Las huellas de Laila 15 Pijamada
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15 Pijamada

El mesero dejó el plato de ravioles frente a mí y se marchó. Dante amplió los ojos con horror.

—Te dije que las porciones eran grandes. —Se colocó la servilleta en las piernas para comenzar con su pescado a la plancha.

—No son tan grandes, tengo hambre. —Repartí queso rallado encima de mi comida.

—¿Crees que puedes comerte todo eso?

—¿Sí? ¿Qué tiene?

Dante curvó los labios hacia abajo y se limitó a servirme vino. Me dio pena decirle que odiaba el vino después de que se demoró quince minutos en escoger esa botella.

Mayo 2025

Subimos a Luna sosteniéndola uno de cada lado.

La habitación de Cyrus era idéntica a la que estuve con Dante, solo que esta tenía dos camas dobles.

Le pedí a Cyrus que se girase para quitarle la ropa a mi amiga y así meterla dentro de las sábanas de ochocientos hilos. Luego fui al baño a ponerme el pijama de shorts y tirantes. Al regresar, no se me pasó por alto que Cyrus intentó no mirarme.

—Este pijama me lo regaló mi abuela para mi último cumpleaños —comenté para romper el hielo.

—Tu abuela tiene buen gusto. El turquesa te queda bien.

—No es un pijama de tres mil dólares como los que usan en las películas, pero estoy de acuerdo con que mi abuela tiene buen gusto. Todos mis otros pijamas son de Hello Kitty, y la mayoría tiene agujeros.

Me lanzó una mirada fuerte.

—Pido permiso para hacer una confesión.

—¿Permiso concedido? —accedí no muy convencida. Cyrus se humedeció los labios.

—No tienes nada, absolutamente nada que envidiarle a nadie. Ni tu pijama, ni lo que hay debajo de él. Eres más real, más perfecta y menos sintética, así que le ganas por paliza a cualquier cosa que haya en las películas, incluso con un pijama con agujeros.

Me ruboricé hasta los dedos de los pies.

Con dos frases había logrado subirme al pedestal de diosa.

Luego, así como así, se quitó la camiseta negra y la lanzó a un rincón.

«No mires, Laila. No. Mires.»

Tal vez solo un poquito. Solo para ver el tatuaje de serpiente en sus costillas. O para detallar sus pectorales duros y bien definidos. O para admirar su abdomen que terminaba en unas entradas marcadas.

—El desierto tiene vistas maravillosas, ¿no crees? —Su pregunta me crispó y mis ojos volaron hacia su rostro.

—Pues... Yo... No. Solo pensaba en... Bueno, en las serpientes. —Me acomodé torpemente en la cama con Luna.

—Serpientes. —Asintió. Como si ya con ese torso trabajado no tuviera suficiente, Cyrus se abrió el pantalón y se lo sacó.

—¡Qué te pasa! —Giré la cara hacia Luna; esta apenas se quejó por el grito—. ¡Deja de desnudarte!

—No te irás a dormir tan pronto, ¿verdad? —Ignoró mi histeria.

—Debo marcharme antes del desayuno. —Me tapé los ojos con una mano para hablar en su dirección—. No deberían vernos aquí.

—Son mis invitadas.

Lo espié: estaba usando su teléfono. Tenía unos boxers azules. Gracias al cielo se puso un cojín encima para tapar su paquete.

—Mientras te cambiabas, encontré algo en tu Facebook —comentó de repente.

—¿Qué?

Cyrus mantuvo una tranquila y maliciosa expresión.

No. No, no, no. Por favor, no.

—No uso Facebook hace como diez años —me defendí de antemano.

—Se nota.

Temí lo peor. Y lo peor sucedió.

Pulsó la pantalla y comenzó a sonar una melodía que conocía de memoria. Era de un video de pequeña donde estaba cubierta de retazos de tela y fingía que les fabricaba disfraces a mis peluches. Mi madre me etiquetó en ese video cuando creé mi Facebook.

—¡Y la señora jirafa se vestirá de guerrera! —exclamó la Laila de cinco años.

—¡No! —chilló la avergonzada Laila de veinticinco años y me lancé como una fiera en cacería.

Me monte sobre él para quitarle el teléfono, pero alargó el brazo, dejándolo fuera de mi alcance—.

¡Apaga eso! ¡¿Por qué tenías que meterte a mi Facebook?

! ¡Ya nadie usa Facebook! ¡Es una violación a la privacidad!

—Eras una niña adorable. —Su risa en mi cuello me provocó cosquillas y me retorcí. Mientras más me estiraba sobre él, más alejaba el teléfono—. El video está público, cualquiera puede verlo.

—¡Y con popurrí, el elefante se vestirá de princesa!

—¡Para! ¡Para ahora!

Puse el cuerpo completo sobre Cyrus para alcanzar el aparato que sostenía a la altura del cabecero. Con su otra mano me empujó el hombro hacia abajo y mis piernas resbalaron por las suyas.

Me forcé para ignorar la dureza que estaba clavándose en mi abdomen, ¡mi pijama era delgado y él solo estaba en ropa interior!

Cyrus olía a alcohol y a su perfume. Era consciente de que le estaba poniendo las tetas en la cara, pero estaba dispuesta a ahogarlo con tal de defender mi dignidad.

—Esta es mi parte favorita —advirtió metido entre mis pechos.

—¡Todos al desfile de la gran diseñadora Laila!

Me puse de rodillas en un descuido de su parte y logré alcanzar el teléfono. Quité el maldito video e instalé un recordatorio mental de bloquear a Cyrus de Facebook y de Twitter, y de todas las redes sociales.

—Laila, mi teléfono, por favor —lo oí decir de manera amortiguada entre mis tetas.

No me preocupó que me encontrara muy pesada. O que lo estuviera asfixiando. O que mis rodillas estuvieran rodeando sus caderas.

—No. —Guardé el teléfono debajo de la almohada.

—Es el mejor video que he visto en mi vida. —Su cara apareció desde debajo de mis atributos y puso las manos en mis pantorrillas.

Su caricia en mi piel era casi un reflejo, pero...

Pero qué estaba pasando, Dios. El cosquilleo en mi abdomen se propagó hacia zonas inadecuadas.

Cyrus cayó en cuenta de nuestra posición comprometedora y quitó las manos de un golpe.

—Perdón.

—Debería ahogarte con una almohada mientras duermes. —Me hice la tonta.

—O con tus tetas —propuso divertido—. Son efectivas, acabo de comprobarlo.

Le pasé la mano por la cara con brusquedad. Se reacomodó debajo de mí, riéndose, y... Jesús, María y José. Su parte dura me rozó la entrepierna y tuve que apretar los dientes con fuerza.

Yo era la que lo estaba montando. Él no estaba haciendo nada malo más que ser víctima de una reacción fisiológica de su cuerpo.

No quería siquiera procesar nada de su fisiología o anatomía. Lo desmonté y apoyé la nuca en su almohada para recuperar el aliento. Puse los muslos bien juntos con el fin de controlar el pulso en mi centro sensible.

Cyrus apoyó un codo sobre el colchón y me observó. Yo clavé los ojos en el techo. No me permitiría deleitarme otra vez con su cuerpo desnudo. Me negaba a ser testigo de lo que seguramente se notaba a simple vista en el centro de sus boxers.

No podía ver su paquete. Ni hablar. Estaba mal en mil formas distintas.

—¿Querías ser diseñadora?

Su pregunta logró distraerme y tragué la saliva que se me había acumulado en la boca.

—Quiero. —En ese momento solo quería darme una ducha de agua fría—. Diseñadora de vestuario cinematográfico, en realidad.

—¿Y por qué no te dedicaste a eso?

—En este lado del planeta, si dices que quieres ser diseñadora de vestuario para películas y no tienes contactos, tu mamá te asegura que te vas a morir de hambre y te convence de estudiar otra cosa.

Esa otra cosa no te gusta, te sales de la universidad sin saber qué hacer con tu vida, y pues terminas aquí, trabajando de asistente cuye, si tienes suerte como yo.

Si no, estás destinado a pasarte la vida en tu pueblito sin hacer nada interesante.

—El cosquilleo en mi vientre por fin comenzó a disminuir.

—Y por ahora no puedes estudiar eso por dinero y por falta de tiempo —adivinó.

—Ding, ding, ding.

—Te diré algo. Por favor, no pienses que soy un estirado, o un arrogante, ni un lameculos. —Varios mechones oscuros le cayeron en la frente.

Ay, maldita sea, ya estaba mirándolo otra vez. Su mandíbula era marcada y masculina. Tenía los hombros anchos y contorneados.

—A ver.

—Cuando tú quieras, cuando estés lista, puedo ayudarte a buscar un trabajo que se ajuste más a eso. Algo donde puedas aprender, no donde solo te tengan ordenando prendas —ofreció sin una gota de arrogancia.

—Gracias. No creo que sea tan fácil. No tengo nada de conocimientos sobre diseño.

—Nadie dijo que fuera fácil. —Me quedé callada—. ¿Y qué estudiaste?

—Me matriculé en Administración, aguanté a duras penas hasta tercer año, y después me retiré aun con los gritos de mi madre diciéndome que desperdicié dinero, tiempo, y que me volvería una fracasada.

—Suspiré. Cyrus tenía piernas lindas, no delgadas, sino fuertes.

Me gustaba que las mías no se vieran enormes junto a las suyas—.

Es que me estaba volviendo loca, lloraba todos los días.

Y una mañana no pude más, no logré levantarme para ir a un examen y me quedé enterrada en mi cama durante un mes entero.

Mi abuela me bañó con esponjas. Fue una depresión severa, y tuve que medicarme.

Cyrus me escuchó con atención, sin lástima y sin juzgarme.

—Eso suele pasar cuando se está obligado a hacer algo que no quieres. Te termina pasando la cuenta. No fue tu culpa.

La racha de alcohol se acabó. Mis párpados comenzaron a pelear por cerrarse.

—¿Qué hay de ti? —pregunté tras un bostezo.

—¿De mí qué?

—¿Qué se siente vivir tu sueño hecho realidad? —Puse ambas manos bajo mi mejilla. Cyrus sonrió con tristeza.

—¿Quién te dijo que mi sueño se hizo realidad?

—¿Ser un actor exitoso no era tu sueño? —No pude suavizar mi tono de sorpresa.

Cyrus apoyó la espalda en el colchón, agarró el control remoto de la tele y echó un brazo hacia atrás. Intenté no imaginar lo maravilloso que sería acomodarme en ese pecho.

Aunque mi relación con Dante no era oficial, me sentí una sucia infiel por estar teniendo pensamientos inadecuados.

—No exactamente —contestó Cyrus.

—¿No? ¿Y qué te gusta?

—Los autos y la mecánica. Siempre quise tener un taller mecánico de lujo.

—Vaya, eso suena divertido. ¿Y qué pasó?

—Al otro lado del planeta, cuando tu padre es un productor de películas famoso, te mete desde pequeño al mundo de la actuación y caen mil expectativas sobre ti.

—No tuviste opción de hacer otra cosa —repuse con una mueca.

—¿Qué diablos es esto? —Levantó la cabeza

En la tele se estaba transmitiendo un programa en vivo. La locutora estaba disfrazada del Grinch versión sexy de bajos recursos. Tenía una ruleta de la fortuna, y la gente llamaba para participar. La imagen se veía muy vintage, pese a estar en pleno dos mil veinticinco.

—Ah, eso. —Me reí somnolienta—. En Latinoamérica hay muchos programas de ese estilo. Son clásicos en las ciudades pequeñas. La gente piensa que tiene alguna posibilidad de ganar mucho dinero si contestas un par de preguntas. Spoiler: nunca gana nadie.

—¿Y tú has participado?

Pegué un resoplido.

—Obvio. A mis quince años nadie me dijo que el señor Ruiz era un farandulero estafador.

—¿El señor Ruiz?

—Es el locutor del programa La Noche en el Oasis. Es un clásico en Río Polson, mi pueblo.

Cyrus infló el pecho antes de estallar en carcajadas ásperas. El sonido de su risa me hizo sonreír, aun cuando mis ojos se cerraban.

—¿Y qué te hizo hacer el señor Ruiz cuando llamaste a su programa?

—No te lo diré.

—¿Por qué no?

—Porque te creo capaz de escribirle al señor Ruiz para que te mande la grabación de hace diez años o algo así. Y pagarle. Pagarle mucho dinero solo para ver el video una y otra vez.

Cyrus me apartó un mechón de pelo que cayó sobre mi rostro.

—Si no me lo cuentas, eso es lo que haré. En cambio, si me lo dices...

—Karaoke. Tuve que cantar una canción de Shakira, ¿está bien? —Me giré hacia el otro lado—. Eres un chantajista de primera.

Sí, sí, yo sabía que estaba acostada en su cama, pero el sueño me pegó con todo y estaba muy a gusto.

Me movería a la cama de Luna.

Solo necesitaba unos minutos más.

Un ruidito ahogado me hizo mirar por encima del hombro: Cyrus se cubrió la boca con el antebrazo en pleno ataque de risa.

Jamás pensé que era posible que precisamente él, Cyrus Von Stein, la definición de misterio e introspección, tuviera un ataque de risa. Después de la venganza contra Bruno, esta era la segunda vez que lo veía reírse así, y era maravilloso.

—Dime qué canción tuviste que cantar. —Dejó de esconder sus carcajadas—. Por favor, Laila, tienes que decirme.

—Para.

—Dime.

—Shhh —emití—. Respeta el sueño de los demás.

—¿Y qué pasó con el programa Noche en el Rancho?

—La Noche en el Oasis.

—Eso.

—Pues nada. Lo siguen transmitiendo. Mi abuela no se lo pierde por nada.

Su teléfono vibró, y lo espié otra vez. Cyrus perdió la diversión como por acto de magia. Me quedé dormida viéndolo responder esos misteriosos mensajes que siempre lo dejaban con una arruga en la frente.