28 Ni fú ni fá
Dante me envió una foto cenando en un restaurante elegante con una mujer rubia de vestido escotado.
Dijo que lo único que deseaba era estar conmigo y ponerme «en cuatro patas».
Después de enviarle varios signos de interrogación, explicó que estaba en una cita de esas que sus padres organizaban para él.
Como un perro obediente, Dante los complacía.
Laila: No quiero recibir esas fotos. Chau.
Se demoró veinte minutos en contestarme.
Dante: Lo hice para que reconozcas esa amargura que sube por tu garganta, y te des cuenta de que tú y yo jamás podremos ser solo sexo.
Laila: Tus lecciones son innecesarias.
Dante: No quiero que te cierres a lo que puedo darte. Podemos tener lo que queramos a nuestra manera.
Laila: ¿Y qué pasaría si yo también tuviera citas con otro hombre?
Dante: No me hace gracia.
Junio 2025
De las cuatro noches, solo follamos una de ellas.
La primera noche fingí que todavía estaba algo enferma, y me entendió, aunque con una mueca. Para la segunda le dije que estaba cansada, y se preocupó. Para el rechazo de la tercera, ya se molestó.
—Las relaciones son mucho más que tener sexo todo el tiempo —me defendí.
—Jamás te has quejado de tener sexo todo el tiempo. Necesito que me digas ahora mismo qué diablos es lo que te pasa —escupió impaciente.
—Solo no tengo ganas de abrirme de piernas, lo siento. Puede que sea mi ciclo.
Dante se atragantó como si me hubiese salido otra cabeza.
—¿Disculpa? —siseó—. ¿Desde cuándo «no tienes ganas»? Eso lo creería de una señora de sesenta.
—¡Una mujer joven puede no tener ganas y ya!
—¡No tú! No te creo. Sé que te pasa algo desde hace semanas, estás actuando diferente, estás distante, y que estés cansada para hacer lo que más te gusta ya es demasiado.
—¿Lo que más me gusta? Qué sabes tú, si los últimos dos años solo hemos follado.
—No te permitiré que digas eso, sabes que hemos hecho mucho más. —Me apuntó con su dedo mandón—. Cada fin de semana que pasamos juntos follamos de tres a cinco veces por día, en promedio. Lo que te está pasando no es normal.
—¡¿Llevas un promedio?!
—Follar es el eje central de nuestra relación, ¡no es necesario sacar un promedio!
—¿Para esto me trajiste? ¿Solo para tener a quien tirarte?
—Si fuera por eso podría traer a cualquiera, Ferrera, por Dios. —Se pasó una mano por el pelo, frustrado—. Y no uses el término «tirar», es horrible.
—Pues no quiero tirar. ¿Qué tan difícil es entenderlo para un adulto supuestamente inteligente?
Dante alzó las manos y las dejó caer.
—¿Sabes qué? Si esto es para ponerme a prueba, bien, la aceptaré. Me haré una paja en la ducha y me voy a la cama.
—¡No quería saber eso! —rugí previo a que se encerrara en el baño—. ¡Y no es ninguna prueba!
Las comidas gourmet del Lodge eran del tamaño de un cuesco y, por más que fueran deliciosas, cada noche pedí algo dulce para no quedar con hambre. Dante se pedía botellas de vino tan costosas que no me dio cargo de consciencia pedir los postres exuberantemente caros.
La última noche la pasamos en el bar del lodge, y se unió a nosotros el tonto de Marco.
Lo positivo fue que yo llevaba tres daiquiris encima, y no me importaron demasiado sus comentarios fuera de lugar sobre su constante sospecha de que yo era un pasatiempo para Dante.
Comencé a contestarle con la misma pesadez, señalando que todavía esperaba que su lodge se llenara de éxito al ver que los tres restaurantes, el bar y el spa se encontraban casi vacíos.
Dante me llevó a la habitación furioso después de eso.
Lo mandé a la mierda y discutimos otra vez. Me encerré en el baño para mojarme la cara con agua fría.
Pensé en encender mi teléfono y chequear si Cyrus me había escrito, pero los azulejos me hicieron recordar el vestido amarillo de Diane en el hotel del desierto, y los celos me quemaron la sangre.
Regresé a la habitación con el pulso desbocado y me abalancé sobre Dante para arrancarle la ropa y redirigir mi frustración.
Esa noche follamos como conejos enrabiados en el sofá, en la alfombra y en el jacuzzi.
La complicación fue que no tuve ningún orgasmo. De las tres veces, tuve que fingir las tres. Lo peor es que no estuve ni cerca de explotar.
Ese inconveniente volvía todo más confuso; nunca había quedado insatisfecha con Dante.
Él no era el problema. Era excelente en la cama, no podría dar ninguna queja. Tenía muchos defectos, pero su pene no tenía ninguno.
Yo sí, muchos. Como no saber si seguía sintiendo lo mismo por él, o si me estaba enamorando de un británico con el que tener algo romántico era muy poco probable porque vivíamos en continentes distintos y con vidas opuestas.
A pesar de la amargura en ámbitos amorosos, aproveché de ir al spa y de recibir masajes durante nuestra estadía.
Mientras Dante hablaba de negocios con Marco, disfruté del silencio.
También caminé con Dante frente al lago —él pasó la mayor parte del tiempo con llamadas de trabajo por la instalación en la nueva localización— y hasta fuimos de pesca.
Incluso diseñé un par de cosas. Fue agradable poder tomar una siesta al aire libre mientras Dante fingía que era bueno observando pájaros.
En resumen, nuestros días juntos fueron buenos, pero no espectaculares. La antigua Laila hubiera disfrutado de aquello con plenitud, hasta quizá se habría esforzado por agradarle al tontorrón de Marco para dar una buena impresión.
La actual Laila tenía que imaginar que las manos de Dante eran las de Cyrus para lograr sentir un poquito más de emoción.
Ya no había más espacio para confusiones.
La nueva localización era en un bosque de suelo rocoso, húmedo e irregular, con temperaturas frías. No frías al punto de nieve, pero sí para usar una chaqueta abrigada con capas debajo, con botas térmicas y algún gorro.
El equipo tenía la mayor parte de la indumentaria armada cuando Dante y yo llegamos al lugar; los comedores estaban organizados, los distintos departamentos también, así como los remolques de los actores.
—Bájate tu primero —me indicó Dante tras aparcar.
—¿Qué?
—Paso a paso, así lo planeamos.
—Acabamos de pasar un fin de semana juntos en el lodge de un amigo tuyo —chisté.
—Una cosa es que el subgerente, el director y los productores sepan de lo nuestro, y alguno que otro amigo, y otra muy distinta es que lo sepa todo el equipo, Ferrera. Todavía es muy pronto.
Me salió una carcajada quejumbrosa.
—Y me sigues llamando Ferrera —acusé—. ¿Quién llama por el apellido a su novia? Solo las parejas que fueron amigos desde antes, lo cual no es nuestro caso ni de cerca.
Dante suspiró con agobio.
—Me siento más cómodo llamándote por tu apellido cuando estamos en un ambiente laboral. En la intimidad puedo llamarte «cariño», si así lo deseas.
No sabía si él estaba perdiendo su encanto manipulador, o yo estaba poniéndome más fría.
—Como quieras. —Me quité el cinturón.
—No hagas drama donde no lo hay, a menos que por fin me quieras decir qué es lo que te pasa.
—No estoy haciendo drama, te acabo de decir que como quieras. —Agarré mi bolso del asiento trasero y me bajé del estúpido auto alquilado de Dante. Fui hasta el maletero, y él tuvo la decencia de bajarse para ayudarme con la maletita.
—No hace falta —dije cuando ya la estaba sacando, pero él la agarró del mango de todas formas y comenzamos a tironearla.
—No pasamos cuatro noches juntos para terminar así. Lo único que te pido es tiempo —insistió con los dientes apretados. No cedí—. ¿No te das cuenta? Esta no eres tú.
¿Tiempo? Más de dos años saliendo a escondidas, escabulléndome como una rata, poniéndome lentes de sol, labial en exceso y peluca para estar en su auto, ¿no era suficiente tiempo?
—Y yo lo único que te pido es que sueltes mi maleta, porque lo que me pasa es que necesito ir a ordenar mis cosas. Trabajo en tu empresa, ¿recuerdas?
No verme caer ante su actitud dominante debió descolocarlo. Sus dedos se abrieron por inercia y pude alejarme.
—De todos modos —añadí antes de que se metiera dentro del auto y esperara un tiempo prudente para bajarse—, odio el término «cariño». Gracias por el fin de semana.
Cuando abrí la puerta de nuestro nuevo hogar —una cabaña rústica y vieja con habitaciones dobles que compartiríamos con dos cuyes más—, Luna, mi maravillosa Luna, tenía las camas armadas con sábanas y colchas, también nuestra escasa loza estaba organizada en la pequeña cocina común, la comida guardada, y solo quedaban mis dos maletas grandes con ropa para organizar en los cubículos.
Me dio un poco de claustrofobia entrar allí después de estar en la lujosa habitación del lodge, pero ver la sonrisa de mi amiga hizo que me sintiera a gusto.
—¡¿Por qué apagaste tu teléfono?! —Me dio golpecitos en la espalda durante nuestro abrazo—. ¡Te extrañé! Cuéntamelo todo.
Vi una cerveza suya a medio tomar, me la acabé, y le relaté los últimos días. No le detallé la historia trágica de Cyrus, porque no era mi vida, solo le expuse los puntos más jodidos.
—Y no sé por qué permito que me afecte tanto, no tengo ningún derecho a ponerme celosa —sollocé como una lamentable tras contarle lo del vestido amarillo.
—Porque eres humana, por eso. Aceptaste irte estos días con Dante por lo del vestido amarillo y por el beso entre Cyrus y Diane. Por despecho —concluyó ella, masajeándome la espalda.
—¿Qué? —La miré con los ojos hinchados—. Tampoco tan así. No puedo eliminar a Dante de mi vida tan frívolamente después de dos años, no soy un monstruo sin sentimientos.
Luna clavó sus dedos pulgares tan fuerte entre mis omóplatos que me sacó un quejido.
—No estás casada, y ya le has dado a ese hombre mucho más de lo que merecía. Solo tienes que tomar las riendas como la fiera que eres.
—Es complicado, él no es tan malo como crees, y tampoco estoy segura de nada.
—Ay, por favor. Te quiero mucho, pero por el amor del infierno, quítate la venda de los ojos. ¿Tu fin de semana con Dante fue totalmente maravilloso? ¿De ensueño? ¿No pensaste en Cyrus ni una sola vez? ¿Sigues sintiendo que jugando a la sumisa te alejas de tus problemas? Dime la verdad.
Una exhalación honda de mi parte fue toda la respuesta que ambas necesitábamos.
—¿Cuántas veces discutiste con Dante este fin de semana?
—Dos.
Por mis pocas ganas de follar y por contestarle mal al idiota de Marco.
Hubo otras discusiones menores como cuando me decía que enderezara la espalda para que no me viera como una jorobada al comer, o que no le hablara tanto a las camareras porque no era bien visto, o que no me pusiera mis pantys de estrellitas brillantes para la cena.
—Mmm —emitió poco convencida.
—Hay algo más que tengo que decirte.
—¿Mmm? —Renovó su interés.
—Es... es que... Antes de irme al Lodge, en la habitación con Cyrus...
—¿Si...? —Amplió más y más los ojos.
—Cuando me contó toda su historia, antes de que yo viera el vestido de Diane…
—¡Ay! ¡Habla de una vez!
—Cyrus me besó. —Luna abrió toda la boca en una gran sonrisa—. Y yo lo dejé, al menos por unos segundos.
—¡Lo sabía! ¡¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía!! —Se paró sobre la cama y comenzó a saltar. Temí que rompiera los resortes de mala calidad—. ¡Están locos el uno por el otro!
—Sumándolo todo, como si fuera poco, también soy una maldita infiel —lloriqueé.
—¡Agh! —Me pegó con la almohada en la cabeza y dejó caer el trasero a mi lado—.
Así se ve el fin de una etapa, amiga. Te lo dice alguien a quien le pusieron los cuernos.
No te diré que fue correcto haber ido al lodge después de eso, porque mi trabajo no es hacerte sentir culpable, pero sí te diré que, con esa última confesión, solo tienes una vía de acción.
Me derrumbé en la cama con los brazos y piernas estirados.
La cabeza me dio vueltas, y mis músculos estaban pesados como el plomo.
Quería que el colchón me absorbiera y pudiese hibernar por unos meses.
Con tanto descanso, tal vez se me despejaría la mente y tendría la valentía suficiente para actuar como debía.
—Te contaré algo para alegrarte —propuso Luna—. Bruno regresó del hospital, ya está de alta y trabajando.
—¿Cómo eso podría alegrarme? —Me preocupó que hubiese perdido la cabeza por él otra vez.
—Me buscó e intentó besarme —admitió sin voz. Comencé a darme manotazos en la frente—. Lo empujé con todas mis fuerzas y salí corriendo. ¡Solo sentí asco! Creo que ya lo he superado —chilló emocionada.
Efectivamente, ese relato puso una sonrisa de orgullo en mi boca.
—Eres una reina, y Bruno es un payaso que no vale nada. —Le ofrecí mi puño para que lo chocara.
—Tú también eres una reina, y Dante es una basura narcisista. —Sus nudillos chocaron con los míos—. En cambio, Cyrus es un príncipe de las tinieblas, amargado y sexy, y está loquito por ti. Por cierto, los actores llegan en dos días.