo desgraciado.
—¡Luna! —exclamé viendo cómo el líquido rosado y espeso escurría por Dante Torms de Alba y su traje de cinco mil dólares.
Dante buscó a tientas una servilleta, y se las facilité una vez que pude hacer a Luna a un lado.
—Carajo. Lo siento.
—No, no lo sientes —gruñó Luna—. Bastante daño te ha hecho ya como para que te disculpes con él.
—Amiga. —Me giré hacia ella mientras Dante intentaba quitarse el batido de los ojos—. Espérame afuera, por favor.
Luna estaba lista para resistirse. Le hice un gesto que solo dos mejores amigas entienden, y bufó.
—Bien. —Le dedicó una última mirada mortal a Dante, y volvió a mí—. Que no se te olvide que te hacía ponerte lentes oscuros y una peluca, que dejó que sus padres te insultaran, ¡y que te trató de ladrona!
—Ustedes tres, lárguense —bramó el dueño del restobar—. Ahora.
—Espérese un momento —le espetó Dante, todavía luchando por limpiarse la cara. El dueño insistió en echarnos, y Luna salió dando pisotones. Dante sacó su billetera a ciegas y tiró varios billetes sobre la barra —. Me iré cuando me quite el batido de los ojos, gracias.
—Lárguese. —El hombre subió la voz.
—No lo creo —replicó Dante otra vez, mostrándose digno a pesar de estar cubierto de batido.
—¡He dicho que largo de mi bar!
Dante lanzó la bola de servilletas sucias con enfado.
—Acepte el dinero o prepárese para salir en una nota de la prensa nacional por servirle tragos a una alcohólica sabiendo de su condición, luego de que las hijas de dicha mujer le pidieran expresamente que no lo hiciera.
Sin mencionar que le está sirviendo alcohol a adolescentes justo ahora.
—Apuntó al grupo de chicas—. ¿Qué prefiere?
Vaya. Triple «vaya». Jamás me esperé que Dante recordara las historias sobre mi madre en ese local.
Me dejó con la boca abierta, y al dueño también. Este último recogió los billetes a regañadientes y se fue a atender las mesas.
—Ya me parecía —señaló Dante.
Después le mostré dónde estaba el baño, y lo esperé justo afuera, con la puerta abierta.
—Lo siento, de verdad lo siento —dije mientras se limpiaba—. Luna te odia, y bueno, la entiendo, me vio llorar varias veces por ti. Yo también le haría lo mismo a su ex.
—¿Lloraste por mí? —Se lavó la cara.
—Muchas veces.
—No lo sabía. —Ahora se humedecía las manchas del traje—. Debiste decirme.
—Hubieses creído que estaba haciendo un drama, o tal vez cortabas conmigo. En ese momento era lo que menos quería. Tonta de mí.
Dante presionó los labios, agarró varias toallas de papel a la vez y se secó la cara. Luego se apoyó en el marco de la entrada del baño, y sus profundos ojos azules me miraron pensativos durante varios segundos.
—Perdón.
—¿Perdón por qué?
—Por hacerte sufrir tanto.
Si me hubiesen dicho que el sol venía directo a estrellarse con la Tierra, hubiera entendido la razón de aquel hecho canónico: Dante Torms de Alba pidiéndome perdón.
—Gracias por disculparte. —Le sonreí—. Y por recordar la historia de mi madre con este bar.
—¿No tengo ninguna posibilidad de hacerte cambiar de opinión? —Negué a su pregunta. Se pasó una mano por el pelo, ese que hasta hace un tiempo me encantaba—. Qué lamentable. Tenía tantas ganas... Tanta ilusión de... De que tú y yo...
Ahora balbuceaba. Madres.
—Ya está, Dante. Encontrarás a otra mujer que te guste.
—No es así de sencillo. —Chasqueó por un costado de la boca—. Nadie tiene tu espontaneidad, ni tu energía, ni tu forma de ser. Y sin duda no existe otra que me haga sentir libre.
Tantos cumplidos que llegaban tan pero tan tarde.
—No será como yo, pero sí una mujer que se ajuste a lo que necesitas.
—Extrañaré... Ya sabes lo que extrañaré —admitió con doble sentido. Me reí.
—¿Un abrazo de despedida? —Le ofrecí con los brazos extendidos. Él me dedicó una mirada significativa, y aceptó con resignación.
Me abrazó con más fuerza de la que esperaba, como si de verdad le provocara tristeza despedirse de mí.
—Si cambias de opinión, llámame.
—Te deseo lo mejor, Dante Torms de Alba. Quiérete, desinhíbete y despéinate a menudo, ¿está bien?
—Cuídate, por favor, y espero que encuentres a una persona que te haga bien y feliz como deseas. —Su frase me conmovió; escondí la cara en su hombro para que no lo note.
—Ah, y gracias por el finiquito extra, y por salvarle la vida mi abuela. Siempre te estaré agradecida por eso —agregué. Me costó salirme de sus brazos porque me apretujaba—. Adiós, señor Torms.
Me di media vuelta y me alejé. Así era como siempre debió ser nuestra despedida.
—Adiós, señorita Ferrera —murmuró con pesadez, deteniéndose junto a la barra.
—Espera. —Me volteé en la puerta de entrada. Los comensales debían estar alucinando con nuestra telenovela en vivo y en directo—. ¿Cómo sabías que me encontrarías aquí?
Dante tomó una postura engreída y sofisticada que le era natural.
—No lo sabía, pero necesitaba un café con veneno antes de ir a buscarte a tu casa.
Con una sensación agridulce, cerré la puerta a mis espaldas, acabando el capítulo de Dante para siempre.