Las huellas de Laila 30 La chica del café
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30 La chica del café

—¿Querías hacerme enojar saliendo con otra persona? —me enfrentó Dante una vez que el pobre Joaquín se marchó molesto y decepcionado—. Lo lograste. Ahora vete a dormir.

—¡No soy un perro ovejero al que puedes darle órdenes!

—No eres un perro ovejero, pero sí eres mía. —Su mirada tajante se volvió hielo.

—Y tú eres un sinvergüenza —le escupí sin importarme que alguien nos escuchara; ya era pasada la medianoche y el personal estaba durmiendo—. ¿Tú puedes salir a cenar con otras mujeres y yo no puedo hacer lo mismo?

—Estoy obligado a cenar con esas mujeres. Hay una diferencia.

—No existe nada más efectivo para apagar la pasión que un hombre que hace todo lo que sus papis dicen.

—No seas grosera, Ferrera. No opines de lo que no entiendes, menos si involucra a mis padres.

—Puedo decir lo que quiera. Fuera de la cama no soy tuya. Jamás me entregaría por completo a un hombre como tú.

Sus ojos se oscurecieron como un eclipse.

—No puedes culparme de ponerme celoso. ¡Lo que más quiero es estar contigo siempre y no tienes idea de cuánto me cabrea no poder! Y si no puedo es porque mi mundo es cruel. No alcanzas a imaginar cómo sería.

—¡Sería más sencillo si dejaras de reprimirte!

Me agarró de los codos y me hizo retroceder bruscamente. Mi trasero chocó con el capó de su vehículo.

—¡Dante!

—¿Quieres cortar lo que tenemos? ¿Ah?

—Lo que quiero es igualdad. —Me quedé atrapada entre el vehículo y su cuerpo.

—¿Quieres que deje de cenar con esas mujeres? Pídemelo.

—¡Para qué, si no cambiará nada! No tenemos una relación de verdad.

—No existe solo una manera de tener una relación, y la nuestra no vale menos que una tradicional. —Deslizó su mano por mi cintura y la llevó hasta mi culo—. Me vuelve loco pensar que otro pueda disfrutar de tu compañía.

Los latidos del corazón me subieron por la garganta.

Dante bajó la cabeza y sus labios aterrizaron en mi cuello.

—Alguien nos puede ver. —Me recorrió un violento escalofrío de placer.

¿Cómo era posible que me excitara en un momento así? Debía tener algo mal en el cerebro. Quizás un tumor.

—Muero por ti, Ferrera. Eres en todo lo que pienso día y noche.

Me puso boca abajo sobre el capó, me levantó el vestido, y me folló como si no hubiera un mañana en plena noche, donde podría habernos pillado cualquiera de la producción.

Junio 2025

Cerré mi cuaderno de dibujo con el corazón apretado. Mis últimos diseños eran tenebrosos. Sangrientos. Oscuros.

Tal vez pensaba en cosas feas porque odiaba a Diane Hamilton. Ya, no la odiaba en serio, pero si se me presentara la oportunidad de hacerla tropezar sobre una poza de estiércol, no la desaprovecharía.

Y esa actitud estaba muy mal.

Cyrus no se contactó conmigo durante el resto del día. La frustración palpitaba en mi sangre cuando regresé a la cabaña después del trabajo; lo único que deseé fue no saber nada más del mundo hasta la mañana siguiente. Para mi pesar, me costó conciliar el sueño.

Luna ya estaba dormida, y para engañar a la mente aproveché de abrir mi correo y borrar los spam. Tenía uno recibido solo hace unos minutos, de un remitente peculiar «[email protected]».

No tenía idea de dónde las fans de Cyrus obtuvieron mi correo.

Ya se estaban pasando de la línea. Si este era el precio de ser amiga de Cyrus, lo aceptaba, lo cual no quería decir que recibir esas amenazas sin sentido no me provocara fastidio por el mero hecho de tener que utilizar un segundo de mi tiempo en borrarlas.

¿Confundirlo con qué? ¿«Diyrus por siempre»? ¿Diane y Cyrus? ¿Cuántos años tenían esas fans? Hasta pensé en la posibilidad de que Diane estuviese completamente desquiciada como para hacerse correos falsos, y ser la dueña de esos emails y mensajes extraños.

Como todo lo malo viene con algo bueno, después de borrar la amenaza y el resto de los spams, me encontré con una invitación virtual para la boda de Jes, una de mis primas. La imagen decía que incluía la boda civil —en unas semanas— y la de la iglesia, que sería a inicios del próximo año.

Tenía muchas primas, pero solo pocas me agradaban de verdad, y Jésica era una de ellas. No me criticaba ni me miraba en menos cuando llegaba sin novio a las fiestas de fin de año, ni hacía comentarios si ganaba o perdía peso, o tampoco si mi piel necesitaba una limpieza facial urgente.

Algo revoloteó en mi estómago al reparar en que al lado de mi nombre existía un «+ acompañante».

Más acompañante.

¿Por qué, señor, mi mente tuvo que pensar de inmediato en Cyrus?

Lo imaginé tomando mi mano en la ceremonia.

Él, el príncipe de las tinieblas británicas, don misterio vestido con un traje de gala, llegando a una boda de pueblo, donde las posibilidades de que el suelo del estacionamiento estuviera lleno de barro eran altísimas.

Me di golpecitos en la frente con el teléfono. No sabía cuántas veces soñé despierta con presentar a Dante ante mi numerosa y chismosa familia, y ahora no lo llevaría ni aunque me ofrecieran millones de dólares.

Por otro lado, para la fecha de boda en la iglesia, Cyrus estaría ocupado promocionando Raxatar, acudiendo a algún evento de alta categoría en Los Ángeles o Londres, tal vez Nueva York o Paris, con alfombras rojas y lleno de cámaras peleándose por tomarle una foto.

Cada día ganaba más seguidores. Cada día pasaba más tiempo con Diane. Cada día se volvía más famoso y menos accesible.

Cada día lo perdería más.

Cyrus fue a buscarme a mi cabaña antes del amanecer con un café en mano, y me acompañó en silencio hasta la casita de vestuario. No fue difícil, solo hubo una tensión confusa mientras nuestras pisadas hacían crujir la tierra escarchada. Se inclinó para darme un beso en la mejilla y se marchó.

Estuve tan distraída que le no presté atención a los nuevos chismes de mis colegas. Cada vez que nos cambiábamos de localización surgía algo que los tenía cuchicheando.

Independiente de la futura naturaleza de mi relación con Cyrus, tenía algo importante que hacer. No tenía sentido seguir posponiéndolo cuando los retorcijones en mis entrañas me exigían que lo hiciera ya mismo.

Aunque doliese y tuviese un gusto a fracaso por todo lo que quedaría inconcluso.

Me dirigí a la oficina de Dante (otro container igual de grande que el anterior) en la pausa del mediodía.

Solo después de llamar y abrir la puerta, me percaté de que no estaba solo, y ya era imposible marcharme.

Estaba con una señora de pelo rubio corto y muy arreglado.

Llevaba un traje de cachemir de dos piezas y una cartera Chanel en el regazo.

Se veía demasiado fina y limpia para estar en una silla de metal frente al escritorio de Dante.

La acompañaba un hombre con el pelo cano peinado hacia atrás, en un traje que debía costar una fortuna, y unos zapatos muy bien lustrados.

Los padres de Dante estaban aquí. Esa era la razón del cuchicheo allá afuera.

¡¡Los padres de Dante!!

—Buenos días —saludé con cautela—. Lo siento, volveré más tarde.

—No —me detuvo Dante—. Pasa, Laila, por favor. —Su tono extremadamente suave dejó expuesto su nerviosismo. Su boca formó una sonrisa de desesperación.

No era capaz de dejarlo ahí colgado. Fuera como fuese, era mi jefe y una persona importante para mí.

La señora De Alba no se molestó en devolverme el saludo y apenas me miró. El señor Torms, el gran señor Torms, inclinó la cabeza.

—Madre, padre, ella es Laila Ferrera.

—Encantada de conocerlos. —Dios, ¿tenía que hacer eso justo ahora?

—Laila trabaja en la empresa —continuó Dante, con los hombros tensos—. Y de hecho, quería hablarles sobre algo.

¡Ay!

—¡Por fin! —saltó la madre de Dante, Hilda. Las comisuras de Dante se curvaron con ilusión—. Por fin una asistente se digna a atender a los dueños de la empresa. —La sonrisa de Dante se borró—. Muchachita, tráenos dos cafés sin azúcar ahora mismo. Nadie nos ha ofrecido nada desde que llegamos.

Mis ojos conectaron con los de Dante. Esperé a que dijera algo, lo que sea, pero este apretó los labios en una fina línea y tragó saliva.

—Muchachita, ¿escuchaste a mi esposa? Dos cafés de inmediato —increpó el malhumorado señor Torms padre.

—Me buscan en indumentaria, lo siento. —Nada más logró salir por mi boca.

Regresé rápido a la puerta. Me negaba a quedarme ahí, con esos tiburones, menos si Dante planeaba presentarme oficialmente justo cuando pretendía cortar con él.

—Ay, Dantecito, qué fue esa grosería. ¿Qué pasa con esta gente? Hay que hablar con Recursos Humanos para que tengan más ojo al contratar —dijo Hilda con indignación.

Como a veces me gustaba ser masoquista, me quedé parada afuera del container, espiándolos.

—Madre, retomando el tema del que quería hablarte... —intentó Dante.

—Hay que echar a la gente como ella, tan mala clase —continuó Hilda.

—Me encargaré del problema —la tranquilizó Dante.

«Del problema».

Había compartido mi cuerpo y alma durante dos años con el hombre que estaba permitiendo que me faltaran al respeto.

—Para ser un buen gerente debes manejar hasta el último detalle.

—Empezó a sermonearlo su padre—. Imagínate a esa mujer atendiendo a un productor, entregaría una pésima impresión de la empresa.

No tienes que ser tan amable con los empleados, agarran demasiada confianza y se toman libertades que no les corresponden.

Y estoy de acuerdo con tu madre, hay que contratar gente con apariencia más estilizada.

Esa muchachita parece salida de un cabaret.

Ese fue el límite.

Eran desconocidos, dos personas con las que nunca tendría nada que ver, pero sus comentarios crueles no pasaron en vano. Aunque no quería, tenía la sensibilidad a tope por lo que estaba ocurriendo en mi vida, y esa fue la gota que derramó el vaso. Tanto menosprecio me dolió.

Tal vez fue que Dante no me defendió. Pensé que me querría un poco más como para dejar que hablaran así de mí.

O quizás aproveché a llorar por todo. Mi mamá y su alcoholismo. Mi abuela y sus enfermedades. Los mensajes intensos de las fans. Cyrus. Mis sueños frustrados. Fue un cúmulo de cosas lo que me apretó la garganta.

Agaché la cabeza para que ninguno de los cuyes me viera. Con tantas lágrimas empañándome la vista, no vi venir algo duro y tibio que se cruzó en mi camino y me obligó a detenerme.

—Are you all right, love?

¿Tenía que toparme con él justo ahí?

—Ay, sí. Estaba ordenando unas cajas y me cayó un puñado de polvo en los ojos. —Corrí la cara cuando Cyrus se inclinó.

—Laila —pronunció más severo—, no me mientas.

Levanté el mentón con los ojos cerrados.

—Voy a... —Pensándolo bien, ¿adónde iba? Mi cabaña estaba lejos y no alcanzaría a ir y volver antes de que acabara el almuerzo—. Voy al baño de empleados.

Movió su cuerpo —que en ese momento me pareció grande como la muralla china— y me impidió avanzar.

—Vamos a mi remolque.

El baño común estaría llenísimo de gente liberando necesidades después de almorzar. Aunque quería decirle que no, terminé por asentir.

Todo olía a él dentro de su remolque, lo que hizo que empezara a sollozar más fuerte. Me senté en el pequeño sofá y él se agachó frente a mí.

—Dime qué puedo hacer. —Sus dedos trazaron círculos en mis rodillas.

—¿No tienes que ir a practicar con Diane o algo? Les toca una escena juntos mañana.

—Eso puede esperar. —Me tendió unos pañuelos desechables. Se veía hermoso, preocupado y atento a cada movimiento de mi cuerpo.

—¿Diane te gusta de verdad? —Agarré un pañuelo y me limpié la nariz.

—No me gusta de la manera que piensas. Es cierto que hemos hablado más estos últimos días. Me siento mal por lo que le hice, y ella ha sido agradable. —Me cayó otra lágrima y se apresuró a continuar—: Jesus, love, ¿qué tiene que ver eso con lo que te pasa?

—Solo fue una pregunta para cambiar el tema. —Me falló la voz—. Me parece perfecta tu cercanía con ella. Me alegra mucho que tengas tan buena relación con tus colegas. —Me sequé otras lágrimas a la rápida y me levanté—. Debo ir a trabajar.

—Hey. —Me agarró por los hombros con suavidad—. Dime qué pasó.

—Te están esperando, y yo necesito tres litros de café a la vena y cumplir con las tareas de Carli antes de que me despidan.

Me hervía la boca del estómago de solo imaginármelo besando a Diane de nuevo, o a cualquier otra chica.

—Are you serious? Que estés llorando me importa mucho más que practicar una escena.

Esa pequeña y simple frase me hizo sentir mejor.

—Te quiero, Cyrus Von Stein. ¿Lo sabías?

—Yo te quiero más, Laila. —Me acarició la mejilla con expresión de preocupación.

—No quiero que nos alejemos, al contrario.

Cyrus me escrutó el rostro.

—Perdón por besarte —dijo finalmente.

—No, Cyrus, no me pidas perdón. En realidad, quería que hablemos sobre eso.

—No debí hacerlo. Tu amistad es más valiosa que cualquier otra cosa que pueda ocurrir entre nosotros. No quiero meterte en algo complicado o peligroso que sé que acabará mal. Prefiero tener el honor de ser tu amigo, que estés con quien quieras, y que sigamos siendo tú y yo.

Y esas palabras fueron un golpe en el estómago.

—Y que tú estés con quien quieras. —Tragué saliva ácida.

—Supongo que así funciona. —También tragó—. ¿Amigos antes que todo? —Me ofreció la mano. No me quedó otra que estrechársela.

—Amigos antes que todo —prometí con algo derrumbándose en mi pecho.

Después de eso, lo de Dante y sus padres pasó a segundo plano.

Cyrus se dirigió a la zona de ensayos y yo a la de iluminación, donde asistiría esa tarde. Aún me faltaban unos metros de sendero boscoso cuando oí pasos acercándose detrás de mí.

—Ferrera, espera. —Dante tenía las mejillas rojas por el frío.

Uf.

—Señor Torms, ¿ya terminó de insultarme con sus padres?