37 Deseo de cumpleaños
Lo primero que se nos ocurrió para ayudar a mamá, ya que ella no quería sanar, fue dificultarle el acceso a sus vicios; fingimos que el auto se averió y que lo llevamos a un taller mecánico, y en realidad lo escondimos en el garaje de los padres de Luna.
Botamos todas las botellas de alcohol de la casa; esperábamos que nos gritara por hacerlo, pero solo se largó a llorar por su pasado y por cómo la engañó mi padre.
Intentamos persuadir a las amigas con las que salía al casino de juegos para que cambiasen de panorama, y terminamos descubriendo que eran tan ludópatas como nuestra madre.
Por último, fuimos al restobar ubicado en la misma calle de nuestra casa, un local que mamá visitaba con frecuencia dada la cercanía, y preguntamos por el dueño.
Resultó ser que el dueño y el barman eran la misma persona.
Bien. Un hombre controlador que manejaba su propia barra de seguro entendería.
—Yo no soy niñera de nadie —refunfuñó después de que Kimi y yo le explicáramos la situación y le pidiéramos que no le sirviera alcohol a nuestra madre—. ¿Van a pedir algo o no? Hay gente esperando para sentarse en la barra.
—Es evidente que no es una niñera —arrastré las palabras—. Se lo pedimos por nuestra familia. Solo dígale que ya no se sirve alcohol aquí, por favor.
—No es mi trabajo cuidar de tu madre, ni mentirle. Los clientes son clientes y yo no tengo la autoridad para negarle un trago a ningún adulto. Mejor relájense tomando algo. —Nos entregó el menú—. Les recomiendo el Martini dry de frambuesa.
—Métase sus tragos por el culo —bramó Kimi, tirándole el menú a la cabeza.
Le relaté lo sucedido a Dante por llamada.
Todavía me reía por la parte de Kimi lanzando el menú.
Lo de contarle algo tan personal fue a modo de desahogo.
Me arrepentí, pues Dante no lo encontró gracioso.
Se consternó por el alcoholismo de mi madre, y soltó algunos improperios por el dueño del restobar.
Lo único que encontró divertido fue que allí servían el famoso «café con veneno».
Julio 2025
Llegamos a un complejo campestre pero ostentoso.
Dejamos atrás la parte de recepción sin detener la camioneta y nos adentramos en un camino de piedras.
Pasamos por varios domos iluminados, incluyendo en el que continuaban la fiesta.
Me agradó darme cuenta de que el domo de Cyrus era uno de los últimos y el más aislado por los árboles.
—Laila —comenzó Cyrus, estacionando. Se puso serio—. Lo que pasó antes, en tu fiesta...
—No hablemos de eso, no hoy, por favor —lo corté con suavidad.
Cyrus se pasó la mano por la barba incipiente y la dejó caer con brusquedad.
—Hiciste bien en parar el beso —dijo de todos modos.
Con el estómago contraído, las palabras salieron por mi boca antes de poder detenerlas:
—No quiero oír tu rechazo ni cómo arriesgarse conmigo no vale la pena.
—No es un rechazo. —Entrecerró los ojos. Agité la cabeza—. Nunca he dicho que no vales la pena, sino todo lo contrario.
—Discúlpame, tienes razón, no debí decir eso. —Estiré la mano y le apreté el antebrazo—. Me quieres como amiga, lo acepto. Ahora, ¿puedo pedirte como deseo de cumpleaños que vayamos a dormir sin discutir nada más?
Cyrus cerró la boca de mala gana y descendió de la camioneta para abrirme la puerta.
Como era de esperarse, el interior del domo era todo lujo, con una cama tres veces más grande que la de la cabaña, con pequeños focos de luz cálida, y con algunos paneles transparentes para ver el bosque.
Recogí una camiseta de la maleta de Cyrus y fui al baño para asearme luego de mi aventura en la carretera. Después, mientras él se lavaba los dientes, me senté a esperarlo en una banca frente a las zonas transparentes.
La luz de la luna cubría las copas de los árboles, y el viento sacudía con fuerza sus ramas. Parecía que estábamos solos en un mundo alterno.
No oí a Cyrus regresar hasta que se sentó detrás de mí. Me rodeó las piernas con las suyas y me abrazó por el estómago.
Las palabras se condensaron en mi garganta, tan apretadas que no salió ninguna.
—Forgive me, love. Soy un puto egoísta, y teniéndote como amiga es la única forma de asegurarme de que te mantendré en mi vida.
Dejé que la tranquilidad de la noche nos embargara con su calma mágica durante un momento.
—Yo también tengo miedo —confesé—. ¿Crees que no pienso en el riesgo o que no me da temor que esto acabe mal, y que terminemos sufriendo? Pero también quiero creer que podemos partir siendo claros en cuanto al futuro. Esa es la base.
Lo escuché tragar, y después depositó un beso en mi nuca. Mis músculos se contrajeron por el contacto sorpresa.
Estiró el cuello de la camiseta, y desnudó mi hombro para darle más espacio a sus labios. Entonces mis músculos se apretaron todavía más fuerte.
No me importó que mi respiración irregular se oyera en el aire, y me importó mucho menos el pequeño gemido que se me escapó cuando terminó el recorrido pasando la lengua por debajo de mi oreja.
No tenía idea de qué pretendía, ni me interesaba nuestra inconsecuencia, solo rogué por que no se detuviera.
Pero se detendría y me diría que llegamos demasiado lejos.
Estaba segura de que se levantaría en cualquier momento. Tan segura que…
Oh.
Su barba incipiente me hizo cosquillas en el otro hombro, y realizó el mismo camino de besos.
Ay, Dios.
Coló sus dedos por debajo del dobladillo de la camiseta; apenas un roce de sus yemas bastó para que mi vientre se condensara.
«Sigue, sigue, por favor, sigue».
Su mano fue ascendiendo. Acarició mi abdomen, mis costillas, hasta llegar al borde inferior de mis pechos, y pasó los dedos por debajo de estos.
Me retorcí entre sus brazos, manteniendo los labios apretados para contener los gemidos.
Jadeó ronco contra mi oreja y mi garganta vibró necesitada.
—Uf.
—Lo siento. —Comenzó a retirar la mano.
—No te disculpes, sigue —dije lo último con un gruñido duro y desesperado.
—Te quiero. Te quiero tanto como para cuidarte incluso de mí. —Me besó la mejilla despacio—. Si fuera capaz de tener una relación sana y duradera, créeme que te rogaría de todas las formas posibles, e inventaría nuevas para que me dejes quedarme a tu lado.
Le agarré el muslo cuando quiso levantarse, cual pantera atrapando a su presa.
—Mi deseo de cumpleaños ha cambiado.
—¿Sí? —expresó con curiosidad—. ¿Por cuál?
No respondí con palabras; le tomé la mano y la dirigí directo hacia mi vientre.
—Laila —bramó áspero.
—Este es mi deseo. ¿Me lo cumplirás o no?
Me escrutó el rostro desde atrás. Llevé una mano a su barba y se la acaricié. Necesitaba que... Necesitaba muchas cosas, y todas tenían que ver con él.
El tormento desapareció de su expresión. Bajó los dedos, los posó encima de mis bragas, y apretó en el lugar indicado.
Gemí agudo, y supe que no lo dejaría ir hasta alcanzar lo que quería. Mis fantasías con él no se comparaban a la excitación de ese momento.
Estaba en llamas, con una sed punzante que solo Cyrus podía satisfacer. Lo deseaba en todo mi cuerpo.
Agarré el pelo de su nuca, mi boca rozó la comisura de la suya, y separé bien las piernas.
Nuestros labios se tocaron, y entonces me besó de lleno.
No fue un beso suave, ni tampoco brusco.
Fue intenso y vertiginoso. Profundo. Era difícil describirlo con exactitud; flotaba en una nube, y a la vez danzaba en el infierno.
Él englobaba todo: la luz y la perversión.
Nuestras lenguas se unieron con anhelo, y en sus movimientos encontré algo más que lujuria: amor. Me lo demostró cada vez que su boca se movió contra la mía. Me cuidaba. Me quería. Se moría de ganas de hacer esto tanto como yo.
Empujó mis bragas a un costado para colar un dedo. Gimió en mi boca al tocar mi humedad, y aquel espectacular sonido se convirtió en el nuevo soundtrack de todas mis futuras fantasías.
—This is what you wanted, isn’t it, love? —Su dedo se hundió en mi interior.
—¡Sí! —Con ese acento me iba a correr en cualquier segundo.
—Can you take another finger? —desafió.
—Oh, sí. Yes. Please.
Bajó los labios a mi cuello para morderlo en el momento que introdujo el otro dedo. Mi espalda se curvó de placer. Puse mi mano sobre la suya, acentuando el movimiento, y la base de su mano me presionó el clítoris hasta dejarlo palpitando.
Ni supe qué balbuceé. Le dije de todo; que me tenía loca, que era lo mejor que me habían hecho, hasta le dije que me quería casar con sus dedos.
Era prohibido y correcto; amor y deseo; elección y necesidad.
Su otra mano me pellizcó el pezón y luego lo masajeó. No podía dejar de gemir fuerte. Me arrancó la camiseta que llevaba puesta y la lanzó a un costado, demostrando que su control tambaleaba tanto como el mío.
—No doy más —le advertí.
—I know. —Gemimos juntos y sin aire.
—Ay, Cyrus.
Liberó un ruido entrecortado y me sentó en su regazo sin dejar de tocarme. Estaba a su merced recostada sobre él, siendo tomada como una doncella corrompida.
Le pasé un brazo por el cuello y lo obligué a bajar hasta mis pechos.
—Cómetelos.
Cyrus abrió la boca y los devoró. Mis pezones chocaron con su lengua y sus dientes, y al mismo tiempo sus dedos apretaron justo donde debían.
Estallé en un orgasmo que arrasó con mi cordura. Grité tan fuerte que agradecí estar lejos de cualquier otro ser humano. Me mareé. Me entregué. Hasta olvidé mi propio nombre.
—Eres hermosa. Absolutamente perfecta.
—Tú sí que eres perfecto.
—Te quiero, Laila. No sabes cuánto.
El orgasmo todavía seguía desmantelando mi sistema cuando se escucharon golpes en la puerta. Nos quedamos en silencio, jadeando, aturdidos.
Volvieron a tocar, rápido, varias veces, con urgencia.