47 Fuerza de fiera
Perdí la noción del tiempo. El dolor en mis piernas, cabeza y hombro se transformó en una sensación agónica.
En algún momento vomité bilis. Me despertaba a ratos, y luego volvía a caer inconsciente por seguir adolorida, atada de manos y pies, y manchada de sangre. Sin la fuerza necesaria para soltarme.
Dormirme era más fácil.
Cuando recuperé un poco de fuerza, grité y grité, rogando porque alguien bueno me encontrara y me ayudara a salir.
Me revolqué en la madera vieja, intentando romper la cuerda que mantenía mis brazos rígidos.
Cada movimiento era un suplicio para mis heridas a carne viva.
Me arrastré hasta el fierro que habían dejado e intenté desatarme con este, pero era demasiado largo y no me daba el ángulo.
Lloré contra las tablas sucias del suelo, apretando los ojos, imaginando que llegaban en mi rescate y que volvía a estar en mi habitación, en mi cama, con los protectores brazos de Cyrus alrededor de mi cuerpo, lejos de secuestradores violadores.
¿Qué más daba? No podría seguir aguantando ese dolor, se infectaría y moriría de sepsis, y al menos lo haría imaginando que estaba a salvo con el hombre que quería.
Esperaba que mi mamá se sanara, que Kimi fuera feliz, que Nana viviera a tope sus últimos años, que Luna recorriera el mundo, y que Cyrus dejara atrás sus tormentos, y que ganara el juicio. Hasta deseé que Dante saliera de la jaula en la que estaba metido.
Me pregunté si habría alguien buscándome.
No lo creía. Quizás Cyrus se extrañaría por no recibir una llamada mía después de su audiencia, pero los demás...
Todos pensarían que estaba por ahí, aislada después de la pelea con mi madre.
Nadie sospecharía que algo así pudiese ocurrir en Río Polson, una de las localidades más seguras en Latinoamérica.
Hasta hoy. Cuando encontrasen mi cuerpo, se darían cuenta de que ningún lugar era seguro del todo.
Sollocé débil por el tiempo que perdí, por las cosas que no pude lograr.
Visualicé a mis seres queridos por última vez, y no pude oír otra cosa que no fuera que no me diera por vencida.
«Come on, love. Get out of there. Yo me encargaré del resto», diría Cyrus.
«Esos hijos de puta no se la llevarán gratis, saca tu fuerza de fiera», diría Luna.
«Eres fuerte, no te rindas. Puedes salir de ahí» diría Kimi.
«Arriba, las locas somos poderosas» diría Nana.
«No nos dejes», diría mi madre estando sobria.
En mi agonizante dolor, escuché un ladrido de Fira, ordenándome que me levantara y luchara.
Mis ojos se abrieron con las últimas fuerzas de convicción que me quedaban.
Miré hacia las tablas clavadas en la ventana: no se filtraban rayos de luz, por lo que todavía no amanecía. El fuego aún tenía brasas, lo que significaba que no llevaba más de una noche ahí, aunque se sintieran días.
El fuego. ¡El fuego!
Me arrastré hacia la chimenea, jadeando por las punzadas en las piernas y en el hombro.
Vi que todavía ardían las últimas llamas de un tronco.
Acerqué mis manos atadas a las brasas, y sí, me dolió como el maldito y jodido infierno.
Lloré y chillé, aguantando hasta que la cuerda se quemó y pude romperla.
Después me desaté la de los tobillos, sollozando por las quemaduras, y salí tambaleándome de la habitación.
Era una casa pequeña y abandonada. Olía a moho, estaba lleno de telarañas y de polvo. La puerta de acceso estaba bloqueada. La pateé y la azoté como pude, pero estaba trabada por fuera.
A la mierda.
La ventana de la cocina tenía unas tablas clavadas en forma de cruz. Intenté tomar una silla, pero el peso agudizó mis heridas y me doblé por el estómago.
A duras penas, opté por una opción más pequeña: un sartén antiguo de fierro. Lo tomé con el brazo sano, y a pesar de las quemaduras de mis manos, lo precipité con todas mis fuerzas. Las tablas solo se hundieron.
Agité el sartén otra vez, otra vez y otra vez, rugiendo de dolor, miedo y desesperación, hasta hacer añicos la madera y el cristal.
Me encaramé gracias a la adrenalina, y los cristales que se me enterraron en la piel no me detuvieron.
La sangre corrió por mis manos y rodillas, pero ya estaba afuera. El aire frío me colmó los pulmones y apaciguó el ardor de las heridas. Lloviznaba, lo cual agradecí, pues necesitaba ese frescor. Me apresuré, tan rápido como podía —cojeando— a alejarme de allí.
No supe descifrar mi ubicación exacta. La vegetación se parecía a las afueras de Río Polson, entonces supuse que no me encontraba tan lejos. Eso me dio esperanza y me otorgó una pequeña fuerza extra para seguir avanzando.
¿Quién podría hacer algo como eso? Todos esos mensajes con amenazas… Nunca fueron de unas simples fans. Siempre provinieron de alguien más escalofriante que estaba dispuesto a cumplir sus palabras, alguien que no tenía idea de quién era, pero al menos sí sabía el nombre de uno de sus cómplices.
Avancé dando tumbos entre los árboles, los arbustos y las piedras, estremeciéndome con las sensaciones de la tortura todavía en mi piel.
El sol ya aparecía por el horizonte, y justo cuando me preguntaba si moriría allí, deshidratada o comida por algún animal salvaje, escuché un vehículo. ¡Una carretera!
Me apresuré dando traspiés, con mi débil aliento evaporándose en el aire, entre consciencia y delirio. Tropecé pocos metros antes de llegar al pavimento.
«No, no, no. Por favor. Ayuda», supliqué para mis adentros.
Oí unas ruedas detenerse. Temí que fueran los mismos secuestradores, pero a esas alturas no tenía más opción que arriesgarme. Continué avanzando con los codos en la tierra.
«No te vayas. Mírame, estoy aquí».
—Identifico a una mujer en el kilómetro quince —informó una voz, y después escuché el ruido de una radio—. Estado reservado. Edad, veintitantos. Pelo color castaño... o más bien cobre. Contextura media.
«Sí, sí, ¡sí!»
—Señorita, déjeme ayudarla. —El dueño de la voz se acercó a mí con cuidado y me ayudó a incorporarme.
Al entreabrir los ojos, vi parches con símbolos y con un apellido, entonces reconocí que era un policía.
Quería agradecerle por haberme encontrado, decirle que me estaba salvando la vida, hasta quería abrazarlo—. ¿Puede decirme su nombre?
—Laila. Laila Ferrera... Con «i» latina —murmuré apenas. Mi vista comenzó a llenarse de manchas negras.
—Laila Ferrera, he encontrado a Laila Ferrera —informó por la radio, sin soltarme—. Solicito refuerzos y una ambulancia.
Me desplomé contra él. Antes de perder el conocimiento, me obligué a pronunciar:
—Busquen al señor Ger.