Las huellas de Laila 24 Somos amigos #2
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24 Somos amigos #2

—Laila. —Mi nombre en su boca sonó como una invitación.

—Cyrus.

—Estás hermosa. Siempre lo estás, pero hoy te pasaste. —Ejerció una leve presión con los dedos. Di un paso más cerca de su boca, la que amenazaba con rozarme la piel bajo mi top.

Una necesidad arrasadora me trepó por la garganta.

—Debería volver.

—No, love. You shouldn't. —Su mano me rodeó la otra pierna—. Deberías quedarte acá, conmigo. —Con un movimiento cuidadoso pero firme, me acercó todavía más a él. Su boca tocó la zona desnuda de mi abdomen y un ruidito estrangulado escapó desde mi garganta.

Cerré los ojos por mi propio bien, pero solo sirvió para imaginar cómo sería si me besara más abajo.

Sus dedos se colaron entre mis muslos, desatándome una poderosa corriente eléctrica en las partes indebidas.

—No deberíamos traspasar este límite. —No abrí los ojos, tenía miedo de lo que ocurriría si lo hacía.

—I know that, love.

—Tú mismo dijiste que hay muchas cosas que no sé sobre ti, cosas que no me quieres contar.

Sus manos siguieron escalando. Un poco más y yo misma lo agarraría de la nuca y me restregaría contra su cara.

—Estoy solucionando esas cosas. No quiero llenarte de enredos y ser lo peor de tu vida, como Torms.

Dante. Su nombre me hizo reaccionar. Debía estar hecho una furia por mi tardanza.

—Todos tenemos problemas; tú, yo, y también Dante.

—Retrocedí un paso, lejos de sus dedos, de su calidez, de su boca y de la tentación—.

Está bien para mí que Dante comparta sus problemas conmigo.

Nunca se ha dicho que debemos resolver nuestros líos en soledad.

De hecho, se supone que debemos contar con los que nos quieren.

—¿Lo quieres? —Su voz sonó apagada. Se quedó ahí, con una rodilla hincada en el suelo.

—Ese no es el punto. —Comencé a alejarme.

—¿Lo quieres, Laila? —Sus facciones se ensombrecieron.

Le contesté con un nudo en el pecho:

—Creo que nos queremos a nuestra manera.

Su rostro perdió el brillo, y me odié por eso. Justo antes de que regresara al salón, se levantó. Las luces del pueblo le enmarcaron la silueta y dijo:

—Yo te podría amar de verdad, Laila. No necesito dos años junto a ti ni tenerte desnuda para entenderlo. El problema es que no te merezco, y me importas lo suficiente para saber reconocerlo y no arruinarte la vida.

Ya no respiraba cuando puse un pie dentro.

Alguien me tomó del antebrazo y me movió. Dante me tendió una copa con algún trago desconocido que bebí con urgencia. El líquido frío me alivió la quemazón de la garganta.

Tomó los mechones sueltos de mi pelo y los dejó caer con un siseo.

—Deberías estar conversando con los productores —repuse ahogada.

—No lo haré hasta que me expliques qué acaba de pasar ahí afuera. —Su tono tan contrastante con el misterioso de Cyrus me descolocó por un momento.

El pánico me invadió al pensar que podría haber visto la escena de Cyrus arrodillado.

—¿Explicar qué?

—Mírate. —Apuntó hacia un espejo ovalado a mis espaldas, y me volteé.

No supe en qué momento se me soltaron tantos mechones. Mis ojos avellanas estaban brillantes por unas cuantas lágrimas acumuladas. Tenía las mejillas sonrojadas y me veía agitada.

Me apresuré a meter los mechones rebeldes de vuelta en el peinado.

—Se me soltó con el viento. Ya está arreglado.

—¿A qué estás jugando? —Dante me agarró de la muñeca.

—No estoy jugando a nada. —Di un tirón para liberarme—. Fui a conversar. ¿Y luego dices que yo soy la dramática?

Cyrus entró de nuevo al salón y nos miramos hasta que Dante gruñó.

—Te traigo a una fiesta con gente importante de mi trabajo, y mírate —escupió muy por lo bajo—. Te escabulles con ese tipo y llegas prácticamente desarmada.

—¿Cómo que desarmada?

—¿Qué estabas haciendo con ese antisocial?

—Ya te lo dije, conversando. —Me aseguré de continuar antes de que me interrumpiera—: Si crees que puedes controlar con quien hablo, tienes un problema grave. Y no lo llames antisocial.

—Él no es tu amigo. —Levantó su copa hacia alguien que le estaba haciendo el mismo gesto desde lejos.

—¿Tú me vas a decir quién es mi amigo y quién no? No tienes ese poder.

—Es un delincuente. —Mantuvo la sonrisa; esta vez para Diane y su espectacular vestido amarillo que regresaban del baño. La actriz le guiñó un ojo a Dante.

—No es un delincuente. No lo conoces en absoluto.

—Es un actor barato, por eso está aquí como un reemplazo. —Negó con la cabeza por mi molestia—. Como al parecer tu supuesto amigo no es honesto contigo, no me queda otra opción que decirte la verdad, Ferrera. Por tu bien.

—¿De qué «verdad» hablas? —farfullé irritada.

Dante me observó glacial, impersonal, con esa fachada de hombre recto e inalcanzable que le resultaba tan bien.

—Tu amigo tiene una demanda por violencia —pronunció con gusto—.

Dejó en coma a un hombre en una golpiza, y para empeorarlo, estaba ebrio cuando lo hizo.

Puede que termine en la cárcel después de su juicio en unos meses.

Compruébalo con una búsqueda rápida en Google.

Tal vez la noche de nuestra pequeña discusión Von Stein se alarmó en exceso porque él mismo es un hombre violento.

¿Qué impide que no tenga otro arrebato de ira y esta vez tú estés ahí y te deje en coma o algo peor?

—Arqueó las cejas—. ¿Entiendes ahora a lo que me refiero cuando te digo que es un delincuente y que debes alejarte?

Es un peligro inminente para la sociedad, y eso te incluye.

Ahogué una exclamación, y me apresuré a espiar por encima del hombro de Dante. Cyrus recibía una bebida de Tyler, y Diane lo abrazó al posar para una foto. Ese tal Richard, uno de los productores, estaba con ellos.

Cyrus nunca había mencionado nada de eso, tampoco había visto rasgos de violencia en él, más que la noche que me defendió de Dante.

Pero yo tampoco me animaba a buscar chismes sobre él en internet, ¡nunca se sabía qué era verdad y qué no!

Tal vez los mensajes de su representante, que siempre lo ponían mal, tenían que ver con esa demanda. Y quizá su preocupación por lo que los fans pudiesen comentarme en mi Instagram también estaba relacionado a eso.

—Quiero irme —me tembló la voz.

—Tendrás que esperar. No me puedo marchar hasta que los productores y el director se vayan.

—Dante instaló la mano en mi cadera—. Vamos a pasar el rato con gente decente, Ferrera, y te pido una vez más que no vuelvas a acercarte a ese zángano.

Todos aquí saben la mala calaña que es. Es una vergüenza para ti y para mí también si te le acercas. Solo intento cuidarte.

Mi sorpresa era tanta que no pude hacer mucho más que dejarme guiar hacia el productor ejecutivo y su esposa, viendo cómo Diane repartía besos en la mejilla de mi amigo.