38 Un tesoro
Activé la cámara para grabar a mi abuela en su cumpleaños.
—Nana, antes de pedir tu deseo, dinos qué es lo más importante que has aprendido en tus ochenta y cinco años —le pedí entusiasta, ignorando el gruñido de mi madre porque la vela se estaba consumiendo sobre la crema.
Nana suspiró con ensoñación.
—Lo mejor que aprendí, quizás un poco tarde, es que el tiempo no regresa, Caramelo. De lo único que me arrepiento fue de las cosas que no hice, sobre todo mientras tu abuelo estaba vivo. Cuando te digan que cada segundo cuenta, créeles. No estamos exagerando.
Entonces Kimi, mi madre, y las amigas de Nana le cantaron la canción de cumpleaños. Yo lo intenté con los párpados aguados.
El tiempo no regresa, y hasta ese momento aún no tenía nada de lo que quería para mi vida, ni siquiera estaba encaminada a ello. Lo peor era que no hacía nada por cambiar eso. Estaba sobreviviendo, no viviendo.
Julio 2025
Cyrus soltó una maldición y quitó los dedos de mi entrepierna. Me subí las bragas y alcancé la camiseta en paralelo a que Cyrus se acercaba a la puerta solo con su pantalón de algodón puesto. Antes de que abriera, salí corriendo en dirección al baño.
—¿Adónde vas?
—A esconderme —contesté.
Que me vieran con Cyrus en su domo traería problemas. Estaba prohibido mantener una relación de este tipo durante el rodaje, a menos que se firmaran un montón de papeles en Recursos Humanos antes de comenzar a grabar, lo cual ya no podía ser el caso.
—No se te ocurra hacer algo como eso —susurró ofendido.
Me di cuenta de que con Dante me había acostumbrado a esconderme, llegando al punto de que no me molestaba ni lo encontraba incómodo.
Pero… no sería ni la primera ni la última en romper un par de reglas con un actor. Pasaba más de lo que se creía, ¿no?
Cyrus abrió la puerta con lentitud. La persona del otro lado empujó para entrar y apareció una cabellera rubia.
—Cyrus, I can't sleep. I need to talk to you about... —Su voz se evaporó cuando sus iris verde eléctrico se posaron en mí. Esta vez no disimuló su descontento—. Holy shit, Cyrus. Really? REALLY?! —lo increpó frente a mi presencia semidesnuda.
—Diane, I don't know what you´re doing here, but you need to go.
—We kissed a month ago! —le gritó ella, tan agudo que me sobresaltó—. Just. A. Month. Ago.
—I told you that was a mistake —le gruñó y me lanzó una mirada rápida—. I’m truly sorry, Diane, but you have to go right now.
Diane no se movió del centro de la habitación.
—You also told me that you weren’t ready to be with anyone. Is this weird woman ANYONE?! —bramó. Cyrus se acercó a ella despacio.
—Leave. Now.
Mi inglés no era nivel experto, pero pude entender todo.
—You don't know what you're getting yourself into —me advirtió la rubia. Opté por quedarme callada para no armar más conflicto.
—Diane. —La advertencia en la voz de Cyrus se intensificó.
Diane me dedicó una última mirada de odio y se marchó junto a un azote en la puerta.
Me dejé caer en la banca, en la misma que hasta solo hace unos minutos Cyrus me había provocado un orgasmo magnífico.
—Blimey! That women is a proper nightmare. —Se agarró el puente de la nariz y dejó caer la mano con brusquedad—. Cruzó todos los límites. El lunes hablaré con ella y si no te pide perdón, le diré a Recursos Humanos que la mantenga alejada de ti. —Caminó de un lado a otro.
—No podemos. Tener una relación entre nosotros está prohibido, saldremos para atrás. —Suspiré. Él bufó exasperado—. A ella le gustas. La besaste. Solo está enojada.
—Ella me besó.
—Lo que sea. —No quería recordar ese suceso—. Me vio contigo, y está dolida. —Me encogí de hombros—. Una parte de mí la entiende.
—Eso no le da derecho a hablarte así.
—Pero se han llevado bien este último tiempo, ¿no?
Cyrus negó con los labios apretados.
—Ya no. Se ha vuelto demasiado insistente otra vez, y acaba de colmarme la paciencia.
—Cyrus. —Tenía que cambiar de tema, a otro incluso más importante—. Sé que dijimos que solo amigos, pero es que...
—Lo sé —me frenó—. Es tu cumpleaños.
—No es por mi cumpleaños. Es que te deseo —solté sin pensarlo demasiado. Sus ojos se dispararon hacia mí—. Lo mucho que te he deseado el último tiempo se desbordó hoy, y me aterra pensar en que quizá te forcé a que sucediera. Perdón.
Pestañeó un par de veces.
—¿A eso —apuntó la banca en la que yo todavía estaba sentada—, a lo que hicimos ahí, le llamas algo forzado?
—Yo... No lo sé. No me arrepiento. Para nada. Eso estuvo increíble para mí, pero no puedo hablar por los dos.
Soltó una risa áspera.
—Laila —se escuchó como un jadeo—, te necesito a un nivel preocupante, tanto que me llegan a doler partes del cuerpo con solo imaginarte en… —Cerró la boca para no terminar esa frase—. No creas ni por un segundo que lo que acaba de pasar yo no lo deseaba tanto como tú.
¡Ay! ¿Y ahora cómo lo haría para no lanzarlo a la cama y cabalgarlo como a un caballo de carreras?
—Lo que pasó es solo el comienzo de todo lo que me gustaría hacerte —continuó, torturándome con la pequeña distancia que nos separaba—, pero sigo creyendo que...
—No lo digas —lo paré con ambas manos alzadas y con taquicardia—.
Por favor, no lo digas. No arruines lo que hicimos.
Solo acostémonos a dormir y veamos cómo nos sentimos mañana, ¿está bien?
Procesemos esto. Tu regalo. Los celos de Diane.
Mi increíble fiesta de cumpleaños. Mi fabuloso orgasmo. Todo, ¿si?
Cyrus seguía visualmente tenso.
—Bien. Con una condición —añadió cuando me acerqué a la cama—: no vayas a ponerme el culo cerca, porque me harías sufrir muchísimo.
Resoplé, histérica.
—Haré lo que pueda, semental. —Puse una almohada al medio como modo de barrera entre mi deseo y su deseo.
—Y hablando de regalos de cumpleaños, todavía me falta uno por darte.
—¿Es broma? La fiesta, las postulaciones, la sucia fantasía hecha realidad, ¿y tienes otro? —exclamé.
—Admito que Luna me ayudó con este. Es el más especial. ¿Lista?
Después de todo lo ocurrido ese día, estaba lista para lo que sea.
Cyrus abrió el cajón de su mesita, y me entregó una bolsa de terciopelo azul.
Con mi corazón latiendo desenfrenado, me apresuré a descubrir el interior. Cyrus me besó la sien mientras mis dedos extendían la fina cadena dorada. De ella colgaba un relicario ovalado con dos corazones grabados.
—Esto es preciosísimo —chillé por lo bajo—. Y es demasiado. No tenías por qué darme tantos regalos fabulosos.
—Le pregunté a Luna a quién querrías llevar siempre contigo. Y nada es demasiado para ti.
Llena de curiosidad y emoción, mis uñas abrieron el relicario. Me encontré con dos fotografías pequeñas: una era de Fira con su juguete favorito en la boca, y en la otra aparecíamos las dos, yo abrazándola.
Los párpados se me llenaron de lágrimas de forma instantánea.
Aquellos preciados recuerdos eran protegidos por esa hermosa pieza de oro que guardaría por siempre.
No era un regalo, era un tesoro.
Las lágrimas se desbordaron sin tener chance de detenerlas. Cyrus me envolvió en sus brazos y, temblando, comencé a agradecerle con todas las palabras que conocía.
—Retiro lo dicho en la fiesta. Este... este es el mejor regalo en la historia de los regalos. —Empapé su hombro con mi llanto—. Nada le ganará nunca.
Debí sospechar que algo malo ocurriría cuando pillé a Cristina saliendo de mi cabaña esa mañana después de regresar del domo de Cyrus. Le pregunté qué se le había perdido, y me contestó con un «qué te importa». Me imaginé que estaba buscando a mis compañeras de cabaña por algo del trabajo.
Horas más tarde, dos hombres de seguridad —que parecían gorilas— se me acercaron mientras asistía a los de sonido, y pronunciaron mi nombre junto a un «acompáñenos».
Mi ansiedad fabricó a toda velocidad distintos tipo de escenarios fatales. Lo primero fue que quizá la post-fiesta en los domos se había salido de control, y me echarían la culpa.
Hondé en algo más grave: que un familiar había tenido un accidente. O que a Nana le había ocurrido algo. En ese caso alguien me habría llamado primero a mi teléfono, ¿no?
Hasta imaginé a los padres de Dante descubriendo nuestra ex relación secreta, y demandándome por obligar al perfecto «Dantecito» a realizar prácticas sexuales de dudosa salud mental. No esperaría menos de gente como ellos.
También pensé en Cyrus, por supuesto, en que sabían de nuestra relación, y que me despedirían por eso.
No pude dar con la verdadera razón. Nunca me imaginé que, entrando a aquella oficina en medio del frío bosque en el extremo sur del continente, me encontraría otra vez con Dante.
El gerente general nunca se encargaba de temas del personal. Y menos me imaginé lo que salió por su boca después de despachar a los gorilas de seguridad.
—No me mires así —advirtió de entrada—, agradece que soy yo el que hará esto. No sabes la humillación que te estoy ahorrando.
—Si es por lo nuestro otra vez... —Me callé cuando Dante golpeó el escritorio con la palma de su mano.
—Por favor, Ferrera. ¿Crees que me arrastraría por ti? —Se echó hacia atrás en su silla de jefe.
—Sí —contesté tajante.
—Señorita Ferrera —su tono cambió a uno ajeno—, está aquí porque se le ha acusado de robo. —¿Qué?—. Uno grave, que implica sustracción de un objeto de valor. Lo cual, como es obvio, está en contra de las políticas éticas de nuestra empresa.
Me lo quedé mirando. Tenía que estar haciéndome pasar un mal rato a modo de venganza.
—No estoy para bromas. —Me crucé de brazos. Dante mantuvo la expresión fría.
—¿Cree que el gerente general la llamaría a su oficina, escoltada con el personal de seguridad, para tenderle una broma?
—No me vengas con eso del gerente general.
—Señorita Ferrera —me cortó, elevando la voz—. Hay pruebas de que ha hurtado un anillo de diamantes perteneciente a alguien del elenco.
—¡¿Qué?! —ladré—. ¡¿De qué hablas?!
Dante entrelazó los dedos sobre su macizo escritorio.
—La actriz Diane Hamilton la ha denunciado en Recursos Humanos, asegurando que usted ha hurgado en sus cosas, justo antes de que su anillo más preciado desapareciera.
—¿Diane? —Me reí, incrédula—. Oh, ¡por Dios! ¡Está loca! —Iba a tener que explicarle a Dante por qué Diane me odiaba y por qué había inventado una estupidez como esa.
Sabía que era una diva desagradable, y una parte de mí entendía que se sintiera despechada, ¿pero acusarme de robo? Eso era demasiado.
—Mi explicación no te gustará. De hecho, necesito tomar medidas de protección contra Diane.
—No le he pedido su explicación y no está en posición de solicitar nada. El personal de seguridad revisó su cabaña hace media hora mientras usted trabajaba —me interrumpió otra vez. Abrió un sobre y desparramó unas fotos sobre la superficie—. Las pruebas hablan por sí solas.
En la primera foto aparecía yo cerca del remolque de Diane; cargaba unas cajas.
¡Eso no significaba nada, estaba trabajando!
En la segunda aparecía con Cyrus bajándome de su camioneta, era de esa misma mañana, de cuando regresamos al recinto.
En la tercera aparecía Diane poniéndose un mechón de cabello detrás de la oreja, destacando el gran anillo de diamantes en el dedo del medio.
La última foto era del anillo, escondido en… ¡¡mi cosmetiquero!!
Me quedé estupefacta. Oí a los guardias discutir fuera de la oficina y, segundos después, diferencié la voz de Cyrus exigiendo que lo dejaran entrar.
Mi mente voló a esa mañana, a cuando vi a Cristina saliendo de mi cabaña. Diane tuvo que enviarla a poner su anillo entre mis cosas para inculparme.
—Hamilton añadió que usted se ha acercado de maneras inadecuadas a Von Stein, y que ha dormido en su domo —siseó la última frase—, lo cual está prohibido y rompe nuestro protocolo.
Eso, con esta evidencia —arrastró la foto del anillo hacia mí— se puede interpretar que lo hizo con el objetivo de estar cerca de los artículos personales de la actriz para efectuar el robo, lo que empeora todo.
Las mismas asistentes de la actriz la escucharon hace poco emitiendo comentarios sobre esa pieza de joyería.
«Lindo anillo», le había comentado a Diane en un momento de incomodidad, pero bastó para que armase este revuelo injusto.
—Como si con eso no bastara —añadió Dante—, le recuerdo que los mismos productores la vieron orinando camino al domo anoche, por lo que también hay otros testigos, yo incluido.
En la sumatoria del hurto a Hamilton, la relación inadecuada con Von Stein, y la pelea que mantuvo con la asistente Cristina hace unas semanas, creo que es más que obvio que la cosa no pinta bien para usted.
Ha roto reglas y causado demasiados descontentos como para dejarlos pasar.
—Dante —cerré los ojos y me llevé las yemas de los dedos a las sienes—, esto es una mentira armada y lo sabes. Me conoces. No tiene ni pies ni cabeza. Pusieron ese anillo entre mis cosas. Y, por favor, te agradecería que dejaras de tratarme como a una desconocida.
—Si la tratara como a una desconocida hubiese permitido que su supervisora la acusara allá afuera y la echara a la calle a plena vista de sus compañeros de trabajo —repuso con satisfacción—. Debería agradecerme que lo haga en privado, señorita Ferrera.
Se sumaron nuevas voces a la disputa de Cyrus y los guardias.
Apoyé las manos con fuerza sobre el escritorio.
—No soy una puta ladrona, Dante Torms, lo sabes muy bien.
Si dejas que esto pase a mayores, quiere decir que no eres el hombre que creí que eras.
Eres rígido, no dejas que te vengan con cuentos absurdos, y no caes en venganzas estúpidas.
Eres inteligente, analítico y objetivo. —Tragué saliva—.
Por favor, no dejes que una mujer despechada te nuble el juicio.
Tampoco dejes que lo haga nuestro pasado, o el cómo terminó nuestra historia.
No te lo pido como tu ex, te lo pido como una empleada que jamás ha fallado durante más de dos años.
Y si quieres que te lo pida como tu ex, lo haré, pero recuerda que tú y yo rompimos las reglas por bastante tiempo, es una inconsecuencia que me eches ese punto en cara.
A Dante no le tembló ni un músculo al decir:
—Esa mujer despechada de la que habla, es la protagonista de la película de nuestros clientes, lo que quiere decir que mantenerla satisfecha y contenta es nuestro trabajo.
Si una actriz de Hollywood se siente amenazada por la presencia de una asistente, y tiene pruebas de que dicha asistente le ha robado un objeto personal...
—Chasqueó con la lengua—. No es difícil resolver la ecuación del cómo se debe proceder, sin importar lo que yo piense personalmente del asunto.
La discusión fuera de la oficina escaló de nivel.
—¡No he robado nada! ¡No es mi culpa que Diane esté celosa! —rugí. Luego me obligué a respirar profundo—. Sabes que necesito este trabajo.
Dante conservó la máscara de frialdad. Hijo de puta.
—Laila Ferrera, queda despedida con efectos inmediatos. Un vehículo la llevará a la estación de bus más cercana.