Las huellas de Laila 21 Pelea de gatas
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21 Pelea de gatas

León, mi ex, me llamó por cuarta vez esa noche, y por cuarta vez desvié su llamado.

—¿Quién te llama tanto? —interrogó Dante en la espera de la película en el cine. Era mi cumpleaños y esta vez sí había reservado el día para mí.

—Un exnovio.

—¿Disculpa?

—¿Celoso, señor Torms?

—No me hace gracia, Ferrera. ¿Qué pasa entre ustedes?

—¡Nada! —Me reí, fascinada por causarle ese tipo de inquietud—. Te recuerdo que «exclusividad» es nuestra primera regla.

—¿Entonces?

—Quiere felicitarme por mi cumpleaños. Terminamos nuestra relación justo antes de trabajar en Torms de Alba, pero nunca ha dejado de llamarme de vez en cuando. —Me encogí de hombros. Dante se reacomodó en la butaca—. No es nada.

—No deberías seguir en contacto con él. Por algo es tu exnovio.

—A veces puedes ser amiga de tus exnovios.

Dante puso cara de horror cuando León me llamó por quinta vez.

—Qué tipo más desesperado. ¿Por qué terminaron?

—León es un buen chico, tiene un gran corazón. Supongo que yo quería algo más emocionante.

—¿Emocionante?

—Emocionante. —Saqué el antifaz que llevaba en el bolsillo; uno que usaríamos más tarde.

—En ese caso... —Me quitó el teléfono y le contestó a León.

Junio 2025

Cyrus: Buen día, ¿todo bien?

Al imaginar que pasó una noche calentona con Diane me entró una rabia ridícula y no le contesté ese mensaje tal como había ignorado el de la noche anterior cuando se excusó para irse a su hotel.

Sentirme dolida también era ridículo. ¿Qué me importaba? Él era libre de hacer con su vida sexual lo que le apeteciera.

Cristina me chocó el hombro con el suyo durante el almuerzo, desperdiciando sus energías negativas con alguien que tenía demasiadas cosas en la cabeza como para caer en su provocación.

—Comeré afuera —le comenté a Luna. No tenía ganas de respirar el mismo aire que la víbora venenosa.

—Voy contigo —se unió mi amiga.

—Parece que somos muy poca cosa para que la puta del rodaje coma con nosotros —soltó Cristina por encima de todo y de todos, y se creó un silencio abrupto en el comedor de empleados.

—¿Qué has dicho? —Me volteé.

—Te conviene hacerte la sorda, ¿no? —Me sonrió con falsedad desde su silla.

—Oye, ¿qué te pasa, ah? ¿Cuál es tu problema? Déjala en paz —se metió Luna.

—Mi problema es que no sé por qué ella viene a ocupar espacio aquí, pudiendo estar en el comedor VIP, donde su amigo Cyrus la necesita para cubrir sus necesidades de bienestar.

—Un desagradable revoltijo apareció en mi estómago—.

¿O tal vez podría almorzar una mamada en la oficina del gerente general?

¿Con cuál de los dos es la cosa?, ¿o es con los dos?

Silencio absoluto. Cada empleado dejó de hablar, de comer y de moverse.

—¡¿Te has vuelto loca?! ¡Grosera! —aulló Luna.

—¡He dicho la verdad! Ni siquiera son capaces de negarlo —replicó Cristina.

—Vámonos, Luna —susurré, encogida por la humillación.

—¡Envidiosa! —continuó mi leal amiga—. ¿Y qué más te da lo que ella haga, ah? ¿Te afecta que a ti nadie te preste atención?

—¡Al menos no soy una trepadora que se acuesta con los actores! ¡O con el gerente!

—¡Cómo si pudieras! —bufó Luna.

—¡Y para qué la defiendes tanto! —protestó Cristina—. ¡Mejor preocúpate de que no te monten los cuernos de nuevo!

—¡Cállate de una vez! —estallé—. ¡Eres patética! —Olvidé todo; mi trabajo, mi puesto, mis modales, mi situación—. ¡Me das lástima, y estoy segura de que todos aquí sienten lo mismo! ¡Búscate una vida y deja a los demás en paz, maldita abusona!

La bandeja de Cristina salió volando y, antes de saberlo, se lanzó sobre mí. Me tiró del pelo mientras intentaba quitármela de encima. Me rasguñó la cara con la otra mano, a lo que le respondí con una patada. Logré agarrar un pudín y se lo estampé en la nariz.

Esta era la situación más denigrante de mi vida: una sucia pelea de gatas.

Hubo rasguños, bofetadas, tirón de mechones, y hasta un rodillazo en la mandíbula le atesté. Ella se defendió bien hasta que Luna se le lanzó a la espalda.

—Tranquila, fiera. —Vico me tomó por debajo de los hombros y me apartó con fuerza. El señor Ger y otros cuyes agarraron a Luna y a Cristina para separarlas—. No te rebajes.

Diferencié líneas con sangre en la mejilla de Cristina. Me avergoncé de mi violencia pese a que temblaba de furia.

—¡La próxima vez que hables de Luna te vuelo los dientes! —La que hablaba no era yo. Bueno, sí era yo, pero apenas me reconocí con esas palabras de matona.

—¡Anda a abrirte de piernas mejor! ¡Para eso sí eres buena, puta! —me gritó ella.

—¡Al menos somos buenas para algo! —refutó Luna.

Me harté. Me harté de todo.

Deseé no haber ido a trabajar ese día. No haber ido al comedor.

No tener colegas horribles como ella. No haber visto a Cyrus yéndose con Diane la noche anterior.

No andar a escondidas con Dante para que nadie me tratase de puta.

Hasta deseé que Cyrus no fuera famoso para que nuestra amistad no les resultara llamativa.

Vico nos acompañó hasta la puerta de nuestro container. Me quité la ropa llena de restos de comida y la reemplacé por los peores y más cómodos pantalones de algodón, y una camiseta vagabundo style, cinco tallas más grande.

—La denunciaré en Recursos Humanos y en redes sociales —prometió Luna una y otra vez. Sacó su pequeña maleta de debajo de la cama.

—¿Qué haces? —Sollocé de impotencia.

—Guardar todo para irme rápido cuando ocurra nuestro inminente despido.

—¿Quién va a despedirnos? ¡Si ella ha empezado!

—Explícale eso a Carli, ¡no le importará! —Luna sonrió fuera de sí.

Llamaron a la puerta.

—Quieren estar solas —escuché decir a Vico desde el exterior.

—Ahí vienen a entregarnos el acta de despido. Nos devolveremos al pueblo y de seguro nos pagarán menos de lo que deberían —espetó mi amiga—. ¡Miserables!

Me limpié las lágrimas. Vico dijo algo más que no alcancé a escuchar y tocaron otra vez.

—¡Ya vamos! ¡Nos vamos con nuestras maletas y todo! ¡¡Entiendan que ya nos vamos!! —chilló Luna.

—Respira, por favor —le pedí—. No quiero verte así, tú eres pacífica.

—Hey, love. —La voz rasposa de Cyrus me sorprendió desde el otro lado de la puerta—. ¿Puedo pasar?