Las huellas de Laila 33 Punto final
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33 Punto final

Dante aprovechó el momento en el que me quedé sola en la carpa de vestuario y entró, cerrando las amarras detrás de él.

—Ni lo pienses. Vico regresará enseguida —advertí.

—No vengo por sexo. —Me quedé callada—. Nos contrataron para Raxatar, es una película importante, con un director ganador de un Óscar. Comenzaremos las grabaciones en el desierto la primera semana de mayo.

—¿Viniste hasta aquí solo para contarme eso? —Nunca me adelantaba nada de los próximos rodajes.

—Oí que te vieron llorando —soltó sin anestesia.

Ah, con que eso era.

—Mi abuela tiene cáncer —aclaré, ignorando el picor que regresó a mis ojos—. La salud pública es una mierda, y me da miedo que le pase algo. Por eso lloraba. —Seguí trabajando. Era raro hablar de tragedias familiares con él.

—¿Y por qué no la tratan en una clínica privada?

—¿Por qué cree que no, señor Torms? —Se supone que era un hombre inteligente. Por fortuna, captó el mensaje, y presionó los labios.

—No tienen el dinero —adivinó—. Ferrera... mi abuela murió de cáncer.

—Lo siento muchísimo. —Agradecía la confianza de contarme algo íntimo, pero ¿no podía escoger un peor momento para revelarme justamente eso?

—Te daré el dinero para que la trates en una clínica privada.

Se me cayeron los cascos espaciales que estaba limpiando y giré mi cuerpo hacia él.

—¿Disculpa?

—No le desearía a nadie la impotencia que tuve por no poder ayudar a mi abuela. Si la tuya puede salvarse, si es que está a tiempo, hay que hacer lo posible.

—Dante, no tienes que hacer esto. —Parpadeé marcado.

—No puedo dejarlo pasar. —Se quedó a varios metros de mí, como si estuviéramos en una reunión de negocios—. Puedes tomarlo como un regalo atrasado de navidad. No puedes negarte.

Esa era otra versión de él; no el amo, ni el jefe, ni el romántico que pocas veces aparecía. Ese Dante era una persona empática.

Lo habría rechazado, de verdad que sí, no quería deberle nada, pero se trataba de la vida de Nana.

—Te lo pagaré en cuotas. Que me lo descuenten de mi sueldo.

Dante negó.

—Si alguna vez necesitas cualquier otra cosa financiera, te las arreglas con los de contabilidad.

Para esto no. Recibirás el dinero, no me duele demasiado gastar esa cantidad, así que tranquila, y harás que traten a tu abuela con rapidez.

Si no quieres que lo haga por ti, déjame hacerlo por mí, para sanar la herida de no haber podido ayudar a la mía. Insisto.

Después de todo, Dante Torms de Alba sí tenía corazón.

Julio 2025

Hubo más noches de películas, de comida y de escuchar música con Cyrus. Me tragué la tentación de besarlo en cada una de ellas. Aprendí a ignorar los susurros y las miradas por encima del hombro de Diane y las de sus maquilladoras o asistentes, incluyendo las de Cristina.

No podía creer que Diane Hamilton, una superestrella de la gran pantalla, se diera la molestia de mirar feo a una cuye como yo.

Las semanas de rodaje transcurrieron sin mayores imprevistos y con mucho frío en la zona. Bloqueé cualquier mensaje de remitentes desconocidos, por lo que las fans de Cyrus no volvieron a molestarme, y no hubo necesidad de contarle ni preocuparlo con lo tóxicas que eran sus seguidoras.

El contacto cero con Dante fue un éxito. Podría decir que el que no hubiera regresado al recinto ayudó, pero la realidad era que no lo extrañé ni un poquito. Era como si por fin me hubiera extirpado el tumor que secretaba la hormona llamada "Danteina".

Comencé a procesar otras cosas que hizo y que no debí dejar pasar: que hablase de mi cuerpo. Que me escondiera. Que me tratara como algo de su propiedad. Por fin entendía por qué le desagradaba tanto a mi mejor amiga, e incluso al mismo Cyrus.

Faltaban tres días para el último cambio de localización, donde nos moveríamos más arriba en la montaña. Durante la última tarde de viernes, Cyrus grababa su escena más importante. Era tan crucial que hasta su representante viajó desde Inglaterra para asegurarse de que todo saliera bien.

Una vez que la escena terminó y lo felicitaron, todos comenzaron a regresar a sus cabañas o a los domos.

Cyrus y su representante, Frederick, se acercaron a donde Luna y yo terminábamos de limpiar uno de los escenarios de la batalla sangrienta.

También era tarea del señor Ger, sin embargo, lo noté tan cansado que le insistí con que fuera a descansar, cosa que aceptó a regañadientes, solo porque le dolía mucho la espalda.

—Es un gran placer conocerte. Cyrus habla mucho de ti —me saludó Frederick con un acento español bastante entendible. Era un inglés de cincuenta años, de estatura baja, con lentes y canoso. Se veía demasiado inofensivo para ser el representante de Cy.

—Espero que solo le haya dicho cosas buenas. —Le estreché la mano.

Cyrus me miraba como si tuviera un arcoíris alrededor. O como si yo misma fuera el arcoíris.

—Oh, sí, sin duda que todas buenas —confirmó Frederick, sonriendo con alegría—. Tienes a mi muchacho con la mente en el cielo.

—No empieces a avergonzarme —le gruñó Cyrus. Frederick se encogió en sus hombros delgados.

—Nunca antes filmaste una escena tan rápido o ignoraste mis llamadas por una chica —continuó hablando en español para que yo entendiera—. Tampoco me habías dicho que querías dejar la actuación hasta ahora.

—Como sea. Estás cansado, Fred. Debes irte a tu domo a descansar, o comenzarás a estresarte por cualquier cosa. —Cyrus le palmeó fuerte la espalda para callarlo.

—No tienes que decirme qué hacer —protestó Frederick. Posó su mano en mi hombro, y agregó—: Ahora no soy el único responsable de su bienestar, espero que lo sepas y cuides the huge heart of my boy. —Su acento británico era tan espectacular como el de Cy.

No supe si reírme. Resoplar. Sonreírle. Abrazarlo. Aclararle que nuestra relación no era romántica. Y finalmente me limité a despedirme con una bajada de barbilla. Cyrus lo guio hacia los vehículos mientras lo regañaba.

—Está bien que ese señor sea inglés, pero se pasó de intenso —rio Luna.

Cyrus regresó con nosotras en el camino a la cabaña, y me pasó un brazo por los hombros.

—Lo siento —se disculpó enseguida—. Es un viejo paternalista. Es amigo de mi padre y cree que por eso puede meterse en mi vida privada. Desde que supo lo importante que eres para mí, no deja de preguntarme por ti.

—Es adorable que se preocupe por tu corazón, Cy —dije con sorna—. Pensé que tu representante sería un señor musculoso e igual de intimidante que tú, y más bien parece tu abuelo.

—Ojalá hablara menos, como mi abuelo muerto. —Bufé por su humor negro—. Eh, ¿estás hambrienta?

—Un poco. —Mi estómago rugió—. Un poco bastante, sí.

—¡Qué bueno! —exclamó Luna—. Necesitas espacio en tu estómago para esta noche.

—¿Esta noche? —repetí con sospecha.

—Bonita, no te hagas la desentendida. —Luna me chocó con su cadera.

El hecho de que se preocuparan por celebrar mi cumpleaños hizo que los malos ratos del último tiempo desaparecieran y solo quedara emoción en mi corazón.

—No tenían que organizar una salida.

—It's your birthday, love —replicó Cyrus, acariciándome la espalda baja—. Iré a darme una ducha y nos vemos en el estacionamiento en una hora, ¿está bien?

Luna comenzaba a darme algunas pistas sobre el lugar a donde iríamos cuando fuimos interrumpidas por un carraspeo detrás de nosotras.

—Dante —murmuré sorprendida—. Digo, señor Torms. ¿Qué hace aquí?

Dante se guardó las manos en los bolsillos de sus pantalones outdoor.

—Es mi empresa. ¿Por qué no estaría aquí? —Subió una ceja engreída.

—Porque nunca regresa antes del cambio de localización, señor Torms —evidencié con sarcasmo.

—No sabía que debía darles explicaciones a los empleados, señorita Ferrera.

—No querrá que lo vean cerca de las cabañas de los empleados —interfirió Luna—. ¿O viene a pedir que le llevemos café? ¿Que le lustremos los zapatos? ¿Que nos arreglemos para no parecer de cabaret? ¿O nos trae de regalo otro inútil ramo de flores?

Le di un codazo a Luna. Dante, en cambio, mantuvo el semblante frío y la ignoró.

—Ferrera, la necesito en mi oficina ahora mismo.

Luna y yo intercambiamos una mirada rápida.

—¿Esto se trata de algo laboral? —quise asegurar—. Si es por otra cosa...

—Claramente es algo laboral, señorita Ferrera. ¿Qué está insinuando?

Ya estaba. Dante iba a terminar mi contrato. Iba a echarme por rencor. Tendría que volver a mi pueblo y conseguir un trabajo aburrido. Me alejaría de Luna y de Cyrus, y tendría que soportar a mi madre a diario.

Después de darle un asentimiento de «lo tengo controlado» a Luna, seguí a Dante hasta su oficina. Estaba calefaccionada, lo que ayudó a mi presión baja.

—No puedes despedirme. No es profesional —me adelanté apenas cerré la puerta—. Tú no eres así, no te dejas llevar por sentimientos. Además, es ilegal. —No estaba segura de eso último, pero siempre servía nombrar la ley.

—¿Qué? —Dante lanzó su chaqueta a la silla.

—Vas a despedirme porque cortamos. Eso no está bien. Mantente en tu fachada de jefe frío y ajeno, y no te desquites conmigo. Quiero seguir trabajando en la empresa, independiente de lo sucedido entre nosotros. He sido una buena asistente de producción.

Dante botó aire con pesadez.

—No voy a despedirte, Ferrera. —Apoyó el trasero en el borde del escritorio frente a mí—. Te echo de menos. No he podido pensar en otra cosa desde nuestra última pelea.

Mi cerebro frenó en seco.

—Espera, ¿cómo? Has dicho...

—Que era algo profesional. Estás enojada conmigo, de otro modo no ibas a aceptar. Te mentí. Demándame si quieres.

No sabía si aliviarme por no ser despedida o ponerme furiosa por haber sido engañada.

—Dante, lo nuestro se acabó —sentencié cogiendo fuerza—. Nuestros caminos son diferentes, y me cansé de tu menosprecio. Quisiera decir que fue lindo mientras duró, pero no soy una mentirosa. No fue lindo, solo fue buen sexo rodeado de mentiras e ilusiones sin sentido.

El único movimiento que realizó Dante fue pestañear una vez.

—Eso no es verdad y lo sabes —susurró con dureza—. Lo que sentimos por el otro es mucho más que sexo. Te lo he dicho hasta el cansancio.