29 Reencuentro
Joaquín era un chico apuesto, de mi edad. Lo descubrí en una aplicación de citas recomendada por otras asistentes cuyes. Hablamos por chat durante dos días y luego me invitó a cenar.
¿Por qué me descargué una aplicación de citas? No estaba segura, pero tenía relación con darle una lección a Dante para que él dejara de darme lecciones.
La cena salió bien. Era amable y me dedicó toda su atención. Me llevó de vuelta al recinto y detuvo el auto justo en la línea de ingreso. Se bajó para abrirme la puerta y me pidió que lo repitiéramos pronto. Cuando acepté, se inclinó hacia adelante.
Su intento de besarme fue interrumpido por el sonido de una puerta cerrándose fuerte.
—Felicidades por traerla sana y salva. —Se nos acercó una figura elegante y de movimientos fluidos: Dante—. Ya puedes retirarte.
—No le hagas caso. Ignóralo. Finjamos que es un fantasma —me apresuré a decirle a Joaquín—. Estuvo todo fenomenal.
El pobre Joaquín no entendía nada. Era tan buen chico que me arrepentí de haberle hecho perder el tiempo con una loca como yo.
—¿Acaso es...? Es... Hum, ¿tienes novio? —me preguntó con cara de horror.
—Es patético hacer esa pregunta después de llevarla a cenar —se burló Dante.
—¿Llevas una relación abierta? —indagó Joaquín.
—No tengo novio ni una relación abierta —le contesté con las mejillas ardiendo—. Te llamaré más tarde y te lo explicaré, ¿de acuerdo? —Le sonreí con todos los dientes.
—No lo hará —intervino Dante—. Ahora lárgate del terreno de mi empresa.
Junio 2025
La parte buena de aquel clima frío y ventoso era que las hojas de los árboles en tonos anaranjados, amarillos y rojos nos entregaban un paisaje otoñal de ensueño y, sumándole la fina capa de escarcha brillante que cubría el suelo todas las mañanas, me sumergían en un mundo de fantasía.
¿Fantasía? Fantasías eran las que aparecieron en mi mente durante la noche al imaginarme a Cyrus tocándome.
Me preguntaba qué ocurriría si profundizaba un beso con él.
Qué pasaría luego de besarnos cinco minutos completos, ¿se dejaría llevar o se frenaría?
Quería saber cómo se comportaba en pleno descontrol.
Dónde me tocaría. Lo que me diría al oído.
Si haría ruidos masculinos. Si le gustaría que enterrara mis uñas en su trasero durante el clímax.
Acabé tan excitada que estuve tentada a llevar mi vibrador al baño. Si no fuera por el frío, lo habría hecho.
Casi no pensé en Dante las últimas veinticuatro horas. No tenía ganas. Antes de dormirme recibí un mensaje suyo: «Que descanses. Estoy deseando repetir lo del fin de semana muy pronto».
—¡Quiero esas cámaras sin una gota de polvo, cuestan más que sus propias vidas! —aulló Carli, envuelta en una chaqueta de plumas que la hacía ver como un pequeño esquimal—. ¿Cuánto pueden tardar en limpiar un comedor? ¡Espinoza, no toques esas pelucas!
Las casitas de ganaderos eran utilizadas para resguardar los vestuarios, maquillajes, equipos de sonido, de cámaras, y otros departamentos.
La casa patronal, antigua y bien cuidada, era utilizada como el comedor VIP.
Y un enorme galpón donde esquilaban a las ovejas en verano —que olía a eso también— fue destinado a comedor de los empleados.
—No siento las manos —se quejó Luna.
—Ponte mis guantes, son mejores —le ofrecí quitándomelos.
—¡No! Sufrirás gangrena por mi culpa. Déjatelos. Prefiero morir yo. —Tenía la punta de la nariz muy roja.
—Take my gloves, then —ofreció una tercera voz. Mi boca se abrió y se cerró—. Morning, ladies.
—Se supone que los actores llegaban mañana. —Eso. Eso fue lo mejor que se me ocurrió decirle después de casi una semana sin verlo. Luna me dio un golpecito en el tobillo.
—¿Prefieres que me vaya? —Aunque lo decía serio, la ironía bailó en su expresión.
—Al contrario, qué bueno que llegaste —resolví.
Estar con él podría ser raro después de lo de Diane, o por haber apagado mi teléfono durante cinco días luego de que me besara, pero era Cyrus, y solo me embargaron cosas buenas cuando me rodeó con sus brazos fuertes.
Pocas veces uno encontraba a alguien con el que no te sentías incómoda dentro de la tensión.
Era reconfortante. Deseé anclarme a la calidez de su cuerpo durante horas.
Escuché a Luna exhalar dramáticamente.
—Voy a... ir por... Sip —balbuceó alejándose.
—¿No quieres los guantes? —le preguntó Cyrus, pero ella ya se había marchado. El príncipe de las tinieblas bajó la mirada hasta mi cara—. ¿Cómo estuvo el fin de semana con tu novio?
Respiré hondo.
—Normal.
—Me alegra. —Retiró sus brazos.
—¿Y el tuyo?
—Bien.
—¿Bien? —Dijo que sí con la cabeza—. ¿Qué tan bien?
—Tuve un viaje exprés a Inglaterra, debía presentarme a una declaración.
—Oh. Oh. —Se me apretujó el corazón—. ¿Cómo salió eso?
—Nada de qué preocuparse por ahora.
Ahí estaba, bloqueándome el acceso a los rincones traumáticos de su vida otra vez.
Observó algo por encima de mi cabeza. Al voltearme, diferencié a Diane envuelta en una chaqueta rosada metálica con piel sintética que le sobresalía del interior, con unas calzas blancas ajustadas, llevaba un gorro a juego con un gran pompón, y unas botas térmicas que parecían de barbie —nada parecidas a las negras, toscas y de segunda mano que yo tenía—.
Para complementar, tenía unos lentes de sol con forma de corazón.
Se veía estupenda, desencajando con aquel lugar inhóspito.
Sus asistentes la rodeaban como a una abeja reina; entre ellas atisbé a Cristina.
Diane agitó la mano, y le devolví el saludo. Arrugó la expresión, y ella y sus asistentes se largaron a reír.
—Ah, creo que te estaba saludando a ti y no a mí —murmuré avergonzada.
¿Existía algo más penoso que saludar a alguien que está saludando a otra persona?
—A los dos —mintió Cyrus, compasivo. Le dediqué una sonrisa apretada.
—¿El hotel está bonito? —Fingí ocuparme en separar unas ramas del equipo de escenografía que ya estaban bien catalogadas.
—Son unos domos. No sé si son tan bonitos como el hotel en el que estuviste este fin de semana.
—¿Cómo sabes que fui a un hotel? Más bien era un lodge.
Cyrus sonrió con tristeza.
—No lo sabía. Lo supuse. —Medio giró el cuerpo—. Tengo que irme. See you later.
—Sí, sí. No querrás hacer esperar a Diane. —Ella seguía aguardando por él—. Te veo luego. —Me alejé a zancadas con la cabeza baja.
—Laila —Cyrus me llamó una última vez.
No me detuve. No podía. Los ojos me picaban y el corazón me latía de forma dolorosa.
El vértigo que me recorría los nervios era nuevo para mí. Con mis exnovios nunca me sentí así. Con Dante tampoco. ¿Era despecho? ¿Celos? ¿Ganas de matar a alguien? ¿Todas las anteriores?
Permitirme soñar un futuro con Cyrus sería de ingenua.
Insensata. Lo mismo que donar mi corazón a una carnicería.
Si ignorábamos el importante punto que él no quería involucrar a nadie en los riesgos que acechaban su entorno, estaba el hecho de que nuestras vidas estaban no solo separadas por un enorme océano (tampoco me iban las relaciones a distancia) sino que también éramos como el agua y el aceite.