36 Urgencia en la ruta
Kimi llevaba media hora hablándome por teléfono sobre una serie de suspenso que acababan de estrenar y que, al parecer, le encantaba a todo el mundo.
La noche anterior lo había pasado mal por ver a mamá caerse ebria en la escalera de la casa, y quería que se olvidara de eso por un rato, así que la escuché con paciencia.
—Y está este actor, que en la vida real se llama Cyrus Von Stein.
Mira, voy a reproducir un video y, por favor, escucha su acento.
—Oí el video a través de la llamada, pensando en lo mucho que me gustaba sentirla feliz, y que ni ella ni yo deberíamos pasar la vida en modo alerta por culpa de nuestra madre—. ¿No es lo mejor que has escuchado?
—Me gusta el acento británico.
—¿A quién no? Y espera, te enviaré una foto. ¡Míralo! Quizá no es su mejor foto, te juro que en acción es guapísimo.
—Te creo —Apenas miré la foto—. ¿Kimi?
—¿Dime?
—Te prometo que encontraré la manera de ayudarla, y que no viviremos así por siempre.
Kimi guardó silencio un momento, y luego dijo:
—No tienes que buscar siempre la solución a todo tú sola. Encontraremos la manera juntas. No deberías cargar con todos los problemas como si no tuvieras una hermana.
Julio 2025
—¡Pensé que te habías ido! —exclamó Luna mientras Cyrus estaba en el baño—. No tienes que quedarte hasta el final. Los demás cuyes y yo nos quedaremos a ordenar.
Casi todos se habían marchado ya.
—No sé. —Suspiré—. Si me voy ahora quizás haga algo de lo que me arrepienta.
—¿Como acostarte con Cyrus? —Mi amiga subió las cejas— ¿Con el hombre que te tiene loca, feliz y complacida? ¿El que te preparó una fiesta sorpresa? ¿Arrepentirte?
—Se besó hace poco con Diane. Diane Hamilton, Luna. La actriz que es tendencia en Twitter todas las semanas.
—¿Y qué? Tú eres Laila Ferrera y eres muchísimo más divertida que esa anodina.
Se me escapó una risita.
—Deseé mucho que llegara este momento, pero ahora me da miedo sufrir. ¿Soy una gallina?
Luna suavizó la expresión.
—Escucha. Dante fue el mayor de los idiotas. No te valoró, no te dio tu lugar, y te perdió. No permitas que tu pasado con él te provoque miedo a vivir y a disfrutar del presente.
Las emociones acumuladas comenzaron a sobrepasarme.
—Solo quiero acabar mi cumpleaños en paz.
—¿Recuerdas tus últimos cumpleaños? ¿El cómo te sentías? —Asentí—. Cyrus se encargó de que este año fuera todo lo contrario. —Me sacudió—. ¡No pidas permiso para hacer lo que deseas!
Los cuyes comenzaron a recoger. Este era el mejor cumpleaños que recordaba.
Solo lo superaba, quizás, mis primeras celebraciones, cuando mi madre no era alcohólica, mi padre no brillaba por su ausencia, y todo era normal.
Pero este se les acercaba mucho, porque ya no dependía de ellos para ser feliz.
—¡Continuemos la fiesta en mi domo! —ofreció la doble de Diane.
En pocos minutos, Cyrus regresó del baño, todos salieron, cerramos el galpón, y el grupo que quedaba se repartió entre las camionetas y se fue.
¡Se fueron! Ni siquiera miraron tentativos la camioneta de Cyrus antes de irse; prefirieron amontonarse unos sobre los otros a irse con Cyrus y conmigo; eso último olía a ser maniobra de Luna.
—¿Quieres que te lleve a tu cabaña? ¿O quieres ir con los demás? —Cyrus me rodeó los hombros porque yo tiritaba de frío—. Puedo cederte mi domo, es más cómodo y está más temperado. Yo dormiré en la camioneta, me da igual.
—No digas tonteras. No sería la primera vez que dormimos juntos.
—¿Estás segura?
—Sí. —Me separé de él y me abrió la puerta del vehículo—. No quiero llegar a encender el fuego en la cabaña ni ir a continuar la fiesta. Todo estuvo perfecto, solo necesito descansar.
El primer tramo fue silencioso. Ni siquiera nos miramos y, aun así, tenía las venas colmadas de adrenalina.
Me repetí diez veces que debía portarme bien, que necesitaba aclararme, analizar la situación y el futuro, dejar pasar unos días, y que lo último que necesitaba era meterme en complicaciones de nuevo tan pronto.
Lo que sí necesitaba con urgencia era orinar. Los malditos y deliciosos daiquiris habían reunido los desechos en mi vejiga en el momento menos indicado.
—¿Podrías detenerte un momento? —pedí con una sonrisa de disculpa—. Necesito hacer pis.
—Nos quedan quince minutos para llegar, por si prefieres aguantarte —ofreció.
—No lo lograré. No aguanto, de veras. Porfis. Tengo que cumplir con la fisiología básica del ser humano o me harás pasar la vergüenza de mi vida si me hago encima.
Cyrus chasqueó divertido y se orilló en el camino. No encontré árboles, solo arbustos y un tronco botado. Iba tan urgida que decidí que eso serviría.
Saqué una toalla húmeda de mi bolso y me escondí como pude. Estaba bajándome las bragas detrás del tronco cuando las pisadas de Cyrus sobre las piedrecitas de la tierra hicieron que levantara la cabeza.
—¡¿Qué haces?! —Me doblé por el estómago—. ¡Me verás la chochis!
—Estás mostrando el culo en medio de una carretera. —Se giró y su espaldota resultó más útil que el tronco—. Vine a taparte.
—No es necesario, la ruta está desierta.
—Hasta que ya no lo esté y alguien te vea orinando.
—Es que no quiero que escuches cómo cae el pis —me quejé avergonzada.
—Bloody hell, love. Haz tus necesidades antes de que te resfríes.
Sopló una brisa que me heló hasta el cerebro.
Como yo era Laila Ferrera y siempre me pasaban cosas sorprendentes, los focos de un vehículo aparecieron en la carretera al mismo tiempo que mi vejiga comenzó a vaciarse.
Lo bueno era que el gran cuerpo de Cyrus me tapaba… ¿verdad?
Para empeorarlo todo, el vehículo se detuvo detrás del nuestro y nos apuntó con sus luces.
—Fuck —espetó Cy.
Bajaron las ventanillas: la delantera y la trasera. Pude reconocer las caras de tres de los productores en el interior, pero eso no fue lo más trágico: el que conducía era ¿adivinan? Dante Torms de Alba. Fue el único que no se asomó por la ventanilla para saludarnos.
—¡Von Stein! Mira dónde te encuentro —exclamó alegre el productor que reconocí como Richard. Era español—. ¿Están bien?
Cyrus retrocedió para taparme mejor. Mi organismo escogió ese preciso momento para tener una falla renal que no dejaba de producir orina.
—Todo bien, solo una urgencia en la ruta.
Entre las piernas de Cyrus, vi cómo la cara de Dante comenzaba a desfigurarse por ver que era yo la de la urgencia. El movimiento de limpiarme y subirme los pantalones era muy arriesgado con los cuatro mirando.
¡¿Por qué no se iban ya?!
—Así veo —contestó el tal Richard, relajado—. Nosotros venimos de cenar con Torms; nos invitó. Disfrutamos de unas cuantas copas de un vino exquisito —rio, evidentemente subidito de alcohol.
¿No podía contarle su velada en otro momento y no mientras yo meaba? ¡Se me congelaba el culo!
—De seguro fue divertido —ironizó Cyrus.
—Is the lady okay? —quiso saber un productor que iba en la parte de atrás.
Carambolas del infierno.
—She's perfectly fine —contestó Cyrus por mí.
—Lady, can you confirm that? —insistió ese mismo productor.
—¡Sí, sí! Solo tomé mucha agua. —Elevé el dedo pulgar por si no entendía español.
—She is fine —le gruñó Richard.
—¿Qué pasa, Torms? —preguntó Cyrus de repente—. ¿Por qué tan callado?
Le pegué en la pantorrilla. Lo que faltaba: que lo provocara justo cuando yo tenía las nalgas al aire.
Dante no dijo nada. Negó con la cabeza y puso las luces altas, el muy maldito.
—Si no les molesta, preferiría que sigan su camino. Aquí estamos algo ocupados —continuó Cyrus e ignoró las luces que lo encandilaban—. Night, everyone.
—Von Stein, Von Stein... —Richard agitó el dedo índice con diversión—. What a gentleman. You’re an absolute legend.
Entre que Dante maniobraba para retroceder y volver al camino, me limpié y me subí los pantalones, y me paré al lado de Cyrus. Dante se detuvo por unos segundos al verme allí de pie, y su cara rígida de los labios apretados me resultó muy graciosa.
—De verdad pareciera que tiene cara de cera —le murmuré a Cyrus.
Dante giró las ruedas hacia la carretera y los dos nos despedimos con la mano de ellos, atragantándonos de la risa.