Las huellas de Laila 42 Fuga
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42 Fuga

Mamá estaba recién pagada, por lo que salió toda la semana.

El trabajo en la joyería no era tan glamoroso como pensaba.

Nana necesitó controles para ver qué tan efectivas resultaron las radioterapias y, aunque nos dieron buenas noticias al respecto, regresé tarde todos los días, lo que significó dormir poco para avanzar con mi portafolio.

Luna decía estar triste debido a que pasamos de vivir juntas a vernos poco. Su trabajo en la ferretería de su padre la tenía harta, y ese fin de semana decidió marcharse a la ciudad más próxima a buscarse otro empleo.

Cuando el viernes por fin llegó, mamá no estaba y planeaba usar esa noche para mí, para hundirme en mis sábanas y mirar algo en la tele hasta que se me cerraran los párpados. Cyrus tenía que filmar su última escena nocturna, por lo que no tendría llamada con él tampoco, cosa que lamenté.

Me levanté a fregar los platos luego de cenar con Nana, y la dejé viendo su programa favorito; La noche en el Oasis. Sí, ese donde el señor Ruiz le hacía creer a la gente que podían ganar mucho dinero si llamaban y jugaban en una ruleta donde nunca nadie se llevaba el premio mayor.

—Pero mira nada más, qué buenmozo —comentó Nana desde la sala—. Este chico Ruiz por fin está haciendo algo interesante con el programa.

Me imaginé al señor Ruiz (que era un hombre de cincuenta y tantos, de «chico» no tenía nada) sacándose la ropa para subirle el rating a su programa. Mi abuela tenía problemas a la vista, por eso quizás lo estaba encontrando buenmozo.

—Cuéntanos, ¿qué provocó que nos acompañes esta noche? —Escuché al señor Ruiz desde el fregadero.

Vaya, tenía un invitado. Eso ocurría en pocas ocasiones, pues toda la gente «notable» del pueblo ya había participado en su programa suficientes veces.

Guardé los platos y el ruido de la loza no me dejó oír lo que respondió el invitado. Tampoco me importaba mucho.

—Laila, ven a ver a este muchacho, es de lo más encantador —exclamó Nana. Me reí para mis adentros. No importaba cuántas veces le enseñara Netflix, ella seguía emocionándose por programas de muy bajo presupuesto como «La noche en el Oasis».

—De verdad creo que existen series que te gustarían mucho más —aseguré regresando a la sala con un plato con galletas—. Hoy podrías probar con Downtown Abbey.

—Eso es lo que quiero decir: vine a este pueblo solo para verla.

Las galletas terminaron en el suelo, y mi vaso de jugo se derramó en la alfombra.

—Oh, Caramelo, no importa, compré un limpiador de alfombras que saca cualquier mancha —me animó mi abuela.

Apenas procesé sus palabras. Escuchar esa voz rasposa en la tele casi hizo que me desmayase.

No podía ser. Él no haría algo como eso. Tal vez en lugar de mis vitaminas tomé una de las píldoras de Nana por equivocación y estaba teniendo efectos secundarios como alucinaciones. O un sueño lúcido.

Di traspiés hasta poder ver la pantalla de la tele, y ahí estaba.

—No recuerdo la última vez que tuvimos un escándalo tan romántico en Río Polson. ¿Crees que ella nos está viendo? —le preguntó el señor Ruiz.

—Espero que sí, me dijo que su abuela no se perdía este programa por nada.

Chaqueta negra, camiseta blanca, pantalones oscuros.

Nada de eso era importante, pero la tele hacía relucir cada uno de sus detalles.

Sus ojos brillaban más. Su pelo negro se veía todavía más lindo.

Gran virgen, ¿cómo era posible que antes de conocerlo no lo encontrara guapo?

¡¡Cómo pude ser tan estúpida, si era lo más hermoso que habían visto mis ojos!

! Sus facciones marcadas, su barba corta, la forma en que movía esos labios.

Eso de que la tele te afeaba, ciertamente lo excluía.

—Ya veo. Puede que su abuela esté viendo este increíble programa, pero tu chica tal vez está por otro lado de la casa —repuso el señor Ruiz—. Mejor será que nos escuche. ¿Cómo se llama?

—Ay, qué cómico —comentó Nana.

Cyrus Von Stein estaba en el estudio del señor Ruiz, en La noche en el Oasis, ¡¡en Río Polson, un pueblo perdido entre los montes de Sudamérica!! ¡¡¡En mi pueblo!!!

—Su nombre es Laila. —Cyrus esbozó una sonrisa fugaz al pronunciarlo.

—¿Cómo? ¿La chica que vino a ver se llama como tú? —exclamó Nana—. Qué coincidencia.

—Esa tal Laila es una afortunada. Llamémosla. ¡¡Laaaaailaaaa!! —gritó el señor Ruiz en la tele. Cyrus lo miró con una mueca cargada de vergüenza ajena—. Oooooh, Laaaaaailaaaaa.

—Por favor, no sigas haciendo eso —lo frenó Cyrus con una negada de cabeza que sacó varias carcajadas en el estudio.

Me puse la mano sobre la boca.

—Dijiste que viniste a este programa porque querías sorprenderla. —Cyrus asintió—. Para que se prepare, puntualizaste. —Volvió a asentir—. ¿Prepararse para qué, específicamente? —quiso saber el señor Ruiz, inclinándose en su silla verde de cuero con una sonrisa socarrona.

—Si lo digo, creo que el rating de tu programa subiría tanto que se cortarían las transmisiones por calentamiento sistemático. —Cyrus robó más carcajadas.

—Qué atrevido —rio mi abuela.

—Nana —pronuncié. Ella me miró—. Ese chico... Ese buenmozo que ves en la tele, me vino a buscar. A mí —anuncié en voz alta. Tal vez así yo misma empezaría a creérmelo—. Yo soy esa Laila.

Nana se quedó estupefacta. Acto seguido, casi botó su té al soltar un grito. Era notorio que mi gen de locura provenía de ella.

—Entonces qué haces ahí de pie con esa ropa de indigente, niña, ¡¡ve a lavarte los dientes!!, ¡¡has atraído a un potro como ese hasta este cuchitril y planeas recibirlo con esa pinta!! —Me puse roja—. Dios mío, mejor será que me vaya a dormir temprano. ¡¡Mi nieta traerá un macho recio a casa!!

Nana se encerró en su habitación en el segundo piso no sin antes soltarme de forma muy poco sutil que ella tomaba pastillas muy efectivas para dormir y que no oiría nada.

Le hice caso a su consejo; él me había visto en pintas peores, sin embargo, me puse unos pantalones amplios y un top, todo negro. Casual pero sexy. O esa era mi intención. Cubrí mi boca de labial, y me rocié perfume en todo el cuerpo.

Luna me envió unos links; los videos de Cyrus en el programa se habían vuelto virales.

Alcancé a lavarme los dientes antes de notar por la aplicación de la cámara de seguridad que Cyrus ya estaba en mi puerta. Al abrir, suspiré. Si en la tele se veía guapo, viéndolo en la entrada de mi casa se veía irresistible. Lamible. Follable. Mordible.

Su gran espalda acaparaba todo el marco de la puerta. Era tan alto que podría chocar con la lámpara que colgaba en el pasillo, y olía maravillosamente bien; a hombre, a jabón, y a algo cítrico.

—Evening, love —dijo por fin—. Un grupo de fans viene siguiéndome, te agradecería que me hicieras pasar a tu casa antes de que más gente se entere de dónde vives e instalen un campamento en tu antejardín.

—Necesito tomarte una foto. Esto es épico, quedará en el recuerdo de esta casa por siempre.

—Saqué el teléfono del bolsillo trasero de mis pantalones.

Cyrus avanzó cerrando la puerta detrás de él, y tomó mi teléfono con suavidad para lanzarlo al sofá de la sala.

Me arrinconó contra la pared y apoyó una mano encima de mi cabeza.

Todo eso en menos de tres segundos—. Oh, cristo.

Sí, claro, las fans. Bien hecho. Lo de cerrar la puerta, digo. ¿Cómo es posible que estés aquí?

—¿Pensabas que cruzaría el atlántico sin verte antes? —Posó la otra mano en mi cintura.

—Dijiste que tenías una escena que filmar esta noche y luego una audiencia en Londres —murmuré mareada por nuestra cercanía. Excitada. Extasiada. Feliz.

—Te mentí. —Me escrutó el rostro.

—Me alegra que lo hicieras. Y que fueras con el señor Ruiz, fue la mejor sorpresa. Gracias, de verdad, gracias por estar aquí.

—Podría hacer lo que sea con tal de que sonrías, Laila. —Se inclinó, casi tocando mi frente con la suya—. ¿Dónde está tu madre? Para presentarme. —Esos tonos roncos de su garganta rebotaban por las paredes.

—Salió. Nana está arriba, lejos, en la última habitación del segundo piso —casi tartamudeé.

Todo se sentía más real, más tangible que en los recintos de rodaje. Tenerlo en mi pueblo, en mi casa, en el pasillo de mi casa, era sacar al villano atractivo de la película y ponerlo en la vida real. Conmigo. Para mí.

Si antes lo deseaba, tenerlo ahí aumentaba mis ganas de todo. Aclaraba mis sentimientos, me encantaba, me tenía loca, y no podía ser su amiga.

—Así que tu abuela está muy lejos. —Su mano se enterró en mis curvas.

—El que estés aquí hace que no haya vuelta atrás. Lo sabes, ¿verdad? —Tragué saliva cuando mis pechos presionaron sus pectorales—. Estás entrando a la puticueva.

Escucharlo reír solo mejoraba la experiencia.

—¿Puticueva?

—Concéntrate. Te hablo de algo serio. —Mis manos se empuñaron dentro de su chaqueta, sobre la tela de su camiseta blanca.

—¿Cuáles serían las consecuencias? —Ladeó la cabeza.

—La frase «amigos antes que todo» tendrá una fuga, una grande —anuncié con la respiración temblorosa. Cyrus se pasó la lengua por los labios.

—En ese caso, Laila con «i» latina, déjame ser el que provoque esa fuga. —Su mano subió a mi nuca y selló nuestros labios.