Las huellas de Laila 18 Tallas
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18 Tallas

Me caí de una escalera cuando enderezaba una rama de árbol para que calzara perfecto con la altura de un actor. Me quebré el brazo y durante un mes solo ayudé con el papeleo a Carli. ¿Lo bueno? Tenía el brazo derecho intacto para trazar diseños en mis ratos libres.

—¿Qué estás haciendo? —La voz dura de Dante apareció de la nada cerca del río donde me senté a dibujar, y mi lápiz grafito se deslizó sobre el papel.

—¡Casi me provocas un infarto!

—¿Le está gritando al gerente, señorita Ferrera?

—No recuerdo que mis gritos le molestaran antes, señor Torms.

—Eres la reina del doble sentido. —Se arregló la solapa de su chaqueta; se veía cual modelo de trajes—. ¿Qué es ese dibujo?

—Ah, ¡ah! Esto. —Agité mi diseño—. Nada.

—No parece que sea «nada» con tantos detalles. ¿Desde cuándo te gusta diseñar ropa?

Revelarle mis sueños frustrados a alguien que tenía y lograba todo lo que quería en la vida no era lo más cómodo del mundo.

—A veces me gusta imaginar ropa de película y la dibujo. No es gran cosa, lo hago para pasar el rato. —Cerré el cuaderno—. ¿Por qué estás tan elegante?

—Mis padres están a una hora de aquí, iré a cenar con ellos. —contestó sin convencerse con mi explicación—. Regresaré tarde. Dudo que alcancemos a vernos. Y para que sepas, me sienta pésimo. Tenía ganas de estar contigo hoy.

—No pasa nada, me alegra que vayas a ver a tus padres.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti y por tu yeso?

—Eh, ¿traerme un postre de regalo?

—¿Qué clase de postre?

—Uno que no necesite manos para comerlo. —Le tomó unos segundos captar el doble sentido.

—Cada día me gustas más, Ferrera. Tanto que comienzo a preocuparme.

Mayo 2025

En la pequeña ciudad solo existía una tienda con una selección decente de pantalones.

Dejé el teléfono apagado en la camioneta, y me dediqué a buscar la prenda con la que se me viera mejor el culo. Cyrus era el jurado.

—Perfecta —murmuró—. Igual que con los otros nueve.

—Este te queda fenomenal. Te estiliza más que el anterior —opinó la dependienta cuyo trabajo era alabarme aunque me viera como un chorizo.

Le hice muecas a mi reflejo.

—Mis piernas se ven grandes —refunfuñé.

—¿Qué? —escupió Cyrus.

—Y se me sale el rollo.

—¿De qué hablas? ¿Qué es un rollo?

La dependienta se agarró su propio mini rollo para explicárselo. Cyrus echó la cabeza hacia atrás, y así mismo me miró.

—You must be joking, love.

—¡Es en serio! —Me agarré la piel que sobresalía del pantalón a cada lado de mi cintura con el fin de demostrar que tenía razón. Cyrus se posicionó detrás de mí.

—Eso que se están tocando es piel. Lo normal en un ser humano, ya saben —repuso tanto como para la atendedora como para mí—. Y si sirve de algo, me encanta —dijo eso último mirándome a través del espejo.

—Ya sé que es normal, pero me aprieta. —¿Acababa de decir que le encantaba? Si lo repetía tendrían que llamar a una ambulancia para reanimarme el corazón—. Necesitaré otra talla, por favor.

—¿Qué talla necesitas? —quiso saber, listo para ir a buscar otro pantalón. Puse cara de horror y le pedí socorro a la dependienta.

—Yo sé cuál talla. Ya vuelvo —atajó la chica y se marchó.

—¿Y ahora qué pasó? —inquirió Cyrus.

—Nada. Jamás te diría mi talla. Eso es todo.

—¿Por qué? —Cyrus me rodeó para ponerse frente a mí.

—Porque soy más talla de lo que demuestro. —Mi cara comenzó a ponerse caliente.

—¿Y eso me debería importar por alguna razón? —Hubo cierto cuidado en cómo lo preguntó.

—Podrías juzgarme.

—¿Por qué haría eso? —Bajó la barbilla—. ¿Y por qué yo tendría un problema con el número de tu talla?

—Podrías decirme que por salud y todo eso debo ser menos grande.

Cyrus me agarró por los codos con suavidad.

—Precisamente por tu salud no se me ocurriría juzgarte por eso.

Ni siquiera se me cruzaría por la maldita cabeza creer que hay un problema contigo por tu número de talla.

O por nada relacionado al tema. Blimey, love!

¿Por qué piensas así? ¿Quién te dijo que el número o la letra en una etiqueta era importante y que las personas pueden juzgarte por eso?

Cyrus lo entendía todo. ¿Cómo era posible que no tuviera novia o esposa, o tres esposas? ¿Un harem solo para él?

—Es que mi cuerpo no es precisamente delgado.

—¿Según quién? ¿A quién le podría importar?

—Mi mamá siempre me ha dicho eso. —Jugueteé con el dobladillo de mi camiseta—. Ella es bien menudita. Y bueno, siempre me están diciendo que debo cuidarme por mi salud.

—¿Tu madre dice eso de la salud por el número de tu talla?

—No solo ella. Es un trauma global. —Agité la mano para restarle importancia.

—¿Quién más te dice eso? —Insistió con el ceño fruncido.

—La gente, y los estándares ridículos.

—¿Quién, Laila?

—Las personas en general. No Luna, pero sí otras amigas, mis tías, o Dante.

—¿Torms? —Su voz cambió a una más contenida—. I can’t believe it, dear lord. Cuando pensaba que ese idiota no podía ser más estúpido, se supera a sí mismo.

—¡Aquí! Una talla más. —Llegó la dependienta—. Estos modelos son pequeños. La industria cada día está peor —intentó animarme.

—Y esas amigas, Laila —Cyrus ignoró a la chica—, no son tus amigas. Así como esas tías no deberían ser consideradas familia.

Cyrus paseó por ahí mientras me probaba el último par de pantalones. Maldita sea. Yo y mi estúpida bocota habíamos dejado mal a Dante otra vez.

No lo justificaba, pero ese pobre hombre creció en una casa donde las galletas de arroz se consideraban un sustituto decente para el pan. Una vez se espantó por ver a una mujer ingiriendo pizza fría al desayuno. ¿En qué hogar no comen pizza fría al desayuno alguna vez?

En otra ocasión se ofreció a ayudarme con un plan de entrenamiento ya que le preocupaba la cantidad de comida poco saludable que ingería.

Fuera como fuese, Cyrus tenía razón: nadie debería siquiera pensar en opinar sobre un estilo de vida que no sea el propio. Menos meterse en el plato ajeno.

El último pantalón era ajustado a la cintura y en el trasero, y amplio a la altura de los pies. Al salir del probador, el malhumor abandonó a Cyrus.

—Con todo respeto, ese pantalón me provoca cosas que no debería expresar en voz alta. Cosas como lame… —Me lancé a taparle la boca.

—¡Basta! —Me reí—. Compórtate como el buen amigo que eres, por la virgen santísima.

—¿Son amigos? —La dependienta curvó los labios hacia abajo—. Yo pensé que eran novios. Hacen linda pareja.

La ilusa chica no sabía que Cyrus era un actor y que luego se arrepentiría de no haberle pedido un autógrafo en vez de estar sacando conclusiones erróneas.

—Solo me queda ser su amigo —confirmó Cyrus—, porque el día en que esta perfecta mujer decida fijarse en un bastardo desafortunado como yo, las vacas volarán y lloverá desde el suelo hacia el cielo.

Y el día que yo logre merecerla… No. Ni en tres vidas lograría hacer lo suficiente como para merecerla.