Las huellas de Laila 34 Lo mínimo que mereces
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34 Lo mínimo que mereces

—Laila, mi niña, ¿todavía no tienes novio? —preguntó una tía en una barbacoa familiar.

—No, tía. Todavía no.

—Mamá, no seas desubicada —la regañó mi prima favorita: Jésica.

—Solo es una pregunta. ¿No has pensado en reducirte los senos? Te verías más delgada.

—¡Mamá! —estalló Jésica, y comenzaron a discutir sobre por qué no se opina del cuerpo ajeno.

—Ay, te entiendo, cuesta tanto dejar el pan —comentó otra tía, una divorciada.

—¿Por qué cree que como mucho pan? —me causó curiosidad.

—Tus caderas son anchitas, me recuerdas a mí misma cuando joven. Yo las tenía igual, y comía mucho pan.

La observé, y solo pude pedirle al universo no parecerme a ella a mis sesenta. No por el cuerpo, sino por lo amargada.

—Laila trabaja en rodajes de películas, mamá.

Encontrará a un millonario o algo así —se metió otra de mis primas más jóvenes: Ágatha—.

Lo mismo podría pasarme a mí si tan solo me dieras dinero para irme de intercambio —refunfuñó—.

Oye, Laila, ¿qué pasó con tu exnovio? León era guapo, al menos parecía europeo, y sus padres tienen buena situación económica.

—No era para mí —me limité a contestar.

—No debiste dejarlo ir —chasqueó la madre de Ágatha—. No está fácil encontrar chicos buenos, menos con un cuerpo como el de nosotras.

Estuve cerca de enfurecerme y responderle algo hiriente. Luego decidí que no valía la pena; ellas habían sido criadas así y no cambiarían. Solo me levanté y me alejé.

Julio 2025

Esta vez sí lloré en mi cabaña. Lloré de frustración. Lloré por mi autoestima, que tanto sufrió al no sentirse suficiente. Lloré por algo que nunca fue real.

Si era sincera, el tema del amo y la sumisa ya no me emocionaba, perdió su encanto con el tiempo.

Las relaciones sin profundidad dejan de tener chispa a la larga.

En un principio era cómodo perderme en él y olvidarme de mis problemas, y luego él se convirtió en uno de mis problemas.

Si aguanté tanto fue porque los sentimientos me confundieron.

—Has hecho lo correcto —me animó Luna con un abrazo.

—Lo sé. —Las lágrimas siguieron cayendo—. Pero me siento mal por él, ¿sabes? Es raro sacar a alguien importante de tu vida así como así.

—Ah, eso es porque tienes un corazón de oro y eres mucho más decente que la mayoría de la gente.

A ver, escucha, nos quedan veinte minutos para encontrarnos con Cyrus, por lo tanto, tienes diecinueve minutos más para dedicarle lágrimas a Dante.

Después de eso, ni una sola más. Dejaremos atrás esta ruptura.

Es más, celebraremos el fin de este capítulo.

—¡¿Veinte?! —Me sequé las lágrimas a la rápida—. ¡Ni siquiera sé qué ponerme!

Luna me dedicó un gesto cómplice.

—Yo sí sé qué te pondrás. —Sacó una caja de regalo de debajo de la cama.

No iba tan desabrigada desde los dieciocho años, cuando salía de casa solo con minifalda y top para no hacer fila en la guardarropía.

Cyrus nos esperaba apoyado en el vehículo; se le cayó el cigarro de la boca apenas me vio.

—Hazlo de nuevo —me pidió.

—¿Qué cosa?

—Necesito verte llegar otra vez para asegurarme de que no estoy en el cielo.

¿Cómo hacerme sentir una puta diosa? Cyrus siempre tenía la respuesta.

Le regalé otro vistazo dando una vuelta sobre mis pies para que apreciara mi vestido rojo de lentejuelas de una sola manga, la cual era rosada. Era divino. Luna había dado justo en el clavo.

—¿No está para comérsela? —exclamó Luna—. Los veintiséis jamás se vieron mejor.

—Definitivamente —susurró Cyrus, todavía anonadado.

—Gracias a los dos. —Les sonreí emocionada—. No necesito nada más para ser feliz en mi cumpleaños.

La ciudad cercana no era muy grande, pero al menos capté vida nocturna y eso me entusiasmó.

Después de un rato, Cyrus estacionó frente a un galpón oscuro.

—¿Dónde está el restaurante?

—Ahí dentro. —Cyrus movió la barbilla.

Le di una mirada nerviosa a Luna y otra a Cyrus.

—No nos vas a llevar a un galpón oscuro para asesinarnos, ¿verdad?

—¡Laila! —me regañó Luna.

—¿Qué? Quizás fingió ser nuestro amigo todo este tiempo. —Me encogí de hombros.

—Si algún día te secuestro y te llevo a un lugar oscuro, te prometo que no será para nada malo.

—Mejor los espero afuera —Luna arrastró las palabras—, aquí dentro huele a feromonas.

Nos bajamos entre risas. Cyrus nos guio hacia la entrada lateral y empujó una puerta corrediza. Dentro, nos recibió una oscuridad densa.

Justo cuando mi teoría de que Cyrus era un asesino en su tiempo libre comenzó a ganar peso, el lugar se iluminó, mostrando a la multitud de personas reunida en el lugar.

—¡¡¡SORPRESA!!! —gritaron y estalló la música.

Del techo colgaba un «feliz cumpleaños».

Entre las vigas caían luces y globos. Una bola disco flotaba en la parte central.

Las mesas estaban abarrotadas de comida; el menú incluía pizza de manzana.

Las botellas, vasos y copas esperaban sobre un bar, y la música salía por los parlantes, cuyo DJ era uno de los chicos de sonido.

Había personas de los distintos departamentos, tanto de la empresa Torms de Alba como algunos estadounidenses. También estaban mis compañeras de cabaña, Carli, los actores secundarios y los dobles. Hasta el señor Ger estaba ahí, vestido con una camisa elegante.

—¿Me organizaron una fiesta sorpresa? —Me giré hacia Luna y Cyrus con la boca abierta.

—¿Cómo no, ah? —Luna me dio un beso en la mejilla y me entregó un vaso con daiquiri—. ¡Por Laila!

—¡Por Laila! —vociferaron los presentes, ávidos por comenzar a celebrar. Las luces se apagaron y solo quedaron las de fiesta. La música subió de volumen y la pista de baile cobró vida de inmediato.

—¿De dónde ha salido toda esta comida y bebidas? —No lo podía creer.

Luna miró a Cyrus como respuesta. Mis hombros cayeron y lo abracé.

—No tenías que hacerlo —murmuré contra su cuello.

—¿Y para quién más lo haría? —Me besó en la sien. Lo apretujé con más fuerza.

Me derretí al imaginármelo organizando todo eso por mí.

—Ya no solo eres mi amigo gay-no-gay, sino que también eres mi hada madrina. —Le acaricié la barba, y el posó su mano sobre la mía—. En serio, esto es guau. Gracias, muchísimas gracias.

—Es lo mínimo que mereces.

—Where do you want this, mate? —interrumpió un acento peculiar; Tyler Deloux cargaba dos cajas grandes de cervezas.

El actor más famoso de la película, el hombre que volvía loco a medio planeta, ¡estaba en mi fiesta de cumpleaños!

Esa misma emoción se propagó por las personas presentes, quienes comenzaron a susurrar emocionados de que estuviera ahí. Luna comenzó a hacerme gestos como loca desde la mesa del DJ.

La fiesta no tardó en salirse de control. Muchos ebrios, algunos bailando pegados con otros, y un grupo haciendo pasos excéntricos en el suelo. Incluso el señor Ger se quitó la corbata y la agitó en el aire.

Bailé con Luna, con Vico, con la doble de Diane —que era lo contrario a la actriz en personalidad: o sea, era encantadora— y con el señor Ger.

Carli estaba más preocupada de cuidar a los borrachos que de disfrutar; era buena persona independiente de su malgenio.

Me invitaron a tomar un micrófono, y acepté con gusto.

Me lo quitaron rápido luego de ponerme a cantar.

Más tarde, Luna se quitó las botas e hizo que varios la siguieran para una coreografía.

En un momento, Tyler Deloux me tomó de la mano para bailar.

Caramba. Aquel era un momento histórico que le contaría a mis nietos algún día.

La decepción llegó rápido: Tyler bailaba raro y feo. Agitaba los brazos y se movía como señor de ochenta años con delirios.

Cyrus se acercó a nosotros y le clavó una mirada silenciosa. Tyler elevó las palmas de las manos y retrocedió, dejándome en los brazos del príncipe de las tinieblas.

—¿Sabes lo bien que te ves esta noche? —Lancé los brazos alrededor de su cuello. Estaba hermoso con su camisa negra.

—La que deja sin aire a los demás eres tú. —Se inclinó a mi oído—. Nadie deja de observarte.

—Será porque soy la cumpleañera.

—No. Es porque este vestido debería ser ilegal. —Sus labios me rozaron la piel debajo de la oreja—. Si te soy sincero, se me hace imposible no pensar en lo fácil que sería quitártelo.

Un subidón de adrenalina me mareó de golpe.

—¿Te...? —Tomé aire y lo intenté de nuevo—: ¿Te creo fantasías con este vestido?

El soplo de su aliento rebotó en mi piel.

—Sí.

—¿Como cuáles?

—Me muero de ganas por subirte la falda —acarició el borde inferior del vestido—, ponerme de rodillas, y correrte la ropa interior para poder hundir mi lengua en ti.

Santa cachucha madre de Diosito.

La fricción de su ropa con las partes descubiertas de mi piel me encendió a un nivel casi vergonzoso.

—Conocer tu sabor me volvería loco —prosiguió seductoramente—. Es algo en lo que llevo pensando mucho tiempo.

Ay.

¡¡¡Ay!!!

—¿Te gustaría que te presionara desde la nuca mientras me pruebas? —No pude evitar seguirle el juego.

Cyrus gruñó como toda respuesta y depositó sus labios en mi cuello, desatándome una corriente de cosquillas placenteras que llegaron hasta la zona sur de mi cuerpo.

Estábamos rodeados de gente. Y no me importaba.

Alguien gritó que eran las doce de la noche.

De una puerta lateral apareció un carrito empujado por Vico y otros dos cuyes. Sobre este, las veintiséis velas titilaban en una torta de tres pisos y con un topper de un corazón mitad rojo, mitad rosado.