17 La charla triste
Recogí mi sweater rosado del suelo.
—Temo estar acostumbrándome a esto, Ferrera —admitió Dante, abrochándose la camisa.
—¿A qué?
—A ti. A nosotros. —Tenía el pelo revuelto y los labios hinchados.
—¿Y qué tiene de malo?
—Es peligroso acostumbrarse a algo que no es tuyo. Realmente tuyo, quiero decir.
—Podría ser tuya. Realmente tuya. Y tú realmente mío.
—Si así fuera, deberíamos mantener el plan de ir a cenar.
—¿A comer mariscos o hamburguesas? Porque volveré a ponerme mi pantalón.
—Donde tú quieras, Ferrera. Lo que tú quieras. —La nariz de Dante se enterró en mi cuello e inhaló profundo.
Nada más manso que un hombre recién follado.
Mayo 2025
Me escondí en el baño, ignoré los mensajes que comenzaron a acumularse igual que monedas para colectas benéficas, y decidí apagar el teléfono. Luna entró chillando e hizo un baile con el que se asemejó a una ardilla.
—¡Lo sabía, le gustas! Sí, sí, sí —cantó moviendo el trasero de lado a lado—. Torms, eres historia. ¡Sí, sí, sí!
—No es gracioso. Dante se enteró de que dormí en el hotel con Cyrus. —Las gotas cayeron de mi rostro tras mojarme la cara.
—¿Y? No es que haya pasado algo entre ustedes. Cyrus fue un muy buen amigo. Además, no sabe que dormiste en su cama, podrías haber dormido conmigo.
—Pero sí dormí con Cyrus. En su cama. Y abrazados.
—Esas cosas no pasarían si Dante hiciera que los de mantenimiento compraran un generador nuevo, o si les dijera a todos que eres su novia y que por eso te dará una habitación permanente en el hotel. Como sea, que se la trague por tonto.
—Yo me sentiría mal si Dante durmiese abrazado a otra mujer.
—Le explicarás lo que pasó, tan sincera como siempre, y más le vale a ese patán entenderte. Él te ha dicho mil veces que su relación es solo sexo y un poco más.
—Pero también somos exclusivos.
—¿Y te has acostado con Cyrus?
—¡Obvio que no!
—No es tan obvio, pero ese es el punto: no has faltado a la exclusividad.
La abracé para que, uno: se callara, y dos: lo necesitaba. Las bisagras de la puerta del baño rechinaron.
—¿Qué es este club de cotilleo? —Era Carli—. ¿Crees que porque eres la favorita del actor canchero tienes privilegios? ¡Pónganse a mover las manos si no quieren tener el trasero en la acera de los desempleados hoy mismo!
Recé porque Carli no volviera a pronunciar la palabra «canchero» nunca más.
Me envió a ordenar calzados junto a la pesada de Cristina y al guapo de Vico.
Luna se pasó por ahí solo para dejarme un té de sus extrañas hierbas relajantes que le encantaba coleccionar.
«Te ayudará a disminuir el cortisol». Aunque el líquido caliente me ayudó a bajar unos cuantos cambios, me negaba a encender el teléfono.
Varias chicas de la producción se acercaron a lo largo de la jornada a cotillear por el asunto.
No supe qué decir más que «somos amigos» y «nos llevamos bien».
Esa era la verdad, ¿cierto? Tampoco es que fuese la primera vez que un actor se hacía amigo de alguien de la producción. Cyrus y yo no éramos los primeros.
—Cuenta lo interesante pues, ¿qué te dijo Dante por la foto? —interrogó Cristina.
¿Cómo que Dante? Maldita pasada.
—¿Cuál Dante? —quiso saber Vico.
—No sé a quién se refiere. —Mantuve el desinterés mientras lustraba el último par de zapatos de Tyler.
—Ay, por favor, no te hagas la tonta —recriminó Cristina, y movió su lengua cizañera para aclararlo—: Dante Torms de Alba, el gerente general.
—Esperen. ¿Cómo? ¿Qué? ¿Cuándo? Laila, ¿eres amiga del jefe y nunca nos dijiste nada? —exclamó Vico.
—Yo diría que es un poquito más que amiga —sugirió Cristina.
—¡¿Qué?! —estalló Vico. Aumenté la velocidad del lustrado hasta que el cuero chirreó contra la escobilla.—. ¿Laila? —No lo miré—. Vaya. Y yo pensaba invitarte a salir.
Cristina rio burlesca. Dejé con cuidado los materiales en la cubeta y me volteé con una sonrisa encantadora.
—Últimamente me pregunto algo, Cristina —comencé—, ¿qué tan triste tiene que ser tu vida para que estés tan pendiente de la mía? Está bien que trabajemos en producciones de películas, pero las historias que te inventas no son normales. Deberías ir a que te vean la maldita cabeza.
Cristina entreabrió los labios, y fue Vico el que rio esta vez.
—There you are, love —el acento de Cyrus cortó la tensión. Ya estaba cambiado y libre de maquillaje—. ¿Nos vamos?
—No puedo, lo siento. —Formé una mueca a modo de disculpa—. Carli me dio tareas extras y tardaré más de lo previsto.
—Eso ya está resuelto. Avisé que requiero a mi asistente de bienestar para esta tarde. —Le echó una mirada a Cristina; la chica nos contemplaba con más veneno que el de una víbora de colores fluorescentes.
—Yo... —Vico se arregló la camiseta—. Yo puedo ser un excelente asistente de bienestar. ¿La señorita Hamilton no necesita uno, de casualidad?
—No idea, mate. Ask her. —Cyrus se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta negra y sonrió cuando dejé todo en orden y me fui con él.
Fuimos a la ciudad en el Dodge que le facilitaban a Cyrus; beneficios de ser actor de una película de alto presupuesto.
—So… —habló luego de diez minutos de silencio en la carretera—, ¿estás rara por lo que publiqué? Dijeron que era buena idea que posteara algo sobre la película, y quise añadirte.
—Está bien. No estoy rara.
Cyrus bufó por lo bajo.
—Tal vez un poquito —rectifiqué—. Es que no me lo esperaba, me explotó en la cara. Mi teléfono casi estalla por los miles de mensajes. Mensajes de tus fans alabándome u odiándome. Mensajes de mis primas en el pueblo. Mensajes de Kimi. Y mensajes de todo el mundo.
—Te molestó que agregara nuestra foto sin preguntarte —concluyó.
—¡No! Fue una linda sorpresa. Significa mucho para mí que me hayas considerado para tu publicación. De verdad. Y ahora puede que me envíen algunos cupones de descuento de ciertas tiendas gracias a ti —intenté bromear.
—¿Pero?
—Pero... aparecemos en el hotel. Yo no debería estar en ese hotel, no me quedo allí.
—¿Y?
—Y pueden pensar mal. Podría pasárseles por la cabeza que tú y yo... Tú entiendes.
—Solo aparecemos juntos.
—Claro, pero… Bueno, no sé.
—Pero Torms se dio cuenta de que estábamos en el hotel y sacó a ventilar su lado psicótico y controlador. Ahora no sabes cómo convencerlo de que no hiciste nada malo.
—No es que Dante tenga un lado psicótico. Es válido que le moleste que me quede a dormir con un hombre, si él y yo…
—¿Él y tú qué? ¿Son novios? —espetó con dureza.
—¿Sabes qué? Mejor no sigamos con el tema, da igual. No es nada grave. —Me hundí en el asiento. Cyrus suspiró pesado.
—Borraré la publicación.
—¿Qué? ¡No! Ya tienes muchos «me gusta». Es todo un éxito, la gente te comenta que te prefieren en vez del actor original. No la puedes borrar por mí. Además, me gusta la foto. No puedes.
—Sí puedo.
—No, no puedes.
—Sí puedo, Laila. Si se trata de tu bienestar, y si logro aportar en algo a tu salud mental, lo haré sin dudarlo, ¿me explico bien?
A mí no me interesa el qué dirán. A mi representante sí, pero se puede ir a la mierda junto a Torms y su cara de cera, y sus generadores eléctricos baratos se los puede meter por el culo.
Cyrus tronó el cuello y se reacomodó en el asiento sin soltar el manubrio. Esperé sabiamente que pasaran unos segundos antes de seguir hablando:
—¿Te sientes mejor después de desahogarte con los generadores baratos y la cara de cera de Dante? —Apreté los labios para no reírme. Cyrus me miró de refilón.
—Sí, bastante mejor. —Sus labios se sacudieron como los míos hasta que no pudo evitarlo y se rio.
—No borres la foto, por favor. —Junté las palmas de las manos—. Es mi momento de fama.
Se mordió el labio inferior y luego exhaló con fuerza.
—Me siento jodidamente orgulloso de tener una foto contigo en mi perfil, ¿lo sabes?
—Y yo me siento muy honrada de aparecer contigo. —Al sentir que el rubor me cubría las mejillas, decidí desviar la conversación—: ¿Me vas a decir por qué te entusiasma tanto ir de compras? ¿Tienes una pasión secreta por la moda?
—Porque me gusta estar contigo.
El rubor solo empeoró.
—Eso no basta para soportar a una mujer probándose cien pantalones por tienda y quedando desconforme con todos.
—¿Te probarás cien pantalones por tienda? Pensándolo bien, ¿dónde está el retorno?
—¡Já!
Apoyó una mano en mi muslo y me dio un apretón.
—Te di una buena explicación anoche sobre por qué me gusta que pasemos tiempo juntos. Si estabas muy ebria como para recordarlo ahora, puedo repetirte que ciertas partes de mí se despiertan contigo.
—Santo cristo —fingí alterarme—, deja de decir cochinadas.
—Ah, si quieres llevarlo a eso, también me place recordarte que una parte muy interesante de mí se despertó cuando me montaste y…
—¡No se te ocurra seguir! —Mi cara ardió completa, ya no solo los pómulos.
La carcajada que brotó por su boca fue corta y hermosa.
—No me sentía así de bien desde antes que mi vida se fuera a la mierda —admitió sin rodeos, casi sin darse cuenta.
Oh, oh. Allá íbamos. La charla triste.
—¿Quieres hablar de eso? —ofrecí con todo el tacto que tenía. Su sonrisa disminuyó poco a poco, hasta que la seriedad reinó en su rostro.
—Mi hermana murió hace dos años —soltó más rápido de lo que esperaba—, y mi madre se murió de un ataque al corazón seis meses después de eso. De tristeza, claro está. Desde ahí mi vida se fue a la mierda. —Su otra mano se apretó en el manubrio.
Las extremidades se me congelaron. Sabía que su madre había fallecido, Kimi me lo contó en alguna ocasión, pero no tenía idea de lo de su hermana.
—Lo siento mucho. No sabía.
—Lo sé. —Chasqueó con la lengua—. No eres de las que busca chismes en internet.
—Sí que busco, pero no de ti. —Todavía tenía su mano en mi muslo, así que puse la mía sobre la suya y lo acaricié.
—Intentaré no ofenderme con eso. —Elevó un poquito las comisuras.
—Lo siento, Cy, de verdad. No mereces lo que te pasó.
—Tienes un gran corazón, Laila con «i» latina.
—Tú también tienes un gran corazón. Y eres divertido y único y protector y gracioso y misterioso y un buen amigo y...
—¿Y te sientes afortunada de que sea tu amigo gay-no gay que te acompaña a comprar ropa y te ayuda a rociar hiedra venenosa en los bóxer de un pobre imbécil?
Me reí de verdad.
—Me encanta que seas mi amigo gay-no gay. Gracias.
—Gracias a ti por compartir tu tiempo conmigo.