23 Hecha de lo que me gusta
—¿Ya viste al nuevo? Escuché que se llama Bruno. ¿Hola? ¿Estás escuchándome? —Luna me codeó.
Últimamente no dejaba de pensar en lo confuso que era Dante. Le daba pavor tener una relación formal, y al mismo tiempo abría su corazón cada vez con más frecuencia al contarme sobre sus problemas y algunos de sus sueños: tener una cadena de hoteles, por ejemplo.
—Comienzo a odiar a Dante Torms. —Luna clavó el tenedor en la mesa de madera—. Detesto no verte alegre como siempre. ¡Quiero a mi mejor amiga de vuelta! —Elevó ambos brazos—. Oh, oh. Está mirando hacia acá.
—¿Quién? ¿Dante?
—¡No! El nuevo —susurró por un costado de la boca—. ¡Me está sonriendo!
Junio 2025
—¿Cómo pudiste hacer semejante estupidez? —La voz de Dante fue mordaz al otro lado de la línea.
El corazón me iba a todo dar, y no era por el regaño de Dante.
—Ya te lo he dicho, fue un error.
—Un error que te pudo costar muy caro. ¡Deberías estar firmando tu despido ahora mismo!
—Si me vas a gritar, trancaré. —Me senté en un banquito fuera del container. Lo escuché maldecir—. Lo siento, Dante. Es la tercera vez que digo «lo siento». Me atacó y me defendí. No volverá a suceder. ¿Podemos dejarlo ya?
—Tienes suerte de que Diane Hamilton aceptara unas manos extras para asistirla, con eso evitaré que te topes con la tal Cristina. Un altercado más y no habrá nada que pueda hacer.
Mi curiosidad se activó.
—¿La ascendiste a asistente personal? ¿Ahora será la puta de Diane? —inquirí con sarcasmo.
—Ferrera, controla tu boca —me gruñó—. Fue la única solución que encontré para mantenerlas separadas y evitar dejarte en la calle.
—Pues en la calle no. En ese caso me regreso a casa y ya.
—Como si te gustara estar en tu casa —espetó. El pecho me picó.
—¿A qué hora llegas mañana?
—A última hora de la tarde. Iremos directo a la fiesta. —Carraspeó—. Hay que ir semiformal.
—Ya lo sé, es obvio. —Me irritó que encontrara necesario decírmelo.
—Entonces espero que estés lista a la hora.
Cyrus salió de mi container con dos copas en la mano.
—Está bien. Debo irme.
—¿Adónde?
—Estoy con Luna. Hablamos mañana. —Colgué rápido.
—Déjame adivinar: el imbécil te ha dado un sermón. —Cyrus se llevó un cigarro a los labios.
—No fue para tanto. Solo actuó como el gerente, ya sabes.
—Sí, el gerente. —Usó su encendedor metálico y botó el humo del cigarro.
—La verdad es que sí fue un poco pesado —me reí. Cyrus no—. Pues... Hola de nuevo. —Batí las pestañas.
Relajó la expresión. Estaba segura de que ambos pensamos lo mismo: en lo cerca que estuvimos de cometer un error garrafal en ese rincón de mi container.
—Hello again.
Luna salió con una botella de champagne y chocolates. No había dicho ni mú después de encontrarnos arrinconados, y luego de eso fuimos salvados por la insistencia de Dante.
—¿Qué celebramos? —pregunté viendo que acomodaba un balde vacío al revés a modo de mesita.
—¿Cómo que qué? ¡Que no nos despidieran! —Movió las caderas.
—Ascendieron a Cristina a asistente personal de Diane —puntualicé.
Se escuchó el sonido característico de un corcho saliendo disparado de la botella cuando Cyrus la destapó.
—¡¿A asistente personal?! Ay, pero qué injusticia. —Luna se manoteó un rulo de la cara—. Tu querido Dante debió echarla y no ofrecerle un mejor salario. Pensé que al menos la había movido al cargo de “destapadora oficial de inodoros”.
—Nunca más quiero pasar por algo así. Fue horrible —confesé.
—No volverá a ocurrir —prometió Luna—, porque no servimos para ser matonas. Las matonas no sienten frío y yo me estoy congelando. Espérenme un momento, ya regreso. —Se metió al container en busca de abrigo.
Cy y yo nos quedamos solos otra vez.
Lo cual no tenía nada de malo. Excepto que mis ojos se clavaron en sus labios. Y mi mente decidió revivir nuestro caluroso momento de cercanía.
Oh, cristo. Deseaba su boca sobre la mía.
¿Qué me estaba pasando?
Cortó el trance cuando sirvió las copas; para Luna y para mí.
—¿No beberás con nosotras? —pregunté con la garganta seca.
Cyrus apagó el cigarro en un cenicero improvisado; una lata cortada a la mitad.
—Alguien me dijo que bebía demasiado. —Botó la última tanda de humo.
—¿Crees que bebes demasiado? —Puse labios de pato.
—Eres mucho más lista que yo. Debes tener razón. —Me tendió la copa y me acarició la barbilla con la otra mano.
Abrí los chocolates: era hora de recurrir al azúcar.
Cyrus no se alejó.
Por más que sabía que debía levantarme, echarme para adelante o para atrás, hacer cualquier cosa para alejarme... No. Podía. Moverme. Eso quería decir que estaba en serios problemas.
La pantalla de mi teléfono se iluminó sobre el balde.
—¿Puedes decirme qué dice, por favor? —le pedí. Estaba muy concentrada en comer chocolates con el fin de dejar de pensar en lo mucho que me gustaba tener sus dedos en mi piel.
—¿Estás segura de que quieres que lea tus mensajes?
—No hay problema.
—¿Y si es Torms? Si te envía algo explícito…
—No será así, está demasiado enojado para eso.
Cyrus tomó el teléfono, le dicté mi clave y leyó en voz alta:
—Laila, ¿ya te pagaron? Estoy apretada —su voz se fue apagando hasta convertirse en un murmullo—. Dime cuánto podrás transferirme. ¿Todo bien? Por acá más o menos por el tema del dinero. —Me observó con recato.
Me arrepentí de haberle pedido que lo leyera; me dio más vergüenza que cuando me caí en un charco frente al chico que me gustaba a los trece años.
—Es tu mamá —agregó luego de una pausa.
—Sí. Necesita dinero, como siempre.
—¿Puedo ayudarte de alguna forma? Puedes pedirme lo que sea.
—Nah. Problemas del tercer mundo. —Me metí otros dos chocolates a la boca y le sonreí—. Ella siempre dice que está más o menos porque se gasta todo en cosas que no debería. No te preocupes.
—Siempre me preocuparé tratándose de ti. —Intentaba que lo mirase a los ojos. ¿Por qué Luna se demoraba tanto en ponerse un maldito abrigo?
—A ver, así es la situación: mi madre trabaja bien, pero se gasta mucho de su sueldo en el café bar de la esquina y en el casino de juegos —comencé con ligereza, restándole importancia—.
Mi abuela ya es mayor, y entre mamá y yo tenemos que sostener los gastos de sus medicamentos, de otras facturas de la casa y lo demás.
También está Kimi, ella vive en otra ciudad por la universidad, y recibe dinero de nuestro progenitor todavía, entonces aporta cuando hace trabajos ocasionales.
Cyrus asintió con lentitud.
—¿Y puedo saber cómo llevas la relación con tu madre?
—No hay mucho que decir. —Chasqueé con la lengua—.
Mis padres se divorciaron cuando era pequeña.
Mamá quedó resentida, nos crio sola, y fue una madre bastante decente la mayoría del tiempo, solo que se mostraba infeliz.
Cuando Kimi se fue a la universidad, dijo que ya no tenía responsabilidad sobre nosotras, y empezó a beber demasiado y a pasarse todo el tiempo libre en el casino de juegos.
—Y tu padre...
—Mi padre —suspiré— no se hizo presente de manera emocional desde la separación. Nos pagó los estudios y le pareció suficiente. Formó una nueva familia con hijas perfectas. Solo me llama para el cumpleaños y navidad, si es que su secretaria se lo recuerda.
—Tú eres perfecta —masculló serio.
—Nadie es perfecto. Fue una forma de decir.
—Tú sí —insistió con convicción y se sentó en el banquito a mi lado. Nuestros hombros se rozaron.
—Tengo muchos defectos que no conoces.
—Quiero conocerlos. Estoy seguro de que incluso tus defectos son perfectos, y estoy todavía más seguro de que estás hecha de todo lo que me gusta. —Su mirada me penetró y se me escapó una risita nerviosa.
¿Por qué era su amiga? Qué mala idea era serlo.
Mientras los actores repetían algunas escenas, los cuyes nos esforzamos en ordenar y guardar la indumentaria a máxima velocidad.
Nadie comentó sobre la pelea de ayer, excepto Carli, quien dijo que si de ella dependiera nos hubiera pateado el trasero hasta ponernos en la calle. Tan tierna como siempre.
No vimos a la tonta de Cristina, por suerte; debía estar demasiado ocupada en el remolque de Diane.
Corrí a arreglarme para la fiesta después de marcar mi tarjeta de salida. Opté por mi mejor top negro con brillos sutiles, pantalones de satín rojos y unos tacones de suela rosada.
Dante: Te espero en el estacionamiento, dentro del auto. Procura que nadie te vea.
Por lo visto, Dante todavía no quería que los cuyes y el resto de los empleados vieran que salíamos juntos.
No le preocupaba mucho que me vieran los productores, porque ellos no tenían idea de quién era yo, y era poco probable que me reconocieran como una empleada del rodaje con el maquillaje y la ropa elegante.
Caminé por detrás de los containers llevando una muda y artículos de aseo en un bolso. A mitad de camino tuve que sacarme los tacones por el terreno arenoso. Podía escuchar la voz de Luna en mi mente: «ese estirado de calzoncillos italianos debería pasar a buscarte en la puerta».
Los pensamientos se esfumaron cuando me subí al auto de Dante.
No me importó su camisa ni sus pantalones finos.
Me importó él; sus facciones y el aspecto prolijo y masculino bien cuidado, su cuello con lunares y los ojos azules.
Se había cortado el cabello, dejándolo casi rapado a los costados.
Era hermoso de una manera objetiva, y quizá sí lo había extrañado un poquito.
Después de todo, llevaba dos años saliendo y soñando despierta con ese hombre.
—Hola, me gusta tu corte nuevo.
Dante envió el último mensaje y recién entonces repasó mi vestimenta.
—¿No vas muy desabrigada?
—¿Es lo primero que me dices después de no verme en semanas?
—No seas dramática. Ven. —Me agarró de la nuca y se detuvo a centímetros de mis labios—. Las palabras no hacen falta entre tú y yo.
—¿Qué clase de frase cliché mal usada es esa? —me burlé. Él puso los ojos en blanco.
—Los de la fiesta no deberían tener el placer de presenciar a una mujer tan guapa. —Rozó sus labios en la punta de mi nariz.
Bla, bla.
—¿Qué hay de lo que acordamos? Me hiciste caminar a escondidas hasta acá.
Exhaló hondo.
—Ferrera, esto tiene que ser de arriba hacia abajo. —Alejó la cara sin quitar su mano de mi nuca—. Los productores, el subgerente y los demás no se pueden enterar de lo nuestro por los empleados. Los empleados se tienen que enterar por los de arriba.
Estrategias empresariales importantes para él y banales para mí.
—De acuerdo. ¿Qué diremos en la fiesta?
Dante bajó la mirada al borde de mi top.
—Por ahora vamos a decir que eres mi acompañante. —Subió un dedo hasta mi escote y lo metió dentro—. Debe ser paulatino.
No me dejó espacio para refutar algo más: estampó sus labios sobre los míos con violencia, reclamando cada rincón de mi boca y acaparando mis pechos con sus manos.