Las huellas de Laila 33 Punto final #2
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33 Punto final #2

—¿Eso crees? —Me crucé de brazos—. Porque desde mi punto de vista, no hubo demostraciones consistentes ni durables de nada más.

—Te demostré mil veces que me importabas —ladró, subiendo el tono de voz.

—Nómbrame una vez que me hayas demostrado amor fuera del sexo, verdadero amor. Me refiero a un compromiso real que se mantuviera en el tiempo que estuvimos juntos.

Dante formó una expresión incrédula.

—Cada mañana y cada noche te envié un mensaje, incluso cuando me encontraba lejos.

—Solo eran «buenos días» y «buenas noches», nunca charlamos con profundidad, solo de temas sexuales.

—Te llevé a un maldito festival de arbustos con luces.

—Meses antes me dejaste sola para mi cumpleaños.

—Tuvimos un fin de semana romántico en un lodge.

—Un lodge donde me hiciste ver como un pasatiempo.

—Te puse a trabajar con el vestuario.

—¿Eso es demostrar amor real para ti?

—Te defendí del ex que te llamaba.

—Ni siquiera contestaré a eso.

—Te compré flores más veces de las que puedo recordar, y a nadie le compro flores. Ni siquiera a mi madre.

—Flores puedes llevarme hasta a mi tumba, no significa nada. Solo lo hacías para mantenerme cerca.

—No es verdad. —No le refuté, serviría de nada—. Te ayudé a pagar el tratamiento del cáncer de tu abuela.

Esa me dolió.

—Y te lo agradezco muchísimo. Estaré en deuda contigo por la eternidad, pero repetiste varias veces que lo hacías para sanar la impotencia de no haber podido ayudar a tu abuela.

Aunque fue un acto honorable y desinteresado, no lo hiciste porque me amaras, así que ese punto es inválido.

Y también te agradezco todos los gestos, pero no significan amor permanente.

Ambos tuvimos que darnos unos segundos para respirar luego de eso.

—Dejé de salir a cenar con las mujeres que mis padres me presentaban por ti —continuó.

—Felicidades, actuaste como cualquier hombre mayor de edad.

—Te presenté como mi acompañante frente a los productores y el director de esta película.

—¡En vez de presentarme como tu novia! Ese mismo día me hiciste escabullirme a escondidas a tu vehículo para que ningún empleado nos viera.

—Porque acordamos que lo haríamos lento. —Se levantó, alejándose del escritorio.

—No, no lo acordamos. Tú lo acordaste solo. Tuve que esconderme durante dos años. Al principio fue excitante, pero no después de tanto tiempo. Y es aún menos excitante que no asumas lo que quieres. ¡Te esfuerzas por aparentar que eres un santo que folla en la posición del misionero!

—¡Que no ventile mis gustos sexuales no tiene nada que ver con quererte!

—¡Pero no me quieres! —ladré—. Solo soy un gusto sexual para ti. Te da vergüenza que tus padres me conozcan. Nos dimos una oportunidad por más de veinticuatro meses y no funcionamos. Ya está, Dante. Tienes que superarlo.

—Eso no es verdad. —Apretó los dientes.

—¿Qué parte no es verdad?

—La parte que me avergüenzo de ti. Y la que no te quiero.

Me reí a secas.

—¡Alguien que me quiere no se daría tantas vueltas para tomar mi mano en frente del resto! No me dejaría sola cuando pongo a dormir a la perrita que me acompañó durante diecisiete años. No dejaría que sus padres hablaran tan mal de mí. ¡Me hiciste sufrir! ¡¿No lo ves?!

—¡Quería ahorrarte los malos ratos! ¡Nunca es fácil entrar a mi mundo para chicas como tú! —explotó, y sus ojos azules se pusieron brillantes—. Lo que menos quería era hacerte sufrir.

Para chicas como yo.

—Lamento que estés atrapado en los qué dirán. En las apariencias. En seguir tu vida de acuerdo al camino que trazan por ti.

—Tú eres mi escape a todo esto —me interrumpió ahogado. Dejó entrever el afligido tormento de su interior—. Antes de conocerte intenté engancharme de las mujeres que ellos escogían. Todas son insulsas, planas y aburridas, ninguna de ellas es como tú. Te necesito, Laila. —Se revolvió el pelo.

—No. No me necesitas, lo que necesitas es quererte más a ti mismo, ponerte los pantalones y tomar el mando de tu vida. Y yo debo hacer lo mismo con la mía. Aunque te agradezco las cosas que hiciste por mí, no me conformaré con migajas. Ya no más.

—Podemos hacerlo —insistió con los hombros caídos—. No puedes rendirte tan fácil, tú eres de las que lucha, ¿o me equivoco?

—No viene al caso. Este tipo de relaciones tienen fecha de caducidad, y la nuestra ha llegado. Y gracias, de verdad gracias por el tratamiento para mi abuela.

—Te quiero. Entiéndelo, por favor. Haré lo que sea. —Dio un paso hacia mí, tomándome por los brazos con desesperación.

Carambolas. No pensé que llegaría el día en que Dante Torms de Alba me rogase por nada.

—Basta. Lo que necesitas es una vía de escape.

Yo también pensé que te quería, hasta creí que te amaba, incluso —la sorpresa relució en su rostro—, pero tú también eras mi vía de escape de la realidad, y eso era lo que temía perder, no a ti.

Lo siento, tendrás que buscar otra manera de huir de tu vida perfecta y ser más valiente.

Me soltó y se pasó una mano por la boca.

—Ese delincuente te lavó el cerebro —espetó furioso—. Quiere arrastrarte a la ruina. Abre los ojos, Ferrera. ¡Te estás yendo a la mierda con él!

Resoplé.

—Tampoco permitiré que hables así de las personas que me quieren y de las que yo sí quiero de verdad —le rugí.

La ira y la frustración brotaron en su rostro. Rodeó el escritorio y abrió un cajón con tanta fuerza que se cayó al suelo.

—Toma. —Me extendió una caja con el logo de una joyería reconocida.

—¿Qué es eso? —Miré desde el objeto hacia él.

—¿Qué más va a ser? Tu regalo de cumpleaños. Para que veas que me importas más de lo que crees. Por eso vine hasta aquí, para pasar tu cumpleaños contigo.

—No puedes comprarme con joyas. Nunca me has regalado joyas. Es incoherente que empieces a hacerlo ahora.

—No es cualquier joya. —Su rostro se llenó de amargura—. Abre la caja, Ferrera.

Se me atoró algo a la mitad de la garganta.

—Gracias, pero no la quiero. Ni siquiera como regalo de despedida. —Me di media vuelta.

El caos se desató a mi espalda; escuché que lanzaba la caja, también los papeles, y los lápices salieron volando. Al voltearme, vi cómo sus brazos barrían todo lo que estaba sobre su escritorio.

—¡No me busques cuando él te destroce!

Me detuve con la mano en la puerta y lo miré con firmeza.

—No será necesario. Las chicas como yo podemos solas. —Cerré con un portazo.