Las huellas de Laila 19 Al volante
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19 Al volante

Ver ese nombre en la llamada entrante me pareció lo más extraño del mundo. Tal vez se le había marcado por error. Nunca se tomaba la molestia de comunicarse si no era por mi cumpleaños o navidad.

—¿Papá? —atendí dudosa, con temor a que efectivamente fuese una equivocación.

—Laila. Hola. ¿Todo bien? —preguntó rápido.

Era la primera vez en años que me llamaba fuera de una fecha especial, y comenzaba con un simple «¿todo bien?» ¿Cómo podría estar todo bien en mi vida teniendo un padre que me dejó de querer de la noche a la mañana?

—Estoy trabajando, ¿y tú?

—Ah, lo siento, no te quitaré mucho tiempo. ¿Podrías darme tu fecha de nacimiento?

—¿Qué? Pero si me llamas todos los años para mi cumpleaños. —Algo punzó en mi pecho. No eran llamadas especialmente largas, de hecho, solo duraban diez segundos en promedio ya que siempre estaba corto de tiempo por algún compromiso, pero pensé que al menos era una fecha que se sabía bien.

—Mi ex secretaria era la que me avisaba de esas cosas, y la despedí hace unos días —respondió entre gruñidos—. Es en julio, eso lo sé.

—¿De verdad no te la sabes?

Lo escuché balbucear con impaciencia.

—Mira, estoy apurado, ¿se entiende? Es una de las estúpidas preguntas de seguridad del banco para cambiar mi clave y se me cerrará la sesión. ¿Puedes ayudarme o no?

Debería haberle trancado, pero esa era yo, empatizando con otro hombre que no lo merecía. Le dije la fecha y corté.

Mayo 2025

—¿Podemos pasar a comprar gomitas ácidas? —le pregunté a Cyrus después de llevarme dos pares de pantalones.

Tenía cargo de consciencia y necesitaba azúcar.

Cyrus insistió en pagar en la tienda, a lo que me negué con firmeza.

Acabamos tironeando los pantalones frente a la caja, y logró lanzar su tarjeta antes que yo la mía.

«Yo los rompí, yo los pago». Ese comentario hizo que la dependienta me lanzara una mirada de «ajá, amigos».

—¿Te gustan las gomitas ácidas? —Cyrus alargó las palabras.

—También amo la pizza de manzana y el helado de menta. No me gusta el pescado ni el vino. Y soy adicta a las bebidas isotónicas de color azul. ¿Me seguirás queriendo luego de saber esas cosas raras de mí?

Cyrus pestañeó largo.

—Sí. Será un placer invitarte a unas gomitas ácidas, a una pizza de manzana, a un helado de menta, a una bebida isotónica azul, y a cualquier otra cosa que se te antoje.

Me dieron ganas de abrazarlo. Nadie, excepto Luna o Kimi, intentaba darme en el gusto con mis antojos raros.

—Yo te invitaré. Ya pagaste por mí en contra de mi voluntad. —Aunque el ofrecimiento me viniera bien, debía poner la dignidad e independencia ante todo.

—Los pantalones no cuentan porque los rompimos juntos. Asúmelo.

—Eso de «los rompimos juntos» suena bastante comprometedor y te encanta insinuarlo.

Cyrus me observó dos veces, la segunda vez por más tiempo que la primera.

—Me encanta cómo suena el haberte roto los pantalones.

—A mí me gusta este auto, es cómodo. ¿Es suave para conducirlo? —dije cualquier cosa con tal de disimular mi rubor.

—No está mal. ¿Quieres conducir tú para probarlo?

—No conduzco.

Cyrus frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Nadie quiso enseñarme, supongo. Y lo entiendo, enseñar requiere mucha paciencia y tiempo.

—Bajé la mirada hacia mis manos. No saber conducir en la actualidad se sentía casi como ser analfabeta—.

Igual fue culpa mía por no haber ahorrado para contratar un curso por mi cuenta. Podría haberlo hecho, como mi hermana.

En vez de decirme que saber conducir era necesario, o que podría salvar a alguien en caso de emergencia llevándolo a un hospital, o que debía ser una mujer independiente, Cyrus solo me preguntó:

—¿Y quieres aprender todavía?

—Sí, claro. Prometo que en cuanto pueda me inscribiré en una escuela de conducción.

—No necesitas prometerme nada. Puedes aprender ahora. —Redujo la velocidad y se orilló en la carretera.

—¡¿Cómo dices?!

—Laila con «i» latina —me dedicó toda su atención—, será un honor enseñarte a conducir.

—Pero, pero… —Eché una mirada al auto—. Es de cambios manuales.

Cyrus elevó ambas cejas.

—Por eso se llama conducir. Ir al volante con cambios automáticos es lo mismo que hacen los niños con sus autos a pila.

—¿Y si provoco un accidente y te mato?

—La carretera está vacía y estarás conmigo.

—Cyrus…

—Laila. —Pasó un brazo por detrás de mi asiento—. No me vas a matar. No detrás de un volante, al menos. ¿Confías en mí?

Solo dudé un segundo.

—Sí, claro que sí.

Sin contar que casi atropello a un animal que se cruzó (apareció de la nada), que la caja de cambios crujió cada vez que jugué con el freno y el embrague, que el auto daba tirones cuando bajaba de marcha, y que se me detuvo el auto tres veces antes de lograr agarrar ritmo, me fue bastante bien en mi primera clase de conducción.

Cyrus parecía divertido, fue paciente, y al final me dijo que hice buen trabajo.

Sin embargo, el regreso nos recibió con una escena dramática. Luna yacía hecha un ovillo sobre la cama, envuelta en una manta y sorbiendo en un pañuelo desechable muy usado.

—Lo siento. Esperaré afuera —dijo Cyrus y dejó la hamburguesa vegana que le habíamos comprado encima del mesón.

—¡No! No te vayas por mí —atajó Luna—. No es nada.

—¿Qué pasó? —La observé de la cabeza a los pies. Se le contrajo la expresión y se llevó una mano a la cara antes de que sus lágrimas se renovaran.

—No me molesta estar afuera —insistió Cyrus.

—¡No! Por favor, no —suplicó Luna—. De seguro ustedes venían a pasarlo bien, y yo aquí la tonta arruinando el ambiente. Qué vergüenza.

—Luna. —Me senté frente a ella y le puse los dedos en las rodillas—. Dime qué pasa.

Ella usó la base de ambas manos para limpiarse las lágrimas.

—Es que Bruno me ha llamado y…

—Lo asesinaré —me adelanté.

—No, no. Fue en buen plan. Resulta que la alergia que le provocó la hiedra venenosa le causó una infección secundaria, y está en un hospital con antibióticos a la vena.

Usé toda la fuerza de voluntad otorgada por la madre naturaleza para no reírme.

—¿Y para qué te llamó?

—Se sentía mal, tenía fiebre alta. —Luna subió los hombros y se le formó un puchero—. Me dijo que soy la única que se ha preocupado por él en la vida además de su madre. Que me echa de menos y que es un tonto por haberme engañado.

—Es un reverendo estúpido, habrá querido decir —la corregí.

—Admitió que no me valoró. Me preguntó si podía acompañarlo en el hospital y que luego habláramos las cosas. —Siguió secándose las lágrimas. Cyrus se mantuvo en silencio y quieto al lado de la puerta de salida.

—¿Y qué le dijiste? —quise saber.

—¡Que no! Que era un aprovechador y que solo me llamaba cuando estaba mal. Que no le importó cuando decidió hacerme daño, que él no vino a verme cuando sufrí, y que me dejara en paz. —Se pasó la manga del suéter por las mejillas.

—Bien. ¡Bien! —Le sacudí los hombros.

—Ya lo sé, pero… —Mi sonrisa se borró cuando vi que estaba por llorar otra vez—.

Tengo miedo de que nunca deje de dolerme.

O de nunca enamorarme otra vez porque ya no puedo confiar en alguien más.

Sé que suena tonto, pero ¿qué pasa si nunca encuentro la felicidad?

—Se derrumbó en mis brazos. Mis ganas de poner la cara de Bruno en una cortadora de jamón se renovaron.

—Escúchame —le pedí al mismo tiempo que Cyrus se acercaba a nosotras con una bolsa nueva de pañuelos desechables.

—No me digas que todo pasa —me rogó Luna.

—Jamás te diría una frase tan tonta. —Logré sacarle una risita débil—. Hay personas que no valen lo que duelen. Bruno es una de ellas. Por más que te cueste procesarlo ahora, tu corazón lo entenderá más pronto que tarde.

—Te adoro. —Luna se limpió la nariz con un pañuelo nuevo.

Sentí la mano de Cyrus apoyándose en mi espalda.

—Déjenme llevarlas a comer al hotel. Olvídense de la hamburguesa y de la pizza de manzana, hay que cambiar de aire.

Luna se separó, echándose el pelo hacia atrás. Se secó el rastro de lágrimas cual diva saliendo de una crisis, y preguntó:

—¿Y podemos pasarnos también por el spa?