Las huellas de Laila 25 La verdad
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25 La verdad

Nana se asomó a mi habitación después de que yo cortara la llamada con Dante. Tenía dos semanas de vacaciones, lejos de él.

—¿Quién era, Caramelo?

—Nadie, Nana. ¿Por qué estás tan arreglada?

—Eso no sonaba a nadie. ¿Era alguien especial de tu trabajo? ¿Mi nieta ha encontrado a un macho recio?

—Nana, ¿recuerdas cuando era pequeña y veíamos Mulán? —Ella asintió—. Te pareces mucho a su abuela.

—Me agrada esa señora. Ahora desembucha, ¿quién es el afortunado?

—No te lo quiero contar.

—¿Por qué no?

—Porque no es nada serio, y sé que te ilusionarás.

—¿Crees que me quedé en el pasado? —rechistó ofendida—. Ya sé que las mujeres tienen sexo sin compromiso.

—¿Lo sabes? —Alcé las cejas. Ella resopló—. ¿Y lo aceptas?

—No solo lo acepto, lo apruebo y lo pongo en práctica.

—Nana —me invadieron las náuseas—, no estoy segura de querer seguir hablando de esto contigo.

—Soy viuda, no estoy muerta. ¿Por qué crees que voy tanto a la verdulería de Don Gustavo, ah?

—¡Nana!

—Lo que sea, Caramelo. Puedes decir que es sin compromiso, pero tus ojitos no mienten. —Nana sacó una bolsa de compras que llevaba escondida en la espalda y la dejó en la cama—. Noté que se te acabaron los lápices grafitos y los blocks para tus dibujos.

—No tenías por qué comprarme nada. Debes gastar el dinero de tu jubilación en salir a tomar el té con tus amigas o en los bingos.

—Tonterías. Me hace feliz aportar en lo que te apasiona. Dime algo a cambio, ese hombre ¿te hace reír?

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—La clase de pregunta que te hace una vieja sabia. Contesta y ya.

—No es que las risas abunden entre nosotros, no es el foco de nuestra relación.

—Ah. —Agitó la mano con desdén—. No sirve entonces.

—¿Cómo que no sirve? —Alcé la voz cuando desapareció por el pasillo—. ¿A dónde vas?

—¿A dónde crees? —Abrió la puerta de entrada—. ¡A la verdulería de Don Gustavo!

Junio 2025

Aunque Dante quiso follar antes de dormir, me excusé con que los canapés me sentaron fatal.

No había comido ni un canapé.

Para empeorar las cosas, dormí horrible, con pesadillas que me desvelaron hasta el amanecer.

Dieron las seis de la mañana mientras revisaba las solicitudes de mensajes en mi Instagram, con Dante profundamente dormido a mi lado.

Desde mi foto en la cuenta de Cyrus recibí de todo, y cuando decía de todo, era de todo: mensajes de fans diciéndome lo linda que era y lo bien que me veía con Cyrus.

Fans escribiéndome lo horrenda que era y lo mal que me veía con Cyrus.

Otras declarando que Cyrus y Diane eran la pareja perfecta y que los dejara en paz.

Algunas ofreciéndome entrevistas, participar en videos, o colaboraciones con sus tiendas de ropa.

Esos fueron los suaves, pues los intensos incluían generosas ofertas a cambio de fotos privadas, ya fuera desnuda o en ropa ligera.

¡Incluso alguien me ofreció pagarme si le enviaba mi ropa interior usada!

También me regalaron fotos intimas y asquerosas.

¿Qué desmadre tenía en la cabeza alguien como para enviar una foto de un culo abierto con mi nombre escrito en su glúteo?

Los más terroríficos incluían amenazas de que pagaría caro si me seguía acercando a Cyrus. Para mi tranquilidad, eran pocos y no les di importancia.

Tampoco había mucho sobre la violencia de Cyrus, más que comentarios vagos sobre su demanda que no logré entender sin el contexto adecuado, y menos me atreví a buscar en Google.

Si recibí mensajes de esa calaña solo por aparecer en una foto con un actor, no quería ni imaginar los mensajes que le llegaban a él.

Me levanté con la intención de vestirme para irme al trabajo a guardar lo que faltaba para el cambio de localización.

Como si el karma me castigara por la mentira de la noche anterior, tuve que correr al baño para vomitar dos veces.

No era por la comida, estaba segura. Debía ser por el secreto de Cyrus. O por ver a Diane besando su mejilla anoche. O por los abrumadores mensajes acumulados en mis redes sociales.

Dante entendió que me encontraba mal, y prometió enviarme al enfermero del hotel. Me ofreció que me tomara el día mientras él empacaba las cosas de su oficina en el recinto. Yo tenía algo mejor que hacer que ir a empaquetar indumentaria, así que acepté su oferta de quedarme en cama.

Laila: Buenos días. ¿Podemos hablar?

Tardó solo cinco segundos en responderme.

Cyrus: Siempre podemos hablar.

Cyrus: Si es por lo que te dije anoche... No creo que pueda disculparme ni retractarme.

«Yo te podría amar de verdad, Laila. No necesito dos años junto a ti ni tenerte desnuda para entenderlo».

Laila: No es por eso. ¿Nos encontramos en el desayunador?

Cyrus: Está lleno. Penúltimo día aquí, y todos se levantaron tarde después de la fiesta de ayer.

Cyrus: ¿Quieres venir a mi habitación?

«Solo que no te merezco, y me importas lo suficiente para saber reconocerlo y no arruinarte la vida».

Di dos golpecitos nerviosos en su puerta poco después, repitiéndome que Cyrus era mi amigo y que podíamos aclarar cualquier cosa.

«Dejó en coma a un hombre por una golpiza». «Puede acabar en la cárcel después de su juicio».

La serpiente en sus costillas me dio los buenos días. Solo estaba cubierto con unos pantalones de algodón grises colgando de sus caderas.

—¿Prefieres que me ponga una camiseta? —Su voz hizo que mi mirada saltara hasta su cara.

—No hace falta. —Pasé por su costado.

Las mucamas todavía no realizaban la limpieza; las sábanas estaban revueltas. Su ropa de la noche anterior se encontraba regada por el suelo. Tenía una enorme botella de agua a la mitad, y dos vasos volcados en la mesita de noche. Al menos había abierto la ventana.

—¿Un terremoto pasó por aquí o qué?

—Sin comentarios. —Cyrus se rascó la nuca.

—No vi cuando te fuiste de la fiesta.

—Estabas muy ocupada.

Nos sentamos uno al lado del otro al final de la cama.

—Cy... —Allá iba—. Dante me contó algo.

Se puso rígido desde el cuello hasta los pies.

—Me imagino lo que te contó. —Se le marcó la mandíbula—. Debió picarle tanto el culo después de que hablaras conmigo a solas que no supo manejar su frustración de mejor manera que soltando mierdas que no le incumben.

—¿Es cierto? —Me obligué a mantenerme serena—. Dejaste a un hombre en coma y estás enfrentando un juicio.

Sus iris almíbar se transformaron en cafés.

—Sí.

Mi corazón empezó a bombear más rápido.

—¿Este juicio es la razón por la que tu representante te envía mensajes que te quitan la felicidad? —Cyrus tragó—. ¿Es este tu problema misterioso por el que dices que no mereces nada bueno? ¿Una demanda por agresión?

—Sí, Laila.

Una corriente helada se deslizó por mi columna.

—¿Me quieres contar por qué y cómo ocurrió eso?

Noté el preciso segundo en que las emociones de Cyrus se profundizaron. Su rostro decayó, su boca se entreabrió para coger más aire, y la vena de su cuello se hizo notoria.

—No me gusta hablar de eso. Con nadie. Nunca.

—Si no estás listo, lo entiendo —ofrecí con suavidad—, pero cuando lo estés, me gustaría saber...

—A todo el mundo le gustaría saber —cortó brusco—. Lo que necesito es arreglarlo por mi cuenta. Con mi representante y mi padre tocándome las bolas todo el puto día con el tema tengo suficiente.

Vaya.

—Como te dije una vez, yo siempre te cuento mis problemas. Tú no eres «todo el mundo» para mí. Por lo visto, yo sí lo soy para ti —refuté con un sabor amargo y me levanté.

—Don't go, love, please. —Me tomó de la mano—. I'm sorry.

—¿Por qué te pones así? —acusé—. No tienes por qué pasar los malos momentos solo, nadie debería. No si tienes a gente que te quiere y se preocupa por ti.

—Ese es el problema.

—No te estoy entendiendo.

—El problema es que me quieres, y que me quieras significa que debo estar a la altura de eso. Y para estarlo deben declararme inocente.

Posé mi mano sobre la suya.

—No necesito esperar un veredicto de personas desconocidas. Solo tienes que contarme qué ocurrió. Toda la verdad.

Cyrus enredó los dedos con los míos y ejerció presión para que nos sentáramos en el borde de la cama, a lo que acepté. Se veía tan angustiado que solo quería abrazarlo.

Se mantuvo callado por un largo rato, observando la alfombra, hasta que por fin decidió soltar la lengua:

—Te conté que mi hermana falleció —me recordó. Asentí con cautela—. Ese, al que dejé en coma, fue el hijo de puta que la mató.

Me tardé un poco en masticar esas palabras tan horribles.

—Oh, Cy —exclamé bajito.

—Discutían a diario. Su relación era, por decir algo simple, extremadamente tóxica.

—Tenía la mirada vacía, transportándose al pasado—.

Siempre odié a ese imbécil, y se lo dije a Vania desde el principio.

La hacía llorar a menudo, y ese payaso lloraba también.

Llegados a un punto en el que quise patearle el culo, mi hermana me pidió que no interfiriera y que la dejara vivir a su manera.

—Se encogió como si sintiera dolor físico—.

Discutimos, y terminé cediendo para no causarle más malestar. No sabes cuánto me arrepiento.

Mi mano voló a uno de sus omóplatos para trazar círculos ahí.

—Estoy segura de que no sabías el verdadero nivel de peligro en el que se encontraba —intenté consolarlo—. No pudiste prevenir lo que pasó.

Cyrus presionó los labios.

—Sabía que se peleaban cada dos por tres, que se gritaban feo y que Rixon rompía cosas cuando estaba enojado.

Eso debió ser suficiente alarma para internarla en una clínica de salud mental con tal de lograr que se alejara de esa basura.

—Rechinó los dientes—. Luego, un día... Un día...

—Respiró entrecortado y agitó la cabeza.

Me acerqué más a él y apoyé el mentón en su hombro. Le froté rítmicamente la espalda, pero lo que quería era poner su cabeza en mi pecho y protegerlo.

—Un día Vania fue a su casa. El bastardo vivía con dos compañeros de piso —masticaba sin tener nada en la boca—.

Esa noche Vania y Rixon discutieron más duro de lo habitual.

Uno de los compañeros de piso escuchó todo.

Ella quería irse, y Rixon no la dejaba salir de la casa.

Vania le gritó que esta vez terminaban para siempre.

Me levanté para traerle un vaso lleno de agua. Él se bebió todo de una vez, y continuó:

—Rixon le dijo que se mataría si se marchaba.

—Formó una gran expresión de fastidio y odio mezclados—.

Ojalá lo hubiera hecho —masculló para sí—.

Vania me escribió para que fuera a buscarla.

Me subí al auto y apreté el acelerador para rescatar a mi hermana y exigirle que cortara con él de una maldita vez.

Jadeé por lo bajo. Cyrus apoyó una mano en mi rodilla.

—Yo todavía no llegaba cuando Vania quiso bajar las escaleras y esperarme afuera, pero Rixon la sujetó del brazo y forcejeó con ella. —Sus ojos entrecerrados se deslizaron hacia mí y tragó saliva. Su gesto se removió como si intentara controlar una gran carga de impotencia.

Supe en qué pensaba: Dante. Yo. La noche en que conocí a Cyrus y me defendió porque Dante tiraba de mi brazo.

—El compañero de piso salió de su habitación e intentó detenerlo para ayudar a Vania, y Rixon lo lanzó contra la pared.

Vania se defendió; le dio un golpe en la cara al hombre que se suponía que debía cuidarla, y ese...

—los labios de Cyrus temblaron—, ese loco de mierda la golpeó de vuelta.

Vania perdió el equilibrio y cayó por las escaleras.

Llegué antes que los paramédicos, pero mi hermana ya estaba muerta.