Las huellas de Laila 45 Dolor
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45 Dolor

Lo último que recordaba era estar dentro de una camioneta de vidrios polarizados en contra de mi voluntad, retorciéndome, gritando y llorando, y que luego me pusieron un saco en la cabeza antes de perder el conocimiento.

Tenía frío en las piernas y en la espalda. Las muñecas y los tobillos me escocían por estar atados. Tenía sed. Cansancio. Mareo. Olía a humedad. Y moría de miedo, por sobre todo.

Lo último aumentó cuando me quitaron el saco de la cabeza y me encontré con los dos hombres que me habían capturado. No podía verles el rostro por los pasamontañas. Agradecí estar deshidratada, de lo contrario me habría orinado encima.

No me dijeron nada. Se alejaron para marcharse por la puerta, y la desesperación terminó por ahondar en mí.

—¡Ayuda! ¡¡Auxilio!! —pedí a quien fuera, con los dientes castañeando, con taquicardia y con el esófago rebosando de ácido.

¿Dónde diablos estaba?

Tragué saliva con la respiración entrecortada y me obligué a pensar. Era una casa vieja; una habitación mediana cuya única ventana tenía tablas clavadas. Cerca de mí había una chimenea encendida. ¿Se preocupaban por mí como para ponerme calefacción? ¿Por qué?

Dios, seguro eran parte de un grupo de trata de órganos o de blancas y, si tenía suerte, moriría rápido.

Iba a morir. Iba a morir. Iba a morir.

No, no, no.

La vida no se acababa hasta que mi corazón dejara de latir, y tenía que luchar porque este siguiera bombeando.

No podía morir de esa forma, sin haber cumplido nada de lo que quería.

Enojada con mi madre. Dejando sola a Kimi.

Sin ser diseñadora cinematográfica. Sin crecer como persona.

Sin solidificar mi historia de amor. Y menos en manos de desconocidos. Esa no podía ser mi muerte.

La puerta se movió y entraron los hombres. Uno de ellos llevaba algo largo en una mano, y se acercó a la chimenea. Me llamó la atención que se pusiera la otra mano en la espalda al inclinarse sobre el fuego, como si le doliera. El otro, el más grandote, llegó hasta mis pies.

—¿Qu-qué quieren? —interrogué con toda valentía que pude reunir.

—Te lo advirtieron, zorrita, y no obedeciste. No es personal, nos enviaron a hacer el trabajo —habló el grandote.

El hombre delgado permaneció en silencio, con la espalda encorvada. Algo en sus ojos me resultó familiar cuando me espió, pero luego corrió la cara.

—¿Qué trabajo? ¿Tiene que ver con esas amenazas que me enviaban? —recordé de repente.—. No pensé que fueran en serio.

Las advertencias sobre alejarme de Cyrus.

Tal vez eran personas contratadas por los familiares de Rixon, y no se trataba de una red de prostitución o de órganos, sino solo de eliminarme. No sabía cuál de las dos opciones me aterraba más.

—Deja de lloriquear y de preguntar tanto, no te mataremos —ladró el hombre a mis pies y escupió una bola de saliva. Asqueroso. Y no me tranquilizó ni un poco; existían cosas peores que la muerte—. Te ayudaremos a comprender algo para que nunca se te olvide. Esas fueron las órdenes, mi amor.

—S-sea lo que sea, po-podemos conversarlo. No es necesario llegar a algo de lo que se a-arrepientan después —intenté sonar tranquila. El grandote se rio de mí.

—Debes alejarte de Von Stein para siempre. Veremos si logras entenderlo esta vez —sentenció, confirmando que la situación sí era por las amenazas sobre Cyrus.

El hombre delgado se acercó a nosotros con pasos lentos; lo que llevaba en la mano era un fierro de punta roja.

—Qué... ¡¿Me están jodiendo?! ¡¿Qué clase de culto es este?! —chillé cuando me apuntó con el fierro. El grandote le hizo un gesto al delgado—. No... ¡¿Qué haces?! No... ¡¡No!! ¡¡¡NO!!!

El hombre delgado enterró la punta caliente del fierro en mi pierna, atravesándome la ropa, la piel y el músculo. El grito desgarrador que brotó de mi garganta casi hace estallar mis pulmones. El dolor fue tan grande que mis células cerebrales estuvieron a punto de colapsar.

—¡¡¡Para!!! ¡¡¡Para, por favor!!! —No reconocí la voz rota que salió por mi boca—. ¡DÉJAME!

Retiró el fierro de mi cuerpo. Mi pierna comenzó a sacudirse por sí sola y algunas lágrimas tibias bajaron por mis mejillas.

—No vuelvas a acercarte a Von Stein otra vez en tu vida —reiteró el grandote—. Tienes prohibido dirigirle la palabra. Sin llamadas ni mensajes nunca más. Le dirás que no quieres volver a tener contacto con él, ni siquiera por algo casual. ¡¿Entiendes?!

—¡¿Por qué hacen esto?! —mascullé con voz rota—, ¡¿qué está pasando?!

El grandote soltó un exabrupto y movió la cabeza. El delgado acercó su maldito fierro y esta vez me atravesó el otro muslo.

—¡¡¡NOOO!!! —aullé por el dolor más agudo que había experimentado en mi vida—. ¡¡Paren!! ¡¡No vo-volveré a habla-hablarle nu-nunca ma-ma-más!! —No lograba respirar. Mi vejiga reunió la poca cantidad de agua existente en mi cuerpo y expulsé orina.

El delgado retiró el fierro y observó al grandote, preguntándole intrínsecamente. El grandote se cruzó de brazos y asintió.

No. Nononono.

—Dale otro, así le queda claro.

—¡¡NO!!! ¡No le hablaré a Cyrus, lo prometo!

¡Nunca más! ¡¡Ayuda!! ¡¡NOOO!! —grité desesperada porque el fierro se hundió en mí por tercera vez.

Se tomó la molestia de cambiar la zona y lo hizo en mi hombro.

El dolor me quitó la cordura y la ira me quemó las venas—. ¡¡¡AAAH!!! ¡¡Malditos locos de mierda!!

—¿Cómo me llamaste, zorrita? —bramó el grandote, empujando a su compañero e inclinándose sobre mí.

—¡Hijo de puta! —Le escupí y la saliva aterrizó en su ojo—. ¡Enfermo de mierda! —Fue lo que pude soltar antes de que me golpeara en la cara.

Su puño me dejó aturdida y comencé a ver puntitos grises.

—Vas a ver lo que le haré a tu pequeña boca sucia. —Me golpeó otra vez.

Mi cerebro vibraba por los impactos; aun así noté que se desabrochaba el cinturón, entonces me presioné contra la pared para alejarme lo más que pudiese.

El hombre comenzó a bajarse los calzoncillos. Grité despavorida e intenté patearlo, pero se echó hacia atrás.

—No te quedarán ganas de insultarme otra vez —se burló. Su risa era asquerosa.

—Estas no fueron las ordenes —interfirió el delgado y, en medio del pánico, su voz se me hizo todavía más familiar.

—Acostúmbrate, viejo. Así pagan las víctimas, siempre les damos un regalito extra —bramó el cerdo grande—. Es una zorrita hambrienta, no le hará mal comer algo. —Volvió a reír.

—Si le haces eso, quedarán rastros de ti en ella, y podrán encontrarte —insistió con tensión—. Ya hicimos lo que debíamos. Larguémonos y dejémosla aquí.

Entonces reconocí al hombre delgado. Sus ojos. Su voz. Su forma de caminar menos ágil que la de su colega. Su dolor de espalda.

Se me cayó el alma a los pies. No lo podía creer.

—Si le llega un simple mensaje tuyo a Von Stein, o si se entera de esto, la próxima en sufrir será tu hermana. Kimi se llama, ¿no? Tal vez ella sí quiera probar de esto —farfulló el grandote, agarrándose la entrepierna.

Tuve que contener una arcada.

—Entiendo —contesté con un graznido. Había estado cerca de transformar esta pesadilla en un infierno. Maldito cerdo.

El delgado se me quedó viendo cuando el otro ya se marchaba hacia la puerta.

—Mi esposa empeoró... El dinero... Lo necesito para pagar su medicación —se lamentó el muy cobarde, explicándose sin que le haya preguntado nada.

—¿Qué haces, viejo imbécil? No le digas nada o tendremos que matarla, estúpido —interceptó el grandote. Luego regresó caminando hacia mí.

—¡¡Aléjate de una vez!! —rugí. Mi garganta no daba más.

El grandote levantó el pie y me pateó la cabeza tan fuerte que mi visión se tornó negra.

—Veremos si logras salir de aquí, zorrita. —Lo último que escuché fue el sonido del fierro cayendo en el suelo.