Las huellas de Laila 32 Tentación
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32 Tentación

Carli me encontró llorando en el baño después de enterarme del cáncer de Nana, y entre gruñidos me preguntó;

—¿Por qué lloras, muchacha?

—Cosas personales. Disculpe, enseguida regreso al trabajo. —Mi supervisora me cortó el paso al querer salir.

—Si ese tiburón se sobrepasó contigo, denúncialo.

—¿Qué? Digo... ¿Qué...? Perdón, pero ¿qué?

Sabía a quién se refería con «tiburón», no podía ser otro, pero ¿cómo Carli estaba enterada?

Me gruñó otra vez, exasperada.

—La otra noche creí ver algo extraño en los estacionamientos, y no me hagas describir lo que me encontré al acercarme.

Mal.di.ta. Sea. Debió ser la noche que follamos enojados sobre el capó luego de la cena con Joaquín.

—No sé de qué habla —mentí con la cara ardiendo—. Pero quiero aclarar que estoy llorando por una situación familiar.

Carli negó con la cabeza varias veces.

—Prométeme algo —pidió de la nada. Esperó a que asintiera para continuar—: A la primera oportunidad huirás de ese hombre. Eres un desastre, pero puedes aspirar a más. Esa clase de persona… —Chasqueó con la lengua—. No te hará bien. Huye en cuanto puedas.

Se fue antes de que pudiéramos seguir hablando, dejándome con la boca entreabierta y un tornado extraño en el pecho. No volví a ver esa versión más «humana» de ella en muchísimo tiempo, ni tampoco volvió a tocarme el tema.

Julio 2025

Luna casi me convence de que renunciemos después de contarle lo que pasó con los prejuiciosos padres de Dante.

No volvería a mezclar el trabajo con mi vida privada. Aunque la ruptura estuviera justificada, dolía de todos modos.

Dolía darme cuenta de que Dante nunca me quiso de verdad, y que fui un capricho para satisfacer sus necesidades sexuales especiales.

No me valoró, y yo tampoco me quise lo suficiente para darme cuenta de eso antes.

Dante dejó cicatrices en mi corazón una y otra vez, y yo elegí permanecer ciega y dejar que me las hiciera.

El hecho de que lo idealicé demasiado casi me hace avergonzarme de mí misma.

«De un cabaret».

No vi a Dante después de la ruptura. Supe que se fue al día siguiente, una vez que el rodaje se retomó sin problemas, y desde ahí mantuvimos contacto cero. Ni un mensaje. Nada.

No podría decir que me pasé llorando cada noche, solo me quedó una sensación amarga y un nudo de culpa en la garganta.

A la Laila del pasado esta situación la hubiera tenido al borde de la depresión. A esta Laila no le salieron las lágrimas.

Y pueeede que Cyrus se asegurara de que no me diera el bajón.

Luna estaba empeñada en dejarnos a solas. Esto último sucedía casi siempre en mi cabaña; no quería ir a los domos para evitar toparme con las miradas feas de Diane o para que no se esparcieran más rumores desagradables. Tampoco iba a su remolque por la misma razón.

Nos sentábamos a la orilla del bosque nocturno a conversar de lo que fuese, o veíamos algo en mi computador.

Comenzaba a ser una rutina. Era irónico que, trabajando en rodajes y siendo que a Cyrus no le gustaba ser actor, lo pasáramos tan bien mirando pelis.

Comentábamos, nos conocíamos un poco más cada vez, y reíamos mucho.

Y era la excusa perfecta para apoyar la cabeza en su hombro.

Cyrus y Diane ya no pasaban el rato fuera del trabajo producto de que él usaba su tiempo libre conmigo. Sin embargo, cada vez que los veía juntos en el rodaje, Diane siempre estaba tocando algún punto de su cuerpo. O sonriéndole. O soltando carcajadas coquetas. O haciéndole cosquillas con los ojos.

Estaba encaprichada con él, y Dios, la entendía.

Me moría de celos.

Si él quería salir con ella, yo no podía meterme. Se lo había reiterado una noche, mientras veíamos una comedia romántica; Diane lo llamó y él la silenció. Me respondió con «un ya sé que puedo follarme a quién sea, Laila. Lo haré cuando así lo desee». Le sonreí con el estómago ardiendo en llamas.

No era mi novio. Debía repetírmelo cuantas veces fueran necesarias.

Me esforzaba por mantenerme firme, sobre todo en las noches, cuando mi mente creaba escenarios que terminaban con su lengua en contacto con mi cuerpo.

Lo más irónico era que ese mundo sexual ficticio me ayudaba a conciliar el sueño con tranquilidad.

Necesitaba ayuda profesional.

—No me esperes despierta —dijo Luna un viernes por la noche después de colocarse mis aretes en forma de corazón. Teníamos todo el fin de semana libre por el mal clima.

—¿Quién es la afortunada esta vez? —Luna tenía citas con una persona diferente cada fin de semana. Se había impuesto la regla de no repetir. No quería engancharse de nadie y estaba decidida a disfrutar de su soltería.

Aquello era por tiempo limitado, pues en algún momento la oferta de penes y vaginas dentro de la producción se terminaría.

—Afortunado. Es el oriental de sonido que me coqueteó cuando les entregamos agua hoy. —No supe de quién hablaba—. ¿Cuánto le falta a Cyrus para terminar de grabar la escena? —Miró la hora en su teléfono.

—No tienes que quedarte haciendo guardia hasta que él llegue. —Bajé mi cuaderno de dibujo.

—Por supuesto que sí. —Luna se roció perfume en el cuello, entre los pechos, y se estiró el elástico del pantalón para echarse en el interior de las bragas.

—No me derrumbaré si me dejan sola.

—Quién sabe. Quizás llames a Dante solo para recitarle el gran diccionario de groserías que te sabes.

Negué con la cabeza y volví al diseño en mi cuaderno.

—Contacto cero es contacto cero. No se merece ni mi recital de groserías. —Comencé a trazar un accesorio para una película de ciencia ficción imaginaria—. El mismo contacto cero que tú llevas con el idiota de Bruno, ¿verdad?

—Sí. Ni siquiera he volteado esta mañana cuando apareció recién duchado.

—Estoy orgullosa de ti.

—Y yo de ti. —Movió la barbilla—. Te llegó un mensaje.

Desconocido: Aléjate de su vida si no quieres que vayamos por ti.

Lancé el teléfono a la cama de Luna con un siseo de fastidio.

—¿Otro mensaje de las fans? —adivinó Luna—. ¿Ya hiciste la denuncia online? —Asentí—. ¿Y no puedes denunciar a esas intensas con ciberseguridad o algo que sea más eficiente?

—Bloquearé los mensajes de números desconocidos. No sé qué más hacer.

Nuestras compañeras de cabaña, las cuyes que dormían en la otra habitación, salieron al pasillo y se pararon en el marco de mi puerta.

—Deberías levantarte de la cama —advirtió una de ellas—. Vimos a tu Romeo por la ventana, viene hacia acá.

—Les recomiendo, chicas, que si van a quedarse por aquí, usen tapones de oídos. Solo por si acaso —agregó Luna para avivar la burla, y las cuyes soltaron grititos.

—Uno puede tener amigos —enfaticé por milésima vez en esas semanas—. ¿Ustedes no tienen amigos? Los tapones de oídos no son necesarios.

Una de las cuyes bufó.

—No tendría amigos que están así de buenos. Demasiada tentación y uno tan débil.

No pude refutárselo.

Llamaron a la puerta; ellas corrieron a abrirle mientras yo alcanzaba mi labial a toda velocidad para luego volver a la posición casual sobre mi cama, con los labios recién pintados.

—Su Julieta lo espera, nosotras iremos a la junta en el granero. Tienen la cabaña para ustedes —escuché que le decían. Las tres se esfumaron en un parpadeo, sin siquiera despedirse de mí.

Me escondí detrás del cuaderno al confirmar, como cada día, que Cyrus podría representar a la forma física de la tentación.

Las fotos de las redes sociales no le hacían justicia.

Su semblante, su forma de caminar, sus miradas misteriosas y seductoras, todo lo transformaba en la fruta prohibida del reino de los cielos.

Algo que solo podías apreciar por completo teniéndolo en frente.

—¿Qué traes ahí? —Apunté la bolsa que llevaba en una mano.

—Hamburguesas. Las estaban repartiendo al terminar y traje algunas. ¿Tienes hambre?

«Sí que tengo hambre, de ti».

Negué con la cabeza.

Era una obscenidad lo guapo que estaba esa noche. Tenía el pelo negro despeinado y húmedo por el temporal. Su camiseta manga larga se le ajustaba al cuerpo, y dejó la chaqueta térmica sobre la cama de Luna. Era tan alto que apenas entraba en la habitación.

—Nos dejan solos a propósito, ¿verdad?

—Llevan haciéndolo desde hace días, ¿recién te das cuenta? —Mi risa sonó como un gemido. Debía estar ovulando—. Ven. —Le hice espacio a mi lado. Lancé mi cuaderno y el lápiz al suelo.

Cyrus dejó las hamburguesas sobre nuestra mesa auxiliar, y se recostó a mi lado. Los pies le sobresalían del borde de la cama.

—Deberíamos ir a tu domo, debe ser mucho más cómodo. —Temí que se me notara la necesidad en la voz.

—Te lo he ofrecido varias veces. ¿Quieres ir mañana?

«Quiero irme ahora. Que estemos solos en diez kilómetros a la redonda».

Me limité a asentir una vez.

—¿Qué película veremos? —quiso saber, sin darse cuenta del monstruo feminino y hambriento que tenía al lado.

Iba a besarlo.

—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? —Se preocupó por mi silencio. Y quizá mi mirada de depredadora daba un poco de miedo. Me faltaba poco para ronronearle.

—No ha pasado nada. Solo estoy... —Le miré la boca y suspiré—. Nada.

Sus ojos bajaron a mis labios como respuesta.

—No quise comentarlo antes, pero la ruptura te ha hecho bien. Estás todavía más hermosa, y eso es mucho decir.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Y qué más?

Se le movió la garganta al tragar duro.

—Dear lord. Deja de mirarme así —suplicó.

Le puse una mano en el pecho y noté su respiración pesada, su calor y el bombeo de su corazón.

—¿Por qué?

—No podemos hacer esto.

—Sí podemos. —Mis pezones estaban duros dentro del sujetador.

Cyrus se sentó y entrelazó las manos en la nuca. Me arrodillé detrás de él. Su espalda estaba tibia y dura y perfecta.

—Laila —sonó denso—. Dijimos que amigos antes que todo.

Me incliné sobre su cuello y le besé la piel. Cyrus jadeó hondo de inmediato.

—Por favor, no nos hagas esto —pidió.

Las mejillas me ardieron de vergüenza y salí de la cama de un brinco.

Tuve la impresión de que la temperatura dentro de la habitación se elevó a cincuenta grados Celsius.

—Perdona —dije con voz irregular—. Pensé que querías, y Dios, no.

—No tienes que disculparte.

—Sí que tengo. No debí besarte el cuello y…

Tomó mis manos para obligarme a mirarlo a la cara.

—Créeme. Quiero que me beses mucho más que el cuello. —Sus pupilas estaban dilatadas.

—¿Entonces qué? —me quejé—. ¿A qué le tienes tanto miedo?

—A perderte —moduló bajo.

—No lo harás —remarqué cada palabra con desesperación.

—Sí lo haré. —Respiró entrecortado—. Si nos involucramos de esa forma no habrá vuelta atrás, acabará mal, y no me lo perdonaré. El precio de la fama, aunque no la quiera, es obligarme a proteger a los que quiero, incluso si debo mantener un límite con ellos.

Me relamí los labios.

—Hasta donde yo sé, no tienes la capacidad de predecir el futuro. No sabes si esto acabará mal o si el precio de la fama te lo cobrará, o lo que sea.

—Laila. —Cerró los ojos y noté el ruego en su voz—. Lo único que quiero más que besarte es mantenerte en una zona segura.

Me comenzó un escozor detrás de los párpados.

—Tranquilo, no te insistiré —acepté triste y frustrada. Esas suposiciones no eran suficientes para mí.

Fui a la pequeña cocina a tomar agua. Me tomé dos vasos al hilo. Después me mojé la cara con agua fría.

Cyrus seguía sentado donde mismo cuando regresé, y me sonrió con las disculpas marcadas en el rostro.

Le di un beso en la frente, porque vamos, no era culpa suya que estuviera loca por él.

A pesar de todo, el momento no fue extraño. Nunca lo era con él. Su compañía era como estar en casa.

—¿Ya no lo amas? —preguntó mientras yo escogía la película en el computador, apretujándonos en mi pequeña cama.

—¿Mm?

—Al imbécil de Torms, ¿dejaste de amarlo?

Me tomó tan desprevenida que necesité unos segundos para contestar.

—Quizá nunca lo amé. Y él a mí tampoco. Ahora me doy cuenta.

—Thank goodness —murmuró—. ¿Qué hizo que finalmente te dieras cuenta?

Presioné los labios.

—Alguien que te ama no te deja cicatrices en el corazón.

El amor no debería ser así. Y si amas a alguien que te deja cicatrices, tampoco te amas a ti misma, y así no puedes querer a nadie de la forma correcta.

Quizá yo le dejé cicatrices a él también por pedirle lo que no podía darme. Eso tampoco es amor.

Sin comentar nada, estiró el brazo y me acomodó en su pecho. Estábamos a punto de poner la película, cuando agregó:

—Tú no eres de las que dejas cicatrices, Laila. Tú dejas huellas, unas que no se borran con nada.

Incliné la cabeza, sorprendida.

—¿Por qué lo dices tan seguro?

Cyrus me regaló una de sus hermosas sonrisas, de esas que creaban arrugas en las comisuras de su boca.

—Porque lo has hecho conmigo, y no solo en mi corazón, sino que en todas partes.

En las películas que hemos visto. En las comidas que probamos.

En las canciones que han sonado de fondo cuando te ríes.

En tus respuestas creativas. En el café que compartimos por las mañanas, cuando arrugas la nariz porque está caliente.

Hasta te encuentro en las malditas gomitas ácidas, en las bebidas isotónicas azules, y en las pizzas.

Ahora muchas cosas de mi vida tienen tus huellas, y ahí se quedarán.

Algo se asentó en mi estómago, en mi corazón y en mi alocada alma. Mi corazón dio cincuenta brincos y se detuvo.

Acerqué mi cara a la suya y le di un beso en la mejilla. Quizás él pensaba que por sus errores no me merecía, y no podía estar más equivocado. Esperaba tener la oportunidad para demostrárselo.

No hablamos más de temas profundos, pero Cyrus se quedó a dormir conmigo esa noche. Antes de que se acabara la película, mi cuerpo se enredó al suyo.

Y me di cuenta de que no existía un lugar en el que me sintiera más valiosa que en sus brazos.