49 Llamada
«Yo no dejo huellas ni cicatrices, Laila, yo destruyo todo lo que toco, y no te destruiré a ti también».
Pues sí que destruyó mi corazón.
Los policías me tomaron declaraciones la mañana siguiente, donde apareció un abogado de excelencia —contratado por Cyrus— para representarme.
Para el día del alta, mamá llegó con un papel en mano; una inscripción a terapia para alcohólicos. Me abrazó con lágrimas en los ojos y prometió que su lucha comenzaba, que había tocado fondo, y que se culpaba por lo que me ocurrió.
Estaba harta de que todos se culparan. No haber buscado ayuda antes era su culpa, no lo que me sucedió. Cyrus era responsable de sus acciones, no de las de los demás.
Kimi se encargó de explicarme con palabras simples lo que mi nuevo abogado decía.
Nunca me gustaron esos términos jurídicos; con saber que Gerardo estaba detenido mientras se realizaba la investigación, que la justicia de Inglaterra autorizó la extradición de Frederick para enfrentar los cargos aquí, y que estaban rastreando al matón que faltaba, me quedaba tranquila por ahora.
Nana no me dejó sola durante el largo reposo. Sin embargo, cada vez que se quedaba dormida en el sofá viendo la tele, no podía controlar el nudo de angustia que explotaba en mi garganta, y lloraba durante horas, sobre todo por las noches.
«Te amo tanto que me vuelve loco».
Cyrus... Solo Cyrus podía decirme que me amaba el mismo día que me terminaba.
No recibí otro mensaje de él, ni una llamada, ni siquiera una señal de humo. Sé que le escribió a Kimi para saber cómo estaba el día del alta, previo a que yo le contase a mi hermana que me había terminado.
Cyrus Von Stein me terminó.
Me costó semanas asumirlo. Estuve cerca de enviarle un mensaje muchas veces, pero Kimi me hizo jurarle que no lo haría. Quería escuchar su voz, hacerlo entrar en razón, verlo, tocarlo y reírme con él.
Nada de eso pasaría. Él había tomado una decisión en base al miedo y a los traumas, y no en base al amor, y no era mi trabajo cambiar eso. O al menos eso fue lo que me explicó mi terapeuta.
Fuera como fuese, estaba hecha pedazos. Nunca lloré tanto por un hombre. Cyrus detestaba a Dante por no valorarme, y al final fue él quien me rompió el corazón. Qué ironía tan triste.
«Ahora muchas cosas de mi vida tienen tus huellas».
Kimi, mis primas, Luna, otras amigas —todo el mundo—, me comentaron que la historia de «la amiga de Cyrus Von Stein que fue secuestrada por el representante del actor», se esparció por los canales y cuentas de farándula internacionales con rapidez.
Ante eso, eliminé las redes sociales y no toqué los buscadores.
Me limité a los mensajes y llamadas de cercanos.
Me daba un no sé qué toparme con un titular con mi nombre en este.
Quizás era por la impotencia que me arrasaría si responsabilizaban a Cyrus de lo sucedido.
Tal vez era porque sabía que sentiría rechazo si veía la cara de los culpables (de Frederick y del señor Ger) en dichos artículos, o si me topaba con el retrato del grandote junto a unas enormes letras rojas de «SE BUSCA».
Según Isabel, ver ese tipo de cosas empeoraría mis pesadillas nocturnas o mis crisis de pánico, y lo mejor era evitarlas.
También me daba vergüenza aparecer en canales informativos, especulativos y chismosos en los que usualmente modifican la historia, inventan datos, o hasta empeoran los hechos. No quería ver publicada una espantosa foto mía en calidad de «la pobre víctima».
Luna venía después de trabajar en la ferretería y me ayudaba a distraerme con cualquier cosa: comida, series o libros para comentarlos después. Canceló sus planes de buscar trabajo en otra ciudad para acompañarme. A veces su distracción funcionaba, a veces no.
Tenía a personas buenas a mi alrededor que no me dejaban sola, que se esforzaban porque estuviera bien, y aun así mi pecho quemaba en cada respiración. Nunca imaginé que podría extrañar tanto a un ser humano.
«Volverá, siempre vuelven» dijo Luna una tarde. «Cuando se le pase la estupidez, cuando salga del shock de que su exrepresentante es un psicópata, regresará pidiéndote perdón. No es un mal hombre, bonita. Solo tiene muchas heridas y está traumado. Te ama, de eso no hay duda».
Pero yo también tenía muchas heridas y un trauma por lo ocurrido, y jamás se me hubiera pasado por la cabeza cortar con él. Podría haberlo culpado por la tortura, mas solo deseé que encontraran rápido a los verdaderos culpables para regresar a sus brazos. Yo lo quería de verdad. Estaba enamorada.
Me cuestioné durante varias madrugadas por qué siempre quería a los que no querían ser amados.
Por otro lado, mamá pasó varios días en cama luego de ir a su primera sesión de terapia para tratar el alcoholismo.
El síndrome de abstinencia era peor que cualquier gripe: tiritaba, sudaba, tenía la piel pálida, se quejaba y se sentía acabada.
Lo importante era que lo intentaba y eso era algo que valorábamos.
Sabía que me tendría que ir de su casa en algún momento; ella y yo nunca nos llevaríamos bien del todo.
Tantos problemas que recién comenzaba a sanar, y yo no me quedaría ahí para ser su saco de boxeo en las posibles recaídas, por más que fuera mi madre.
Decidí esperar a que estuviera un poco más avanzada en su terapia para irme.
Recibí un ramo de flores un par de semanas después. Un enorme, precioso y costoso conjunto de tulipanes. Era tan grande que ni siquiera teníamos un florero adecuado para ponerlos, y venía junto a una nota en papel grueso y elegante.
Lo único que me impide viajar a verte es lo mucho que me detestas actualmente.
Casi se me sale el corazón cuando supe lo que te ocurrió.
Me desesperé, y llamé al hospital para preguntar si estabas bien.
Ansío verte, no sé cuánto más podré aguantar.
Necesito confirmar que estás bien después de lo que ese infeliz causó en tu vida.
Todavía no sales de mi mente. Un beso enorme. Siempre tuyo, D.
No me puse sentimental ni tampoco me tocó las fibras. Lo único que sentí fue hastío. Menos mal Luna estaba conmigo, de lo contrario hubiese tenido que cargar sola con los tulipanes hasta la casa de mi vecina —una señora mayor que amaba las flores—, a la cual le regalé el precioso e indeseado ramo.
Una mañana, luego de regresar de la oficina de correos, me llamaron del departamento de policía para informarme que tenían a varios sospechosos con las características del torturador grandote, y que necesitaban que lo reconociera.
Contacté a mi abogado con el corazón pendiendo de un hilo. Cuando llegué al lugar, él ya estaba esperándome; un hombre alto, de facciones afiladas y con un traje impecable. Gael Williams. El abogado contratado por Cyrus, al cual le pagó una millonada sin consultarme.
«Cyrus Von Stein me ha especificado que no descanse hasta poner tras las rejas a los tres delincuentes, y resulta que soy el mejor para estos casos», había dicho el día del alta médica. Terminé aceptándolo solo porque quería lo mismo que Cyrus: que se hiciera justicia.
Gael nos hizo entrar a Kimi y a mí una salita privada antes del reconocimiento.
—Frederick Vacendish ha sido declarado culpable esta mañana durante su juicio final, por los cargos que usted ya conoce. Le han dado treinta y cinco años de cárcel, obligación a una compensación económica, y terapia forzosa.
—¿Treinta y cinco por casi matar a mi hermana? ¡Es un chiste! —protestó Kimi.
—Es lo esperable debido a las leyes de nuestro país —contestó imperturbable.
—Escuche, mi hermana casi muere por culpa de ese infeliz. Exijo que le den más años.
—Aunque lamento lo de su hermana, señorita Kimber, la justicia ya dictó su sentencia. Ni yo ni el juez podemos cambiar las leyes.
Mi hermana rechinó los dientes.
—Es Kimi. No me gusta mi nombre.
El abogado levantó las cejas.
—Oí que es abogada.
—¿Qué tiene que ver eso? —Kimi se cruzó de brazos—. Es lo que estudio, todavía no lo soy.
—Entonces debería saber que tengo razón, y también empezar a acostumbrarse a que la llamen por su nombre real, o mejor puede cambiárselo. Nadie utiliza apodos en este trabajo.
—Y usted debería enfocarse en el tema principal de esta reunión, abogado Williams, el cual es la justicia para mi hermana.
—Kimi, ya —interferí—. No hay nada más que podamos hacer, entregamos las pruebas y di las declaraciones frente al juez. Con treinta y cinco años pudriéndose en la cárcel saldrá hecho un anciano. —Prefería cadena perpetua, claro estaba.
—Es que...
—En cuanto a la compensación económica —retomó el abogado Williams, interrumpiéndola—, el imputado fue castigado por los daños físicos y psicológicos causados. —Sacó un papel de su carpeta y me lo extendió.
—¿Qué es esto?
—La suma correspondiente. El pago se realizará en dólares, debería llegar a su cuenta dentro de los próximos días.
—¡¿Qué?! —exclamamos Kimi y yo al mismo tiempo por la cifra escrita en el papel.
Kimi me miró. Yo a ella. Las dos a Gael Williams, y las dos al papel otra vez.
—Esto...
—Es lo que le corresponde —zanjó el abogado con satisfacción—. Lo que ese hombre le hizo no tiene precio. Al menos esto podrá compensar los gastos de terapia, del hospital, y mucho más.
—Muchísimo más —musité ahogada.
Gael le lanzó una mirada a mi hermana.
—¿No está de acuerdo, Kimber?
—Supongo que sí.
Me mostraron a los sospechosos a través de un vidrio donde nosotros podíamos verlos, pero no al revés. Cada uno de los hombres sostenía un número.
Reconocí al cerdo grandote apenas entró, pese a que este tenía varias lesiones y muchos moretones por todo el cuerpo; la más fea era alrededor de la nariz, parecía quebrada. Tenía un ojo medio cerrado por la hinchazón.
«Dale otro, así le queda claro». «Vas a ver lo que le haré a tu boca sucia». «Pequeña zorra». «Así es como pagan las víctimas».
Kimi me rodeó los hombros con su brazo en el momento en que mi cuerpo comenzó a sacudirse.
—No puede hacerte daño —me aseguró en un susurro. Asentí—. Di el número para que se pudra en la cárcel.
Las heridas en mis muslos —las que ya tenían costra— comenzaron a picarme.
—El tres —declaré sin aliento.
Los policías hicieron señas entre ellos, y los sospechosos se retiraron de la sala conjunta. Fue rápido. Uno de los agentes me ofreció agua.
—¿Qué le pasó en la cara al culpable? —pregunté nauseabunda. Estaba lejos de sentir empatía por ese infeliz, lo que necesitaba era saber de qué manera el karma le pasó la cuenta.
—Lo encontraron en ese estado deplorable en la frontera de México. Escapó desde aquí justo antes de su orden de detención —me contestó uno de los policías—. Lo fundamental es que dimos con su paradero y ahora pagará como debe.
—¿Quién lo encontró? ¿Fue la policía internacional?
El fiscal y los policías se miraron entre sí.
—Fuimos notificados de su localización por un detective privado —se limitó a responder uno de ellos—. Estaba atado y dentro de un basurero.
—¿Detective privado contratado por quién? —insistí con el ceño fruncido.
Entonces fue el fiscal del caso quien dio un paso al frente.
—Por Cyrus Von Stein —admitió—. Y estamos muy agradecidos por su ayuda a la justicia.
Casi se me sale el agua por la nariz.
—¿Fue él quien lo dejó así de golpeado? —preguntó mi hermana. Capté orgullo en su voz.
«Cuando lo encuentre se arrepentirá no solo de haberte tocado, también de haber nacido».
El fiscal bajó la barbilla.
—No tenemos esa información, y no es relevante, no gastaremos recursos en averiguar aquello. —Estrechó los ojos, y entendí que jamás harían nada para inculpar a Cyrus por maltratar a un imputado de esa índole.
—¿Cuántos años estará en la cárcel este hombre? —desvié el tema, obligándome a no pensar en el riesgo que tomó Cyrus si fue él mismo quien lo golpeó.
El fiscal me puso una mano en el hombro y ejerció una pequeña presión a modo de apoyo.
—Enfrentará cargos de secuestro, tortura, daño psicológico e intento de violación, al igual que el otro imputado —se refería al señor Ger—. Haremos todo lo posible para que sean más de treinta.
—¿Otra vez treinta? ¿Es una broma? —comenzó Kimi—. ¿Qué hay de los cargos de homicidio frustrado? Hablaré con el abogado Williams, deben aspirar a más.
Todo me daba vueltas. Pedí disculpas y me apresuré a salir de allí. Necesitaba aire. Respirar. Alejarme todo lo posible de ese hombre y de las pesadillas que me asaltaban la mente.
Me senté en una banca fuera del departamento de policía y cerré los ojos, esperando a que Kimi pudiese zanjar los temas pendientes y despedirse de mi parte. Realicé las respiraciones profundas que me había enseñado Isabel y me sequé el sudor frío de las palmas en los jeans.
Una vibración comenzó en mi bolsillo. ¿Qué...? ¿Qué era? ¿Me habrían puesto un localizador para encontrarme? ¿Algún otro cómplice de Frederick venía por mí para vengarse y matarme esta vez?
Metí la mano al bolsillo con la idea de lanzar el aparato que vibraba y correr.
No. Solo era mi teléfono. Olvidé que los teléfonos existían y que vibraban.
Volví a cerrar los ojos y me desplomé en la banca. La vibración desapareció y se reanudó al cabo de unos segundos. Estaba demasiado ocupada obligándome a respirar hondo, por lo que atendí sin abrir los ojos.
—¿Sí?
Nadie habló.
—¿Hola? —Probé otra vez.
—Hello, love.
Al diablo las respiraciones profundas. Ahora hiperventilaba. Mi pulso se desbocó igual que el de un triatleta en plena recta final.
«Quiero empezar por decirte que me estoy enamorando de ti».
«Yo te podría amar de verdad, Laila. No necesito dos años junto a ti ni tenerte desnuda para entenderlo».
«Haré lo que sea para que jamás tengas dudas de lo importante que eres».
«Te amo tanto que me vuelve loco».
Todo me embargó como un tsunami emocional.
Su voz de hombre misterioso era un llamado de conexión. Si fuéramos animales salvajes, yo le contestaría con un sonido que diera a entender que estaba lista para entregarme a él.
Pero como solo éramos humanos, y él me había roto el corazón, me quedé en silencio, congelada y, como pocas veces en mi vida, sin saber qué decir.