50 Dinero maldito
Cyrus habló otra vez ante mi falta de palabra:
—Sé que reconociste al hijo de puta que faltaba, Óscar Oviedo. Necesito saber cómo estás.
Cyrus podía ser muy introvertido, amargado y silencioso, pero se enteraba de todo: cuándo me dieron de alta, que hice el reconocimiento del cómplice de Frederick, y hasta fue él quien lo entregó a la justicia. También fue quien se dio cuenta de que me habían secuestrado.
—Estoy bien. —Estuve a punto de repetirlo porque me salió muy bajito.
—No me mientas.
—Que... ¿Que no te mienta?
—Firmamos un contrato donde prometimos ser sinceros, sin importar lo que pase —recordó por nuestro papelito con las huellas.
Me reí a secas.
—¿Y a ti qué más te da lo que prometimos o si te miento?
—Ahora sí que me salió la voz—. Ya no estoy en tu vida ni tú en la mía.
Me terminaste estando en una cama de hospital.
No sé por qué me estás llamando. Es más, no vi que eras tú, ni siquiera te hubiese atendido.
—Mi lengua fue poseída por un ataque de furia—.
¿Por qué habrías de romperme el corazón, diciendo que no quieres arrastrarme a unas hipotéticas desgracias que hipotéticamente podrían ocurrir, y luego llamarme para saber cómo estoy? ¿Qué diablos te pasa?
Silencio. Solo quedó mi respiración alterada hasta que dijo:
—¿Te sientes mejor ahora que te desahogaste?
—No. —Se me acumularon lágrimas en los párpados.
Ya estaba cansada de llorar. Llevaba semanas deshidratándome por él—.
Es ridículo que me llames para saber cómo estoy solo porque capturaron a Óscar Oviedo.
O porque tú tuviste algo que ver con eso, y quizá también con golpearlo.
—Su silencio confirmó mis sospechas y continué—: Gracias por hacerlo, de todos modos, pero no deberías arriesgarte.
Sí se sintió feo hacer el reconocimiento, pero ¿sabes qué se sintió más feo?
Que me arranques de tu vida igual que a una prenda de ropa que llevas al reciclaje y te olvidas de ella.
Y para contestar tu pregunta: no, no estoy del todo bien, pero estas semanas he estado muchísimo peor.
Si te preocupaba mi estado, hubieras comenzado por ahí.
Mis respiraciones agitadas volvieron a inundar la línea. Estaba a punto de trancarle cuando habló:
—Mis sentimientos no han cambiado —confesó.
Como era media masoquista, seguí escuchándolo—.
Sé que te hice daño. Que quiera lo mejor para ti a largo plazo no significa que no me esté volviendo loco de lo mucho que te extraño, ni que seas lo mismo que una prenda de ropa que llevo a reciclar, ni mucho menos que me haya olvidado de ti.
—Supe que tensaba la mandíbula—. Te echo de menos cada vez que despierto, cada vez que respiro, y todas las noches quiero contarte lo que está pasando en mi vida, y me pregunto qué está sucediendo en la tuya.
Pienso en lo mucho que me haces falta y en cuánto te necesito.
En todas las cosas que me gustaría vivir contigo.
Bueno, empecé a llorar de todos modos. «Que le den».
—Tú escogiste que vivamos este dolor. Lo decidiste por los dos. —Me limpié las lágrimas con rabia—. Asumiste qué necesitaba, así como cuando no querías contarme lo de tu juicio, porque asumiste que me lo tomaría mal.
—Lo hice creyendo que es mejor que duela ahora a hacerte mucho más daño a futuro. Más del que ya te provocaron por mi culpa. —Su tono fue un susurro sombrío—. No tengo idea de si hice lo mejor, Laila, pero lo hice por ti.
—No quiero seguir escuchándote.
—Laila.
—No, Cyrus. Me cansé, ¿sabes? Me cansé de desvivirme por hombres que no se terminan de convencer por mí.
—No me compares con...
—¡Puedo compararte con quién me dé la gana, porque no somos nada! —Y esta vez le tranqué. Aunque fuese maleducada, inmadura e impulsiva.
Sabía que continuar con esa conversación —en la que él me mantendría en un limbo sentimental— me destrozaría.
Cuando Kimi por fin salió con el informe del dinero que supuestamente debía llegarme en unas semanas, nos devolvimos a casa. Mi hermana caminó puteando en voz alta sobre la justicia aquí y la justicia en Inglaterra, y cómo iba a luchar por las víctimas una vez que se graduara de Leyes.
Me preguntó qué haría con esa cantidad de dinero.
Me di cuenta de que no había comido nada desde el día anterior, y que desde ese momento podría permitirme comer afuera con regularidad.
Últimamente no tenía apetito, pero el desahogo con Cyrus me despertó el hambre.
También la adrenalina. Inclusive me dieron ganas de lanzar bombas de pintura a una pared blanca.
—No sé, Kimi. Es dinero de un psicópata, vendrá con una maldición.
—¡No! Es parte de su merecido. Deberían vaciarle la cuenta a ese infeliz.
—Con la suma que aparece en ese papel, quizá sí se la vaciaron. —Arrugué la cara por el asco que me provocaba pensar en cualquier cosa proveniente de Frederick.
—Tengo una idea. Si usas parte del dinero para hacer algo bueno, una acción noble, equilibrarás energías y anularás cualquier maldición.
—¿Cómo estás tan segura? —dudé.
—Porque es obvio. —Chasqueó con la lengua.
—A ver, supongo que podría donar una buena cantidad para el Refugio de animales de Río Polson.
—Esa es una excelente opción.
—También podría aportar al hogar de niños huérfanos.
—Maravillosa idea.
—Darle una parte a Nana me haría feliz.
—Dudo que lo acepte. Inténtalo.
—Usaré una parte para pagar la terapia de mamá, así puede optar por un pellet para adictos.
—Sería fantástico.
—Podría borrarme las cicatrices de los muslos y del hombro con una cirugía láser.
—Eso te ayudaría, y creo que a Cyrus también. Sé que ya no están juntos, pero no es justo que cargue con esa culpa. —¿Por qué nombraba a Cyrus justo ahí?
—Y quizás... Quiero... Le pagaré la medicina a la esposa del señor Ger.
—Claro. Espera, ¡¿qué?!
Me encogí de hombros ante su rostro deformado de indignación.
—No lo justifico y no lo perdono. No retiraré los cargos judiciales ni nada.
—La hice callar cuando quiso interrumpirme—.
El señor Ger enloqueció, pero su esposa no tiene la culpa, y dudo que sea una mala persona.
Al final, no le deben haber pagado por lo que hizo, ya que congelaron la cuenta de Frederick, y ahora mismo deben tener muchos problemas en esa familia.
Una vez me dijo que tiene nietos. Esa será mi manera de anular cualquier maldición: poner algo bueno en lo malo.
—Perdiste la cabeza. —Kimi tenía la boca muy abierta, espantada—. Ahora yo usaré tu dinero para internarte en un psiquiátrico.
—Y también iré a comer una hamburguesa con papas fritas y un batido.
—Laila... —Kimi intentó respirar—. Tengo un curso online de documentación dentro de quince minutos, y tú tienes que acabar tu portafolio.
Y pensar. Tienes mucho que pensar. Yo creo que estás deshidratada.
Más tarde pediremos hamburguesas a domicilio y discutiremos sobre la esposa de Gerardo y tu descabellada idea.
—Lo acabé anoche. El portafolio, digo. Fui al correo esta mañana a enviarlo, cuando todavía dormías.
—¿Cómo? ¡Pero si te faltaba un tercio!
—Era pasar toda la noche terminándolo o seguir llorando. No sabes lo inspirador que es el despecho —admití con amargura. Kimi apretó los labios y meneó la cabeza.
—¿Y lo enviaste a las tres escuelas?
Negué.
—Solo a la de Argentina.
—¿Por qué? —Por poco grita otra vez.
—Porque irme demasiado lejos era algo poco realista, y no quería botar el dinero pagando envíos tan distantes solo para probar. Esta mañana todavía no sabía que mi capacidad económica cambiaría para bien.
—Debes enviarlo a las otras dos escuelas, Laila. Ahora te lo puedes permitir —dijo muy seria. Moví el hombro con desdén.
—Con la de Argentina tengo muchas más oportunidades que con España y muchísimas más que con Nueva York. No es solo por dinero, es porque las otras están a otro nivel.
—¿De qué nivel hablas? Eres increíblemente talentosa —me reprochó—. Si no te lo crees tú misma, no llegarás a ninguna parte.
La cabeza me daba vueltas y no podía pensar en eso. Suficientes emociones por un día.
—Ya veremos qué pasa. Por ahora solo quiero comer una hamburguesa, ¿está bien?
—Tengo que estar frente al computador dentro de... —Chequeó la hora y amplió los ojos—. Once minutos. No puedo ir. —Formó una mueca—. ¿Crees que deberías estar sola luego del reconocimiento?
—No pasa nada, iré por aquí cerca. —En el fondo sabía que si volvía a casa después de la conversación con Cyrus, lloraría otra vez—. Te prometo que beberé mucha agua.
Kimi suspiró, poco convencida.
—¿Qué tan cerca irás?
—Pues al restobar de la esquina y ya.
No podría ir más lejos. Todavía me aterraba caminar sola después del secuestro. Para ir a la oficina de correos, había sido escoltada por mi madre.
—¿A ese donde mamá iba a beber? —Kimi arrugó toda la cara.
—Sí, ¿qué más da? Venden hamburguesas ricas. Te veo después. —Me alejé antes de que siguiera protestando.
El dueño del restobar, —a quien en marzo le pedimos con Kimi que dejara de servirle alcohol a nuestra madre, y nos dijo que no era niñera de nadie justo antes de que Kimi le lanzara el menú a la cara— no se acordó de mí, y en ese momento me pareció oportuno.
Como sea, la hamburguesa estaba buenísima. Me la devoré como si no hubiese comido en meses. Cada masticada me impedía llorar de frustración por Cyrus y su eterna obsesión de decidir por mí. Por su protección que terminó haciéndome más daño que cualquier otro hombre.
El batido de fresa tampoco decepcionó; en este saboreé el alivio de que los tres culpables ya estuvieran en manos de la justicia.
No me permití pensar en el dinero que pronto tendría en mi cuenta. Necesitaba dormir al menos ocho horas para procesarlo.
Ni siquiera me importó que los otros comensales me miraran raro por mi manera desesperada de comer.
Tres señoras tomaban café en la mesa de la esquina.
Una pareja comía trozos de pastel. Y un grupito de chicas de no más de dieciocho años creían que por estar en un restobar eran la gran cosa.
Luego estaba yo, sentada en la barra, con el kétchup manchándome la barbilla.
Escuché la campanilla de la puerta de entrada, pero acabarme las papas fritas era una misión más importante que molestarme en espiar.
Pensé que podría ser Kimi, viniendo a comprobar que estuviera bien, cosa que dudé cuando oí suspirar a las señoras de la esquina.
Tampoco me inmuté cuando la persona se sentó a mi lado. Hasta que...
—Un café con veneno, por favor.
Se me quedó atascada una papa frita a la mitad de la garganta. Tosí fuerte y tuve que darle un largo trago al batido para no ahogarme.
¡¿Acaso el universo no entendía que ya tenía más que suficiente por un maldito día?!
Acomodé lo que quedaba de mi hamburguesa en el plato, y me digné a limpiarme la boca y el mentón antes de mirarlo.
Seguía siendo uno de los hombres más apuestos de la faz de la Tierra, eso justificaba los suspiros de las mujeres.
El dueño le sirvió el café sobre la barra y luego alzó una botella de vidrio para agregarle el extra solicitado.
—¿Qué haces aquí? —mascullé.