Las huellas de Laila 24 Somos amigos
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24 Somos amigos

Terminé un diseño y se lo mostré a Luna. Esa misma tarde me sacaban el yeso.

—¿Qué te parece?

Luna tomó mi block de dibujo y escaneó el diseño del vestido de época.

—Es... creativo. Interesante. ¿Por qué mezclas tanto el rojo y el rosado? Me gusta, solo me da curiosidad, sobre todo para los años en que usaban este tipo de prendas.

—Porque creo que las combinaciones que aparentemente no combinan son las más valientes y memorables.

Junio 2025

No reparé en que se me olvidó comentarle a Cyrus que asistiría a la fiesta hasta que me retoqué el labial afuera del hotel.

Dante me abrió la puerta del vehículo para luego poner la mano en mi espalda y guiarme al interior. Era la primera vez que nos mostrábamos juntos frente a caras conocidas; para mi sorpresa, no estaba entusiasmada. De hecho, no sentí nada.

El ascensor nos llevó al salón ubicado en el penúltimo piso; tenía una vista preciosa del desierto iluminado por la luna llena.

Las mesas atestadas de comida me hicieron ilusión, y los postres me coquetearon apenas entré. Me acerqué a uno de los meseros que ofrecía cocteles exóticos y acepté una copa de un líquido anaranjado.

—Hay que saludar antes de beber algo —me regañó Dante por un costado de la boca.

—Solo un sorbito.

Dante me dedicó una mirada reprobatoria, y después su expresión se llenó de encanto para saludar a uno de los escritores.

Seguimos por los cinco productores, por Frank, y por otros hombres y mujeres fundamentales para que Raxatar viera la luz.

Diane se limitó a ejercer un escueto movimiento de cejas al vernos; estaba radiante en un vestido amarillo corto y ajustado, era una lástima lo grosera que era.

Tyler le tendió la mano a Dante y luego pestañeó hacia mí.

—Hi —pronunció lento, dejando la mano alzada—. I'm glad to see you here, Laila.

Recordaba mi nombre.

—I'm happy to see you too —respondí con mi acento lastimoso.

—Es mi acompañante —aclaró Dante.

—Really? —Tyler curvó los labios hacia abajo con sorna.

Dante carraspeó.

—Vamos, tenemos que saludar a la esposa de Frank.

Se nos cruzó un camarero y tuvimos que aceptar unas mini empanadas.

Después saludamos a uno de los inversionistas.

El director de imagen elogió a Dante por la buena compañía que llevó a la fiesta (ese señor no sabía que yo era una cuye), y cuando estábamos cerca de la esposa de Frank, de pie entre la directora de fotografía y el jefe de sonido, apareció esa figura alta, de pelo oscuro y rasgos duros.

Llevaba desabrochados los primeros botones de su camisa negra y era el hombre más hermoso del lugar.

Misterio: así podía describirlo siempre. Un alma impenetrable y llena de sombras.

Sus ojos almíbar se movieron de golpe al percatarse de mi presencia. Dante presionó la mano en mi espalda para que continuara caminando, impidiendo que me detuviera a saludar a Cyrus, y no tuve más opción que concentrarme en la esposa de Frank.

Dante me presentó a todos como «Laila Ferrera, mi acompañante». Nada más; no aclaró que trabajaba en la producción, y tampoco ninguno de ellos me preguntó qué hacía. Me dio la impresión que a Frank le parecí conocida.

No fue hasta después de saludar a la mayoría que Cyrus se nos acercó. Dante se hizo más alto, lo que encontré ridículo porque Cyrus le ganaba por varios centímetros.

—Hey, love —la voz de Cyrus fue tan suave como una caricia—. No sabía que querías venir a esto.

—Hola, Cy. —Le sonreí con un curioso revoloteo en las entrañas—. Yo tampoco sabía que vendrías.

—Hubiera tenido más ganas de venir si me contabas que estarías aquí.

—Von Stein —intervino Dante con un tono duro después de que su presencia fuese ignorada.

—Torms —lo saludó sin más y volvió a concentrarse en mí—. ¿Podemos hablar?

—S...

—La señorita Ferrera está ocupada —cortó Dante.

—Eso lo decide ella —replicó Cyrus.

—Pero... —Intenté interceder.

—Nos están esperando más allá. Vamos, Ferrera. —Dante volvió a presionar su mano en mi espalda baja.

—Se llama Laila —espetó Cyrus.

Dante se detuvo en seco y entornó los ojos.

—¿Crees que no lo sé?

—Si la invitaste a venir, por lo menos debes llamarla por su nombre.

—Yo... —balbuceé.

—Ese no es tu problema. —Dante lo miró de arriba abajo con altivez y se acomodó la solapa de la chaqueta para disimular su enfado.

—Iré a conversar con Cyrus un momento —medié por fin—. Está todo bien, no es que nos vayamos a perder.

A Dante se le descompuso la expresión y Cyrus curvó las esquinas de sus labios.

—Te buscaré algo para beber. No pierdas tanto tiempo en lo que no vale la pena. —Tras esas palabras desagradables, Dante me dio un beso en la sien y se marchó, no sin dedicarle una última mirada de desprecio a Cyrus.

Inhalé hondo, como si por fin pudiera respirar de verdad, y Cyrus me pidió que lo acompañara a fumar a la terraza. Encendió un cigarro cerca de la baranda.

Nos mantuvimos callados mientras él soltaba tandas de humo. Saboreé un gusto culposo y no sabía bien por qué. Inquieta por el silencio denso que se instaló entre nosotros, solté lo primero que se me ocurrió:

—Tyler sabe mi nombre.

Cyrus me observó de reojo.

—¿Por qué no lo sabría? Los presenté el otro día en el hotel.

—¿Por qué sí lo sabría? No creo que recuerde el nombre de los demás cuyes.

—Eres inolvidable, Laila. —Meneó la cabeza—. Por supuesto que se acuerda de tu nombre.

—Bah, y yo pensando que le hablas tooodo el día sobre mí, que por eso sabe quién soy, y que también por eso le pareció raro verme acompañando a Dante.

Cyrus sonrío ladeado; esas líneas que se le formaban en la comisura de la boca me mataban silenciosamente.

—Puede que haya un poco de verdad en tu teoría. Un poco bastante —aceptó.

Di un paso más cerca de él.

—Olvidé comentarte que venía a la fiesta, lo siento. —Le di un codazo suave.

—De haber sabido que querías venir, te invitaba yo antes.

—Juro que no vine para tragar bocadillos ni por la fiesta en sí. Es mi primera vez pero sé de sobra que son aburridas, ¿no es así?

—Viniste porque querías pasar tiempo con él. —Posó la mirada en el pequeño pueblo delante de nosotros y se mordió el interior de la mejilla.

—No tan así.

—¿No?

—Bueno, estamos oficializando la relación —admití con cuidado. ¿Cuidado de qué?—. Esta era una buena oportunidad para comenzar.

No se le movió ni un músculo.

—Yo no vi que te tomara de la mano. Ni que te presentara como su novia.

—No soy su novia. Todavía.

Cyrus soltó una carcajada seca.

—¿Cuánto tiempo llevan saliendo juntos?

—Dos años, más o menos. Ya lo sabes.

—Es que todavía no puedo creer que sea tan imbécil. —Se pasó el pulgar debajo de los labios con brusquedad—. Te ha escondido por dos putos años, y tú todavía le das el privilegio de estar contigo.

—No todas las relaciones son iguales —bajé la voz con miedo a que alguien nos escuchara desde el interior—. Ya te lo he explicado, vamos lento.

—Bastante lento, ¿no te parece? —No contesté. Giró su cuerpo hacia el mío—. Entonces solo viniste a eso, a que te mostrara como un florero.

—Cyrus…

Cyrus asintió varias veces, terminó apagando el cigarro contra el metal de la baranda y lanzó la colilla a un cenicero de pedestal.

—Y hoy, obviamente, te irás a su habitación con él —masculló tenso.

—¿Por qué lo dices como si fuese algo malo?

—Porque él no va a cambiar nunca —bramó—.

No como mereces, Laila. Maldita sea. Ni siquiera te llama por tu nombre.

¿Te fue a buscar a tu puerta o hizo que te escabulleras como una adolescente a la que le prohíben salir?

—Nuevamente, opté por no contestar. Se llevó las manos a la nuca mientras removía los pies, y después las dejó caer con frustración—. Hijo de puta.

Me puse de cara hacia el desierto, tomando aire.

—¿De esto querías hablar, Cy? ¿Para esto querías que saliera contigo a la terraza?

Cyrus se demoró en contestar. Luego apoyó los antebrazos en la baranda junto a mí y me miró por encima del hombro.

—No. Solo quería estar contigo a solas un momento para lograr soportar a los demás por un par de horas. Me das un tipo diferente de oxígeno, por más cursi que suene eso.

Cursi. Había mucho de cursi entre nosotros, pero ninguno de los dos se atrevía a poner sobre la mesa lo que estaba ocurriendo.

Cyrus me gustaba. Me gustaba tanto que me iría al infierno por eso.

Y, al mismo tiempo, él no me dejaba penetrar en su vida.

También era cierto que llevaba un largo camino recorrido con Dante, con altos y bajos, sueños y aciertos, y decepciones.

Me había ayudado a salvar la vida de mi abuela, por Dios.

Lo quería. Todo lo vivido con él no desaparecía de la noche a la mañana, por más que Cyrus me tuviese confundida hasta el cuerno.

Dejé pasar un segundo para que bajaran los humos de la tensión.

—Me hace bien estar contigo. —Pegué mi hombro al suyo—. ¿Sigues sintiendo lo mismo?

Cyrus me contempló largamente.

—No sabía cuán asfixiado estaba hasta que me preguntaste si tenía un piercing en la polla —habló por fin—.

Quise asegurarme de que no necesitaras ayuda…

—Sus facciones iluminadas por la luna me dejaron sin aliento—.

Pero salió al revés. Yo soy el que necesita estar contigo.

—Me sonrió—. Como ves, decir que me haces bien es quedarse bastante corto.

Ay, madre santa.

—Es recíproco. —Estiré la mano y tomé la suya. No me percaté de lo cerca que estábamos hasta que su aroma cítrico y masculino me inundó la nariz.

Cyrus apretó mis dedos entre los suyos y me soltó.

—No quise hacerte sentir mal. Lo siento, Laila. —Mi mano se sintió vacía sin la suya—. Oye, tu zapato.

—¿Qué?

La tira que rodeaba uno de mis tobillos estaba floja. Antes de poder arreglarlo sola, Cyrus apoyó una rodilla en el suelo y comenzó a atarla.

Tenía su cabeza frente a mis muslos, cerquísima del punto entre mis muslos.

—Listo. —Dio un último apretón a la tira y miró hacia arriba. Yo estaba rígida—. Ya no se te caerá el zapato, Cinderella.

—Gracias —apenas me salió la voz.

Sus yemas subieron por mi pantorrilla.

¿Qué estaba haciendo? ¿Quería matarme? ¿Por qué no se levantaba?