Las huellas de Laila 48 Despertares
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48 Despertares

Fui consciente de cada zona adolorida de mi cuerpo sin necesidad de abrir los ojos: un lado de la cara, la cabeza, las manos, el hombro derecho, las rodillas y ambos muslos.

Hasta la garganta me dolía y, lamentablemente, recordé de inmediato lo ocurrido en las últimas horas.

En mi sistema aún corría el miedo, el dolor, la agonía y la desesperación.

Estaba acostada sobre algo cómodo, tibio, y no había olor a humedad ni a nada extraño más que a desinfectante, así que me atreví a separar los párpados.

Una sábana blanca me cubría las piernas y me acompañaba el ruido rítmico de una máquina.

Un hospital. Bien. Bien.

Abrí los ojos un poco más y noté que estaba libre de mugre y olía a limpio. A continuación, reconocí una figura sentada cerca de mí, con ambas manos contra la boca y con la cara empapada en lágrimas.

—¿Mamá?

Mi madre se crispó.

—Laila, mi amor, despertaste, oh, Dios, qué alivio —susurró, tocándome el pelo con cuidado—. ¿Cómo te sientes?

—No muy bien. —Estaba afónica después de tanto gritar.

—Hija, hijita, lo siento tanto, lo lamento muchísimo. Todo es mi culpa. —Lloraba fuerte—. Perdóname, por favor. Yo con mi estúpida enfermedad te dejé en una cama de hospital. No debí echarte ni decirte esas cosas, yo...

—Shh —intenté calmarla. Todo me daba vueltas—. ¿Qué dijeron los doctores?

—Tienes varias lesiones. —Ahogó otro sollozo—. Pero estás fuera de riesgo. Has dormido por bastantes horas. —Solo logré pestañear—. No quisieron ponerte algo más fuerte porque querían que despertaras primero. —Me acarició el pelo—. Estás a salvo, pronto estarás mejor.

A salvo.

—Estoy muy cansada —murmuré con la boca seca.

—Lo sé. Perdóname. Prometo que lucharé por mejorar. —Temblaba. Quise consolarla, mas no fui capaz de moverme—. Avisaré a las enfermeras. —Presionó el botón para llamarlas, pero me dormí antes de que llegaran.

Ya no estaba tan adolorida la siguiente vez que estuve consciente, aun así, me sentía molida, como si me hubiese pasado una aplanadora de cemento por encima.

Me quejé al abrir los ojos. Estaba oscureciendo. Esta vez me encontré con una cabeza pelinegra apoyada en mi cama de hospital: Kimi. Y otra persona en el sofá: Luna, quién se percató de mi quejido y saltó como un resorte.

—Laila, oh, bonita. Laila. —Luna empezó a llorar. Kimi levantó la cabeza por el ruido.

—Ay, estás despierta —se alegró mi hermana.

Les sonreí; había pensado que tal vez nunca volvería a verlas.

—Estoy bien —les aseguré con la voz ronca.

—Lo estarás —corrigió mi hermana—. ¿Quieres agua? —Asentí y me acercó la mesa con el vaso.

—No llores —le pedí a Luna.

—Es que —se pasó una mano por debajo de la nariz—, fue espantoso. Todo. Cuando te encontraron... —Se llevó los dedos a los labios, y me dieron ganas de llorar con ella.

—Fue horrible. Todo —confirmé. Me apresuré a beber agua. Luego apoyé la cabeza en la almohada—. El señor Ger, Luna, él fue uno de los que me secuestró.

—Lo sabemos. Se lo dijiste al policía, y cuando nos contó la historia, yo les dije quién era. Encontraron un fierro en esa pocilga, y tenía su ADN. —Se estremeció, y mi cuerpo imitó al suyo al recordar el fierro—. Lo están interrogando ahora. Estoy tan impactada como tú.

—Viejo loco del demonio —escupió Kimi.

—No puedo creerlo. —Suspiré pesado—. Me dijo que era para pagar la medicación para su esposa. —Cerré los ojos para evitar derramar lágrimas—. ¿Cómo pudo llegar a ese nivel?

—Tenemos que llamar a la policía, necesitan que declares todo lo que te hicieron —informó Kimi con cautela—. Han sacado conclusiones por tus heridas.

—Lo haré.

—Cuando estés lista —añadió Luna—. No es fácil hablar de esas cosas, y aún estás herida. No hay presión. Todavía no le diremos a nadie que despertaste. Ger se mantiene detenido por ahora.

—De acuerdo. —Me acomodé en la cama. Tenía nervios de preguntar, pero debía hacerlo—: ¿Cyrus?

—Su avión ya aterrizó y viene hacia acá —contestó Kimi—. Se puso como loco. No sé qué hizo ni cómo logro tener a la policía buscándote tan pronto, incluyendo agentes internacionales. Ya le informamos que estás a salvo... y cuerda. Digo, sin lesiones cerebrales.

Luna le pegó un codazo. Sonreí leve.

—¿Todavía no saben quién organizó el secuestro? —No respondieron—. ¿Chicas?

—No hay nada confirmado aún. Esperemos a que llegue Cyrus.

En pocos minutos, me dormí otra vez.

Los primeros rayos de sol tiñeron la cortina. La máquina con el suero emitía zumbidos rítmicos. Tuve un escalofrío al creer que estaba sola, que alguien pudiese ir por mí, hacerme daño otra vez y vengarse por delatar a Ger.

Buscando el timbre para llamar a las enfermeras, noté algo extraño en la pared opuesta a la cama. De repente, una sombra se movió.

—Tranquila, estoy aquí —susurró. Sus ojos almíbar relucieron en la oscuridad.

—Cy. —Pese a lo que me hicieron los secuestradores, mi cuerpo se llenó de alivio. Sabía que nada malo me ocurriría con él—. ¿Pasaste toda la noche aquí?

Asintió. Llevaba su chaqueta negra, la misma que había usado la última vez que estuvo en Río Polson, y me observaba con profunda tristeza.

—Cyrus —insistí, incorporándome con una mueca de dolor.

Él se apresuró a acomodarme las almohadas.

Su aroma fresco y masculino estaba mezclado con algo más.

Incluso en la penumbra, seguía siendo el hombre más hermoso que existía en el planeta—.

Dijeron que no podía… verte. Nunca más. Ni hablarte.

Esos mensajes anónimos eran reales. —Un nudo me cerró la garganta.

Buscó mi mano vendada y me acarició el dorso con su dedo pulgar. Noté que se estaba conteniendo.

—I’m truly sorry, love —su voz se quebró. Se acercó a besarme la frente, y me di cuenta de que ese aroma que se mezclaba con el suyo era alcohol—. No tengas miedo, ya no te hará daño.

Tragué con dificultad.

—¿Sabes quién fue?

—Frederick —escupió con odio. Ahogué un grito—.

Ya está bajo investigación, encerrado —se apresuró a añadir—.

Al igual que Gerardo. Solo falta que den con el otro hijo de puta que te hizo esto.

Lo encontraré como sea, tienes mi palabra.

—Subió la mano a mi pómulo, el que tenía un hematoma, y lo tocó apenas—.

La justicia pedirá extradición para que Frederick pague aquí por lo que hizo.

Seguía intentando procesar que el representante de Cyrus, ese que lo conocía desde hace años, una persona de confianza para él, era el cabecilla de mi pesadilla.

—¿Por qué? —pregunté con náuseas. Cyrus se sentó en el costado de la cama.

—Se obsesionó con mi carrera —comenzó con expresión sombría—.

Si yo alcanzaba el éxito en Hollywood, también lo haría él.

Sería un representante reconocido y ganaría los millones que quisiese.

—Inhaló profundo y apretó los ojos durante unos segundos—.

Si yo renunciaba, se iba a estancar. Hubiese sido un representante común que cargaba con el peso de mi fracaso en su currículum.

—Se mordió el labio inferior con fuerza antes de continuar—: Pensó que quería renunciar por ti.

Me vio tan feliz contigo que creyó que me estabas lavando el cerebro. Mal nacido de mierda.

«Has desviado a nuestro muchacho». Ahora entendía a qué se refería con ese mensaje.

Sabía que en Hollywood sucedían cosas horribles y bizarras, que mucha gente se enfermaba o se drogaba por esa y peores razones, pero vivir de primera mano lo que era la sed de ambición me hizo abrir los ojos de una forma horrible.

—Él me envió todos esos mensajes —concluí en voz alta.

Cyrus asintió corto—. Y contrató a unos matones para que me torturaran, obligándome a dejarte en paz, para que así siguieras con tu vida y con la actuación.

—Apoyé la cabeza en la almohada, impactada, y me entraron ganas de llorar otra vez—. Porque si me mataba ibas a investigar.

—Me llamó todos los días durante las primeras semanas de rodaje, y me mantenía al tanto de lo que podía investigar sobre Rixon por mensajes.

—Se relamió los labios—. Me preguntó por qué me oía tan feliz y relajado, siendo que no quería rodar Raxatar en primer lugar, y le hablé de ti.

—Se le rompió la voz otra vez en la última palabra—.

Le dije que había conocido a alguien que me estaba haciendo ver las cosas de otra manera.

Que tú me habías recordado lo que quería para mi vida, y poco después le informé que Raxatar sería la última película en la que trabajaría.

—Negó con la cabeza—. Frederick siempre fue apasionado por su trabajo, pero jamás imaginé su nivel de obsesión o que podría hacerte daño por mi culpa.

—Oye, no es tu culpa. —Le apreté la mano—. Cyrus, no es tu culpa que tu representante fuese un loco de remate. Que esté desquiciado. Que tenga no sé cuál trastorno para hacer algo tan espantoso.

Cyrus no respondió, se sumió en su amargura y en una culpa que no le correspondía.

—Cuéntame del señor Ger —le pedí para sacarlo de esa introspección angustiante.

—Ese viejo cobarde de las mil putas.

—Cy —susurré.

—Gerardo tiene a su esposa con una enfermedad autoinmune grave. —Asentí, el mismo señor Ger me lo había contado durante una mañana laboral—. El medicamento para mejorar su condición cuesta unos cuantos millones.

—Entonces decidió aceptar el trabajo de torturarme y así obtener esos millones para ayudar a su esposa. —Exhalé con pesar.

—No solo torturarte —retomó Cyrus—. Hace unas horas declaró a los policías que Frederick lo contrató para espiarnos, para reportarle lo que ocurría entre los dos. Nos tomó fotos. Y cuando Frederick se ofreció a buscar un taxi que las recogiera en el aeropuerto...

—Lo hizo para tener mi dirección y poder enviarme notas a mi casa —terminé la frase por él—, creyendo que me asustaría más y nos distanciaríamos.

—Después Frederick se enteró de que viajé a verte y terminó de enloquecer —acabó Cyrus.

—¿Cómo lo descubriste?