41 Terapia
Las actitudes de mi madre me recordaron en pocas semanas por qué había aceptado el trabajo en Torms de Alba hacía más de dos años.
No fue por su insistencia, sino que lo hice para escapar.
Escucharla llegar todas las noches pasadas las tres de la madrugada dando botes contra las paredes, y al otro día oírla quejarse de las cuentas, presionándome para que buscara la forma de ganar más dinero, era la mejor manera de acabar con mi salud mental.
Me gustaba estar con Nana, pero nadie de mi edad podría seguir cuerda viviendo en ese lugar. Usé la desesperación provocada por mi madre —quien seguía negándose con gritos y lágrimas a buscar ayuda psicológica—, y la transformé en motivación para mis objetivos: crear un portafolio impecable.
¿Y saben qué hice con parte de mi finiquito? Comencé con terapia. Pagarla con el dinero de Dante me pareció justicia divina. Equilibrio para el universo, alimentación al karma, un ecosistema balanceado. Gran parte de lo que conversaba en terapia era debido a él.
Isabel, mi terapeuta, me dio la tarea de anotar al menos un pensamiento diario en un cuaderno.
También me apunté a clases de conducción. Después de esa primera experiencia detrás del volante con Cyrus, el conducir ya no me resultaba tan intimidante.
Días después de la nota misteriosa, llegó otra igual de escalofriante, donde amenazaban a mi familia.
También recibí un sobre con fotos donde aparecíamos Cyrus y yo en el desierto durante el rodaje, otra entrando juntos al hotel, y la última era llegando al domo la noche de mi cumpleaños, las que me dejaron los pelos de punta.
El nivel que había alcanzado aquello era excesivo como para ser una simple obsesión de fans, y comencé a sospechar de otras personas. Me decidí a hacer lo que debí haber hecho desde el principio; contarle a Cyrus. No quería darle más problemas de los que tenía, mas ya no me quedaba otra opción.
—¿Por qué no me dijiste nada antes? —Sonaba tenso y avergonzado—. ¿Cuándo empezaron las amenazas?
—Cuando subiste la primera foto conmigo. No le di importancia, me llegaron tantos mensajes que ignoré los de esa índole. —Suspiré pesado—. Ahora llegan cosas a mi casa, y me está dando miedo.
—No es para menos. ¿Cómo diablos tienen la dirección de tu casa? —masculló más para él que para mí—. No tiene sentido, existen seguidoras locas, pero esto es demasiado.
—Tiene pinta de ser algo más.
Silencio de afirmación.
—Laila, déjame poner cámaras en tu casa.
—¿Qué dices?
—En el exterior. No las notarás, nadie lo hará, solo tú tendrás acceso. Es por seguridad.
—¿Quién crees que esté haciendo estas cosas? ¿Diane?
—No —gruñó bajo—. Es malcriada pero no es que esté obsesionada ni nada así. —Dudaba de esa afirmación—. Podría ser el imbécil de Torms.
Dante no sería capaz de hacer algo como eso. Lo encontraría una vulgaridad barata de mafiosos sin recursos.
—No creo. ¿Y la familia de Rixon? Quizá piensan que soy tu novia por lo que suben en redes sociales, y buscan asustarte.
—No suena a su estilo, esa basura de gente es mucho más peligrosa. —Se tomó un momento antes de añadir—: Laila, si llegan a tocarte un puto pelo…
—No creo que las cámaras sirvan de mucho, seguramente le pagan a alguien para que deje las cartas —lo interrumpí para que no continuara torturándose con su imaginación—. Pero puede servir para comenzar por alguna parte.
—Quizá debería contratar un guardaespaldas.
—Uf. No lleguemos a eso todavía. Comencemos con las cámaras. Quizás sí sean fans estúpidas que encontraron mi dirección en una página de registro y metieron un dron diminuto a los recintos de rodaje para obtener las fotografías.
Esa noche no activé la cámara durante nuestra llamada porque mi frente no decidió nada mejor que sacar a relucir un grano digno de una púber, con pus y todo.
—Si te llega a pasar algo por mi culpa... —dijo otra vez.
—Me gustaría que estés acá —cambié el tema de nuevo. Se quedó en silencio, y luego me pareció que sonreía.
—¿Qué tanto te gustaría?
—Casi tanto como comer pizza de manzana.
—Jesus, love. Esto se está poniendo serio. —Hizo una pausa—. ¿Y tanto como comer gomitas ácidas?
—Tampoco te pases.
Escucharlo reír me alegró la noche.
—¿Cómo vas con tu portafolio? —Suavizó el tono.
—Mejorándolo. Presentaré tres estilos de diseños: para una película de época, para una de ciencia ficción, y otra para una romántica de navidad.
—Suena bien, ¿me dejarás ver los bocetos?
—Pf, no.
—¿Qué?
—Una cosa es enviar los bocetos a unos desconocidos en distintas partes del mundo, y una muy diferente es mostrártelos a ti.
—Creí que ya habíamos superado la etapa de timidez inicial y nos teníamos confianza —fingió ofenderse.
—Déjame batallar con el síndrome del impostor primero, terminar el portafolio, y luego ver si quiero enseñártelo. ¿Cuántas escenas te quedan por filmar? —El portafolio me tenía histérica. Era como si el curso de mi vida se resumiera a lo que ocurriera con este.
—Ya estamos en el último quinto. Quiero que vengas a la fiesta de cierre conmigo.
No supe si bufar o reírme.
—Sí, claro. Estarán todos encantados de verme, sobre todo Diane, Dante o los productores.
—Se pueden ir a la mierda. Richard dijo que tu despido fue una falta de profesionalismo.
—Tu amigo Richard ni siquiera me conoce.
—Es amigo de mi padre, y te vio orinar, sí que te conoce.
—No, qué va, debe tener una excelente impresión de mí.
—Una buena o mala impresión de un productor, aunque sea de Richard, me trae sin cuidado.
—Como sea, tampoco puedo faltar al trabajo, soy recién contratada.
—Damn it —se lamentó—. Necesito verte.
Me dejó una sonrisa boba en la cara.
—¿Vendrás a verme después de la fiesta de cierre? —pregunté.
—Tendré que volar a Londres, tengo una audiencia fijada para dos días después —Saboreé la decepción—. Forgive me, love. Iré a verte apenas pueda.
—No pidas perdón, lo primordial es tener éxito en el juicio.
—Te echo de menos —masculló con la voz rasposa que era la dueña de mis sueños húmedos—. Tú eras lo que volvía aguantable este trabajo.
—¿Quieres una foto de mis pies?
—Are you joking? ¿Por qué querría una foto de tus pies?
—Existen personas que tienen fetiches con eso y pensé que podría animarte. Tal vez quieras una donde me veas enrollada en una alfombra, también hay gente que paga muchísimo por eso.
Otra risa áspera. Dios, me gustaba todo de él.
—Eres tan rara, y por eso me encantas.
—Gracias por encantarte con mi rareza.
—La espero.
—¿Qué cosa?
—La foto de tus pies, y de algo más también, si quieres. Soy feliz con ver cualquier parte de ti. La alfombra no es necesaria.
Me gustaba ir a las sesiones con Isabel, mi terapeuta. Las primeras veces me sentí expuesta, triste y vulnerable, y luego sus herramientas comenzaron a hacer efecto.
—¿Por qué crees que aceptaste someterte a alguien como Dante?
—Me mostró un mundo nuevo, y no hablo de lujos, sino del control, y fue un éxtasis. Algo desconocido para mí hasta ese momento.
—¿Pero? —Me observó por encima de sus gafas puntiagudas.
—Pero el efecto bajó después de un tiempo. Practicar el sexo de esa forma dejó de ser novedad para mí, y comencé a necesitar más. Que me quisiera, por ejemplo.
—¿Y por qué seguiste con él cuando te diste cuenta de que él no correspondía tus deseos más allá del sexo?
—Creí que estaba disfrutando de mi soltería con empoderamiento, pero me volví sumisa hasta en mi autoestima y me aferré a una esperanza vacía.
Dante mostraba pequeñas señales de interés fuera del sexo que me ilusionaban.
Dejé que me usara a su voluntad, que me confundiera, y que me ignorara cuando le convenía.
—El lápiz de Isabel se movía—. Me deslumbré cuando me dio un poquito de cariño, me convenció de que teníamos una relación diferente, y me centré en que así debía ser por el momento.
Estaba segura de que cambiaría en el futuro, que tendríamos un final feliz.
Isabel continuó anotando en su hoja, asintiendo.
—No sé por qué llegué a ese punto de quererme tan poco —medité, jugando con el dobladillo de mi sweater—.
Ningún hombre me había hecho experimentar tantas emociones.
Dentro de todo lo malo, también me hizo sentir importante.
Y así como yo era un escape para él, él también lo era para mí, un paréntesis a lo lamentable que era nuestra vida.
—Tiré de una hilacha hasta cortarla—. ¿Eso tiene sentido?
¿Qué clase de trauma tengo para haber sido tan ciega?
Isabel dejó el lápiz sobre su cuaderno y me miró con comprensión.
—Puede haber influido el abandono físico y emocional de tu padre, puede ser que tu subconsciente necesitara la atención de un hombre autoritario, sin importar la calidad de esa conexión.
—Me pareció espantoso y perturbador. Removió sentimientos enterrados en el fondo de mi corazón—.
También, la carga mental de tu madre sobre tu vida pudo hacer que buscaras un escape de cualquier tipo, y en vez de sucumbir a las drogas o al alcohol, que es lo más común, te refugiaste en este juego de roles donde no tenías que ser la salvadora, y te dejabas llevar.
Me largué a llorar, y me gustó hacerlo. Era bueno entenderme mejor y drenar. Aunque relacionar a Dante con la ausencia de mi padre me dio náuseas, tenía sentido. La mente humana era extraña.
—No es que hayas estado ciega. Buscaste algo que te hiciera sentir bien, y no le viste el lado malo hasta que comenzó a afectarte.
Lo importante es que supiste reconocerlo y estás aprendiendo de ello, por algo estás aquí.
No culpes a la Laila del pasado, ella hizo lo mejor que pudo.
Mejor preocupémonos por la Laila del futuro, la que aprende de las experiencias y crece con ellas.
La que expone sus heridas para poder sanarlas.
Me quedé en silencio arrancando pañuelos de la cajita a mi lado, e Isabel comenzó a anotar otra vez.
Pensaba que la historia con Dante se acabó cuando terminamos, mas no fue así.
Recién ahora comenzaba a curar las llagas que quedaron, a entender los porqués, y a aprender a quererme de nuevo.
No lo culpaba, ambos debimos amarnos a nosotros mismos antes de enfocarnos en cuánto disfrutábamos pequeños momentos que nos otorgaban una felicidad temporal.
—Lo confundí con amor. El amor no puede doler tanto, ¿verdad? —Dejé de destripar pañuelos.
Isabel me sonrió con firmeza.
—Nadie que te quiera de forma sana te hará sentir aplastada, ignorada o menospreciada.