Las huellas de Laila 27 Sorpresa
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27 Sorpresa

Encontré a Dante saliendo de su oficina a última hora de la tarde, y aproveché que no había nadie cerca.

—¿Por qué le pediste a mi supervisora que me pusiera a trabajar en el departamento de vestuario?

—¿No deberías estar dándome las gracias? —Se guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta—. Noté que te gusta diseñar ropa.

Diseñar vestuario cinematográfico y doblar la ropa de los actores eran cosas muy distintas, pero no se lo iba a explicar.

—No tienes que hacer esas cosas por mí.

—Solo me preocupo de que mis empleados estén a gusto.

—Já. ¿Haces cosas así por todos tus empleados?

—¿Y qué si lo hiciera?

—En ese caso te pediría que te hicieras exámenes de enfermedades de transmisión sexual.

—Muy graciosa.

—Creí ser clara con que nuestro acuerdo debía quedarse en «solo sexo».

—Escucha, Ferrera, esta es mi empresa. Si quiero darte un gusto, es mi problema. Demándame. —Se puso sus gafas Ray-ban y se marchó.

Junio 2025

Lloré, lloré y lloré lo que quedaba de mañana, lloré durante el almuerzo, y lloré parte de la tarde. Dante regresó y me vio hecha un ovillo lamentable y con la cara enrojecida sobre la cama, y me preguntó qué me pasaba.

—Todavía me siento fatal del estómago. —En parte era verdad: tenía náuseas—. Soy llorona cuando estoy enferma.

Dante resopló y llamó a la enfermería del hotel para que me hicieran otro chequeo.

No sabía con exactitud por qué lloraba; si era porque estaba confundida hasta la madre con mis sentimientos, si era por las tragedias de Cyrus, o por cómo había muerto su hermana a manos de un abusivo.

O tal vez era porque Cyrus besó a Diane.

Llorar por eso último era ridículo. Qué celosa estaba y que sinvergüenza era por estarlo. Y también estaba preocupada. Mucho. Mis celos no hacían desaparecer el hecho de que Cyrus pudiese ir a la cárcel.

El enfermero me dejó un té con un polvo; «algo para el malestar estomacal», creo que dijo. Solo seguí fingiendo que todo era por intoxicación.

—¿Cómo te sientes ahora? —quiso saber Dante, sin dejar de teclear en su teléfono. ¿Esperaba una recuperación inmediata?

—Por ahora sigo igual —le gruñí con la taza de té medicinal entre las manos—. Seguro que pronto me siento mejor con este brebaje de dudosa calidad.

Él despegó esos espectaculares ojos azules de la pantalla.

—Que así sea, porque te tengo una sorpresa romántica.

—¿Una sorpresa romántica?

«Dante» y «sorpresa romántica» en una misma frase eran tan incompatibles como mi madre y mi padre.

—Sí. —Dejó el teléfono sobre la mesita—. Te dije que haría que esto, nosotros, valiera la pena.

No tenía ganas de sorpresas en ese momento. Menos de una «romántica».

—¿De qué trata?

Dante me acarició la barbilla con un dedo. Ese intento de ser cariñoso era muy poco él. Fue al pasillo de la entrada, y regresó arrastrando una maleta color cereza.

—¿Qué haces con mi maleta?

—Tu amiga empacó por ti lo necesario.

«A ver, a ver, a ver».

—¿Luna te ayudó? ¿por qué? —Me horroricé.

—¿Por qué no lo haría? Es la única que sabe sobre nosotros, y es tu compañera de habitación.

«Porque te odia, tal vez».

—Ajá. ¿Y por qué le pediste que empaque mi maletita? Debo trabajar para el cambio de localización.

—Te tomarás tus días de vacaciones pendientes. —Su tono engreído dio a entender que tenía el mundo entero en la palma de su mano.

—¿Por qué?

Dante me apartó del ojo un mechón de pelo con un poco de torpeza.

—Tenemos cinco días de receso antes de que se retome el rodaje, y te llevaré a un lodge cerca de allí mientras instalan todo.

—Ah —emití perpleja.

Eso debió contentarme. ¿Dante planeando un fin de semana romántico en un lodge? Un sueño; pasaríamos mucho tiempo juntos, serviría para tener una relación formal y pública.

Entonces, ¿por qué no me emocionaba ni un poquito?

Además, esperaba que no me descontara de verdad mis días de vacaciones.

—Te encantará. Es de un amigo, lo inauguraron hace dos semanas. —Me besó en la sien; otra acción que le quedaba rara—. Me mostrará algunas cosas del funcionamiento y la logística hotelera.

Me quedé callada y le sonreí tensa.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta el plan? —Se puso ceñudo.

—No es eso, solo me sorprendiste.

—Excelente. Dúchate y nos vamos en una hora al aeropuerto. —Dante se giró para atender una llamada, y mi sonrisa desapareció.

Cyrus: Perdóname.

Cyrus: Por favor, dime algo.

Cyrus: ¿Dónde estás? Los de recepción dijeron que te fuiste durante la tarde.

Cyrus ha eliminado este mensaje.

Cyrus: No quiero incomodarte.

Cyrus: Aquí estaré cuando quieras hablar. I'm truly sorry, love.

Esos fueron los mensajes que recibí luego de aterrizar en la zona más sur del continente con Dante.

Llamé a Luna, y ella admitió tener esperanzas de que rechazara la propuesta del lodge. Tampoco me juzgó, como la buena amiga que era. Hasta me deseó que lo pasara bien «con el estirado y sus calzoncillos italianos».

La única buena noticia fue ver el correo de notificación de pago, lo que significaba que tenía mi sueldo disponible. Le transferí a mi madre lo que correspondía para pasar esos días con Dante sin preocuparme por sus mensajes.

Un transporte privado —de esos costosos donde ofrecen botellas de agua, chocolates y hasta champagne— pasó por nosotros y nos llevó al lugar.

No tenía ganas de hablar y Dante lo notó; que yo permaneciera más de diez minutos con la boca cerrada era un milagro. Todavía podía excusarme con lo de «los canapés me cayeron fatal», por lo que no le dio muchas vueltas al asunto.

No era una gran presentación como pareja a la sociedad ni mucho menos. No me estaba presentando a sus padres. No lo estábamos anunciando por redes sociales —que poco me importaban—, solo íbamos a un lodge de un amigo suyo. Al menos ya comenzaba a presentarme a sus amigos, ¿verdad?

Todavía esperaba a que despertara alguna pequeña chispa de emoción en mí. Para colmo, no podía quitarme a Cyrus de la cabeza.

Cyrus y la mitad de su familia muerta. Cyrus en un juicio. Cyrus probando besar a Diane. Cyrus y su acento británico. Cyrus diciéndome que él podría amarme de verdad. Cyrus besándome. Cyrus creyendo que debe merecerme.

Cyrus, Cyrus, Cyrus.

Tenía que tomar una decisión, y pronto.

—¿Te gusta? —Apenas me di cuenta de que cruzamos la entrada del lodge cuando Dante habló.

Le mostré todos los dientes.

—¡Está de lujo! —exclamé; era verdad. El lodge era como un hotel cinco estrellas con fachada rústica en medio del bosque y frente a un lago.

La noche debía costar más que el salario que acababan de depositarme—.

¡Esto parece un lugar para reyes! Nunca vi algo igual —agregué al ver una zona de aguas termales con piso de mármol y otros materiales que mi ignorancia no me permitió identificar.

—Sí, sí. —La mano de Dante me presionó la rodilla—. No lo comentes demasiado, no vayan a pensar que te traje del campo.

La acidez regurgitó en mi boca y me quitó el optimismo.

Dentro del hotel nos recibió su amigo. Era otro estirado de calzoncillos italianos.

Este era rubio y llevaba una camisa blanca de tela sedosa, ¡qué ridícula vestimenta para estar rodeado de naturaleza!

Lo escoltaban dos mujeres de aspecto pulcro que llevaban bandejas con bocadillos y copas de bienvenida.

—Marco, amigo, te presento a Laila Ferrera.

El tal Marco me miró de arriba abajo sin escrúpulos. Me plantó los labios en la mejilla con tal descaro que me dieron ganas de limpiarme su rastro baboso.

—Un gusto —mentí de manera educada—. Tu lodge es muy bonito, estoy segura de que recuperarás rápido la inversión, sobre todo en la temporada alta.

Marco y Dante rieron.

—A Marco no le hace falta recuperar inversiones, cariño. —Dante me acarició cerca del trasero.

—¿Cómo que «cariño»? —murmuré. Dante volvió a reír.

—Déjenme adivinar, ¿están empezando a salir y decidieron escaparse juntos un par de días? —inquirió el tal Marco—. Que llames «cariño» a esta señorita me parece adorable, Torms.

—Nada mejor que traerla a tu lodge para conocerla mejor. —Dante le guiñó un ojo al otro estirado.

¿Empezando a salir? ¿Conocerla mejor? ¡¡Llevábamos más de dos años juntos!!

Este era su mundo, no el mío. Era una ardilla en un potrero. Un pavo en una chanchería. Un avestruz en un acuario.

—Qué bueno que la trajiste aquí, donde las paredes son lo suficientemente gruesas para que puedas conocerla bien. —Marco palmeó la espalda de Dante cual maquiavélico—. No te preocupes, todo quedará en discreción —agregó más bajo. Las chicas con las bandejas se miraron entre ellas.

Me ardieron las mejillas y fulminé con la mirada a Dante por lo que sugerían. Él se limitó a hacerme un gesto disimulado de «no hagas caso».

Agarré una copa y cogí varios bocadillos que apenas me entraban en la boca.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Dante al verme comer. Cada habitación se encontraba apartada por un largo corredor de vidrio con naturaleza verde y amarilla en el exterior.

—Mucho mejor —mentí con la boca llena.

La habitación era un intento de cabaña; como una casita de lujo con toques de madera, pieles, y colchas blancas.

La gigantesca cama estaba en un desnivel frente a un gran ventanal con una vista limpia al lago, cuyas aguas se agitaban por las ráfagas de viento.

El baño era casi tan grande como la habitación en sí, y tenía un jacuzzi.

Debería haberme sentido extasiada y afortunada de poder pasar unos días allí. Dudaba de que tuviera otra oportunidad o de que algún día me alcanzara para poder pagar algo de ese estilo. Y estaba con el hombre con el que llevaba prácticamente obsesionada durante los últimos dos años, pero...

Cyrus. Otra vez Cyrus.

Maldito británico. Bendito príncipe de las tinieblas. No podía dejar de pensar en él.

Le escribí un mensaje rápido mientras Dante descorchaba un vino, diciéndole que hablaríamos al regreso. Le envié otro a Luna y otro a Kimi para advertirles que apagaría mi teléfono por los siguientes días.