Las huellas de Laila 43 Huellas
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43 Huellas

La puerta de mi habitación retumbó al cerrarse. Cyrus levantó la cabeza con los labios hinchados y con restos de mi labial alrededor de estos.

—Me gusta tu papel mural.

—Gracias, lo escogí cuando tenía quince. —Eché una mirada a mi pared crema con corazones plateados.

—¿Esa es Fira? —preguntó, observando la pintura retrato colgada en mi pared.

—Sí —contesté bajito. Tenía una aureola de ángel encima de sus orejitas; fue un obsequio de Kimi para la última navidad.

—Qué ganas de haberla conocido. —Sonrió. No pude evitar a compararlo con el idiota de Dante—. Podría pasar horas husmeando aquí dentro. —Agarró una fotografía de mi estantería donde salíamos Luna y yo en la graduación de la escuela.

—Creo que tenemos mejores cosas que hacer. —Le quité el marco y lo dejé en su lugar.

—Creo que tienes razón.

Nuestros labios volvieron a encontrarse. Sus manos pasearon por mi cuerpo, adorándome en cada toque. Su chaqueta cayó, después su camiseta y, junto a eso, voló casi toda mi ropa, la que había escogido con tanto cuidado. Cyrus jadeó profundo al verme en ropa interior, retrocediendo un paso.

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida, Laila. —Si era verdad o no, no importaba. Esa noche podía creerle que era virgen si me lo decía.

Su lengua pasó entre mis pechos, y al mismo tiempo me quitó la prenda que los cubría. Mis pezones chocaron con sus dientes y gemí duro. Lo besé en el cuello, absorbiendo ese aroma tan suyo que me enloquecía. Bastó morderle la oreja para arrebatarle un gruñido.

—Te quiero —me susurró al bajarme las bragas.

—Te quiero más —le contesté mientras le quitaba los pantalones.

Me dio la vuelta y me abrazó desde atrás, agarrándome un pecho y metiendo la otra mano entre mis piernas. Apoyé la cabeza en su hombro, con un poderoso temblor recorriéndome de pies a cabeza.

—Esto está pasando de verdad —balbuceé con placer.

—¿Estás segura de querer hacer esto? —Su voz rasposa me acarició el oído.

—Estoy segura. Muy segura. Segurísima. Nunca estuve más segura. —Separé los muslos.

—Menos mal. —De repente, metió un dedo entre mis pliegues. Mis caderas empujaron hacia adelante y gemí alto—. Shh. Tu abuela está arriba.

—Es media sorda —susurré a duras penas—. No te preocupes.

La sordera de un ser querido nunca había sido un plus hasta esa noche.

—En ese caso... —Introdujo otro dedo dentro de mis labios vaginales. Si no fuera porque estaba apoyada en su espalda, me habría caído por la corriente eléctrica que me azotó.

Sus dedos tocaron justo el punto que necesitaba. Con mis piernas cada vez más débiles, Cyrus usó la mano libre para agarrarme de la cadera. Su erección se enterró en la mitad de mi espalda, dejándome ver cuán duro estaba por mí.

Su toque fue deslizándose hacia mi clítoris; me desparramé contra él y moví la pelvis en sincronía. Estaba a punto de correrme, por Dios. Y el ruido entrecortado que salió de mi garganta debió dejarlo claro.

—¿Estás bien? —Sonrió contra mi mejilla. Asentí varias veces. ¡Nunca había estado mejor!—. Sé que te gusta más violento.

—No es que me guste violento, es que me gustas tú. Todo lo que estás haciendo es perfecto. ¿No ves que te tengo los dedos empapados?

Cyrus soltó una carcajada y aumentó la intensidad hasta dejarme al borde del clímax otra vez.

Ya no daba más; me giré y lo besé. Cyrus gruñó duro en respuesta. No quería acabar todavía, me tomaría varios minutos recuperarme y no permitiría que mi segundo orgasmo con él fuera con sus dedos de nuevo.

Me agarró el culo a dos manos tan fuerte que me obligó a ponerme de puntitas. Su erección ejerció presión en mi abdomen, y ante eso no pude evitar bajar una mano y tocarlo por encima de los boxers, sacándole un jadeo ronco y masculino que me derritió.

Abandoné sus labios y retrocedí para sentarme en la cama, presa de su mirada. No tardó en deshacerse de su ropa interior, y su erección emergió orgullosa, larga y gruesa.

—Vaya —solté con un deje de diversión—. No es solo una serpiente, es una anaconda. —No pude retener las carcajadas que brotaron de mi garganta, y él tampoco.

Sus ojos me recorrieron con una intensidad que me dio placer sin necesidad de tocarme. La diversión se borró de mi cara, y la reemplazó la expectación.

Cyrus avanzó hasta mí, me rodeó la cintura con un brazo para recostarme, y se posicionó encima.

Era nuestra primera vez, y no hubo necesidad de látigos, antifaces, ni cuerdas.

Cada centímetro de mi piel en contacto con la suya me provocaba sensaciones de mayor calibre comparadas a las que sentía durante los azotes.

Eso no significaba que fuéramos a follar como dos abuelitos, pero no tener la necesidad de recibir golpes fue liberador.

—Tengo un... —Miró hacia su pantalón tirado en el suelo.

—Tomo pastillas y me hice exámenes la semana pasada. ¿Y tú? —interrogué rápido. Cyrus asintió.

—No ha habido nadie desde los últimos exámenes.

Nunca me importaron las ex, pero silenciosamente esperé que la última vez que estuvo con alguien hubiese ocurrido hace mucho.

—Podemos hacerlo así. Deseo hacerlo así. —La desesperación quedó evidenciada en mi tono. Sus iris relucieron de lujuria.

—No sabes cuántas veces te he follado en mi imaginación, en mis sueños y con mi mano. —Me tomó la parte de atrás de una rodilla para pegarla a mi hombro.

Echó las caderas hacia adelante y la punta de su miembro hizo que mis músculos se tensaran cuando tocó mi entrada. Todavía no se metía y otra vez estaba a punto de correrme.

—Avísame si te duele —pidió.

—Por lo que más quieras, métete ya —clamé.

Una buena porción de él entró en mí, y ambos gemimos. Se movió para llegar más adentro y no funcionó.

—¿No estoy húmeda? —jadeé con la vista borrosa.

—Estás muy húmeda.

—¿Y si es demasiado grande para mí? —Eso sería fatal.

—Nada de eso. Está hecho para ti. —Me tomó la otra pierna y también la flexionó. Su pelvis retrocedió, y volvió a encajarse dentro de mí, esta vez con más fuerza.

Y lo sentí todo.

Dios, virgen, cristo.

Jesús, María y José.

Grité al mismo tiempo que mis paredes adoloridas se amoldaban a él.

—¿Así está bien? —Respiraba rápido.

—Nunca ha estado mejor. —Le mordí el cuello a la segunda embestida. Cyrus liberó un gruñido gutural—. Sigue, por favor, sigue. No te contengas.

—That's my girl.

A la tercera, cuarta y quinta embestida me acostumbré a su longitud. A la sexta, séptima y octava comencé a gemir alto.

—Aprietas duro. —Me besó la mejilla, la clavícula y después el hombro.

—¿Y eso te molesta?

Se rio corto, casi ofendido.

—Estoy intentando pensar en otras cosas para no correrme ahora mismo.

Bajé la pelvis cada vez que él me penetraba, generando roce en mi clítoris. En un impulso arrebatado, rodamos y lo monté. Cyrus se sentó conmigo encima; su boca fue directo a mis pezones para morderlos y lamerlos. Comencé a cabalgarlo mientras lo apretaba contra mis pechos.

Balbuceó cosas sucias al menearme para adelante y para atrás. Me agarró de las caderas y comenzó a impulsarme con tal fuerza que mi cama se deslizó por el suelo.

—Ay, no pares. Por favor, no pares por nada del mundo. —Mis manos le revolvieron el pelo.

Me tomó del trasero y nos levantó de la cama, sin salirse de mí. Apenas pude reparar en lo que hacía mientras atravesaba la habitación conmigo encima. Mi espalda tocó la pared, Cyrus me sujetó con fuerza, y entonces se desató.

Si antes creí que se estaba moviendo duro, en ese momento entró en modo bestia.

—Laila. —Sus testículos comenzaron a chocarme en la parte baja del trasero, era una sensación gloriosa.

—Ah. ¡Dios!

—Te quiero —bramó áspero. Pegó su frente a la mía, y sus mechones oscuros se pegaron al sudor de ambos.

Metió un dedo en mi culo, solo un poco, y ya no pude más. Me liberé de una manera tan arrasadora que me dejó aturdida. Cyrus echó la cabeza hacia atrás, gimiendo mi nombre, que me quería, que lo volvía loco, y su líquido acabó de llenarme.

—Yo también te quiero, Cyrus —murmuré en pleno paraíso. ¿Qué fue lo más lindo? No me sentí vulnerable al decírselo.

Una hora y media después, la segunda ronda fue todavía más salvaje. Me sentó sobre el escritorio y me corrí en su boca, luego nos corrimos juntos, y el borde posterior del mueble le hizo una marca a mi amado papel mural.

Caímos exhaustos sobre la cama, desnudos, sudados, y felices. Reverendamente felices.

—Por supuesto que tus sábanas son de seda rosada —dijo al cubrirse las caderas con estas—. Debí imaginármelo.

—Se ven mucho mejor contigo en ellas. —Deposité un beso en sus labios, y me quedé pensativa un momento.

—What is it, love?

—Si esto será así de ahora en adelante, necesito que acordemos un par de cosas.

—¿Qué tipo de cosas?

—De hecho, quiero un contrato.

—¿Qué?

Alcancé mi bata rosada con corazones rojos, y busqué en mi escritorio una tinta dactilar, un lápiz y un papel antes de regresar a la cama. Cyrus se sentó con expresión de curiosidad.

—Me gusta lo sexy que es tu bata —comentó.

—Lo sé.

—¿Qué es eso? —preguntó viéndome escribir en el papel.

—Nuestro contrato.

—No bromeabas con lo del contrato.

—Ya no somos amigos. —Me puse seria—. Bueno, no solo amigos. Por lo tanto, si vamos a seguir adelante con esto, es necesario establecer puntos claves para que funcione. No te digo que aceleremos, solo que, mientras averiguamos hasta dónde llegamos, quiero que lo hagamos bien.

Él me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Pensé que dudaría, pero contestó:

—No me gusta cómo suena eso de «averiguar hasta dónde llegamos». No quiero que haya un supuesto límite.

—Tú mismo dijiste que no te gustaban las relaciones. —Le di golpecitos con el lápiz en la pierna.

—Pero tú eres tú.

—Pues bien. —Terminé de escribir y le mostré el papel.

Cyrus curvó las comisuras.

—Te parecerá una tontera... —dudé.

—No. Este es el mejor contrato que firmaré en mi vida.

En vez de pasarle el lápiz, tomé su dedo pulgar y lo hundí en la tinta dactilar. Cyrus presionó el dedo sobre el papel. Hice lo mismo, solo que apoyé mi dedo sobre una parte de su marca, de esa manera nuestras huellas formaron un corazón.

Cyrus exhaló bajo y me miró a los ojos; sus iris almíbar nunca dejaban de sorprenderme.

—Ya que prometí ser sincero, quiero empezar por decirte que me estoy enamorando de ti.

Me otorgó un momento para recomponerme del significado detrás de aquellas palabras.

—Yo también me estoy enamorando de ti. Cada día más.

—Jeez, Laila. Nunca oí nada mejor que eso.

—Ah, a mí me pareció que oír mis gemidos te gustó más —me burlé.

Qué lindo y fácil era reírse con él cuando dejaba sus problemas a un lado.

Me atrajo hacia él y nos recostamos en la cama, con el contrato sobre su pecho.

—Lo que ese papel no dice es que desde hoy haré lo que sea para que jamás tengas dudas de lo importante que eres.

Madre del conejo del monte. ¿Qué podía responder a una declaración como esa? Nada, las palabras no alcanzaban, aun así, le dije:

—Entonces era verdad.

—¿El qué?

—Que el hombre de tus sueños te hace sentir que lo extrañaste toda la vida. —Por fin comenzaba a entender lo que era el amor. Él se quedó quieto, sintiendo lo mismo que yo, y unió nuestros labios; un beso que me llegó hasta el alma.