Las huellas de Laila 40 Pueblo chico, infierno grande
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40 Pueblo chico, infierno grande

La cara de mi madre para darme la bienvenida fue parecida a la de una patata descompuesta: no encontré otra descripción.

No me había gritado cuando la llamé a punto de abordar del avión, solo se quedó en un silencio tenso.

Al llegar a casa, tenía los ojos con lágrimas y me entregó una lista de trabajos a los que debía postular cuanto antes.

El padre de Luna, me enteré después, la recibió con los brazos abiertos por tenerla de vuelta en casa, y le hizo saber que tendría que trabajar con él en la ferretería otra vez.

El padre de Luna era un buen papá, pero era un hombre muy tradicional.

Tenía cuatro hijos, una hija, y una mujer nerviosa.

Luna era la menor, la hippie de su familia, un poco la oveja negra y la única no heterosexual.

Su carácter chocaba a menudo con el de su padre, sobre todo si se ponían a discutir por qué todo el mundo debería volverse vegano, cosa que el padre de Luna definía como «ideas revolucionarias locas de chiquillos que no conocen el trabajo duro y el porqué se necesita servir carne en la mesa».

Kimi todavía no llegaba al pueblo para su receso académico, y lo único bueno de la situación fue que usaba mis tiempos libres para sentarme en el sofá junto a Nana, con mis cuadernos de dibujo para preparar mi portafolio.

Era difícil que me aceptaran en cada una de las casas de estudios por diversas razones: falta de técnica, de profesionalismo y de experiencia.

En caso de que ocurriese el milagro con la de Argentina, —que era con la que más tenía posibilidades—, ya pensaría en qué hacer para irme, y en cómo evitaría que a mi madre le diera un ataque de nervios por el dinero, que sería otro tema a resolver.

Podría trabajar en mis tiempos libres, tal vez.

¿Y Cyrus? Ah, Cyrus. Echaba de menos al príncipe de las tinieblas británicas y a nuestras noches de pelis. Me hacía falta su aroma a jabón masculino, sus sonrisas fugaces pero arrasadoras, y hasta extrañaba su chaqueta negra que siempre usaba abierta.

Los recuerdos de la noche en su domo se reproducían como una película sin fin dentro de mi cabeza cada noche, hasta conciliar el sueño.

Me llamaba en las mañanas, y cada noche que podíamos hacíamos videollamada.

La distancia no fue un impedimento para seguir conociéndolo.

Aprendí qué libros leía, sus frutas favoritas, hasta cuál fue su dinosaurio preferido (si se lo preguntan, era el ankylosaurus; combinaban bastante bien).

Le gustaba el color cobre, odiaba comer mariscos, y prefería la noche en vez del día.

En cada llamada ganaba valiosas piezas para el rompecabezas que conformaba la misteriosa alma de Cyrus Von Stein.

No hablamos de nuestra relación, ambos sabíamos que aquello sería frente a frente.

El mismo día que encontré trabajo en una joyería, me llegó el cheque de finiquito de Torms de Alba. Gracias al universo, pude abrirlo antes de que mi madre se tomara la molestia de hacerlo por mí. Y lo agradezco porque la cifra en ese cheque tenía un cero demás.

—¿Qué significa este dinero? —chistó Luna en nuestra llamada tras recibir un cheque parecido al mío—. ¿Dante nos está tratando de persuadir para que no lo demandemos por despido injusto?

—Vamos a dar aviso y a romperlos, y que nos paguen lo que nos corresponde —decidí.

—Whaaaaat. Bonita, ¿qué dices?, ¿escuché mal? —Luna soltó una risa de histeria—. Dime que estás ebria, drogada, cualquier cosa sería más aceptable que querer devolverle dinero a ese gusano.

—El monto no corresponde, y no quiero nada más de su parte, solo el pago que nos toca.

—No. Pues no. No, no, no. ¡No! ¡Vamos a aceptarlo, y no le daremos las gracias! ¡Y nos compraremos bragas bonitas y las usarás para follar con Cyrus! ¿Oíste?

—Esto no está bien, ¿no lo ves? Es como si Dante me estuviera pagando por lo que tuvimos, o algo así de feo. Muy feo. No me gusta.

—Te está pagando demás por el daño moral que te provocó y porque echarte fue una injusticia y lo sabe.

Y me incluyó en la compensación porque hasta yo sufrí viéndote a su merced.

Escúchame, vamos a aceptar este dinero. Uno, lo necesitamos.

Dos, lo merecemos. Tres, a él o a su maldita empresa millonaria no le afecta. Cuatro, ¡lo necesitamos elevado a dos!

—No quiero.

—¡Pues yo sí quiero!

—Estos cheques deben estar malditos.

—¿Malditos? Malditas las ganas que tengo de comprarme ropa de buena calidad.

¿Sabes hace cuánto no me puedo comprar unas bragas buenas, de esas que vienen en bolsas rígidas con rico olor?

¿Sabes que con ese dinero podríamos hacer algo para exponer a la idiota de Diane Hamilton?

¿Y que podría usarlo para postular al Working Holiday que siempre he soñado?

Después de que mi amiga me enumerara una lista de qué quería hacer con el dinero, entre la cual también estaba arreglar la lápida de su abuelo, no me quedó otra que aceptar.

¿Qué podía decirle? Solo logré convencerla de no exponer a Diane.

El resentimiento era un veneno que escalaba a niveles insanos.

Al menos usaría una parte del finiquito para enviar mi portafolio a las distintas escuelas.

En la despedida de soltera de Jésica, llegó el momento de someterme a las preguntas fastidiosas de mis tías: por qué regresé al pueblo, por qué no regresé antes, por qué no tenía novio, cuándo planeaba tener una familia, cuánto deporte practicaba a la semana, por qué mi pelo se estaba oxidando, si no había ido al médico para descartar un problema de tiroides, porque «Laila, niñita, me preocupa el ancho de tus tobillos».

Responderles en forma pasivo-agresivo y ver sus caras de espanto fue más satisfactorio de lo que imaginé: «volví porque quise asesinar a alguien que me hizo muchas preguntas.

No tengo novio porque me acuesto con muchos a la vez.

La lista de invitados para mi boda será de cinco personas, no habrá tías.

Mi pelo puede estar oxidado por tantas veces que estuve tomando sol en las playas este año, lo cual prefiero en vez del tono cadáver que tienen en este pueblo.

Tengo una enfermedad terminal y me muero en dos días, por eso los tobillos, gracias por preguntar».

Quizá fui más del tipo agresivo-agresivo.

Para mi grata sorpresa, la mejor amiga de Jésica, Ingrid, fue una genia e ideó una estrategia para que las señoras (mis tías y mi madre), se quedaran jugando un bingo con símbolos sexuales —que era el máximo atrevimiento para ellas—, y así poder escaparnos de fiesta más tarde, con orejas de conejitas y con un collar de pene que brillaba en la oscuridad.

—Laila, quiero pedirte algo. Algo importante —me dijo Jes en un pasillo de su casa.

—Lo que la novia del año quiera.

—Quiero que seas una de mis damas de honor —exclamó.

—Ay. ¡Es un honor, Jes! —La abracé emocionada—. ¿Para la boda de la iglesia?

—Sipis. Quiero que sea como en las películas, con una larga fila de damas de honor.

Tú eres mi prima favorita, eres a la segunda que se lo pido.

—Su rostro rebosaba de ilusión—. Y otra cosa, es que Igna no tiene muchos amigos, ya lo conoces, es un poco ermitaño, y pasa que no tiene de dónde sacar tantos padrinos para igualar mi número de damas.

—Me puso ojos de cachorrito—. Si pudieses pedirle a tu cita que sea un padrino, te lo agradecería mucho.

—Juntó las palmas de las manos a la altura de su cara.

—Jes. —La miré con obviedad—. Igna no es tan ermitaño. Lo que quieres es que Cyrus Von Stein sea un padrino el día de tu boda, ¿verdad?

Jes se mordió el labio.

—Ay, sí. ¡Es que vi tu foto con él en Instagram y los rumores en las cuentas de farándula dicen que están juntos! ¡Se ven hermosos! Vendrás con él, ¿verdad? Sería épico. —Se le doblaron las rodillas.

Las cuentas de farándula analizaban mi relación con Cyrus. Caray. Quizá lo mejor era no enterarme de esas cosas, ni buscarlas. Los comentarios de las fans me daban miedo.

—No pienses que por eso te pedí que seas mi dama de honor —aclaró—. Eres mi prima favorita desde que me consolaste esa navidad que no recibí la Barbie Malibú.

—Está bien. —Le creía. Jes era de las pocas personas sin toxicidad en mi familia—. Cyrus sí que es ermitaño, así que veré qué puedo hacer. —Comenzó a chillar y a saltar, y a darme besos en la mejilla.

Después de esa charla fui al baño, y recibí un mensaje que me alegró como a una adolescente hormonal.

Cyrus: Extrañaré nuestra llamada hoy. Pásalo bien, estaré pensando en ti. Eres la mujer más hermosa del mundo.

Laila: Prometo pasarlo bien y portarme mal, jeje. Tú eres el más hermoso del universo.

Cyrus: Preferiría que te portaras mal conmigo.

Laila: Uy, qué atrevido.

Laila: Ven y quizás lo haga. >:)

Cyrus: jaja. Te quiero, Laila con «i» latina.

Laila: Te quiero, Cyrus con «c» de «cómete esta».

Cyrus: Eres incontrolable.

Laila: Besos incontrolables para ti.

Cyrus: Avísame cuando llegues, no podré soñar contigo en paz hasta que lo hagas.

Ese hombre sí que sabía cómo hacerme suspirar. Me sentía de quince años otra vez. Estuve a punto de no salir para quedarme hablando con él, pero eso sería de babosa y Jésica nunca me lo perdonaría.

A la una de la madrugada sorprendimos a Jes con un party bus, y nos largamos, dejando a las señoras amargadas con su bingo. El bus no era de los más lujosos, pero era lo que había en Río Polson, y con las ganas de pasarlo bien del grupo, lo convertimos en el más divertido de Latinoamérica.

Nos detuvimos en un semáforo para invitar a dos chicos a subirse con nosotras y que nos bailaran, y los bajamos dos calles más allá porque lo hicieron fatal.

Luego hicimos paradas en las tres discotecas del pueblo y acabamos celebrando sobre la barra de la última.

Llegué a casa al amanecer, con la euforia zumbando en las venas, y me encontré con un papel doblado bajo la puerta de entrada. Estaba escrito con una caligrafía desconocida para mí, y el mensaje transformó la euforia en espanto.

No había remitente, ni sello postal, ni nada que me diera una pista de su origen. Las fans de Cyrus ya tenían la dirección de mi casa, y eso encendió mis alarmas.