20 Borrando límites
Dante regresó de la cena con sus padres casi a las dos de la madrugada y me pidió que nos viéramos. Salí con una sudadera gigante que me cubría hasta las rodillas y me dirigí al punto de encuentro: el mismo lugar donde nos encontramos aquella tarde.
Tenía que gustarme mucho como para que yo accediera a caminar por una granja antigua a esas horas y con un brazo enyesado, después de haber llorado por la indiferencia de mi padre, y tentando a los espíritus malignos del campo a jugarme una mala pasada.
Dante se giró al oír mis pasos, y apenas pude reparar en lo desordenado que estaba su pelo antes de que se abalanzara sobre mí. No para besarme ni para sacarme la ropa, sino que para enterrar su rostro en mi cuello y abrazarme.
—¿Qué tienes? —Me apresuré a devolverle el gesto—. ¿Estás bien?
—Necesitaba sentirte. —Sus manos me recorrieron la espalda hasta instalarse en mis caderas y se separó poco a poco. Tenía los ojos atormentados.
—¿Qué ocurrió? —El ruido incesante del río cercano opacaba nuestras voces. Él negó y tragó saliva.
—Ferrera, sé que nuestra relación se basa en el sexo. —Bajó la mirada hacia nuestros pies—. Pero me parece importante que sepas que me importas más que eso. Mucho más.
—¿Po-por qué me dices eso?
—Mis padres me presentaron a la heredera de una empresa millonaria esta noche.
—Oh.
—Para eso era la cena, lo tramaron sin decirme. —Seguía sin mirarme a los ojos—. Tuve que pasarme la cena haciéndole elogios a esa mujer para dejarlos contentos.
—¿Y? —Me costó disimular mis celos. Aquella mujer que eligieron sus padres debía ser digna de Dante Torms de Alba. No tenía dudas de que era lo opuesto a mí.
—En cada palabra que salió de mi boca, en cada risa que tuve que fingir, incluso cuando la dejé en la puerta de su casa… —Subió la mirada hasta encontrarme—. Solo pude pensar en ti.
Junio 2025
La etapa en el desierto llegaba a su fin tras arduo trabajo (y mucha arena acumulada en mis zapatos). Faltaba poco para que Dante regresara antes del cambio de localización.
Después de semanas, seguía sin atreverme a encender el teléfono.
Luna me comentó que mis seguidores en Instagram se triplicaron, cosa que no me importaba, pues nunca posteaba nada interesante.
La mejor foto era una de Fira, y el resto se reducía a algunos paisajes o fotos mías en las que nunca aparecía mi cara completa.
Mi amiga también me transmitía los mensajes de Kimi, quien exigía más detalles de lo que ocurría en el rodaje (con Cyrus).
Lo único que ocurría con él era que Cyrus se había convertido en alguien cercano.
Uno con el que me encantaba pasar el tiempo.
Nunca se mostraba cansado como para rechazar una película después de trabajar.
O para jugar a un banal juego de cartas con Luna y conmigo.
O solo para sentarnos a hablar de la vida con un trago hiperdulce en las manos (estaba segura de que los odiaba, sin embargo, jamás se quejaba).
No volvimos a tocar el tema de su familia más que uno o dos comentarios que soltó Cyrus sobre lo mucho que admiraba a su madre.
Mientras Cyrus grababa su última escena nocturna —y con eso acababan las escenas en el desierto—, Luna y yo nos envolvimos en nuestras mantas, disfrutando del hecho que no nos tocó trabajar esa noche. Preparé un risotto de hongos, y esperábamos a Cyrus para comerlo.
—Bonita. —Luna inhaló brusco de repente.
—¿Qué?
—Dante Torms me acaba de escribir un mensaje. Dice que necesita hablar contigo urgente. Que lamenta molestarme —rodó los ojos—, y que por favor lo comunique contigo de inmediato.
—Chanfles. —Empecé a morderme un dedo—. Dile que no. Que he muerto. Que no estoy. Que me llevaron los extraterrestres.
—¡Es mi jefe! Tendrás que llamarlo. —Me tendió su teléfono.
—No quiero.
—Pues Diosito te hizo valiente y es hora de afrontar las consecuencias de ser famosa. —Agitó el teléfono a la altura de mi nariz.
—No soy famosa.
—Sales con un famoso.
—Es mi amigo. Nuestro amigo.
—Lo que tú digas. Debes llamar al señor Torms de todos modos. —Luna amplió los ojos—. Ay, no.
—¿Qué?
—¡Me está llamando!
Exhalé con pesadez, tomé el teléfono y salí del container con el corazón pendiendo de un hilo. Ese hombre me ponía nerviosa a niveles insanos.
—Hola —contesté con voz chiquita.
—Ferrera —su tono fue más seco y frío de lo usual—. ¿Por qué no te llegan mis mensajes?
—Ah, lo siento. Se me dañó la batería del teléfono.
Exhaló abrupto.
—Estás mintiendo.
Solté un ruidito quejumbroso.
—Sí, pero sé lo que me vas a decir, y no quiero pelear.
—Ah, lo sabes. —Su respuesta fue desafiante; una bomba preparándose para explotar.
—Sí. Sé que piensas lo peor después de ver esa foto, y te digo de antemano que Cyrus es mi amigo.
Como tú esa noche nos dejaste sin luz, él nos invitó al hotel, como un buen amigo.
Luna también estuvo ahí. —Las palabras escaparon de mi boca—.
Si piensas regañarme por tener amigos que se preocupan por mí, te advierto que esta conversación no durará mucho.
Soy adulta, una mujer grande que puede decidir pasar una noche en un hotel cinco estrellas.
No tengo por qué quedarme en un container a oscuras solo para hacerte sentir más cómodo.
Dante se quedó callado. Tuve que tomar una larga, muy larga bocanada de aire mientras lo escuchaba jadear en el otro lado de la línea.
—Ferrera, ¿por qué apagaste el puto teléfono?
—Porque me dio la gana. Porque tú y yo no somos novios, por elección tuya, cabe destacar.
Quería evitar este mal rato, y también para que te des cuenta de que no puedes controlar mi vida.
Si voy a un hotel o a Muntung o a la muralla China con mis amigos es cosa mía.
Si me apetece apagar el teléfono durante semanas, también es cosa mía.
Nada de eso incumple las reglas de nuestro acuerdo.
Lo escuché beber algo. Probablemente un corto de Whisky.
—¡¿Tienes idea de cómo he estado estas semanas sin hablar contigo?
! —Desbordó una furia brutal—. ¿De lo que he pensado?
He imaginado de todo, Ferrera. De todo. Llegué a concluir que lo nuestro llegó a su fin.
Que ahora te acuestas con él. Que me presentarás tu carta de renuncia apenas llegue al recinto.
No tienes idea de lo que me haces sentir.
¿Cómo te atreves a ser tan irresponsable con lo que tenemos?
—Ay, Dante.
—¿Es así? ¿Lo que tenemos llegó a su fin?
—¡No! Te lo hubiese dicho, ¿cómo crees que solo comenzaría a ignorarte y ya? Estaba evadiendo tu sermón. Tampoco tengo ganas de ver las notificaciones de mis redes sociales. Lamento haberte hecho sentir mal, no era mi intención.
Dante respiró hondo, como si estuviese aliviado.
¿Qué tanto miedo tenía de perderme? Nunca habíamos estado en esa situación en específico.
Me esperaba que me regañara feo y que estuviera irascible, pero también creí que me amenazaría con castigarme con un látigo y con darme tan duro que no pudiese caminar por siete días.
No esperaba eso, esa incertidumbre y desesperación en su voz.
—Me vuelve loco que otro te ponga las manos encima, carajo. De solo pensarlo quiero matarlo.
Dante Torms de Alba admitiendo sus celos: un milagro otoñal.
—Nadie me ha hecho nada —lo corté—. Pero no dejaré de tener amigos para mantener tu paz mental. Tu necesidad irracional de control es tu problema, no el mío.
—Eres mi...
—¿Sumisa? No fuera de la cama. Tienes que aprender la diferencia.
—No me digas lo que debo aprender. Lo que quiero es que seas mía en todos los ámbitos. —En vez de ilusionarme, me llené de escepticismo.
—Nuestra relación no es así. Ya lo hemos hablado.
—Nuestra relación debe cambiar, no podemos seguir de esta manera. Y como no me contestes de nuevo, iré a buscarte y te sacaré de ahí dándote palmadas en el culo frente a los empleados. Así todos se enteran de una buena vez de cómo somos tú y yo.
Al final la amenaza sexual llegó igual.
—¿Cómo que nuestra relación debe cambiar?
—Lo que escuchaste. —Adiviné que se pasaba una mano por el pelo—. Acomodaré las cosas e iremos mostrando que estamos juntos. Y enciende tu teléfono.
Esperé que la emoción explotara en mí, sin embargo, estaba perpleja.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué justo ahora quieres dar el paso y oficializar? Nunca quisiste hacerlo antes. Han pasado más de dos años.
—Ocultarlo se ha vuelto insostenible. No pienso arriesgarme a que otro se interese en lo que es mío. Los demás deben saber que solo yo puedo tocarte. Hace tiempo dejamos de ser solo la sumisa y el amo.
Esas palabras eran lo que deseaba oír desde hace mucho, y pensé que mi alma estallaría extasiada en fuegos artificiales.
No sucedió.
—¿Y cómo se supone que lo harás?
—Para comenzar, y para cambiar esa tan mala impresión que tienes de mí últimamente, te llevaré a la fiesta del viernes.
—Esa fiesta se hacía cada vez que el rodaje cambiaba de localización; el grupo importante de la producción se reunía para charlar y brindar—.
Si es que no vuelves a ignorar mis mensajes.
Más allá, en la oscuridad y cerca de una carpa del departamento de audiovisual, atisbé a Cyrus con Diane y Tyler. Parecían estar pasando el rato; Tyler tenía una botella de cerveza en la mano. Ya no llevaban la vestimenta de sus personajes.
—¿Sigues ahí? —bramó Dante.
—Sí.
Me acerqué más al grupito de actores, sigilosa como una gata nocturna.
—¿Estás de acuerdo con lo que te acabo de plantear? —Capté impaciencia en su voz—. ¿Nos vemos el viernes y vamos juntos a la fiesta?
Una de las dobles de Diane se unió a ellos con más cervezas. Luego aparecieron dos actores secundarios.
Tyler rodeó los hombros de los secundarios y se marcharon al estacionamiento.
En cuanto los dejaron solos, Diane enroscó los brazos alrededor del cuello de Cyrus.
«Ay, no.»
Me alejé con el pecho apretado en pasos rápidos, incapaz de observar lo que fuera que estuviera a punto de ocurrir.
—Creo que se está cortando la señal. —Dante exhaló de mal humor.
—Acepto todo. Mostrarnos juntos e ir el viernes a la fiesta.
—Perfecto.
—¿Dante? —Miré la puerta de mi container con una sensación indescifrable atorada en mi garganta.
—Dime.
No sé qué quería decirle. ¿Te quiero? No.
—Te mando un besote.
—No creas que con eso olvidaré lo de la foto. Recibirás el castigo correspondiente. —Y trancó. Me di cuenta de que lo que tenía atorado en la garganta eran varias cosas que quería decir, pero ninguna era para Dante.
Encendí mi teléfono evitando Instagram a toda costa; de solo ver el número de solicitudes de mensajes me abrumé.
Cyrus me envió un texto poco después pidiéndome que lo perdonara, que el día había estado pesado y que necesitaba dormir. Mientras recalentaba el risotto de hongos que preparé para los tres, me sentí traicionada y lo ignoré.
Uno de los recaderos tocó la puerta de mi container al alba.
Al abrir me encontré con un enorme ramo de tulipanes.
Rojos, rosados y morados. Era algo clásico de Dante.
Había perdido la cuenta de los ramos que me había regalado.
Estaba acompañado por una pequeña, elegante y simple nota en un papel gris brillante.